EL AMANECER DE LA POESIA DE EURIDICE CANOVA Y SABRA
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LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO III

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LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO III Empty LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO III

Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 1:03 am

LIBRO TERCERO

I. Estando César de partida para Italia, envió a Servio Galba con
la duodécima legión y parte de la caballería a los nantuates, venagros y
sioneses,57 que desde los confines de los olóbroges, lago Lemán y río
Ródano se extienden hasta lo más encumbrado de los Alpes. Su mira en
eso era franquear aquel camino, cuyo pasaje solía ser de mucho riesgo
y de gran dispendio para los mercaderes por los portazgos. Diole
permiso para invernar allí con la legión, si fuese menester. Galba,
después que hubo ganado algunas batallas, conquistado varios castillos
de estas gentes, y recibido embajadores de aquellos contornos y
rehenes en prendas de la paz concluida, acordó alojar a dos cohortes en
los nantuates, y él con las demás irse a pasar el invierno en cierta aldea
de los venagros, llamada Octoduro,58 sita en una hondonada, a que
seguía una llanura de corta extensión entre altísimas montañas. Como
el lugar estuviese dividido por un río en dos partes, la una dejó a los
vencidos; la otra desocupada por éstos destinó para cuartel de las
cohortes, guarneciéndola con estacada y foso.

II. Pasada ya buena parte del invierno, y habiendo dado sus
órdenes para el acarreo de las provisiones, repentinamente le avisaron
los espías cómo los galos, de noche, habían todos abandonado el
arrabal que les concedió para su morada, y que las alturas de las
montañas estaban ocupadas de grandísimo gentío de sioneses y
veragros. Los motivos que tuvieron los galos para esta arrebatada
resolución de renovar la guerra con la sorpresa de la legión, fueron
éstos: primero, porque les parecía despreciable por su corto número
una legión, y ésta no completa, por haberse destacado de ella dos
cohortes y estar ausentes varios piquetes de soldados enviados a
buscar víveres por varias partes. Segundo, porque considerada la
desigualdad del sitio, bajando ellos de corrida desde los montes al valle,
disparando continuamente, se les figuraba que los nuestros no podrían
aguantar ni aun la primera descarga. Por otra parte, sentían en el alma
se les hubiesen quitado sus hijos a títulos de rehenes, y daban por
cierto que los romanos pretendían apoderarse de los puertos de los
Alpes, no sólo para segundad de los caminos, sino también para
señorearse de aquellos lugares y unirlos a su provincia confinante.

III. Luego que recibió Galba este aviso (no estando todavía bien
atrincherado ni proveído de víveres, por padecerle que supuesta la
entrega y las prendas que tenía, no era de temer ninguna sorpresa),
convocando de pronto consejo de guerra, puso el caso en consulta.
Entre los vocales, a vista de peligro tan grande, impensado y urgente,
y de las alturas casi todas cubiertas de gente armada, sin poder ser
socorridos con tropas ni víveres, cerrados los pasos, dándose casi por
perdidos, eran algunos de dictamen que, abandonado el bagaje,
rompiendo por medio de los enemigos, por los caminos que habían
traído, se esforzasen a ponerse a salvo. Pero la mayor parte fue de
sentir que, reservado este partido para el último trance, por ahora se
probase fortuna, haciéndose fuertes en los reales.
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Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 1:05 am

IV. A poco rato, cuanto apenas bastó para disponer y ejecutar lo
acordado, los enemigos, dada la señal, hételos que bajan corriendo a
bandadas, arrojando piedras y dardos a las trincheras. Al principio los
nuestros, estando con las fuerzas enteras, se defendían vigorosamente
sin perder tiro desde las barreras, y en viendo peligrar alguna parte de
los reales por falta de defensores, corrían allá luego a cubrirla. Mas los
enemigos tenían esta ventaja: que cansados unos del choque
continuado, los reemplazaban otros de refresco, lo que no era posible
por su corto número a los nuestros; pues no sólo el cansado no podía
retirarse de la batalla, mas ni aun el herido desamparar su puesto.

