ODAS DE HORACIO- LIBRO III- XXIX A MECENAS

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ODAS DE HORACIO- LIBRO III- XXIX A MECENAS

Mensaje por Roana Varela el Jue Dic 26, 2013 3:03 am

XXIX A MECENAS

Mecenas, descendiente de los reyes de Etruria, guardo para ti un vino delicioso en el ánfora no empezada, rosas bien olientes y esencias ricas que perfumen tus cabellos. No retrases tu venida ni estés contemplando siempre el húmedo Tíbur, los pendientes campos de Éfula y los montes del parricida Telégono.
Huye del hastío de la opulencia, las torres de los alcázares vecinas a las nubes, y el humo, el estrépito y el fausto de la venturosa Roma.
La variedad seduce mucho a los ricos; a veces una cena limpia y frugal, bajo el techo del pobre que no adornan la púrpura ni los tapices, consigue desarrugar el ceño de sus frentes.
Ya el padre esclarecido de Andrómeda deja vislumbrar sus ocultas estrellas, ya Proción y el León furioso lanzan sus rayos, y el sol nos trae los días más sofocantes.
Ya el pastor fatigado, con su rebaño que languidece, busca las sombras y las márgenes de los arroyos, los espesos jarales de Silvano y la ribera silenciosa no refrescada por el soplo del viento.
Tu meditas sobre la norma de gobierno más útil a la ciudad, y solícito por su grandeza, intentas penetrar los designios de los seros y bactrianos que dominó Ciro, o de los habitantes del Tanais, que se destrozan en continuas guerras.
Un dios sapientísimo envuelve en noche caliginosa los sucesos que están por venir, y se burla del mortal que pretende descifrar sus arcanos. Piensa en ordenar lo presente, pues lo futuro es como un río, que ora aprisionado en su cauce corre mansamente hacia el mar Etrusco, ora arrastra las peñas carcomidas, los árboles que descuaja, las casas y los ganados, y con su estruendo alborota las vecinas selvas y las montañas, cuando acrecido por incesantes lluvias se desborda en espantosa inundación. Sólo vive feliz y dueño de sí aquel que puede decir cada día: «He vivido». Mañana, ya cubra Júpiter el cielo de negros nubarrones, ya brille el sol resplandeciente, no conseguirá que lo pasado no haya pasado, ni borrar ni destruir lo que trajo una vez el curso fugitivo de las horas.
La fortuna se regocija en sus crueles caprichos, y al dispensar sus inciertos favores, nos burla a menudo con sus juegos insolentes; hoy benigna conmigo, mañana piadosa con otro.
Si permanece a mi lado, se lo agradezco; si agita sus rápidas alas, le devuelvo sus dones, me cubro con el manto de mi virtud y me desposo sin dote con mi honrada pobreza.
No es propio de mí, cuando el mástil del navío cruje combatido por los vientos de África, recurrir a míseras preces y atraerme con votos a los dioses para que las ricas mercancías de Tiro y Chipre no aplaquen la avaricia del Ponto. Prefiero viajar en humilde barco de dos órdenes de remos, y que la brisa y los gemelos Castor y Pólux me conduzcan seguro a la playa a través de las olas tumultuosas.
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