La Rosa Blanca

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La Rosa Blanca

Mensaje por Roana Varela el Dom Jun 14, 2015 11:57 pm

La rosa blanca
de Julia de Asensi


Una hermosa mañana de Junio salió la niña Margarita a pasear con su aya. Era hija única y sus padres le otorgaban hasta los caprichos más raros y más costosos. De esto resultaba que era muy voluntariosa y no podía soportar la menor contradicción.
Habían estado primero en una frondosa alameda y luego penetraron en una calle a cuyos dos lados se veían preciosos jardines. La institutriz, que conocía de nombre o de trato a los propietarios de la mayor parte de ellos, iba diciendo a la niña quiénes eran, y esta la escuchaba con indiferencia exclamando a cada momento cuando se paraba delante de una verja:
-¡Hermosos claveles! pero los de mi jardín son más dobles.
-Mira qué dalias, pero las mías tienen colores más variados.
-Repara qué jazmines y qué heliotropos, pero me agradan más los que cultiva mi jardinero.
Al llegar a la última de aquellas posesiones, Margarita se detuvo y el aya le dijo:
-Esta ignoro de quién es, aunque se ha vendido hace ya algunos años.
Por la puerta de hierro se veía una espaciosa plazoleta con una bella fuente en el centro, las estatuas a los lados de las cuatro estaciones, árboles seculares por cuyos troncos trepaba verde hiedra y una infinidad de flores de puros matices, admirablemente combinados, entre las que descollaba un hermoso rosal cuajado de capullos y con una sola rosa completamente abierta.
Aquella rosa blanca, de un tamaño extraordinario, era de una belleza tal que jamás recordaba Margarita haber visto nada semejante.
-Dámela -dijo la niña al aya señalando con su mano la flor.
-¿Pero cómo puedo cogerla? -preguntó la institutriz alarmada por aquel extraño capricho.
-Llama y pídela al que abra.
Bien comprendía la pobre mujer que aquello era imposible, pero sabía que contrariar a Margarita era perder la plaza que desempeñaba y tiró de la campanilla.
Un jardinero apareció detrás de los hierros, pero no abrió la puerta.
-¿Qué quieren Vds.? -preguntó.
-¿Podríamos comprar esa rosa? -dijo el aya con tímido acento.
-Aquí no se venden flores -contestó el jardinero bruscamente.
-Esa nada más, la niña tiene capricho y...
-A mi amo no le importa eso -interrumpió aquel hombre-; precisamente ese rosal es todo su encanto, no sé cuantos años ha tardado en lograr una flor semejante y no la daría por todo el oro de la tierra. Es un hombre ya de edad, sabio, extraño; ha dedicado su vida al cultivo de plantas raras y no hay para el más goce ni más ilusión en el mundo.
-¿Tiene familia?
-Es viudo y su única hija se le murió; está enterrada debajo de ese rosal y a eso atribuye el amo la belleza de sus flores. Era una niña rubia, blanca y pálida como esa rosa; el señor no permite que nadie se aproxime ahí ni para quitar una hoja seca, sólo lo puede tocar él. Si estuvieseis dentro del jardín, veríais que al otro lado del rosal hay una lápida en la que se lee el nombre de la niña: Rosa. Mucho le ha costado a mi amo que le dejasen enterrar a su hija en esta posesión que compró hace pocos años, pero como cuenta con buenas influencias, lo logró al fin. Siento mucho no complacer a Vds., cualquier flor puedo darles menos las del rosal.
-Yo quiero la rosa blanca -gritó Margarita-, no me marcho sin ella.
-Pero si es imposible -dijo el aya.
-No hay nada imposible cuando lo pido yo.
El jardinero cansado de oírla, se despidió y se alejó de nuevo.
La institutriz no podía apartar a Margarita de allí. En balde le hacía toda clase de ofrecimientos para que esperase tener aquella flor otro día unas veces, otras trataba de atemorizarla recordando que había brotado sobre la tierra que guardaba el cuerpo de una niña; una atracción extraña obligaba a la discípula a no moverse de aquel sitio desde donde divisaba la rosa blanca, objeto de sus deseos.
-No hay otra en el país igual -decía Margarita.
-Haremos que las siembren semejantes en el jardín de casa.
-Para eso hay que esperar muchos años y yo la necesito ahora.
Cogió el cordón de la campanilla y lo agitó repetidas veces, pero el jardinero que veía desde corta distancia lo que ocurría, no se volvió a acercar.
Margarita lloraba, gritaba, maltrataba a su aya y esta al fin se vio en la precisión de hacerla andar a viva fuerza para que volviese al lado de sus padres. ¡Pero en qué estado llegó! Roto el vestido, sin sombrero, que había perdido en el camino, con el semblante encendido, los ojos brillantes y las facciones descompuestas, y el aya con señales inequívocas de numerosos mordiscos y arañazos.