V. Continuado el combate por más de seis horas, y faltando no
sólo las fuerzas, sino también las armas a los nuestros, cargando cada
vez con más furia los enemigos; como por la suma flaqueza de los
nuestros comenzasen a llenar el foso y a querer forzar las trincheras,
reducidas ya las cosas al extremo, el primer centurión Publio Sestio
Báculo, que, como queda dicho, recibió tantas heridas en la jornada de
los nervios, vase corriendo a Galba y tras él Cayo Voluseno, tribuno,
persona de gran talento y valor, y le representan que no resta
esperanza de salvarse si no se aventuran a salir rompiendo por el
campo enemigo. Galba, con esto, convocando a los centuriones,
advierte por su medio a los soldados que suspendan por un poco el
combate, y que no haciendo más que recoger las armas que les tiren,
tomen aliento; que después, al dar la señal, saliesen de rebato,
librando en su esfuerzo toda la esperanza de la vida.

VI. Como se lo mandaron, así lo hicieron: rompen de golpe por
todas las puertas,59 sin dar lugar al enemigo ni para reconocer qué cosa
fuese, ni menos para unirse. Con eso, trocaba la suerte, cogiendo en
medio a los que se imaginaban ya dueños de los reales, los van
matando a diestro y siniestro; y muerta más de la tercera parte de más
de treinta mil bárbaros (que tantos fueron, según consta, los que
asaltaron los reales), los restantes, atemorizados, son puestos en fuga,
sin dejarlos hacer alto ni aun en las cumbres de los montes. Batidas así
y desarmadas las tropas enemigas, se recogieron los nuestros a sus
cuarteles y trincheras. Pasada esta refriega, no queriendo Galba tentar
otra vez fortuna, atento que el suceso de su jornada fue muy diverso
del fin que tuvo en venir a inventar en estos lugares; sobre todo,
movido de la escasez de bastimentos, al día siguiente, pegando fuego a
todos los edificios del burgo, dio la vuelta hacia la provincia, y sin
oposición ni embarazo de ningún enemigo condujo sana y salva la
legión, primero a los nantuates, y de allí a los alóbroges, donde pasó el
resto del invierno.

VII Después de estos sucesos, cuando todo le persuadía a César
que la Galia quedaba enteramente apaciguada, por haber sido
sojuzgados los belgas, ahuyentados los germanos, vencidos en los
Alpes los sioneses; y como en esa confianza entrado el invierno se
partiese para el Ilírico con deseo de visitar también estas naciones y
enterarse de aquellos países, se suscitó de repente una guerra
imprevista en la Galia, con esta ocasión: Publio Craso el mozo, con la
legión séptima, tenía sus cuarteles de invierno en Anjou, no lejos del
Océano. Por carecer de granos aquel territorio, despachó a las ciudades
comarcanas algunos prefectos y tribunos militares en busca de
provisiones. De éstos era Tito Terrasidio enviado a los únelos, Marco
Trebio Galo a los curiosolitas, Quinto Velanio con Tito Silio a los vanes
es.

VIII. La república de estos últimos es la más poderosa entre
todas las de la costa, por cuanto tienen gran copia de navíos con que
suelen ir a comerciar en Bretaña. En la destreza y uso de la náutica se
aventajaban éstos a los demás, y como son dueños de los pocos
puertos que se encuentran en aquel golfo borrascoso y abierto, tienen
puestos en contribución a cuantos por él navegan. Los vaneses, pues,
dieron principio a las hostilidades, arrestando a Silio y Velanio, con la
esperanza de recobrar, en cambio, de Craso sus rehenes. Movidos de
su ejemplo los confinantes (que tan prontas y arrebatadas son las
resoluciones de los galos) arrestan por el mismo fin a Trebio y
Terrasidio, y al punto con recíprocas embajadas conspiran entre sí por
medio de sus cabezas, juramentándose de no hacer cosa sino de común
acuerdo, y de correr una misma suerte en todo acontecimiento.
Inducen igualmente a las demás comunidades a querer antes conservar
la libertad heredada que no sufrir la esclavitud de los romanos. Atraídos
en breve todos los de la costa a su partido, despachan de mancomún a
Publio Craso una embajada, diciendo: «que si quiere rescatar los suyos,
les restituya los rehenes».
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Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 1:07 am


