EL AMANECER DE LA POESIA DE EURIDICE CANOVA Y SABRA
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LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO IV

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Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 1:25 am

LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO IV

LIBRO CUARTO
I. Al invierno siguiente, siendo cónsules Cneo Pompeyo y Marco
Craso, los usipetes y tencteros de la Germania, en gran número,
pasaron el Rin hacia su embocadura en el mar. La causa de su
trasmigración fue que los suevos, con la porfiada guerra de muchos
años no los dejaban vivir ni cultivar sus tierras. Es la nación de los
suevos la más populosa y guerrera de toda la Germania. Dícese que
tienen cien merindades, cada una de las cuales contribuye anualmente
con mil soldados para la guerra. Los demás quedan en casa trabajando
para sí y los ausentes. Al año siguiente alternan; van éstos a la guerra,
quedándose los otros en casa. De esta suerte no se interrumpe la
labranza y está suplida la milicia. Pero ninguno de ellos posee aparte
terreno propio, ni puede morar más de un año en su sitio; su sustento
no es tanto de pan como de leche y carne, y son muy dados a la caza.
Con eso, con la calidad de los alimentos, el ejercicio continuo, y el vivir
a sus anchuras (pues no sujetándose desde niños a oficio ni arte, en
todo por todo hacen su voluntad), se crían muy robustos y agigantados.
Es tanta su habitual dureza, que siendo tan intensos los fríos de estas
regiones, no se visten sino de pieles, que por ser cortas, dejan al aire
mucha parte del cuerpo, y se bañan en los ríos.

II. Admiten a los mercaderes, más por tener a quien vender los
despojos de la guerra, que por deseo de comprarles nada. Tampoco se
sirven de bestias de carga traídas de fuera, al revés de los galos, que las
estiman muchísimo y compran muy caras, sino que a las suyas nacidas
y criadas en el país, aunque de mala traza y catadura, con la fatiga
diaria las hacen de sumo aguante. Cuando pelean a caballo, se apean si
es menester, y prosiguen a pie la pelea; y teniéndolos enseñados a no
menearse del puesto, en cualquier urgencia vuelven a montar con igual
ligereza. No hay cosa en su entender tan mal parecida y de menos valer
como usar de jaeces. Así, por pocos que sean, se atreven con cualquier
número de caballos enjaezados. No permiten la introducción del vino,
por juzgar que con él se hacen los hombres regalones, afeminados y
enemigos del trabajo.

III. Tienen por la mayor gloria del Estado el que todos sus
contornos por muchas leguas estén despoblados, como en prueba de
que gran número de ciudades no ha podido resistir a su furia. Y aun
aseguran que por una banda de los suevos no se ven sino páramos en
espacio de seiscientas millas. Por la otra caen los ubios, 70 cuya
república fue ilustre y floreciente para entre los germanos; y es así que,
respecto de los demás nacionales, están algo más civilizados, porque
frecuentan su país muchos mercaderes navegando por el Rin, en cuyas
riberas habitan ellos, y por la vecindad con los galos se han hecho a sus
modales. Los suevos han tentado muchas veces con repetidas guerras
echarlos de sus confines, y aunque no lo han logrado por la grandeza y
buena constitución del gobierno, sin embargo los han hecho tributarios,
y los tienen ya mucho más humillados y enflaquecidos.

IV. Semejante fue la suerte de los usipetes y tencteros arriba
mencionados, los cuales resistieron también muchos años a las armas
de los suevos; pero al cabo, echados de sus tierras, después de haber
andado tres años errantes por varios parajes de Germania, vinieron a
dar en el Rin por la parte que habitan los menapios en cortijos y aldeas
a las dos orillas del río; los cuales, asustados con la venida de tanta
gente, desampararon las habitaciones de la otra orilla, y apostando en
la de acá sus cuerpos de guardia, no dejaban pasar a los germanos.
Éstos, después de tentarlo todo, viendo no ser posible el paso ni a
osadas por falta de barcas, ni a escondidas por las centinelas y guardias
de los menapios, fingieron que tornaban a sus patrias. Andadas tres
jornadas, dieron otra vez la vuelta, y desandado a caballo todo aquel
camino en una noche, dieron de improviso sobre los menapios cuando
más desapercibidos y descuidados estaban, pues certificados de sus
atalayas del regreso de los germanos, habían vuelto sin recelo a las
granjas de la otra parte del Rin. Muertos éstos, y cogidas sus barcas,
pasaron el río antes que los menapios de ésta supiesen nada, con que
apoderados de todas sus caserías, se sustentaron a costa de ellos lo
restante del invierno.