La institutriz contó lo ocurrido en breves palabras y los padres se alarmaron al ver el estado de la niña. Supieron con terror que se había detenido en el campo a beber agua de una fuente, a pesar de las súplicas de su aya, y no tardaron en advertir las consecuencias de todo aquello, hijas de la mala educación que habían dado a Margarita.
La niña cayó gravemente enferma y en el delirio de la fiebre no hablaba más que de la rosa blanca. Los mejores médicos habían sido llamados para asistir a Margarita y en vano agotaban para ella los recursos de su ciencia.
La inconsolable madre, que no se había apartado ni un momento de su hija, salió de su casa una tarde con gran extrañeza de todos. No dijo a nadie donde iba ni se hizo acompañar por ninguno de sus criados. Se dirigió rápidamente a casa de aquel señor que se dedicaba al cultivo de plantas raras.
Algo le costó ser recibida porque el sabio huía todo trato social, pero al oír que una mujer bañado el rostro en llanto, quería hablarle, hizo una excepción en su favor y la madre de Margarita logró ser introducida en el despacho donde estaba el dueño de la casa arreglando por orden, en una caja con divisiones, varias semillas.
-Señor -dijo ella-,V. puede salvar a mi niña, es la única que tengo, todo mi amor, mi sólo consuelo. El origen de la enfermedad que va a arrebatármela es haber deseado ardientemente una rosa blanca que crece en el jardín de V.; se la negaron y volvió a mi casa en el más lamentable estado. Yo abrigo la esperanza de que si le llevo esa flor se mejorará.
-Señora -contestó él-, no debemos satisfacer todos los caprichos de los niños.
-Aseguro a V. que cuando se ponga buena, la educaré de otro modo, enseñándole a soportar las contrariedades de la vida. Pero hoy está enferma, no me niegue lo que le suplico; V. también ha sido padre y no oirá mis ruegos con indiferencia.
-Ese rosal -murmuró el caballero-, ha brotado junto al sepulcro de mi hija y para mí es una profanación tocar esas flores. Cuando bajo por las noches al jardín, esa rosa me parece que es ella, que su perfume es el de su inocencia; su blancura la de su rostro y su belleza la de su alma. Pero no seré yo, padre desconsolado, el que contribuya al pesar de una madre; tome V. esa flor que es mi encanto, por que los otros capullos no han abierto todavía, y ella pueda evitar que otros viertan las lágrimas que yo he derramado desde hace algunos años.
Llamó y, al presentarse un criado, dio orden de que el jardinero cortase la rosa blanca.
La madre de Margarita le echó mil bendiciones comprendiendo el sacrificio que aquel hombre hacía, cuando al llevarle la rosa vio que la besaba con respeto.
Al llegar la dama a su casa la niña continuaba lo mismo. La madre se acercó al lecho y colocó ante los ojos de Margarita aquella hermosa flor. La enferma la miró, sacó una de sus manos de debajo de los ropas y cogiendo la rosa aspiró su aroma primero y sonrió dulcemente después. Enseguida se quedó dormida, sin haber soltado la flor.
Poco a poco se fue mejorando la niña. Su madre había colocado en un precioso vaso de cristal la rosa blanca y varias veces al día la llevaba a la alcoba para que Margarita la viese. Los padres recobraban su contento y la casa iba tomando otra vez su aspecto ordinario. El aya estaba asombrada al ver que su discípula no había tenido ningún otro capricho. El carácter de Margarita había cambiado mucho durante la enfermedad; ¿sería acaso influencia de la rosa blanca?
Cuando se mejoró y pudo salir, su primer deseo fue visitar al sabio que había dado la flor a su madre.
Esta se prestó a acompañarla y las dos fueron recibidas por el caballero en su mismo despacho.
-Vengo a darle las gracias por la rosa -dijo la niña-; ya se ha secado, pero la guardaré así siempre. Quiero parecerme a su hija de V. y venir a verle todos los días para consolarle. Cuando me llevaron la flor, me figuré que veía a una niña que me mandaba todo esto y me decía que fuese buena. Debía ser su hija de V. Lléveme al jardín para que rece ante su sepulcro y el rosal que nació a su lado.
Bajaron y hallaron que tenía muchas rosas abiertas, todas tan hermosas como la primera. El caballero estaba muy conmovido, comprendiendo que algo extraño le ligaba a aquella niña que tenía la edad de la suya cuando esta murió.
Margarita cumplió lo ofrecido y fue a ver al caballero diariamente; este la recibió al principio con agrado y acabó por no poder vivir sin ella.
La niña fue siempre buena y cariñosa, nadie tuvo la menor observación que hacerle y todo el mundo atribuía aquel cambio a la flor.
Margarita y el caballero cuidaron con esmero el rosal, que cada año dio mayor número de rosas blancas.
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La hija del gigante