IX. Enterado César de estas novedades por Craso, como estaba
tan distante, da orden de construir en tanto galeras en el río Loire, que
desagua en el Océano, de traer remeros de la provincia, y juntar
marineros y pilotos. Ejecutadas estas órdenes con gran diligencia, él,
luego que se lo permitió la estación, vino derecho al ejército. Los
vaneses y demás aliados, sabida su llegada y reconociendo juntamente
la enormidad del delito que cometieron en haber arrestado y puesto en
prisiones a los embajadores (cuyo carácter fue siempre inviolable y
respetado de todas las naciones), conforme a la grandeza del peligro
que les amenazaba, tratan de hacer los preparativos para la guerra,
mayormente todo lo necesario para el armamento de los navíos, muy
esperanzados del buen suceso por la ventaja del sitio. Sabían que los
caminos por tierra estaban a cada paso cortados por los pantanos; la
navegación, embarazosa por la ninguna práctica de aquellos parajes y
ser muy contados los puertos. Presumían además que nuestras tropas
no podrían subsistir mucho tiempo en su país por falta de víveres, y
pensaban que aun cuando todo les saliese al revés, todavía por mar
serían superiores sus fuerzas; pues los romanos ni tenían navíos ni
conocimiento de los bajíos, islas y puertos de los lugares en que habían
de hacer la guerra; además, que no es lo mismo navegar por el
Mediterráneo entre costas,60 como por el Océano, mar tan dilatado y
abierto. Con estos pensamientos fortifican sus ciudades, transportan a
ellas el trigo de los cortijos, juntan cuantas naves pueden en el puerto
de Vanes, no dudando que César abriría por aquí la campaña. Se
confederan con los osismios, lisienses, nanteses, ambialites, merinos,
dublintes, menapios, y piden socorro a la Bretaña, isla situada enfrente
de estas regiones.

X. Tantas como hemos dicho eran las dificultades de hacer la
guerra, pero no eran menos los incentivos que tenía César para
emprender ésta: el atentado de prender a los caballeros romanos; la
rebelión después de ya rendidos; las deslealtad contra la seguridad
dada con rehenes; la conjura de tantos pueblos, y sobre todo el recelo
de que si no hacía caso de esto, no siguiesen su ejemplo otras naciones.
Por tanto, considerando que casi todos los galos son amibos de
novedades, fáciles y ligeros en suscitar guerras y que todos los
hombres naturalmente son celosos de su libertad y enemigos de la
servidumbre, antes que otras naciones se ligasen con los rebeldes,
acordó dividir en varios trozos su ejército distribuyéndolos después por
las provincias.

XI. Con este fin envió a los trevirenses, que lindan con el Rin, al
legado Tito Labieno con la caballería, encargándole visitase de pasada a
los remenses y demás belgas, y los tuviese a raya; que si los germanos,
llamados, a lo que se decía, por los belgas, intentasen pasar por fuerza
en barcas el río, se lo estorbase. A Publio Craso, con doce cohortes de
las legiones y buen número de caballos, manda ir a Aquitania para
impedir que de allá suministren socorros a la Galia, y se coliguen
naciones tan poderosas. Al legado Quinto Triturio Sabino, con tres
legiones, envía contra los únelos, curiosolitas y lisienses 61 para
contenerlos dentro de sus límites. Da el mando de la escuadra y de las
naves que hizo aprestar del Poitu, del Santonge y de otros países fieles,
al joven Décimo Bruto, con orden de hacerse cuanto antes a la vela
para Vannes, adonde marchó él mismo por tierra con la infantería.

