EL AMANECER DE LA POESIA DE EURIDICE CANOVA Y SABRA
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De Profundis- Prisión de S.M- de Oscar Wilde VIII

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Mensaje por Ruben el Lun Abr 13, 2015 1:58 pm

De Profundis- Prisión de S.M- de Oscar Wilde VIII

Llegaron los habituales telegramas de ruegos y remordimientos: me hice el sordo. Por fin amenazaste con que, a menos que consintiera en recibirte, por nada del mundo accederías a irte a Egipto. Yo mismo, con tu conocimiento y conformidad, le había rogado a tu madre que te enviara a Egipto para alejarte de Inglaterra, porque en Londres estabas echando tu vida a perder. Sabía que si no ibas se llevaría una desilusión terrible, y pensando en ella te recibí, y bajo la influencia de una gran emoción, que ni siquiera a ti se te puede haber olvidado, perdoné el pasado; aunque no dije absolutamente nada del futuro.

A mi vuelta a Londres al día siguiente, recuerdo haber estado sentado en mi habitación, intentando triste y seriamente determinar si de verdad eras o no lo que me.parecías ser, tan lleno de terribles defectos, tan totalmente ruinoso para ti y para los demás, tan fatídico para el que simplemente te conociera o estuviera contigo. Toda una semana estuve pensándolo, y preguntándome si en el fondo no sería que yo era injusto y me equivocaba en mi estimación de ti. Al cabo de la semana me traen una carta de tu madre. Expresaba con puntos y comas las mismas impresiones que yo tenía de ti. En ella hablaba de tu vanidad ciega y exagerada, que te hacía despreciar tu casa y calificar de «filisteo» a tu hermano mayor -candidissima anima-; de tu mal genio, que hacía que le diera miedo hablarte de tu vida, de la vida que ella intuía, sabía, que estabas llevando; de tu conducta en cuestiones de dinero, tan penosa para ella en más de un aspecto; de la degeneración y el cambio que había habido en ti. Tu madre veía, cómo no, que la herencia te había cargado con un legado terrible, y lo reconocía con franqueza, lo reconocía con terror: es «el único de mis hijos que ha heredado el fatal temperamento de los Douglas», decía de ti. Al final afirmaba que se sentía obligada a declarar que tu amistad conmigo, en su opinión, había intensificado de tal modo tu vanidad que ésta había llegado a ser la fuente de todos tus defectos, y me pedía encarecidamente que no te viera en el extranjero. Yo le respondí inmediatamente, diciéndole que estaba totalmente de acuerdo con todas y cada una de sus palabras.

Añadí mucho más. Llegué hasta donde podía llegar. Le conté que el origen de nuestra amistad era que tú, en tus tiempos de estudiante en Oxford, habías venido a pedirme que te ayudara en un asunto muy serio de una índole muy particular. Le conté que tu vida había estado continuamente turbada de la misma manera. De tu ida a Bélgica habías echado tú la culpa a tu compañero en ese viaje, y tu madre me había reprochado el habértelo presentado. Yo trasladé la culpa a donde debía estar, sobre tus hombros. Acabé asegurándole que no tenía la menor intención de reunirme contigo en el extranjero, y rogándole que tratase de retenerte allí, bien como agregado honorario, si eso fuera posible, o para aprender lenguas modernas, si no lo fuera; o con el motivo que le pareciera, al menos durante dos o tres años, y por tu bien así como por el mío.

Entretanto tú me estabas escribiendo en cada correo que venía de Egipto. Yo no hice el más mínimo caso de ninguna de tus comunicaciones. Las leía y las rompía. Tenía muy decidido no tener más trato contigo. Estaba resuelto, y me dediqué con alegría al arte cuyo progreso te había dejado interrumpir. Pasados tres meses, tu madre, con esa desdichada debilidad de la voluntad que la caracteriza, y que en la tragedia de mi vida ha sido un elemento no menos fatídico que la violencia de tu padre, me escribe ella misma -no me cabe duda, claro está, que instigada por ti- y me dice que estás preocupadísimo por no saber de mí, y que para que no tenga excusa para no comunicarme contigo me envía tu dirección en Atenas, que, por supuesto, yo conocía perfectamente. Confieso que su carta me dejó absolutamente pasmado. No entendía que, después de lo que me había escrito en diciembre, y lo que yo le había escrito a ella en respuesta, pudiera de ninguna manera tratar de reparar o reanudar mi desgraciada amistad contigo. Respondí a su carta, naturalmente, y una vez más la insté a que intentase ponerte en relación con alguna embajada, para evitar que volvieses a Inglaterra, pero a ti no te escribí, ni hice más caso de tus telegramas que antes de que tu madre me escribiera. Finalmente telegrafiaste a mi mujer pidiéndole que usara de su influencia conmigo para que yo te escribiera. Nuestra amistad siempre había sido una fuente de malestar para ella: no sólo porque nunca le agradaste personalmente, sino porque veía cómo tu compañía continua me alteraba, y no para mejor; de todos modos, lo mismo que contigo había mostrado siempre la mayor finura y hospitalidad, así tampoco pudo soportar la idea de que yo fuera de ninguna manera ingrato -porque eso le parecía- con ninguno de mis amigos. Pensaba, sabía de hecho, que eso no iba con mi carácter. A petición suya sí me comuniqué contigo. Recuerdo muy bien el texto de mi telegrama. Te decía que el tiempo cura todas las heridas, pero que de allí a muchos meses no quería ni escribirte ni verte. Tú saliste inmediatamente para París, enviándome por el camino telegramas apasionados en los que suplicabas que te viera una vez, aunque no fuera más. Yo me negué. Llegaste a París un sábado por la noche, y encontraste en el hotel una breve carta mía diciendo que no quería verte. A la mañana siguiente recibí en Tite Street un telegrama tuyo de unas diez u once páginas. En él declarabas que, fuera lo que fuese lo que me hubieras hecho, no podías creer que yo me negase rotundamente a verte; me recordabas que por verme siquiera una hora habías viajado durante seis días con sus noches por Europa sin hacer alto ni una sola vez; hacías un llamamiento muy patético, lo reconozco, y acababas con lo que me pareció ser una amenaza de suicidio, y no muy velada. Tú mismo me habías contado con frecuencia cuántos había habido en tu estirpe que se habían manchado las manos con su propia sangre; tu tío ciertamente, tu abuelo posiblemente; muchos otros en la línea mala y demente de la que procedes.
Ruben
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