Mensaje por Roana Varela el Dom Jun 14, 2015 11:57 pm

La hija del gigante
de Julia de Asensi


En la ciudad donde vivía, que era una de las mejores de España, le llamaban León el Grande. Tenía una estatura verdaderamente extraordinaria, como no se ve ya en estos tiempos, ni aún en los países donde son los hombres más altos. Su rostro era franco y simpático, su carácter dulce y bueno, su alma candorosa como la de un niño. Dotado de una fuerza excepcional, sólo la empleaba para defender al débil; así es que era temido por los unos e inspiraba vivas simpatías o profundo cariño a los otros. Era rico, había perdido a toda su familia y su única aspiración era formarse una, porque era entusiasta de los encantos del hogar. Pero la cuestión de hallar novia era para él difícil, porque siendo excesivamente tímido, no se atrevía a hacer el amor a ninguna muchacha.
Una vez, pasando por una plaza, vio asomada a una ventana una joven cuya belleza le cautivó; a la mañana siguiente, que era un domingo, la esperó a la puerta de su casa para ir a la misma misa que ella. La doncella no salió hasta las diez; pero al verla a su lado León sufrió una decepción terrible, porque era de tan corta estatura que no podía menos de hacer una figura ridícula a su lado; desistió de la conquista porque algunos de sus amigos se rieron al verle junto a la joven, que no podía mirarle sin molestia.
Cuando iba a un baile, no tomaba parte en la fiesta porque ninguna mujer alcanzaba a su brazo para bailar con él. Su estatura colosal le causaba más disgustos que beneficios.
Al fin un amigo que había sido de su padre le habló de una señorita a quien él conocía, en estos términos:
-Desde hace un año soy tutor de una muchacha que reúne las mejores condiciones para ser tu esposa. Es bella, honrada, rica y tiene una estatura que, aunque no llega ni con mucho a la tuya, no resultaría mal al lado de un gigante como tú. Los demás hombres parecen muñecos cuando pasan junto a ella. Ven mañana a comer a mi casa, te presentaré a Fernanda, que así se nombra, y si no te parece fea y ella te encuentra bien, yo me encargo de arreglar la boda, con lo que habré labrado vuestra felicidad y la mía, pues no sé qué hacer de esta pupila que no cabe en ninguna parte. Será preciso construir una casa muy alta de techo para vosotros, porque no es cosa que la lleves a la que hoy habitas, que debe contar muchos siglos. Es verdad, que en las modernas no podrías estar en pie y harto haces cuando visitas a alguien con sentarte en sillas y comer en mesas que para ti son bajas. Conque no faltes a las siete en punto.
Claro está que León no faltó. Miró por primera vez sin la menor molestia a una mujer y esta no le desagradó ni él a ella tampoco. Desde entonces visitó a menudo a su anciano amigo, y antes de que pasase un mes el gigante ya había declarado su amor a la joven y ella le había correspondido.
Se verificó la boda al cabo de algún tiempo y fueron a habitar una hermosa casa de dos pisos construida expresamente para ellos, pero que en su exterior tenía la altura de las de cuatro.
León y Fernanda vivieron allí completamente felices, salían poco y recibían contadas visitas; era para los dos tan incómodo hacerlas como que se las hiciesen, porque las sillas tan altas no permitían a ninguno de los amigos apoyar los pies en el suelo y, aunque para subsanar esa falta habían mandado llevar unas banquetas, los asientos no resultaban nunca cómodos.
Al año de matrimonio, Fernanda tuvo una niña que, aunque muy hermosa no parecía llegase a ser de la extraordinaria altura de sus padres. Pero al poco tiempo empezó a crecer de tal modo que pronto no le sirvió la cuna, ni hubo niñera que pudiese tenerla en sus brazos.
Mientras estaba en la casa de los padres la cogían ya el uno, ya el otro, y para salir idearon comprarle un coche tirado por un borriquillo, llevando a la niña bien sujeta al asiento para que no se cayese.
Si aquella familia hubiera sido pobre, habría podido ganar una fortuna mostrándose al público por dinero en algún local.