XII. Estando, como están, aquellas poblaciones fundadas sobre
cabos y promontorios, ni por tierra eran accesibles en la alta marea que
allí se experimenta cada doce horas ni tampoco, por la mar en la baja,
quedando entonces las naves encalladas en la arena. Con que así por el
flujo, como por el reflujo, era dificultoso combatirlas; que si tal vez a
fuerza de obras, atajado el mar con diques y muelles terraplenados
hasta casi emparejar con las murallas, desconfiaban los sitiados de
poder defenderse, a la hora teniendo a mano gran número de bajeles,
embarcábanse con todas sus cosas y se acogían a los lugares vecinos,
donde se hacían fuertes de nuevo, logrando las mismas ventajas en la
situación. Esto gran parte del estío lo podían hacer más a su salvo,
porque nuestra escuadra estaba detenida por los vientos contrarios, y
era sumamente peligroso el navegar por mar tan vasto y abierto,
siendo tan grandes las mareas y casi ningunos los puertos.
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Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 1:09 am

XIII. La construcción y armadura de las naves enemigas se hacía
por esto en la forma siguiente: las quillas algo más planas que las
nuestras, a fin de manejarse más fácilmente en la baja marea; la proa
y popa muy erguidas contra las mayores olas y borrascas; maderamen
todo él de roble capaz de resistir a cualquier golpe de viento; los bancos
de vigas tirante de un pie62 de tabla, y otro de canto, clavadas con
clavos de hierro gruesos como el dedo pulgar. Tenían las áncoras, en
vez de cables, amarradas con cadenas de hierro, y en lugar de velas
llevaban pieles y badanas delgadas, o por falta de lino, o por ignorar su
uso, o lo que parece más cierto, por juzgar que las velas no tendrían
aguante contra las tempestades deshechas del Océano y la furia de los
vientos en vasos de tanta carga. Nuestra escuadra viniéndose a
encontrar con semejantes naves, sólo les hacía ventaja en la ligereza y
manejo de los remos. En todo lo demás, según la naturaleza del golfo y
agitación de sus olas, nos hacían notables ventajas; pues ni los
espolones de nuestras proas podían hacerles daño (tanta era su
solidez), ni era fácil alcanzasen a su borde los tiros por ser tan altas, y
por la misma razón estaban menos expuestas a varar. Demás de eso,
en arreciándose el viento, entregadas a él, aguantaban más fácilmente
la borrasca, y con mayor seguridad daban fondo en poca agua; y aun
quedando en seco, ningún riesgo temían de las peñas y arrecifes,
siendo así que nuestras naves estaban expuestas a todos estos
peligros.

XIV. César, viendo que si bien lograba apoderarse de los lugares,
nada adelantaba, pues ni incomodar podía a los enemigos ni
estorbarles la retirada, se resolvió a aguardar a la escuadra. Luego que
arribó ésta y fue avistada de los enemigos, salieron contra ella del
puerto casi doscientas veinte naves, bien tripuladas y provistas de toda
suerte de municiones. Pero ni Bruto, director de la escuadra, ni los
comandantes y capitanes de los navíos sabían qué hacerse, o cómo
entrar en batalla, porque visto estaba que con los espolones no podían
hacerles mella; y aun erigidas torres encima, las sobrepujaba tanto la
popa de los bajeles bárbaros, que sobre río ser posible disparar bien
desde abajo contra ellos, los tiros de los enemigos, por la razón
contraria, nos habían de causar mayor daño. Una sola cosa prevenida
de antemano nos hizo muy al caso, y fueron ciertas hoces bien afiladas,
caladas en varapalos a manera de guadañas murales. Enganchadas
éstas una vez en las cuerdas con que ataban las entenas a los mástiles,
remando de boga, hacían pedazos el cordaje; con ello caían de su peso
las vergas, por manera que consistiendo toda la ventaja de la marina
galicana en velas y jarcias, perdidas éstas, por lo mismo quedaban
inservibles las naves. Entonces lo restante del combate dependía del
valor, en que sin disputa se aventajaban los nuestros, y más, que
peleaban a vista de César y de todo el ejército, sin poder ocultarse
hazaña de alguna cuenta, pues todos los collados y cerros que tenían
las vistas al mar estaban ocupados por las tropas.
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Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 1:10 am

XV. Derribadas las entenas en la forma dicha, embistiendo a cada
navío dos o tres de los nuestros, los soldados hacían el mayor esfuerzo
por abordar y saltar dentro. Los bárbaros, visto el efecto, y muchas de
sus naves apresadas, no teniendo ya otro recurso, tentaron huir por
salvarse. Mas apenas enderezaron las proas hacia donde las conducía el
viento, de repente se les echó y calmó tanto, que no podían menearse
ni atrás ni adelante; que fue gran ventura para completar la victoria,
porque, siguiendo los nuestros al alcance, las fueron apresando una por
una, a excepción de muy pocas, que sobreviniendo la noche, pudieron
arribar a tierra, con ser que duró el combate desde las cuatro del día63
hasta ponerse el Sol.

