EL AMANECER DE LA POESIA DE EURIDICE CANOVA Y SABRA
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LA DIVINA COMEDIA: EL PURGATORIO: CANTO XXIX

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Mensaje por Marcela Noemí Silva el Vie Mayo 02, 2014 11:40 pm

LA DIVINA COMEDIA: EL PURGATORIO: CANTO XXIX  Divina10




LA DIVINA COMEDIA: EL PURGATORIO: CANTO XXIX

Canto XXIX
El carro triunfal simbólico de la gloria del Edén

Cantando como mujer enamorada,
continuó al fin de sus palabras:
“¡Beati quorum tecta sunt peccata!”.

Y como ninfas que andan solas
por las selváticas sombras, deseando
cual de verlo, cual de huir del Sol,

se movió entonces contra el río, andando
sobre la orilla; y yo al par de ella,
pasito a pasito acompañando.

No sumaban cien pasos los suyos y los míos
cuando las orillas parejas doblaron,
de modo que a levante me encontré encarando.

Nuestra andada vía aún no era mucha,
cuando la dama toda hacia mi volviendo
me dijo: Hermano mío, mira y escucha.

Y entonces un súbito destello traspuso
las partes todas de la gran floresta,
que de un relámpago me puso en duda.

Mas como el relámpago venido se aquieta,
y éste, durando, más y más esplendia,
en la mente me decía: ¿Qué cosa es ésta?.

Y una dulce melodía corría
por el aire luminoso; cuando un buen celo
me vino en reprender la osadía de Eva,

pues allí donde obedecían la tierra y el cielo,
una mujer, sola y con todo recién formada,
no sufriera el estar bajo algún velo;

bajo el cual, si devota hubiese durado,
habría aquellas inefables delicias
gozado primero y por largo rato.

Mientras caminaba entre tantas primicias
del eterno placer todo suspenso,
y deseoso aún de más delicias,

ante nosotros, como un fuego encendido,
se hizo el aire entre las verdes ramas;
y se vio que el dulce son era un canto.

¡Oh sacrosantas Vírgenes, si hambre,
frío o vigilias por vos jamás sufriera,
razón me apoya de que merced os clame.

Ahora es preciso que Helicón por mí vierta,
y Urania me aporte con su coro
grandes temas a concebir y poner en verso.

Un poco más allá, siete árboles de oro,
falseaban el parecer por el amplio espacio
que mediaba todavía entre ellos y nosotros;

mas cuando tan cerca de ellos estuve,
que el común objeto, que al sentido engaña,
no perdiera por la distancia su efecto,

la virtud, que a la razón argumento provee,
que eran siete candelabros comprendió
y que las voces del canto eran “Hosanna”.

Flameaba arriba el bello objeto
mucho más claro que la Luna en el sereno
de media noche en la mitad de su mes.

Yo me volví de admiración lleno
a Virgilio, y el me respondió
con gesto cargado de estupor no menos.

De allí volví mi atención a esas grandes cosas
que se movían hacia nosotros tan lentamente,
que hubieran sido vencidas por nueva esposa.

La dama me gritó: ¿Por qué sólo te inflamas
tanto tras el efecto de las vivas luces,
que lo que detrás viene no reparas?

Gentes vi entonces, como por ellas guiadas,
venir detrás, vestidas de blanco;
y de un tal candor que acá nunca se viera.

El agua resplandecía del izquierdo lado,
y reflejaba mi izquierdo costado,
de modo que me veía en él como en un espejo.

Cuando por mi orilla llegué a tal puesto
de donde sólo el río ponía distancia,
por mejor ver, a los pasos di descanso,

y vi a las flamas venir delante,
dejando detrás de sí el aire pintado,
a desplegadas flámulas semejantes;

de modo que el aire arriba quedaba tinto
en siete listas, todas de aquel color
que forma el arco del Sol y de Delia el cinto.

Estos estandartes atrás se extendían más allá
de lo que mi vista podía; y, en mi opinión,
más de diez pasos se espaciaban los extremos.

Bajo tan bello cielo como yo describo,
veinticuatro ancianos, de a dos en dos,
coronados venían de lirios.

Todos cantaban: “¡Benedicta tú
entre las hijas de Adán, y benditas
sean en eterno tus bellezas!”

Luego que las flores y las otras frescas hierbas
frente a mí en la otra orilla
libres quedaron de aquella gente electa,

así como luz a luz en el cielo sigue,
vinieron detrás cuatro animales,
cada uno coronado de verde fronda;

cada uno tenía emplumadas seis alas;
las plumas llenas de ojos; y los ojos de Argos
si estuviera vivo, serían tales.

En describir su forma más no alargo
rimas, lector; que otra prisa me urge,
tanto que de ésta no puedo ser largo;

mas lee a Ezequiel, que los describe
cuando los vio venir de la fría parte
con viento, con nube y con fuego;

y cual los hallares en sus páginas
tal eran aquí, salvo que por las plumas
Juan y yo de él nos apartamos.

El espacio entre los cuatro contenía
un carro, con dos ruedas, triunfal,
que arrastrado del cuello de un grifo venía.

Éste extendía hacia arriba una y otra ala
entre la central y las tres y tres listas
de modo que a ninguna, interfiriendo, dañaba.

Se elevaban tanto que no se veían;
miembros de oro tenía en cuanto era ave,
y los otros blancos, de rojo mezclados.

Ni a Roma con un carro tan bello
alegrara el Africano, ni tampoco Augusto,
hasta el del Sol sería pobre en su presencia;

pues el del Sol, desviado, fue combusto
por ruegos de la Tierra piadosa,
cuando Jove fue arcanamente justo.

Tres mujeres en derredor de la diestra rueda
iban danzando; una tan roja
que apenas dentro del fuego sería notada;

la otra como si la carne y los huesos
hubieran sido de esmeralda hechos;
la tercera blanca como nieve recién nevada;

y ora parecían llevadas por la blanca,
ora de la roja; y del canto de ésta
las otras tomaban la marcha lenta o rápida.

Sobre la izquierda, cuatro hacían fiestas,
de púrpura vestidas, ajustadas al modo
de una de ellas, que tenía tres ojos en la testa.

Detrás de todo el sobredicho corro
vi a dos viejos en hábito dispar,
mas pares en el porte honesto y sólido.

Uno mostraba una cierta familiaridad
con aquel sumo Hipócrates, que la natura
hizo para los seres vivos que le son muy caros;

mostraba el otro contrario sino
con una espada luciente y aguda,
tal que de este lado del río me dio pavura.

Después vi a cuatro en humilde porte;
y detrás de todos vi un viejo solo
venir, durmiendo, con la faz astuta.

Y estos siete como el primer grupo
estaban vestidos, pero de lirios
entorno a la cabeza no tenían huerto;

sino de rosas y de otras flores bermejas;
jurado habría viéndolos desde algo lejos
que todos ardieran por sobre las cejas.

Y cuando el carro estuvo a mí frente,
un trueno se oyó, y aquellas gentes dignas
parecieron tener la marcha interdicta,

deteniéndose allí con las primeras enseñas.





Dante Alighieri


Marcela Noemí Silva
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