La hija del gigante, como todo el mundo la llamaba, nombrábase Camila y era una criatura bellísima, de carácter dulce y tan miedosa que hasta de una mosca se asustaba. Nunca logró jurar con niñas de su edad, porque su estatura la hacía parecer de muchos más años; así es que no pudiendo amoldar sus gustos a los de sus compañeras, resultaba que no se divertía. León veía con pesar que su hija iba a ser tan alta como él; a los diez años era casi igual a su madre y ya no le permitían tomar parte en los juegos fuera de su casa porque todo el mundo se reía de ella.
Por esa época tuvo una gran pena León; su esposa, la tierna compañera de su hogar, murió después de una enfermedad muy breve. El esposo y la hija no hallaban consuelo para aquel dolor.
Viendo que pasados algunos meses, la aflicción del viudo y de la niña no se mitigaba, los médicos aconsejaron a León que hiciese un viaje, y él resolvió poner en práctica aquel proyecto. Pero para realizarlo era preciso hacer con el buque, pues el viaje iba a ser por mar, lo mismo que se había hecho con la casa; construirlo expresamente para León y para Camila. Esto los detuvo algún tiempo, pero al fin lograron su deseo embarcándose en el buque de su propiedad una hermosa mañana.
La niña iba muy asustada y sufrió además las molestias del mareo; así es que apenas salía de su camarote. Su padre la acompañaba casi siempre, pues verse al lado de ella era ya la sola ventura que a León le quedaba. Viajaron por todas las partes del mundo, deteniéndose en muchos de sus países más notables para ofrecer a Camila algún descanso. Al fin ella se acostumbró a ir a bordo, el mareo cesó, el temor al mar fue disminuyendo y León vio tranquila y más contenta a su niña.
Una noche, poco después de haberse acostado el gigante, le fue a buscar uno de los marinos que le acompañaban en el buque y le dijo en voz baja para que Camila, que dormía en la cámara contigua, no le oyese:
-La noche está obscura, el mar agitado, todo anuncia la proximidad de una tormenta.
-¿Corremos peligro? -preguntó León.
-Sí, y por eso he venido a avisarle. Con un tiempo como el de hoy y un buque como este de poca resistencia, no sé lo que podrá ocurrir.
-¿No sería posible ir a tierra?
-Estamos lejos de la costa.
-¿Entonces, qué hacer?
-Prepararse a arrostrar el riesgo que vamos a correr en breve.
Apenas se alejó al marino, León hizo que su hija se levantase y, aunque no le dijo lo que les amenazaba, la previno que anunciaban una tormenta. Camila no quiso separarse de su padre y temblando esperó a que se realizasen los tristes pronósticos.
La tempestad que estalló a poco fue horrible. La niña lloraba abrazada a su padre, que en vano trataba de calmar su agitación. Cuando oyó que el buque hacía agua y que no había salvación posible, Camila perdió el conocimiento.
Algunas horas permaneció sin darse cuenta de lo que en su derredor pasaba. Al volver en sí, se halló en un hermoso campo a la orilla del mar. Era de noche y en el cielo brillaban la luna y millares de estrellas sin que ni la más ligera nube indicase la pasada tormenta. Árboles gigantescos de grueso tronco y grandes hojas de diversos matices, desde el verde más claro al más obscuro; flores desconocidas en su mayor parte, de vivos colores y embriagador aroma; pájaros preciosos que iban a refugiarse en sus nidos; una aldea formada de chozas; algunos animales, al parecer domésticos, pero que Camila no recordaba, haber visto nunca; un calor sofocante y una soledad absoluta en lo que a los mortales se refiere; he aquí lo que halló la hija del gigante cuando volvió de su desmayo. Ni su padre, ni los marinos, ni el buque habían dejado el menor rastro.
Camila advirtió que su ropa estaba mojada y que tenía una ligera herida en una mano. Para que León hubiese abandonado a su niña era preciso que hubiera muerto; así la pobre criatura que se creyó ya sola en el mundo, no pudo contener el llanto y ocultó el rostro entre sus manos vertiendo copiosas lágrimas. A su pena se unía el temor de estar en un sitio desconocido, de noche y abandonada.
Una música de instrumentos metálicos, así como platillos o hierros, vino a distraerla y no tardó en ver por un sendero, distinto de aquel en que ella estaba, una comitiva de negros y negras llevando en unas angarillas el cuerpo inerte de una mujer. Algunos de los hombres tocaban aquella música que ella había oído, pero todo quedó en silencio cuando llegaron a una plazoleta donde se pararon.
