EL AMANECER DE LA POESIA DE EURIDICE CANOVA Y SABRA
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LA DIVINA COMEDIA: EL PURGATORIO: CANTO XXI

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Mensaje por Marcela Noemí Silva el Vie Mayo 02, 2014 11:21 pm

LA DIVINA COMEDIA: EL PURGATORIO: CANTO  XXI  Divina10




LA DIVINA COMEDIA: EL PURGATORIO: CANTO XXI

Canto XXI
Aparición del poeta Estacio y su liberación

La natural sed que nunca se sacia
sino con el agua que la mujercilla
samaritana demandó por gracia,

me trabajaba, y punzábame la prisa
en la estorbada vía tras mi guía,
y me condolía de la justa venganza.

Y entonces, tal como escribe Lucas
que Cristo apareció a dos en la vía,
salido ya de la sepulcral fosa,

apareció una sombra que detrás nuestro venía,
del pie cuidando a la yaciente turba;
y no la apercibimos, hasta que nos habló primero,

diciendo. ¡Oh hermanos míos, Dios os dé paz!
Nos volvimos súbitamente, y Virgilio
le respondió con el gesto que correspondía.

Luego agregó: En el beato concilio
te ponga en paz la veraz corte
que me relega a mí en el eterno exilio.

¡Cómo!, exclamó, en tanto íbamos con prisa,
si sois sombras que Dios arriba no digna,
¿quién por su escalera os ha guiado?

Y el doctor mío: Si observas los signos
que éste lleva y perfila el ángel
bien verás que con los buenos merece el reino.

Pero como aquella que día y noche hila
no le había aún completado el copo
que a cada uno Cloto impone y compila,

su alma, que es hermana tuya y mía,
teniendo que subir, no pudo venir sola,
porque no puede ver a nuestro modo.

Por donde fui sacado de la amplia gola
infernal para mostrarle, y le mostraré
hasta donde pueda llevarlo mi escuela.

Mas dime si lo sabes, ¿por qué tales fragores
dio antes el monte, y porqué todas a una
parecen gritar hasta sus marinas faldas?

Tanto acertó, preguntando, en el centro
de mi deseo que, solo con la esperanza
de oír, mi sed se hizo menos ayuna.

Aquel comenzó: Nada hay que fuera
de orden consienta la religión
de la montaña, o que esté fuera de usanza.

Libre sitio es éste de toda mudanza:
de lo que el cielo de sí en sí recibe,
puede ser, y no de otra cosa, la causa.

Pues ni lluvia, ni granizo, ni nieve,
ni rocío, ni escarcha no más arriba cae
de la escalita de las tres breves gradas;

nubes espesas no se ven ni ralas,
ni relámpagos, ni la hija de Taumante,
que allá cambia frecuente de comarca;

seco vapor no surge más allá
de la cima de las tres gradas que dije,
donde el vicario de Pedro tiene las plantas.

Más abajo quizá tiemble poco o mucho;
pero por viento que en tierra se esconda,
no sé cómo, aquí arriba no tembló nunca.

Tiembla cuando algún alma tan munda
se siente, que se alza o se mueve
para subir a lo alto; y el grito la sigue.

De la mundicia sólo el querer da prueba,
porque, libre ya para cambiar de asiento,
al alma sorprende y a querer la ayuda.

Primero bien quiere, pero se opone el deseo,
que la divina justicia, contra voluntad,
como fue de pecar, pone de tormento.

Y yo, que he yacido en esta pena
quinientos años y más, recién ahora sentí
la libre voluntad del mejor suelo;

por ello sentisteis el terremoto y a los píos
espíritus por el monte rendir loas
al Señor, a que pronto arriba los envíe.

Así habló; y porque se goza tanto
en beber cuanto más grande es la sed,
no sabría decir cuánto me fue de ayuda.

Y el sabio conductor: Ahora veo la red
que aquí os retiene y como os libera,
porqué tembláis y porqué juntos gozáis.

Ahora quién fuiste, plázcate que lo sepa,
y porqué tantos siglos has yacido
aquí, que en tus palabras lo entienda.

En tiempos cuando el buen Tito, con ayuda
del sumo rey, vengó las llagas
que brotaron la sangre que vendió Judas,

con el nombre que más dura y más honra
estaba yo allá, respondió aquel espíritu,
famoso mucho, pero no con fe todavía.

Tanto fue dulce mi vocal sonido,
que, tolosano, a sí me trajo Roma,
donde merecí ornar mis sienes de mirto.

Estacio aún la gente de allá me llama:
canté a Tebas, y luego al gran Aquiles;
mas caí en camino de la segunda alforja.

De mi ardor fueron semilla las chispas,
que me escaldaron, de la divina llama
de la que son iluminados más de mil;

de la Eneida hablo, la cual madre
fue mía, y fue mi nodriza, en poesía:
sin ella no valdría el peso de un dracma.

Y por haber vivido allá cuando
vivió Virgilio, aceptaría un siglo
más, que no debo, en salir de este bando.

Volvióse a mi Virgilio a estas palabras
con el rostro que, callando, dijo: calla;
mas no puede la virtud todo lo que quiere,

que risa y llanto son tan secuaces
de la pasión que en cada una brota,
que vencen la voluntad de los más veraces.

Yo me sonreí como quien destella;
por lo que la sombra callóse, y mirándome
a los ojos, donde el semblante más refleja,

y: Si tanto trabajo como bien asumes,
dijo, ¿por qué tu cara ahora mismo
un rebrillo de risa me demuestra?

Ahora estoy de un lado y de otro preso:
uno me hace callar, el otro me conjura
que diga; y yo suspiro, y entendiendo

mi maestro: No tengas miedo,
me dice, de hablar; habla y dile
lo que demanda con tanta cura.

A lo que yo: Quizá te maravilles,
antiguo espíritu, del reír que hice;
pero mayor estupor haré que te pique.

Éste que guía a lo alto mis ojos,
es aquel Virgilio de quien tomaste
fuerza para cantar los hombres y lo dioses.

Si otra causa de mi reír creíste,
déjala por no cierta, y cree que lo sean
aquellas palabras que de él dijiste.

Ya se inclinaba a abrazar los pies
de mi doctor, pero le dijo: Hermano,
no lo hagas, tú eres sombra y sombra ves.

Y él alzándose: Ahora puedes la cantidad
de amor comprender que a ti mi escalda,
al olvidar yo nuestra vanidad,

tratando sombra como cosa compacta.





Dante Alighieri


Marcela Noemí Silva
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