EL AMANECER DE LA POESIA DE EURIDICE CANOVA Y SABRA
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LA DIVINA COMEDIA: EL PURGATORIO: CANTO XXX

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Mensaje por Marcela Noemí Silva Vie Mayo 02, 2014 11:43 pm

LA DIVINA COMEDIA: EL PURGATORIO: CANTO XXX  Divina10




LA DIVINA COMEDIA: EL PURGATORIO: CANTO XXX

Canto XXX
Reaparece Beatriz

Beatrice ve a Dante desde el carro.
Cuando el septentrión del primer cielo,
que de ocaso jamás supo ni de orto,
ni de otra niebla que de la culpa el velo,

y que otorga allí a cada cual conciencia
de su deber, así como el más bajo otorga
cómo se gira el timón para llegar a puerto,

quieto se detuvo: la veraces gentes
que primero venían entre el grifo y él,
se volvieron al carro como a su paz;

y uno de ellos, como enviado del cielo,
“Veni, sponsa, de Libano” cantando
gritó tres veces, y los demás todos con él.

Como los bienaventurados al último bando
surgirán prontos todos de sus cavernas,
con su recuperada voz aleluyando,

tales hacia la divina carroza
se alzaron cientos, ad vocem tanti senis,
ministros y mensajeros de vida eterna.

Todos decían: “¡Benedictus qui venis!
esparciendo flores alrededor y arriba,
“¡Manibus, oh, date lilia plenis!”.

Ya he visto yo al comenzar el día
la parte oriental toda rosada,
y al otro cielo de bello sereno ornado;

y la faz del Sol nacer tan umbría
que atemperada por los vapores
toleraba el ojo su luz por largo espacio:

así en una nube de flores
que de las manos angélicas salía
y dentro y fuera del carro caía,

bajo cándido velo coronada de olivo,
se me apareció una dama, en verde manto
vestida de color de llama viva.

Y mi espíritu, que había pasado ya
tanto tiempo que en su presencia
no estuviera de estupor, temblando, librado,

sin que mis ojos tuvieran otra advertencia,
por una oculta virtud que de ella vino,
del antiguo amor sentí la gran potencia.

Así como me hirió los ojos
la alta virtud, que ya me había traspasado
antes de que salido de la puericia fuese,

volvíme a la izquierda con el respeto
del niñito que corre a la mama,
cuando tiene miedo o está triste,

para decir a Virgilio: Menos de un dracma
de sangre me ha quedado que no tiemble;
conozco los signos de la antigua llama.

Pero Virgilio nos había dejado privados
de él, Virgilio dulcísimo padre,
Virgilio al cual para mi salud me dieron;

ni cuanto perdió la antigua madre,
valió a las limpias mejillas del rocío
que, lagrimeando, no tornaran negras.

Dante, porque Virgilio se vaya
no llores siquiera, no llores todavía;
que has de llorar por otra espada.

Como almirante que en popa y en proa
viene a ver la gente en servicio
de otros barcos, y a bien hacer los alienta;

sobre la banda del carro izquierda,
cuando volvíme al oír mi nombre,
que aquí por necesidad se consigna,

vi a la dama que antes me apareciera
velada bajo la angélica fiesta,
alzar los ojos a mí de acá del río.

Aunque el velo que de su cabeza caía,
como cerco de la fronda de Minerva,
no la dejaba ver manifiesta,

con majestad real y de aspecto altiva
continuó, como el que hablando
la palabra más ardiente dentro reserva:

¡Míranos bien! Soy yo, en verdad soy yo, Beatriz,
¿cómo te atreviste a acceder el monte?
¿no sabes tú que aquí el hombre es feliz?

Mis ojos descendieron a la clara fuente;
y viéndome en ella, los bajé aún más a la hierba,
tanta vergüenza me oprimió la frente.

Como la madre al hijo parece soberbia,
así pareció ella a mí; porque amargo
es el sabor de la piedad acerba.

Ella calló; y los ángeles cantaron
de golpe: “In te Domine, speravi”;
pero más allá de “pedes meos” no pasaron.

Así como la nieve entre los vivos leños
sobre el dorso de Italia se congela,
venteada y curtida por los eslavos vientos,

y luego, licuada, en sí misma se desliza,
cuando la tierra que pierde sombra exhala,
como el fuego que funde la candela;

así quedé yo sin lágrimas ni suspiros
antes del cantar de los que aúnan
sus notas siempre con las de los eternos giros;

mas luego que entendí que en sus dulces sones
más me compadecían que si dicho
hubieran: Mujer, ¿por qué lo reprendes?,

el hielo que en torno a mi corazón se restringía,
se disolvió en suspiros y agua, y con angustia
por la boca y los ojos salió del pecho.

Ella, que firme sobre el varal
de carro estaba, a las substancias pías
dirigió así sus palabras luego:

Vosotros veláis en el eterno día,
de modo que ni noche o sueño os roba
nada de lo que haga el siglo por sus vías;

por donde mi respuesta pone más cuidado
de que me entienda aquel que allá llora,
para que culpa y dolor sean de igual mesura.

No sólo por obra de las ruedas magnas,
que dirigen cada simiente a algún fin
conforme a cómo las estrellas acompañan,

sino por generosidad de la gracia divina,
que tan grandes nubes tiende a su lluvia
que nuestra vista allá no llegan vecinas,

éste fue tal en su vida nueva
virtualmente, que todo hábito recto
habría hecho en él admirable prueba.

Mas tanto más maligno y más silvestre
se torna el terreno con mala semilla y sin cultivo,
cuanto más buen vigor tiene la tierra.

Por un tiempo lo sostuve con mi rostro:
mostrándole los jóvenes ojillos
conmigo lo llevaba hacia el lado recto.

Mismo cuando en el umbral estuve
de mi segunda edad y cambié de vida,
éste se apartó de mí, y dióse a otra.

Cuando de carne a espíritu hube salido,
y en belleza y virtud crecida era,
fui para él menos cara y menos grata;

y volvió sus pasos a una vía no verdadera,
imágenes de bien siguiendo falsas,
que ninguna promesa rinden entera.

Ni impetrarle inspiración me valió
por las que en sueños y de otros modos
lo llamaba; ¡tan poco caso ha hecho de ella!

Tan bajo cayó, que todo argumento
por su salud le eran ya cortos,
fuera de mostrarle la perdida gente.

Por eso visité la puerta de los muertos,
y a aquel que aquí arriba lo ha traído,
mis ruegos, llorando, expuestos fueron.

Alto hado de Dios sería roto,
si el Lete atravesara, y tal vianda
fuera por él gustada sin ningún escote

de arrepentimiento que lágrimas expanda.





Dante Alighieri


Marcela Noemí Silva
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