EL AMANECER DE LA POESIA DE EURIDICE CANOVA Y SABRA
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LA DIVINA COMEDIA: EL PURGATORIO: CANTO XIX

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Mensaje por Marcela Noemí Silva el Vie Mayo 02, 2014 11:16 pm

LA DIVINA COMEDIA: EL PURGATORIO: CANTO   XIX  Divina10




LA DIVINA COMEDIA: EL PURGATORIO: CANTO XIX

Canto XIX

En la hora cuando aún el calor diurno
no puede entibiar más el frío de la Luna,
vencido por la Tierra, y a veces por Saturno;

cuando los geomantes su Mayor Fortuna
ven en oriente, antes del alba,
surgir por la vía que poco está oscura,

vínome en sueños una mujer gaga,
de ojos bizca, de pies torcidos,
manca de manos, y pálida de tez.

Yo la miraba; y así como el Sol conforta
los fríos miembros que la noche agrava,
de igual manera mi mirada liberaba

su lengua, y luego la enderezaba entera
en pocas horas, y el descolorido rostro,
como el amor quiere, coloreaba.

Luego que así tuvo ella el habla suelta
comenzó tal cantar que con pena
hubiera mi atención separado de ella.

“Yo soy”, cantaba, “yo soy la dulce sirena,
que a los marineros en medio del mar desvío;
¡Tanto estoy de placeres a gozar plena!

Yo aparté a Ulises de su variado camino
con mi canto; y quien se arraiga conmigo,
rara vez se marcha; ¡complazco tanto!”

Aún no había ella cerrado la boca,
cuando apareció una dama santa y presta
a mi lado para dejarla confusa.

“¡Oh Virgilio, Virgilio!, ¿quién es esta?”
ferozmente decía; y él venía
con los ojos fijos sólo en la honesta.

A la otra prendía, y por delante la abría
rasgando sus ropas, y mostrábame el vientre:
y me despertó el hedor que de allí salía.

Moví los ojos y el buen maestro: ¡Al menos tres
veces te he llamado!, decía, levántate y ven;
busquemos la apertura por la que entres.

Me levanté, y del alto día ya estaban llenos
todos los giros del sacro monte,
y marchábamos con el Sol nuevo en las renes.

Siguiéndolo, llevaba la frente
como quien de pensares la tiene grávida,
inclinado como medio arco de puente;

cuando oí “Venid, por aquí se pasa”
decir de modo suave y benigno,
cual no se siente en esta mortal marca.

Con las alas abiertas, como de cisne,
arriba nos llevó el que así hablara
entre dos paredes del duro macizo.

Movió las plumas y aventóme,
“Qui lugent” afirmando ser beatos
que tendrán de consuelo el alma dueña.

¿Qué tienes que al suelo sólo miras?,
mi guía comenzó a decirme,
poco después que más allá del ángel fuimos.

Y yo: Tan caviloso me hace ir
una nueva visión que a ella me apega,
que no puedo de pensar en ella partirme.

Viste, dijo, aquella antigua maga
causa única de lo que más arriba se llora;
viste como el hombre de ella se desliga.

Que te baste, y batiendo al suelo los talones:
vuelve los ojos al reclamo que gira
el rey eterno junto a las magnas ruedas.

Como el halcón, que primero sus patas mira,
de allí se vuelve al grito y se lanza
por el deseo del pasto que allá le tiran,

tal hice yo; y tal, cuanto se hiende
la roca para dar paso al que va arriba,
anduve hasta donde a circular se comienza.

Cuando al quinto giro hube llegado,
vi gente allí que lloraba
yaciendo en tierra boca abajo.

“Adhesit pavimento anima mea”
oía de ellos tan altos suspiros
que sus palabras apenas se entendían.

¡Oh de Dios electos, a quienes el sufrir
justicia y esperanza hacen menos duro,
dirigidnos hacia las altas gradas!

Si venís del yacer aquí eximidos,
y más pronto queréis hallar la vía,
que vuestra diestra esté siempre por fuera.

Así rogó el poeta, y así se oyó un poco
más adelante de nosotros; y como yo
advertí por la voz al que estaba oculto,

volví mis ojos a los ojos de mi señor;
y él aprobó con alegre gesto
lo que la expresión de mi deseo pedía.

Luego que pude actuar según mi deseo,
avancé inclinado sobre la criatura
cuyas palabras notarlo antes me hicieran,

diciendo: Espíritu en quien llorar madura
lo que sin ello a Dios volver no puedes,
suspende un poco para mi tu mayor cura.

Quién fuiste y porqué vuelto tenéis el dorso
arriba, dime y si quieres que impetre
alguna cosa allá de donde salí vivo.

Y él a mi: porqué nuestras espaldas
miran al cielo, sabrás: pero antes
scias que ego fui succesor Petri.

Entre Sestri y Chiavari desciende
un bello arroyuelo, de cuyo nombre
el título de mi sangre se honra.

Un mes y poco más probé yo cuánto
pesa el gran manto a quien del fango lo guarda,
que plumas parecen todas las otras cargas.

Mi conversión, ¡ay de mi! fue tarda;
mas, cuando fui hecho pastor romano,
descubrí allí la vida embustera.

Vi que allí el corazón no se aquietaba,
y que subir más no se podría en aquella vida;
y así de ésta me encendí de amor.

Hasta entonces miserable y alejada
de Dios un alma fui, del todo avara;
ahora, como ves, aquí soy castigada.

Lo que la avaricia hace, aquí se declara
en la purga de las conversas almas;
y no hay en el monte pena más amarga.

Así como nuestro ojo no enfocó
hacia la altura, fijo en las cosas terrenas,
así la justicia aquí a la tierra lo sumerge.

Como la avaricia extingue de todo bien
nuestro amor, y el buen obrar se pierde,
así la justicia aquí estrechos nos tiene,

de pies y manos ligados y presos;
y tanto cuanto plazca al justo Sire,
estaremos inmóviles y extensos.

Yo me había arrodillado y quería hablar:
Y en que comencé, se percató
sólo escuchando, de mi reverencia,

¿Qué razón, dijo, te ha hecho abajarte?
Y yo a él: Por vuestra dignidad
de inmediato movióme la conciencia.

¡Endereza las piernas, levántate, hermano!
respondió, no yerres: consiervo soy
contigo y con los otros de la misma potestad.

Si nunca aquel santo evangélico sonido
que dice “Neque nubent” entendiste,
bien podrás ver porqué así razono.

Vete ya: no quiero que más te quedes;
que estando tú aquí mi llanto cesa,
con el que maduro yo lo que dijiste.

Nieta tengo allá de nombre Alagia
de natural bueno, con tal que nuestra casa
no la haga con el ejemplo malvada;

y ella es la única que de allá me ha quedado.





Dante Alighieri


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