XVI. Con esta batalla se terminó la guerra de los vaneses y de
todos los pueblos marítimos; pues no sólo concurrieron a ella todos los
mozos y ancianos de algún crédito en dignidad y gobierno, sino que
trajeron también de todas partes cuantas naves había, perdidas las
cuales, no tenían los demás dónde guarecerse, ni arbitrio para defender
los castillos. Por eso se rindieron con todas sus cosas a merced de César,
quien determinó castigarlos severísimamente, a fin de que los bárbaros
aprendiesen de allí adelante a respetar con mayor cuidado el derecho
de los embajadores. Así que, condenados a muerte todos los senadores,
vendió a los demás por esclavos.

XVII. Mientras esto pasaba en Vannes. Quinto Titurio Sabino
llegó con su destacamento a la frontera de los únelos, cuyo caudillo era
Viridovige, como también de todas las comunidades alzadas, en donde
había levantado un grueso ejército. Asimismo en este poco tiempo los
aulercos, ebreusenses y lisienses, degollando a sus senadores porque
se oponían a la guerra, cerraron las puertas y se ligaron con Viridovige
juntamente con una gran chusma de bandoleros y salteadores que se
les agregó de todas partes, los cuales, por la esperanza del pillaje y
afición a la milicia, tenían horror al oficio y continuo trabajo de la
labranza. Sabino, que se había acampado en lugar ventajoso para todo,
no salía de las trincheras, dado que Viridovige, alojado a dos millas de
distancia, sacando cada día sus tropas afuera, le presentaba la batalla,
con que ya no sólo era despreciado Sabino de los contrarios, sino
también zaherido de los nuestros. A tanto llegó la persuasión de su
miedo, que ya los enemigos se arrimaban sin recelo a las trincheras.
Hacía él esto por juzgar que un oficial subalterno no debía exponerse a
pelear con tanta gente sino en sitio seguro, o con alguna buena ocasión,
mayormente en ausencia del general.
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Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 1:11 am

XVIII. Cuando andaba más válida esta opinión de su miedo, puso
los ojos en cierto galo de las tropas auxiliares, hombre abonado y sagaz
a quien con grandes premios y ofertas le persuade se pase a los
enemigos, dándole sus instrucciones. Él, llegado como desertor al
campo de los enemigos, les representa el miedo de los romanos;
pondera cuan apretado se halla César de los vaneses; que a más tardar,
levantando el campo Sabino secretamente la noche inmediata, iría a
socorrerle. Lo mismo fue oír esto, que clamar todos a una voz que no
era de perder tan buen lance, ser preciso ir contra ellos. Muchas
razones los incitaban a eso: la irresolución de Sabino en los días
antecedentes; el dicho del desertor; la escasez de bastimentos, de que
por descuido estaban mal provistos; la esperanza de que venciesen los
vaneses; y en fin, porque de ordinario los hombres creen fácilmente lo
que desean. Movidos de esto, no dejan a Viridovige ni a los demás
capitanes salir de la junta hasta darles licencia de tomar las armas e ir
contra el enemigo. Conseguida, tan alegres como si ya tuviesen la
victoria en las manos, cargados de fagina con que llenar los fosos de los
romanos, van corriendo a los reales.

XIX. Estaba el campamento en un altozano que poco a poco se
levantaba del llano, y a él vinieron apresuradamente corriendo casi una
milla por quitarnos el tiempo de apercibirnos, si bien ellos llegaron
jadeando. Sabino, animados los suyos, da la señal que tanto deseaban.
Mandóles salir de rebato por dos puertas, estando aún los enemigos
con las cargas a cuestas. La ventaja del sitio, la poca disciplina y mucho
cansancio de los enemigos, el valor de los nuestros y su destreza
adquirida en tantas batallas fueron causa de que los enemigos, sin
resistir ni aun la primera carga nuestra, volviesen al instante las
espaldas. Mas como iban tan desordenados, alcanzados de los nuestros
que los perseguían con las fuerzas enteras, muchos quedaron muertos
en el campo; los demás, fuera de algunos que lograron escaparse,
perecieron en el alcance de la caballería. Con esto, al mismo tiempo que
Sabino recibió la noticia de la batalla naval, la tuvo César de la victoria
de Sabino, a quien luego se rindieron todos aquellos pueblos, porque
los galos son tan briosos y arrojados para emprender guerras, como
afeminados y mal sufridos en las desgracias.

