EL AMANECER DE LA POESIA DE EURIDICE CANOVA Y SABRA
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CARTA DE SENECA 11

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Mensaje por Luxor Vie Oct 02, 2015 2:58 pm

CARTA DE SENECA 11

Séneca a su Lucilio saluda,

Habló conmigo un amigo tuyo de buena índole, cuya grandeza de espíritu, ingenio y logros, ya nuestra primera conversación puso en evidencia. Nos dio el sabor de lo que se puede esperar de él. Se expresó sin haber preparado nada de antemano, pues tomado de sorpresa. Al reaccionar, apenas podía ocultar su timidez, buen signo en un joven, tan desde lo profundo irradiaba su rubor. Bien sospecho, que incluso cuando se afirme y libere de todos sus defectos, aun sabio, su rubor lo seguirá. Porque ninguna sabiduría puede eliminar las debilidades naturales del alma o del cuerpo; lo que es inherente y congénito puede ser suavizado por el arte, no vencido.

Aun los más sólidos, una vez frente al público, son invadidos por el sudor de manera similar como suele suceder a los fatigados y acalorados. A algunos les tiemblan la rodillas ni bien se disponen a hablar, a otros se les entrechocan los dientes, la lengua les titubea, o se les pegan los labios: todo esto ni la disciplina ni el hábito extirpa, por el contrario, la naturaleza ejerce su potestad e incluso a los robustísimos sus debilidades les recuerda.

Entre otras cosas está - y sé del mismo - aquel rubor que invade súbitamente incluso a los más graves personajes. Si bien aparece mayormente en los jóvenes, más ardientes y de frente más delicada, también toca a los veteranos y a los viejos. Algunos nunca son más de temer que cuando ruborizan, como si entonces se vaciaren de toda vergüenza.

Sila era en efecto violentísimo cuando la sangre invadía su faz. Nadie era más impresionable que Pompeyo: nunca podía evitar ruborizarse en presencia de muchos o en asambleas. Fabiano, recuerdo, habiendo sido llevado como testigo al senado, se sonrojó, y tal pudor le convenía maravillosamente.

No sucede esto por flaqueza de la mente sino por la novedad del evento, que si no desmorona a los inexpertos, turba aquellos de naturaleza sensible o físicamente predispuestos. Así como algunos tienen buena sangre, en otros es vehemente y móvil, pronta a repandirse en el rostro.

Esto, como dije, ninguna sabiduría suprime: tendría la naturaleza bajo control si pudiere erradicar todo defecto. Aquellos atribuídos por los albures del nacimiento y la constitución física, aunque sean intensa y largamente combatidos por el espíritu, siguen adheridos: no podemos ni vetarlos ni convocarlos .

Los artistas en escena, que imitan afectos, que expresan temores y trepidaciones, que representan la tristeza, imitan el pudor con gestos: bajan la cabeza, hablan en voz baja, fijan y mantienen la vista en el suelo. No pueden controlar por sí mismos el rubor: ni impedirlo ni provocarlo. En esto, Sapiencia, no promete ni progresa; el rubor sólo se obedece a sí mismo: sin mandato viene, sin mandato se aleja.

Ya esta carta reclama su conclusión. Recibe ésta, útil y saludable, que quiero fijes en tu espíritu: " debemos escoger algún hombre de bien y tenerlo siempre delante de nuestros ojos, como si viviésemos con él observándonos y en todo obrar como si nos estuviera viendo"

Esto, mi Lucilio, lo prescribió Epicuro, nos dió un custodio y pedagogo, no sin razón: gran parte de nuestras faltas se evitarían si cuando nos disponemos a cometerlas asistiere un testigo. ¡Tenga el espíritu alguien a quien venerar, alguien cuya autoridad incluso sus secretos purifique! ¡Oh feliz aquel quién no sólo presente sino que recordado enmienda! ¡Feliz aquel que de tal manera puede a alguien venerar, que hasta con su memoria se reconforta y se ordena! Quien pudiere así venerar a alguien será rápidamente él mismo digno de veneración.

Elige por ello a Catón o si es visto por ti muy rígido, elige alguien de espíritu más indulgente como Lelio. Elije aquel de quien te plazcan su vida, sus sentencias e incluso hasta el rostro que refleja su espíritu. Tenlo siempre presente como guardián o como ejemplo. Es necesario, lo digo, un patrón a la imagen de quien nuestras costumbres se ajusten por sí mismas. Sin regla lo torcido no corrijes.

Qué sigas bien.
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