EL AMANECER DE LA POESIA DE EURIDICE CANOVA Y SABRA
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LA DIVINA COMEDIA: EL PURGATORIO: CANTO XXVI

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Mensaje por Marcela Noemí Silva el Vie Mayo 02, 2014 5:34 pm

LA DIVINA COMEDIA: EL PURGATORIO: CANTO   XXVI  Divina10




LA DIVINA COMEDIA: EL PURGATORIO: CANTO XXVI

Canto XXVI
El poeta Guido Guinizelli

Mientras que así por la orla, uno tras otro,
marchábamos, y, asiduo, el buen maestro
decía: Cuidado, atiende que yo te adiestro;

heríame el hombro diestro el Sol,
que ya, irradiando, a todo occidente
mudaba a blanco aspecto de celeste;

y yo con la sombra más rojiza hacía
verse la llama; por donde a tanto indicio
vi muchas sombras, andando, fijarse.

Tal fue la razón que dio inicio
a que de mi hablaran; y comenzaron
a decirse: Este no parece cuerpo ficticio;

luego, vueltos a mi cuanto podían ponerse,
lo confirmaron, siempre cuidando
de no salirse a donde no fueran ardidos.

¡Oh tú que vas, no por más tardo,
mas quizás reverente, detrás de los otros,
respóndeme a mí que en sed y fuego ardo!

No sólo a mi tu respuesta es necesaria;
que todos éstos tienen de ella más sed
que de agua fría el Indio o el Etíope.

Dime ¿cómo es que tu cuerpo es pared
del Sol como si todavía no hubieses
de la muerte entrado en la red?

Así me hablaba uno de ellos; y yo me hubiese
ya manifestado, si no hubiera sido atraído
por otra novedad que surgió entonces:

porque en medio del camino encendido
venía gente de frente al encuentro de esta,
la cual me dejó a mirarlas suspendido.

Allí veo de todas partes apresurarse
cada sombra y besarse una con otra
sin quedarse, contentas con breve fiesta:

así por entre su hilera oscura
se hociquean una con otra las hormigas,
quizá para saber del camino o la fortuna.

Una vez terminado la cortesía amiga,
antes que el primer paso transcurra,
a gritar fuerte cada una se fatiga,

la nueva gente: ¡Sodoma y Gomorra!
y la otra: ¡En la vaca entró Pasífae,
para que el torito a su lujuria corra!

Luego como grullas que a la montaña Rife
gustan de irse, y huir hacia la arena,
unas del hielo, otras del Sol hartas,

unas sombras van y otras vienen;
y vuelven, llorando, al primer canto
y a gritar lo que más requieren.

Y acércanse a mí, como antes,
los mismos que me habían rogado,
llenos de atención el semblante.

Yo, que dos veces había visto su deseo,
comencé: ¡Oh almas seguras
de lograr, cuando sea, de paz estado,

no han quedado ni verdes ni maduros
allá mis miembros, mas están aquí conmigo
con su sangre y coyunturas.

Por donde subiendo voy para no más ser ciego:
dama hay arriba que me logra gracia,
por lo que el mortal por vuestro mundo llevo.

Pero si vuestra mayor ansia saciada
pronto se hallare, de modo que el cielo os albergue,
que lleno está de amor y más amplio se espacia,

decidme, a fin de que luego en papel lo grabe,
quién sois vosotros, y qué es aquella turba
que de vuestras espaldas se aleja.

No de otra forma estúpido se turba
el montañés, y remirando enmudece,
cuando rústico y salvaje a la ciudad llega,

así cada sombra trastornó su aspecto;
pero cuando estuvieron del estupor repuestas,
que en los altos corazones pronto se calma,

¡Beato tú, que en nuestras marcas,
recomenzó el que me inquirió primero,
para morir mejor, experiencia embarcas!

La gente que con nosotros no viene, ofendió
con lo que una vez César, triunfando,
“Reina” en su contra gritar escuchó:

por eso van “Sodoma” gritando,
reprochándose como has oído,
y así añaden al quemarse vergüenza.

Nuestro pecado fue hermafrodito;
mas porque no observamos la humana ley,
siguiendo como bestias el apetito,

en oprobio nuestro gritamos
el nombre de aquella, cuando partimos,
que se bestializó encerrada en bestia.

Conoces ahora nuestros actos y de qué fuimos reos:
si quizá por nombre quieres saber quiénes somos
no hay tiempo de decirlo, y no sabría hacerlo.

Con todo de mi dejaré tu deseo satisfecho:
soy Guido Guinizelli y ahora me purgo,
por haberme dolido antes del extremo.

Cuando en la tristeza de Licurgo
corrieron los dos hijos a rever la madre,
tal me hice yo, aunque a tanto no llego,

cuando oigo que a sí mismo se nombra el padre
que fue mío y de otros mayores que yo, que
hicieron rimas de amor dulces y gentiles;

y sin más oír ni hablar pensativo anduve
largo rato contemplándolo,
aunque, por el fuego, más no me acerqué.

Luego que de mirar satisfecho estuve,
me ofrecí por completo a su servicio
con la firmeza que hace creer al otro.

Y él a mí: Tu dejas tal vestigio,
por lo que oigo, en mí y tan claro,
que Lete no podrá quitarlo ni nublarlo.

Mas si tus palabras lo verdadero han jurado,
dime ¿cuál es la razón de que demuestres
en palabras o miradas que por ti soy amado?

Y yo a él: Vuestros dulces dichos,
los cuales, cuanto durare el moderno uso,
harán que sean amados aún sus manuscritos.

¡Oh hermano, dijo, éste que te señalo
con el dedo, e indicó un espíritu adelante,
fue mejor artesano del hablar materno.

Versos de amor y prosas en romance
los superó todos; y deja hablar a los tontos
que el Lemosín creen sea más grande.

A la voz más que a la verdad prestan oído,
y así sostienen su opinión,
antes que escuchar el arte o la razón.

Así hicieron muchos antiguos de Guittone,
de grito en grito por él dando precio,
hasta que lo venció la verdad de más personas.

Ahora bien, si tú tienes tan amplio privilegio
que lícito te sea llegar al claustro
en el que es Cristo abad en el colegio,

haz por mí un decir de un padrenuestro,
que tanto lo necesitamos los de este mundo,
donde el poder pecar ya no es más nuestro.

Luego, tal vez por hacer lugar a uno siguiente
que cerca de él estaba, desapareció por el fuego,
como por el agua el pez marchando al fondo.

Yo me acerqué al que me había mostrado un poco,
y díjele que a su persona mi deseo
le preparaba un gentil espacio.

El comenzó de su libre corazón a decir:
“Tam m’abellis vostre cortes deman,
que’ieu no me puesc ni voill a vos cobrire.

Ieu sui Arnaut, que plore e vau cantan;
consiros vei la passada folor,
e vei jausen la joi que’esper, denan.

Ara vos prec, per aquella valor
que vos guida al som de l’escalina,
¡sovenha vos a temps da ma dolor!" (*)

Después se escondió en el fuego que lo afina.

(*) Tanto me deleita vuestra cortés demanda,
que no puedo ni quiero de vos celarme.
Yo soy Arnaldo, que llora y va cantando;
dolorido mi pasada locura veo,
veo, gozoso, el gozo que espero, adelante.
Ahora os ruego, por aquel Valor,
que os guía a la sumidad de la escala,
os recuerde, a tiempo, mi dolor.





Dante Alighieri


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