XX. Casi a la misma sazón, llegado Publio Craso a la Aquitania,
que, como queda dicho, por la extensión del país y por sus poblaciones
merece ser reputada por la tercera parte de la Galia; considerando que
iba a guerrear donde pocos años antes el legado Lucio Valerio Preconino
perdió la vida con el ejército,64 y de donde Lucio Manilio, procónsul,
perdido el bagaje, había tenido que escapar, juzgó que debía
prevenirse con la mayor diligencia. Con esa mira, proveyéndose bien de
víveres, de socorros y de caballos, convidando en particular a muchos
militares conocidos por su valor de Tolosa, Carcasona y Narbona,
ciudades de nuestra provincia confinantes con dichas regiones, entró
con su ejército por las fronteras de los sociates.65 Los cuales al punto
que lo supieron, juntando gran número de tropas y su caballería, en
que consistía su mayor fuerza, acometiendo sobre la marcha a nuestro
ejército, primero avanzaron con la caballería; después, rechazada ésta,
y yendo al alcance los nuestros, súbitamente presentaron la infantería
que tenían emboscada en una hondonada, con lo cual, arremetiendo a
los nuestros, renovaron la batalla.
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Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 1:13 am

XXI. El combate fue largo y porfiado; como que, ufanos los
sociates por sus antiguas victorias, estaban persuadidos que de su
valor pendía la libertad de toda la Aquitania. Los nuestros, por su parte,
deseaban mostrar por la obra cuál era su esfuerzo aun en ausencia del
general y sin ayuda de las otras legiones, mandándolos un mozo de
poca edad. Al fin, acuchillados los enemigos, volvieron las espaldas, y
muertos ya muchos, Craso de camino se puso a sitiar la capital de los
sociates. Viendo que era vigorosa la resistencia, armó las baterías. Los
sitiados, a veces, tentaban hacer salidas, a veces minar las trincheras y
obras, en lo cual son diestrísimos los aquitanos a causa de las minas
que tienen en muchas partes. Mas visto que nada les valía contra
nuestra vigilancia, envían diputados a Craso, pidiéndole los recibiese a
partido. Otorgándoselo, y mandándoles entregar las armas, las
entregan.

XXII. Estando todos los nuestros ocupados en esto, he aquí que
sale por la otra parte de la ciudad su gobernador Adcantuano con
seiscientos de su devoción, a quienes llaman ellos soldurios. 66 Su
profesión es participar de todos los bienes de aquellos a cuya amistad
se sacrifican, mientras viven, y si les sucede alguna desgracia, o la han
de padecer con ellos, o darse la muerte, y jamás hubo entre los tales
quien, muerto su dueño, quisiese sobrevivirle. Habiendo, pues,67 hecho
su salida con estos adcuatanos, a la gritería que alzaron los nuestros
por aquella parte, corrieron los soldados a las armas, y después de un
recio combate los hicieron retirar adentro. No obstante, recabó de
Craso el ser comprendido en la misma suerte de los ya entregados.

