EL AMANECER DE LA POESIA DE EURIDICE CANOVA Y SABRA
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De Profundis- Prisión de S.M- de Oscar Wilde XXVII

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Mensaje por Ruben el Lun Abr 13, 2015 2:38 pm

De Profundis- Prisión de S.M- de Oscar Wilde XXVII

Es cierto que el sitio de Cristo está con los poetas. Toda su concepción de la Humanidad brotaba directamente de la imaginación y sólo se puede realizar con ella. Lo que Dios era para el Panteísta era el hombre para él. Él fue el primero en concebir las razas divididas como una unidad. Antes había dioses y hombres. Él solo vio que en los montes de la vida no había más que Dios y Hombre, y, sintiendo a través del misticismo de la simpatía que en él se habían encarnado ambos, se llama a sí mismo Hijo del Uno o hijo del otro, según su talante. Más que ninguna otra persona histórica despierta en nosotros ese temple de asombro al que el Romance siempre apela. Para mí sigue habiendo algo casi increíble en la idea de un joven campesino de Galilea que imagina poder llevar sobre sus hombros la carga del mundo entero: todo lo que ya se había hecho y sufrido, y todo lo que quedaba por hacer y sufrir: los pecados de Nerón, de César Borgia, de Alejandro VI, y del que fue Emperador de Roma y Sacerdote del Sol; los sufrimientos de aquellos cuyo nombre es Legión y que tienen su morada entre los sepulcros, las nacionalidades oprimidas, los niños de las fábricas, los ladrones, los encarcelados, los proscritos, los que enmudecen bajo la opresión y cuyo silencio sólo lo oye Dios; y que no sólo lo imagina sino que lo logra, de suerte que en el momento presente todos los que entran en contacto con su personalidad, aunque quizá no se inclinen ante su altar ni se arrodillen ante su sacerdote, empero sienten de algún modo que la fealdad de sus pecados desaparece y la belleza de su dolor se les revela.

He dicho de él que su sitio está con los poetas. Es verdad. Shelley y Sófocles son de los suyos. Pero su vida entera también es el más maravilloso de los poemas. En «piedad y terror» no hay nada en todo el ciclo de la Tragedia Griega que la alcance. La absoluta pureza del protagonista eleva el plan entero a una altura de arte romántico del que los sufrimientos del «linaje de Tebas y de Penélope» quedan excluidos por su mismo horror, y demuestra cuánto erraba Aristóteles al decir en su tratado sobre el Drama que sería imposible soportar el espectáculo del dolor de un inocente. Ni en Esquilo ni en Dante, maestros severos de la ternura, ni en Shakespeare, el más puramente humano de todos los grandes artistas, ni en la totalidad del mito y la leyenda celtas, donde la galanura del mundo se muestra a través de una bruma de lágrimas y la vida de un hombre no es más que la vida de una flor, hay nada que en pura simplicidad de patetismo fundida y unida con sublimidad de efecto trágico pueda ni equipararse ni acercarse siquiera al último acto de la Pasión de Cristo. La parva cena con sus compañeros, de los cuales uno ya le había vendido a un precio; la angustia en el silencioso olivar bajo la luna; el falso amigo que se acerca para entregarle con un beso; el amigo que todavía creía en él, y en quien como sobre una roca había esperado edificar su Casa de Refugio para el Hombre, que le niega cuando el gallo grita al amanecer; su soledad absoluta, su sumisión, su aceptación de todo; y al lado de todo eso, escenas como el sumo sacerdote de la Ortodoxia que se rasga iracundo las vestiduras, y el Magistrado de la Justicia Civil que pide agua con la vana esperanza de limpiarse de esa mancha de sangre inocente que hace de él la figura escarlata de la Historia; la ceremonia de coronación del Dolor, una de las cosas más prodigiosas que haya en toda la crónica de los tiempos; la crucifixión del Inocente ante los ojos de su madre y del discípulo al que amaba; los soldados que se juegan sus ropas a los dados; la terrible muerte con que dio al mundo su símbolo más eterno; y su entierro final en el sepulcro del hombre rico, con el cuerpo envuelto en lino egipcio y especias y perfumes caros como si hubiera sido el hijo de un Rey: cuando se contempla todo eso desde el punto de vista del Arte solamente, no se puede por menos de agradecer que el oficio supremo de la Iglesia sea la representación de la tragedia sin el derramamiento de sangre, la presentación mística mediante diálogo y vestidura y gesto incluso de la Pasión de su Señor, y es siempre una fuente de placer y profundo respeto para mí recordar que la última supervivencia del Coro griego, por lo demás perdido para el arte, se encuentra en el acólito que responde al sacerdote en la Misa.

Y sin embargo la vida de Cristo -tan enteramente pueden Dolor y Belleza ser una sola cosa en su significado y manifestación- es realmente un idilio, aunque acabe con el velo del templo desgarrado, y las tinieblas cubriendo la faz de la tierra, y la piedra rodada a la puerta del sepulcro. Uno siempre piensa en él como un joven novio con sus compañeros, como de hecho él mismo se describe en una ocasión, o un pastor que se pierde por el valle con sus ovejas en busca de prado verde o arroyo fresco, o un cantor que con música intenta alzar los muros de la ciudad de Dios, o un amante para cuyo amor el mundo entero era pequeño. Sus milagros me parecen tan exquisitos como la llegada de la Primavera, e igual de naturales. No encuentro dificultad alguna en creer que fuera tal el encanto de su personalidad que su mera presencia pudiera poner paz en las almas angustiadas, y que los que tocaban su vestido o sus manos se olvidaran de sus dolores; o que, a su paso por el camino de la vida, gente que no había visto nada de los misterios de la vida los viera claramente, y otros que habían sido sordos a toda voz que no fuera la del Placer oyeran por vez primera la voz del Amor y la encontraran tan «musical como el laúd de Apolo»; o que las malas pasiones huyeran ante él, y hombres cuyas vidas embotadas sin imaginación no habían sido sino un modo de muerte se alzaran como del sepulcro a su llamada; o que, cuando enseñaba en la ladera, la multitud se olvidara de su hambre y su sed y los cuidados de este mundo, y que a los amigos que le escuchaban al sentarse a comer la comida grosera les pareciera delicada, y el agua supiera a buen vino, y la casa entera se llenara de la fragancia y la dulzura del nardo.

Renan, en su Vie deisus -ese gentil Quinto Evangelio, el Evangelio según Santo Tomás se le podría llamar-, dice no sé por dónde que el gran logro de Cristo fue hacerse tan amado después de su muerte como lo había sido en vida. Y ciertamente, si su lugar está con los poetas, es el cabeza de todos los amantes. Él vio que el amor era ese secreto perdido del mundo que los sabios venían buscando, y que únicamente a través del amor podía uno acercarse al corazón del leproso o a los pies de Dios.

Y, sobre todo, Cristo es el más supremo de los Individualistas. La humildad, como la aceptación artística de todas las experiencias, no es sino un modo de manifestación. Es el alma del hombre lo que Cristo anda buscando siempre. La llama «el Reino de Dios» -- y la encuentra en toda persona. La compara con cosas pequeñas, con una semilla diminuta, con un puñado de levadura, con una perla. Porque sólo realiza uno su alma desprendiéndose de todas las pasiones ajenas, de toda la cultura adquirida, y de todas las posesiones exteriores, sean buenas o malas.
Ruben
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