EL AMANECER DE LA POESIA DE EURIDICE CANOVA Y SABRA
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El crimen de lord Arthur Saville de Oscar Wilde- Capítulo IV

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El crimen de lord Arthur Saville de Oscar Wilde- Capítulo IV Empty El crimen de lord Arthur Saville de Oscar Wilde- Capítulo IV

Mensaje por Ruben el Lun Abr 13, 2015 2:53 am

El crimen de lord Arthur Saville de Oscar Wilde- Capítulo IV

En Venecia se encontró con su hermano lord Sur­biton, que acababa de llegar de Corfú en su yate. Los dos jóvenes pasaron juntos unas semanas encantadoras. Por la mañana vagaban a caballo por el Lido o iban de un lado para otro por los canales verdes en su alargada góndola negra; por la tarde, recibían generalmente visitas a bordo del yate y, por la noche, comían en el Florian y fumaban innumerables cigarrillos paseando por la plaza. A pesar de todo, lord Arthur no era feliz. Todos los días recorría la columna de defunciones del Times, esperando encontrar la noticia de la muerte de lady Clementina; pero siempre sufría una decepción. Empezó a temer que le hubiese ocu­rrido algún accidente y sintió muchas veces no haberle dejado tomar la aconitina cuando quiso ella probar sus efectos. Las cartas de Sybil, aunque llenas de amor, de con­fianza y de ternura, tenían con frecuencia un tono triste, y a veces pensaba que se había separado de ella para siempre.
Al cabo de quince días, lord Surbiton se cansó de Venecia y decidió recorrer la costa hasta Rávena, pues oyó decir que había mucha caza en el Pinar. Lord Arthur, al principio, se negó terminantemente a acompañarle; pe­ro Surbiton, a quien quería muchísimo, le persuadió por fin de que, si seguía viviendo en el hotel Danieli, se mori­ría de tedio y el día 15, por la mañana, se hicieron a la ve­la con un fuerte viento nordeste y un mar bastante picado. La travesía fue agradable y la vida al aire libre hizo reapa­recer los frescos colores en las mejillas de lord Arthur; pero hacia el día 22 volvieron a invadirle sus preocupacio­nes respecto a lady Clementina y, a pesar de las exhorta­ciones de Surbiton, regresó en tren a Venecia.
Cuando desembarcó de su góndola en los escalones del hotel, el dueño fue a su encuentro llevando un telegrama. Lord Arthur se lo arrebató de las manos y lo abrió, rasgán­dolo con brusco ademán. ¡Éxito total!: lady Clementina ha­bía muerto repentinamente, por la noche, cinco días antes.
El primer pensamiento de lord Arthur fue para Sybil y le envió un telegrama anunciándole su regreso in­mediato a Londres. En seguida ordenó a su criado que preparase el equipaje para el rápido de aquella noche, quintuplicó la propina a su gondolero y subió hacia su habitación con paso ligero y corazón alegre. Allí le espe­raban tres cartas. Una de ellas llena de cariño, con un pésame muy sentido, era de Sybil; las otras, de la madre de Arthur y del notario de lady Clementina. Parecía ser que la vieja señora cenó con la duquesa la noche antes de su muerte. Encantó a todo el mundo con su gracejo y es­prit pero se retiró temprano, quejándose de dolor de estómago. A la mañana siguiente la encontraron muerta en su lecho, sin que pareciese haber sufrido en modo al­guno.
Se avisó entonces a sir Mathew Reid, pero era ya inútil, y fue enterrada en Beauchamp-Chalcote el día 22. Pocos días antes de su muerte hizo testamento. Dejaba a lord Arthur su casita de la calle de Curzon. Todo su mobi­liario, su capital, su galería de cuadros, menos la colección de miniaturas, que legaba a su hermana lady Margaret Rufford, y su collar de amatistas, que dejaba a Sybil Mer­ton. El inmueble no valía mucho; pero míster Mansfield, el notario, deseaba vivamente que viniese lord Arthur lo antes posible, porque había muchas deudas que pagar, ya que lady Clementina no pudo tener nunca sus cuentas en regla. A lord Arthur le conmovió mucho aquel buen re­cuerdo de lady Clementina y pensó que míster Podgers tenía realmente que asumir una grave responsabilidad en aquel asunto. Su amor por Sybil dominó, sin embargo, cualquier otra emoción y la plena conciencia de que había cumplido su deber le tranquilizó, dándole ánimos. Al lle­gar a Charing Cross se sintió dichoso por completo. Los Merton le recibieron muy afectuosos. Sybil le hizo pro­meter que no toleraría ningún obstáculo que se interpu­siera entre ellos y quedó fijada la boda para el 7 de junio. La vida le parecía, una vez más, brillante y hermosa, y to­da su antigua alegría renacía en él.
Sin embargo, estando pocos días después haciendo el inventario de la casa de la calle Curzon con el notario de lady Clementina y con Sybil, quemando paquetes, car­tas amarillentas y desechando extrañas antiguallas, de pronto la joven lanzó un grito de alegría.
-¿Qué has encontrado, Sybil? -inquirió lord Arthur, levantando la cabeza y sonriendo.
-Esta bombonerita de plata. ¡Es preciosa! Parece holandesa. ¿Me la regalas? Las amatistas no me sentarán bien, creo yo, hasta que tenga ochenta años.
Era la cajita con la cápsula de aconitina.
Lord Arthur se estremeció y un rubor repentino in­flamó sus mejillas. Ya casi no se acordaba de lo que había hecho y le pareció una extraña coincidencia que fuese Sy­bil, por cuyo amor pasó todas aquellas angustias, la prime­ra en recordárselo.
-Tuya es, desde luego. Fui yo quien se la regaló a lady Clem.
-¡Oh, gracias, Arthur! ¿Y este bombón, me lo das también? No sabía que le gustasen los dulces a lady Cle­mentina. La creía demasiado intelectual.
Lord Arthur se quedó intensamente pálido y una idea horrible cruzó por su imaginación.
-¡Un bombón, Sybil! ¿Qué quieres decir? -pregun­tó con voz ronca y apagada.
-Sí; hay un bombón dentro; uno solo, rancio ya y sucio... No me resulta nada apetitoso, Pero ¿qué sucede, Arthur? ¡Estás muy pálido!
Lord Arthur saltó de su silla y cogió la bombonera. Dentro estaba la píldora ambarina, con su glóbulo de ve­neno. ¡A pesar de todos sus esfuerzos, lady Clementina había fallecido de muerte natural!
La conmoción que le produjo aquel descubrimiento fue superior a sus fuerzas. Tiró la píldora al fuego y se des­plomó sobre el sofá con un grito desesperado.
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