XXIII. Craso, luego que recibió las armas y rehenes, marchó la
vuelta de los vocates y tarusates.68 En consecuencia, espantados los
bárbaros de ver tomada a pocos días de cerco una plaza no menos
fuerte por naturaleza que por arte, trataron, por medio de mensajeros
despachados a todas partes, de mancomunarse, darse rehenes y alistar
gente. Envían también embajadores a las ciudades de la España
Citerior que confinan con Aquitania, pidiendo tropas y oficiales expertos.
Venidos que fueron, emprenden la guerra con gran reputación y fuerzas
muy considerables. Eligen por capitanes a los mismos que
acompañaron siempre a Quinto Sertorio, y tenían fama de muy
inteligentes en la milicia. En efecto, abren la campaña conforme a la
disciplina de los romanos, tomando los puestos, fortificando los reales,
y cortándonos los bastimentos. Craso, advirtiendo no serle fácil dividir
por el corto número sus tropas, cuando el enemigo andaba suelto ya en
correrías ya en cerrarle los pasos, dejando buena guarnición en sus
estancias, que con eso le costaba no poco el proveerse de víveres, que
por días iba creciendo el número de los enemigos, determinóse a no
esperar más, sino venir luego a batalla. Propuesta su resolución en
consejo, viendo que todos la aprobaban, dejóla señalada para el día
siguiente.

XXIV. En amaneciendo, hizo salir todas sus tropas, y habiéndolas
formado en dos cuerpos con las auxiliares en el centro, estaba atento a
lo que harían los contrarios. Ellos, si bien por su muchedumbre y
antigua gloria en las armas, y a vista del corto número de los nuestros
se daban por seguros del feliz éxito en el combate, todavía juzgaban
por más acertado, tomando los pasos e interceptando los víveres,
conseguir la victoria sin sangre; y cuando empezasen los romanos a
retirarse por falta de provisiones, tenían ideado dejarse caer sobre ellos
a tiempo que con la faena de la marcha y del peso de las cargas se
hallasen con menos bríos. Aprobada por los capitanes la idea, aunque
los romanos presentaron la batalla, ellos se mantuvieron dentro de las
trincheras. Penetrado este designio Craso, como con el crédito
adquirido en haber esperado a pie firme al enemigo, hubiese infundido
temor a los contrarios y ardor a los nuestros para la pelea, clamando
todos que ya no se debía dilatar un punto el asalto de las trincheras,
exhortando a los suyos, conforme al deseo de todos, marchó contra
ellas.

XXV. Unos se ocupaban en cegar los fosos, otros en derribar a
fuerza de dardos a los que montaban las trincheras, y hasta los
auxiliares, de quienes Craso fiaba poco en orden de pelear, con
aprontar piedras y armas y traer céspedes para el terraplén, pasaban
por combatientes. Defendíanse asimismo los enemigos con tesón y
bravura, disparando a golpe seguro desde arriba, por lo que nuestros
caballos, dado un giro a los reales, avisaron a Craso que hacia la puerta
trasera no se veía igual diligencia y era fácil la entrada.
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Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 1:14 am

XXVI. Craso, exhortando a los capitanes de caballería que
animasen a sus soldados prometiéndoles grandes premios, les dice lo
que han de hacer. Ellos, según la orden, sacadas de nuestros reales
cuatro cohortes que estaban de guardia y descansadas, conduciéndolas
por un largo rodeo, para que no pudieran ser vistas del enemigo,
cuando todos estaban más empeñados en la refriega, llegaron sin
detención al lugar sobredicho de las trincheras; y rompiendo por ellas,
ya estaban dentro cuando los enemigos pudieron caer en cuenta de lo
acaecido. Los nuestros sí que, oída la vocería de aquella parte,
cobrando nuevo aliento, como de ordinario acontece cuando se espera
la victoria, comenzaron con mayor denuedo a batir los enemigos, que
acordonados por todas partes y perdida toda esperanza, se arrojaban
de las trincheras abajo por escaparse. Mas perseguidos de la caballería
por aquellas espaciosas llanuras, de cincuenta mil hombres, venidos,
según constaba, de Aquitania y Cantabria, apenas dejó con vida la
cuarta parte, y ya muy de noche se retiró a los cuarteles.
XXVII. A la nueva de esta batalla, la mayor parte de Aquitania se
rindió a Craso, enviándole rehenes espontáneamente, como fueron los
tarbelos, los bigorreses, los precíanos, vocates, tarusates, elusates,
garites, los de Aux y Carona, sibutsates y cocosates.69 Solas algunas
naciones más remotas, confiadas en la inmediación del invierno,
dejaron de hacerlo.

