EL AMANECER DE LA POESIA DE EURIDICE CANOVA Y SABRA
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LA DIVINA COMEDIA: EL PURGATORIO: CANTO XV

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Mensaje por Marcela Noemí Silva Dom Feb 09, 2014 12:47 pm

LA DIVINA COMEDIA: EL PURGATORIO: CANTO XV Divina10




LA DIVINA COMEDIA: EL PURGATORIO: CANTO XV

Entre el morir de la hora tercia
y el principio del día, cuanto se ve de la esfera
que siempre a modo de chiquillo juega,

tal espacio parecía ya hacia la puesta
quedarle aún al Sol en su carrera;
la tarde era allá, y aquí media noche era.

Y sus rayos me herían en la mitad del naso,
porque tanto habíamos rodeado el monte,
que marchábamos directo hacia el ocaso,

cuando entonces sentí la frente alcanzada
por el resplandor mucho más que antes,
y esta novedad de estupor me embargaba;

por tanto alcé las manos por arriba
de las cejas, y me armé una visera
para que el exceso de luz se atenuara.

Como cuando del agua o del espejo
salta el rayo hacia la opuesta parte,
subiendo de comparable modo

a aquel que baja, y tanto se aparta
del caer de la piedra igual espacio,
como lo demuestra el arte y el ensayo;

así me pareció que de la luz refractada
allí mismo por delante era herido,
por lo que mi vista en apartarse fue ligera.

¿Quién es ése, dulce padre, del que no puedo
resguardar mi vista por más que intente,
dije yo, y parece hacia nosotros moverse?

No te maravilles si aún te deslumbra,
me respondió, la familia del cielo:
es el enviado que viene a invitar a que se suba.

Pronto será cuando mirar estas cosas
no te será grave, mas tan placentero
cuanto la natura a sentirlo te disponga.

Luego que al ángel bendito juntos llegamos
con voz alegre nos dijo: “Entrad aquí
a una escala muy menos erguida que las otras”.

Montamos por ella de allí mismo partiendo,
y “Beati misericordes” nos fue
cantado detrás, y “Goza tu que vences”.

Mi maestro y yo, solos los dos
asuso andábamos; y andando pensaba,
en el provecho a sacar de sus palabras;

y a él me dirigí así preguntando:
¿Qué decir quiso el espíritu de Romania,
“excluir” y “los familiares” mencionando?

Por lo que me dijo: Del tamaño de su falta
conoce el daño; por éso no es de admirar
si se reprende de ello para llorar menos.

Porque vuestros deseos apuntan
a donde por compañía la parte mengua,
la envidia mueve a suspiros el fuelle.

Mas si el amor de la esfera suprema
arriba vuestro deseo torciera,
no anidaría en vuestro corazón ese miedo;

pues, cuanto más se dice “nuestro”,
tanto de bien más cada uno posee,
y más la caridad arde en ese aposento.

Yo de estar contento estoy más ayuno,
dije yo, que si antes callado me hubiera,
y mayor duda en la mente aúno.

¿Cómo es posible que un bien distribuido
a más tenedores, los haga más ricos
que si fuera de unos pocos poseído?

Y él a mi: Como tú sólo apuntas
la mente a las terrenas cosas
de la vera luz las tinieblas te separan.

Aquel infinito e inefable bien
que arriba está, corre al amor
como al lúcido cuerpo el rayo viene.

Tanto se da cuanto encuentra de ardor;
de modo que, cuanto la caridad se extiende,
sobre ella crece el eterno valor.

Y cuanta más gente allá arriba se ama
más se os da de bien amar, y más se os ama,
y como espejo el uno al otro se entrega.

Y si mi razonamiento no te calma,
verás a Beatriz, y ella plenamente
te quitará éste y cualquier otro afán.

Procura sólo que pronto se extingan,
como ya lo fueron dos, las cinco plagas
que cicatrizan por lamentarse de ellas.

Y cuando yo iba a decir: Tú me calmas,
vi que llegados éramos al otro recinto,
y quedé en silencio con los ojos rondando.

Allí parecióme que una visión
estática súbitamente me arrastraba,
y veía en un templo muchas personas;

y una mujer, en la entrada, en actitud
dulce de madre, decir: “Hijito mío,
¿porqué has así con nosotros obrado?

He aquí, que angustiados, tu padre y yo
te buscábamos”. Y como aquí se callara
desapareció la visión primera.

De allí me apareció otra con esas aguas,
que por las mejillas, el dolor destila,
cuando una gran despecho contra otro nace,

y decir: “Si eres tú señor de la ciudad,
de cuyo nombre hubo entre los Dioses gran litigio,
y donde toda ciencia resplandece,

véngate de aquellos audaces brazos
que abrazaron a nuestra hija, ¡Oh Pisístrato!”
Y el señor, a mi parecer, benigno y suave,

responderle con el rostro templado:
“¿Qué le haremos al que el mal nos desea,
si aquel que nos ama condenamos?”

Después vi gente inflamadas en ira,
con piedras matar a un jovencito, unidos en
un solo y fuerte grito: ¡Mátalo, mátalo!

Y lo veía inclinarse, por la muerte
que ya le pesaba, hacia la tierra,
mas con los ojos siempre al cielo alzados,

orando al alto Sire, entre tanta guerra,
que perdonase a sus perseguidores,
con aquel semblante que a piedad lleva.

Cuando mi alma volvió afuera
a las cosas que fuera de ella son veras,
reconocí mis no falsos errores.

Mi conductor, que me veía
como quien del sueño se desliga,
dijo: ¿Qué tienes que no puedes tenerte,

mas has marchado más de media legua
con los ojos bajos y vacilantes pasos,
como a quien el sueño o el vino pliega?

¡Oh dulce padre mío, si me escuchas,
te diré, yo dije, lo que me apareció
cuando las piernas me ligaron!

Y él: Si tuvieras cien máscaras
sobre el rostro, no se me ocultarían
tus pensamientos, por pequeños que fueran.

Lo que viste fue para que no te recuses
a abrir el corazón a las aguas de la paz
que de la eterna fuente se difunden.

No te pregunté: ¿Qué tienes? como hace
el que mira sólo con el ojo que no ve,
cuando desanimado el cuerpo yace;

mas pregunté para darte fuerza en los pies;
de este modo hay que excitar a los pigros, lentos
a usar su vigilia cuando a ella retornan.

Seguíamos en el ocaso, atentos
hasta donde los ojos podían alargarse
contra los lucientes rayos de la tarde.

Y he aquí que poco a poco un humo vino
hacia nosotros como la noche oscuro;
ni de él lugar había donde abrigarse.

Y nos privó de la vista y del aire puro.





Dante Alighieri


Marcela Noemí Silva
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