EL AMANECER DE LA POESIA DE EURIDICE CANOVA Y SABRA
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LA DIVINA COMEDIA:EL PARAÍSO: CANTO II

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Mensaje por Marcela Noemí Silva el Lun Jun 30, 2014 2:12 am

 LA DIVINA COMEDIA:EL PARAÍSO: CANTO II Divina10



LA DIVINA COMEDIA:EL PARAÍSO: CANTO II



Primer Cielo
Cielo De La Luna - Cambios Y Mutaciones

¡Eh! Vosotros que en pequeñita barca,
deseosos de escuchar, seguís
tras de mi leño que cantando marcha,

volved a rever vuestras orillas:
no os adentréis en piélago, porqué, tal vez
perdiéndome, os perderíais.

El agua en que me adentro nunca fue surcada:
Minerva inspira, y condúceme Apolo,
y nueve Musas me marcan las Osas.

Vosotros pocos, que pronto alzasteis
el cuello al pan de los ángeles, del cual
aquí se vive sin nunca estar saciado,

podéis meter bien en la alta mar
vuestro navío, siguiendo mi estela
antes que el agua retorne igual.

Aquellos gloriosos que a Colcos fueron
no se admiraron tanto, como lo haréis vosotros,
cuando a Jasón de boyero vieron.

La concreada y perpetua sed
del deiforme reino nos llevaba
tan veloces cual veis el cielo.

Beatriz a arriba, y yo a ella miraba;
y quizá en lo que se arma una ballesta
y vuela la flecha y de la nuez se dispara,

junto me vi a donde una admirable cosa
me forzó a mirarla; sin embargo aquella
de quien mi cuita no podía esconderse,

volvióse a mí tan alegre como bella:
Dirige la agradecida mente a Dios, me dijo,
que nos reunió con la primera estrella.

Parecíame que una nube nos cubriera
brillante, espesa, sólida y bruñida,
como diamante al que el Sol hiriera.

Dentro de sí la eterna margarita
nos recibió, como el agua recibe
un rayo de luz y se mantiene unida.

Si yo era cuerpo, y si aquí no se concibe
cómo una dimensión de otra padezca,
que así sería si un cuerpo en otro se metiera,

encender más nos debiera el deseo
de ver aquella esencia en que se ve
como nuestra natura y Dios se unen.

Allí se verá lo que tenemos por fe,
no demostrado, más por sí mismo conocido
como la verdad primera en que el hombre cree.

Yo respondí: Señora, tan devoto
como ser más puedo, agradezco a aquel
que del mortal mundo me ha depuesto.

Mas dime: ¿qué son los signos oscuros
de este cuerpo, que allá en la tierra
llevan de Caín fabulando a muchos?

Ella sonrióse un tanto y luego: Si yerra
la opinión, me dijo, de los mortales,
cuando la llave del sentido no descierra,

cierto que no más te deberían herir las flechas
de la admiración, pues sin el sentido
mira que la razón tiene cortas las alas.

Mas dime lo que tú por ti mismo piensas.
Y yo: Lo que aquí arriba se ve diverso
creo que lo hacen los cuerpos raros y densos.

Y ella: Verdad que verás muy hundido
en el error el creer tuyo, si bien escuchas
el argumento que te haré adverso.

La esfera octavo os muestra muchas
luces, las cuales en el cual y en el cuanto
notar se pueden diversos rostros.

Si lo raro y lo denso pudieran hacer tanto,
una sola virtud habría en todos,
más o menos distribuida y graduada.

Diversas virtudes deben ser fruto
de principios formales, y ellos, salvo uno,
sería según tu argumento deshechos.

Aún más, si lo raro sería de aquello oscuro
la razón que pides, o bien en parte
estaría de su materia tan ayuno

este planeta, o así como comparte
lo graso y lo magro un cuerpo, así éste
en su volumen alternaría páginas.

Si lo primero fuera, sería manifiesto
en los eclipses de Sol, por traslucir
el rayo como en otro raro inserto.

Ésto no ocurre; más aún queda por ver
lo otro; y si resulta que a éste gane,
falseado quedaría tu parecer.

Si puesto que este raro no traspase,
tiene que haber un término, de donde
su contrario pasar no lo deje;

y que entonces el otro rayo se refleje
como el color vuelve del vidrio,
que detrás de sí plomo encierra.

Ahora dirás que se muestra bruno
allí el rayo más que en las otras partes,
por estar allí reflejado desde más profundo.

De esta instancia puede liberarte
la experiencia, si alguna vez lo pruebas,
que suele ser la fuente del fluir de vuestro arte.

Toma tres espejos; dos de ellos remueve
de ti un mismo espacio, y el otro, más aleja,
entre los dos primeros pone tus ojos.

Mirándolos, haz que a tus espaldas
haya una luz que a los tres encienda
y que vuelva a ti por todos redoblada.

Mientras que aun cuando no se enanche
tanto la imagen más lejana, allí verás
que el brillo del mismo modo resplandece.

Pues bien, como al caer los tibios rayos
quedan de la nieve desnudos los objetos
y del color y del frío primeros;

así librado tú en el intelecto
quiero informarlo de luz tan vivaz
que quedará titilando en su aspecto.

Dentro del cielo de la divina paz
gira sobre sí un cuerpo en cuya virtud
el ser de todo lo que contiene yace.

El siguiente cielo, que tiene tantos reflejos,
aquel ser participa por diversas esencias,
de él distintas y en él inclusas.

Los demás giros por variadas diferencias
las distinciones que contienen
disponen a sus fines y a sus simientes.

Estos órganos del mundo así marchan,
como tú ves ahora, de grado en grado,
que de arriba reciben y promueven abajo.

Mírame bien a mí que así como yo voy
por este lugar hacia la verdad que buscas,
del mismo modo sin mí tú solo sepas el paso.

El movimiento y la virtud de los santos giros
como del artífice el arte del martillo,
de los beatos motores es necesario que vengan;

y el cielo, al que tantas luces hacen bello,
de la mente profunda que lo agita
toma la imagen y hácese sello.

Y así como el alma en vuestro polvo
por diferentes miembros y conforme
a diversas potencias se resuelve,

así la inteligencia su bondad
multiplicada por las estrellas despliega,
girando ella misma en su unidad.

Virtud diversa de diversas modos se liga
al precioso cuerpo que aviva
con el cual, como en vosotros la vida, se une.

Por la alegre natura de donde deriva,
la virtud mixta por el cuerpo luce,
como alegría por la pupila viva.

De ella viene lo que de luz a luz
parece diferente, no de lo denso o raro;
ella es el formal principio que produce,
conforme a su bondad, lo turbio y lo claro.

Dante Alighieri


Marcela Noemí Silva
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