XXVIII. César casi por entonces, aunque va el estío se acababa,
sin embargo, viendo que después de sosegada toda la Galia, solos los
merinos y menapios se mantenían rebeldes, sin haber tratado con él
nunca de paz, pareciéndole ser negocio de pocos días esta guerra,
marchó contra ellos. Éstos habían determinado hacerla siguiendo muy
diverso plan que los otros galos, porque considerando cómo habían de
ser destruidas y sojuzgadas naciones muy poderosas que se
aventuraron a pelear, teniendo ellos alrededor grandes bosques y
lagunas, trasladáronse a ellas con todos sus haberes. Llegado César a
la entrada de los bosques, y empezando a fortificarse, sin que por
entonces apareciese enemigo alguno, cuando nuestra gente andaba
esparcida en los trabajos, de repente se dispararon por todas las partes
de la selva y echáronse sobre ella. Los soldados tomaron al punto las
armas, y los rebatieron matando a muchos aunque, por querer
seguirlos, entre las breñas» perdieron tal cual de los suyos.

XXIX. Los días siguientes empleó César en rozar el bosque,
formando de la leña cortada bardas opuestas al enemigo por las dos
bandas, a fin de que por ninguna pudiesen asaltar a los soldados
cuando estuvieran descuidados y sin armas. De este modo, avanzando
en poco tiempo gran trecho con presteza increíble; tanto que ya los
nuestros iban a tomar sus ganados y la zaga del bagaje, emboscándose
ellos en lo más fragoso de las selvas, sobrevinieron temporales tan
recios, que fue necesario interrumpir la obra, pues no podían ya los
soldados guarecerse por las continuas lluvias en las tiendas. Así que,
talados sus campos, quemadas las aldeas y caseríos, César retiró su
ejército, alojándolo en cuarteles de invierno, repartido por los aulercos,
lisienses y demás naciones que acababan de hacer la guerra.
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Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 1:15 am

NOTAS DE NAPOLEÓN AL LIBRO III
1. No puede menos de abominarse la conducta observada por
César con el Senado de Vannes. Estos pueblos no se hablan sublevado;
habían entregado rehenes; hablan hecho promesa de mantenerse al
margen de toda contienda; pero estaban en posesión de su libertad y
de todos sus derechos. Hablan dado, ciertamente, motivos a César para
hacerles la guerra, pero no para violar el derecho de gentes ni para
abusar de la victoria de manera tan atroz. Esta conducta no era justa y
menos aún política, porque tales medios nunca conducen a nada
práctico y sólo se consigue con ellos exasperar y sublevar a los pueblos.
El castigo de algunos jefes es todo lo que autorizan la política y la
justicia; el buen trato a los prisioneros es una de las reglas importantes
que se deben observar. Cap. XVI.
2. La Bretaña, esta provincia tan grande y tan difícil, se sometió
sin oponer una resistencia proporcionada a su poder.
Lo mismo sucedió con la Aquitania y la baja Normandia; esto se
debió a causas que es imposible apreciar o determinar con exactitud,
aunque no sea difícil ver que la principal consistió en el espíritu de
aislamiento y de localismo que caracterizaba a los pueblos, de la Galia.
En esa época carecían de sentimiento de nación y hasta de provincia,
viviendo dominados por un espíritu de ciudad. Es el mismo espíritu que
forjó después las cadenas de Italia. Nada hay más opuesto al espíritu
nacional, a las ideas generales de libertad, que el espíritu particular de
familia o de caserío. De estas divisiones resultaba además que los galos
no poseían ningún ejército regular permanente experimentado, y por
consiguiente, ningún arte ni ciencia militar. Por esto, si la gloria de
César estuviese sólo cimentada sobre la conquista de las Galias, podría
dudarse de su legitimidad. Toda nación que no tenga en cuenta la
importancia de un ejército regular permanentemente en pie y que se
confie a los reclutamientos o a milicias nacionales, correrá la suerte de
los galos, sin alcanzar siquiera la gloria de oponer una resistencia igual,
consecuencia del estado salvaje en que se vivía y del terreno, cubierto
d« selvas, de marismas, de hondonadas y sin caminos, lo que le hacia
difícil a la conquista y fácil a la defensa. Cap. XXVII.
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Mensaje por Admin el Miér Nov 22, 2017 6:14 pm

LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO III A2a11

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