EL AMANECER DE LA POESIA DE EURIDICE CANOVA Y SABRA
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De Profundis- Prisión de S.M- de Oscar Wilde XIX

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Mensaje por Ruben el Lun Abr 13, 2015 2:19 pm

De Profundis- Prisión de S.M- de Oscar Wilde XIX

Tú eras la única persona que, sin exponerte de ninguna manera a escarnio ni peligro ni culpa, podría haber dado otro color a todo el asunto; haber puesto la cuestión bajo otra luz; haber mostrado hasta cierto punto cómo eran las cosas en realidad. Yo, por supuesto, no habría esperado, ni deseado, que declarases cómo y con qué fin habías buscado mi ayuda cuando tu apuro de Oxford; ni cómo, ni con qué fin, si es que algún fin tenías, prácticamente no te habías despegado de mí durante casi tres años. Mis intentos incesantes de cortar una amistad que era tan ruinosa para mí como artista, como hombre de posición, como miembro de la sociedad incluso, no tenían por qué haber sido relatados con la precisión con que aquí se han consignado. Tampoco hubiera querido que describieras las escenas que hacías con tan monótona reiteración; ni que dieras a la imprenta tus maravillosas series de telegramas, con su extraña mezcla de romance y finanzas; ni que citaras de tus cartas los pasajes mas repugnantes o despiadados, como yo he tenido que hacer. Aun así, pensé que habría sido bueno, para ti y para mí, que elevaras alguna protesta contra la versión que daba tu padre de nuestra amistad, no menos grotesca que venenosa, y tan absurda en lo tocante a ti como deshonrosa en lo tocante a mí. Esa versión ha pasado ya a la historia seria: se cita, se cree y se relata; el predicador ha hecho de ella su texto, y el moralista su tema baldío; y yo, que hablaba a todas las edades, he tenido que aceptar mi veredicto de un monicaco y bufón. He dicho en esta carta, y reconozco que con cierta acritud, que tal es la ironía de las cosas, que tu padre vivirá para ser el héroe de un opúsculo de catequesis; que a ti se te colocará al lado del niño Samuel, y que mi sitio estará entre Gilles de Retz y el marqués de Sade. Me atrevo a decir que más vale así. No quiero quejarme. Una de las muchas lecciones que se aprenden en la cárcel es que las cosas son lo que son, y serán lo que hayan de ser. Tampoco dudo que el leproso del medievalismo y el autor de Justine serán mejor compañía que Sandford y Merton.

Pero en el momento en que te escribí pensaba que para ti y para mí sería bueno, sería propio, sería acertado no aceptar la historia que tu padre había presentado a través de sus abogados para edificación de un mundo filisteo, y por eso te pedí que pensaras y escribieras algo que se acercara más a la verdad. Por lo menos habría sido mejor para ti que garabatear para los periódicos franceses sobre la vida doméstica de tus padres. ¿Qué les importaba a los franceses que tus padres hubieran sido o no felices en su vida doméstica? No se concibe un tema que menos les pudiera interesar. Lo que sí les interesaba era cómo un artista de mi distinción, que por la escuela y movimiento que encarnaba había ejercido una influencia marcada en la dirección del pensamiento francés, podía, tras llevar semejante vida, iniciar semejante acción. Si para tu artículo hubieras propuesto publicar las cartas, me temo que incontables, en las que te había hablado de la ruina que estabas acarreando a mi vida, de la locura de los estados de ira que estabas dejando que te dominaran con daño tuyo y mío, y de mi deseo, más aún, mi determinación de poner fin a una amistad tan funesta para mí en todos los aspectos, yo lo habría entendido, aunque no habría permitido que tales cartas se publicaran; cuando los abogados de tu padre, queriendo sorprenderme en contradicción, presentaron de pronto ante el tribunal una carta mía que te había escrito en marzo del 93, donde afirmaba que antes que soportar una repetición de las detestables escenas que parecían darte tan terrible placer consentiría de grado en ser «chantajeado por todos los renters de Londres», fue para mí un dolor muy real que ese lado de mi amistad contigo fuera incidentalmente revelado a la mirada del vulgo; pero el que tú fueras tan tardo en ver, tan carente de toda sensibilidad, y tan falto de apreciación de lo raro, lo delicado y lo hermoso, como para tú mismo proponer la publicación de las cartas en las que, y con las que, yo intentaba mantener vivos el espíritu y el alma mismos del Amor, para que pudiera habitar en mi cuerpo a través de los largos años de humillación de ese cuerpo: eso fue, y sigue siendo para mí, causa del dolor más profundo, del desengaño más lacerante. Por qué lo hiciste, temo saberlo demasiado bien. Si el Odio cegó tus ojos, la Vanidad te cosió los párpados con hilos de hierro. La facultad «que es lo único que nos permite comprender a los demás en sus relaciones así reales como ideales », tu egotismo estrecho la había embotado, y el largo desuso la había inutilizado. La imaginación estaba tan encarcelada como yo. La Vanidad había puesto barrotes en las ventanas, y el carcelero se llamaba Odio.

Todo esto tuvo lugar en la primera quincena de noviembre del año antepasado. Un gran río de vida fluye entre ti y una fecha tan distante. Apenas o nada puedes ver a través de un desierto tan ancho. Pero a mí me parece como si hubiera sido, no diré ayer, sino hoy. El sufrimiento es un único momento largo. No lo podemos dividir en estaciones. Sólo podemos registrar sus modos y anotar su retorno. Para nosotros el tiempo en sí no avanza. Gira. Parece dar vueltas en torno a un único centro de dolor. La inmovilidad paralizante de una vida regulada en cada una de sus circunstancias según un patrón invariable, de forma que comemos y bebemos, caminamos y nos acostamos y rezamos, o por lo menos nos arrodillamos en oración, conforme a las leyes inflexibles de una fórmula de hierro: esa inmovilidad, que hace que cada día terrible sea igual a los demás hasta en el menor detalle, parece comunicarse a aquellas fuerzas externas cuya esencia misma es el cambio incesante. De la época de la siembra o de la recolección, de los segadores que se doblan sobre la mies o los vendimiadores que serpean entre las viñas, de la hierba del huerto blanqueada de capullos rotos o salpicada de frutos caídos, no sabemos nada, ni podemos saber nada. Para nosotros sólo hay una estación, la estación del Dolor. Es como si hasta el sol y la luna nos hubieran quitado. Afuera el día podrá ser azul y oro, pero la luz que se filtra por el grueso vidrio del ventanuco enrejado que tenemos encima es gris y miserable. En la celda siempre es atardecer, como en el corazón es siempre medianoche. Y en la esfera del pensamiento, no menos que en la esfera del tiempo, ya no hay movimiento.
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