En, el centro había una gran piedra que apartaron, dejando un hoyo profundo descubierto. Después de ejecutar una danza acompasada, cogieron el cuerpo de la mujer y lo depositaron en el hoyo. Los negros lanzaron grandes gritos y luego echaron sobre el cadáver flores, ramas, joyas de más brillo que valor y hasta armas. Tocaron de nuevo sus instrumentos de metal y cubrieron con la piedra aquella sepultura. Sobre ella depositaron pieles y otros objetos y volvieron a emprender su marcha lentamente.
Camila vio con terror que aquella turba tomaba el camino donde ella se hallaba y el mismo miedo le impidió ocultarse para que no la descubrieran. Pronto estuvo rodeada por los negros y las negras que lanzaban gritos de algazara. La hicieron levantarse para que los siguiera, pues la niña estaba sentada, y el asombro de los salvajes no tuvo límites cuando observaron que Camila era mucho más alta que ellos.
-¡Una mujer blanca! -dijo uno en su idioma, que la hija del gigante no comprendía.
-¡Una doncella hermosa! -prosiguió otro.
-¡Qué buen manjar!
-¡Qué gran hallazgo!
Un negro, el que parecía el jefe, que era joven y hermoso, pues no tenía las facciones abultadas de los de su raza, les habló así:
-Nuestra reina ha muerto; le hemos pedido que nos indique cual debe ser su sucesora, y nos ha enviado a esta niña blanca para reemplazarla. Llevémosla en triunfo al palacio y que las mujeres de esta tierra le ofrezcan bellas telas y ricas joyas.
-¡Viva la reina! -gritaron los negros.
Con ramas formaron prontamente una silla de manos, donde colocaron a la fuerza a la asustada Camila. La niña creyó llegado su último momento y empezó a llorar llamando a su padre. Entonces el hermoso negro procuró tranquilizarla hablándole con dulzura y haciéndole comprender que no debía temer nada. La llevaron a una ciudad de más importancia, donde fue recibida por el ejército de aquel país, que se componía de mujeres negras, generalmente bellas, dotadas de singular valor y energía, como nos han descrito a las amazonas de África. Camila, la criatura más medrosa que se ha visto, no tuvo más remedio que ponerse al frente de ellos y hacer arriesgadas excursiones a los pueblos vecinos.
Poco a poco, y gracias al hermoso jefe, pudo aprender el idioma de aquellos salvajes que la adoraban y civilizarlos un tanto. Lo que no logró evitar, fue que la casaran con el joven negro; pero él se mostró tan apasionado y tan sumiso con ella, que acabó por acostumbrarse al color de su esposo y le quiso realmente.
Algunos años más tarde, unos exploradores que llegaron a aquella parte desconocida de África, fueron hechos prisioneros y presentados a la reina. Entre ellos iba León, que había recorrido una infinidad de tierras en busca de su hija, a la que perdió cuando el naufragio de su buque, en el que habían perecido todos menos los dos.
Camila, a la que llamaban la reina Mila, reconoció a su padre, y a aquel encuentro siguió una conmovedora escena. León no podía creer en su felicidad. Después de las primeras expansiones, la joven le presentó a su esposo y a sus hijas que, a la edad de dos y cuatro años, ya prometían ser de la misma raza de gigantes que su abuelo y su madre.
El pobre León suspiró melancólicamente al ver a aquella familia de ébano, pues las niñas eran negras como su padre; pero conociendo que la reina Mila era feliz, se dijo:
-Más vale, después de todo, que se haya casado aquí; su marido es bueno y quién sabe el hombre que le hubiera tocado en suerte. No siempre son negros los salvajes, ni viven en el interior de África.
León no se separó ya de la joven, y la ayudó con su experiencia y sus consejos a gobernar aquel país, donde tanto los reyes como los súbditos gozaron un grato bienestar.
Allí no volvió a entrar ningún europeo; sólo la casualidad hizo que la joven fuera arrojada a aquellas orillas, y el amor paternal que León lograse encontrarla al cabo de algunos años.
En España todo el mundo creyó que la hija del gigante y este habían perecido en el naufragio.
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Re: La Rosa Blanca

Mensaje por Roana Varela el Lun Jun 15, 2015 12:21 am

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