V. Enterado César del caso, y recelando de la ligereza de los galos,
que son voltarios en sus resoluciones, y por lo común noveleros, acordó
de no confiarles nada. Tienen los galos la costumbre de obligar a todo
pasajero a que se detenga, quiera o no quiera, y de preguntarle qué ha
oído o sabe de nuevo; y a los mercaderes en los pueblos, luego que
llegan, los cerca el populacho, importunándolos a que digan de dónde
vienen, y qué han sabido por allá. Muchas veces, sin más fundamento
que tales hablillas y cuentos, toman partido en negocios de la mayor
importancia, de que forzosamente han de arrepentirse muy presto,
gobernándose por voces vagas, y respondiéndoles los más, a trueque
de complacerles, una cosa por otra.

VI. Como César sabía esto, por no dar ocasión a una guerra más
peligrosa, parte para el ejército antes de lo que solía. Al llegar halló ser
ciertas todas sus sospechas: que algunas ciudades habían convidado
por sus embajadores a los germanos a dejar el Rin, asegurándoles que
tendrían a punto todo cuanto pidiesen, y que los germanos, en esta
confianza, ya se iban alargando más y más en sus correrías hasta
entrar por tierras de los eburones y condrusos, que son dependientes
de Tréveris. César, habiendo convocado a los jefes nacionales,
determinó no darse por entendido de lo que sabía, sino que,
acariciándolos y ganándoles la voluntad, y ordenándoles que tuviesen
pronta la caballería, declara la guerra contra la Germania.
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Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 1:29 am

VII. Proveído, pues, de víveres y de caballería escogida, dirigió su
marcha hacia donde oía que andaban los germanos. Estando ya a pocas
jornadas de ellos, le salieron al encuentro sus embajadores, y le
hablaron de esta manera: «Los germanos no quieren ser los primeros
en declarar la guerra al Pueblo Romano, ni tampoco la rehusan en caso
de ser provocados. Por costumbre aprendida de sus mayores deben
resistir y no pedir merced a gestor alguno; debe saber una cosa y es
que vinieron contra su voluntad desterrados de su patria. Si los
romanos quieren su amistad, podrá serles útil sólo con darles algunas
posesiones o dejarles gozar de las que hubiesen conquistado; que a
nadie conocen ventaja sino a solos los suevos, a quienes ni aun los
dioses inmortales pueden contrastar; fuera de ellos, ninguno hay en el
mundo a quien no puedan sojuzgar».

VIII. A tales proposiciones respondió César lo que juzgó a
propósito, y cuya conclusión fue: «que no podía tratar de amistad
mientras no desocupasen la Galia, no siendo conforme a razón que
vengan a ocupar tierras ajenas los que no han podido defender las
propias; que no había en la Galia campos baldíos que poder repartir sin
agravio, mayormente a tanta gente, pero les daría licencia, si quisiesen,
para morar en el distrito de los ubios, cuyos embajadores se hallaban
allí a quejarse de las injurias de los suevos y pedirle socorro; que se
ofrecía él a recabarlos de los ubios».

IX. Dijeron los germanos que darían parte a los suyos, y volverían
con la respuesta al tercer día. Suplicáronle que en tanto no pasase
adelante. César dijo que ni tampoco eso podía concederles; y es que
había sabido que algunos días antes destacaron gran parte de la
caballería a pillar y forrajear en el país de los ambivaritos,71 al otro lado
del río Mosa; aguardábanla, a su parecer, y por eso pretendían la
tregua.

X. El río Mosa nace en el monte Vauge, adyacente al territorio de
Langres, y con un brazo que recibe del Rin, y se llama Vael, forma la isla
de Batavia, y a ochenta millas de dicho monte desagua el Océano. El
Rin tiene sus fuentes en los Alpes, donde habitan los leponcios,72 y
corre muchas leguas rápidamente por las regiones de los nantuates,
helvecios, secuanos, metenses, tribocos, trevirenses. Al acercarse al
Océano, se derrama en varios canales, con que abraza muchas y
grandes islas, por la mayor parte habitadas de naciones bárbaras y
fieras, entre las cuales se cree que hay gentes que se mantienen
solamente de la pesca y de los huevos de las aves, hasta que, por fin,
por muchas bocas entra en el Océano.

XI. Hallándose César a doce millas no más de distancia del
enemigo, vuelven los embajadores, según lo concertado, y saliéndole al
encuentro, le rogaban encarecidamente que se detuviese.
Habiéndoselo negado, instaban «que siquiera enviase orden a la
caballería que iba delante que no cometiese hostilidades, y a ellos entre
tanto les diese facultad de despachar una embajada a los ubios, que
como sus príncipes y el Senado les concediesen salvoconducto con
juramento, prometían estar a lo que César dispusiese. Que para
ejecutar lo dicho, les otorgase plazo de tres días». Bien echaba de ver
César que todo esto se urdía con el mismo fin de que durante el triduo
volviese a tiempo la caballería destacada. No obstante, respondióles
que aquel día no caminaría sino cuatro millas para llegar a paraje donde
hubiese agua; que al siguiente viniesen a verse con él los más que
pudiesen, y examinaría entonces sus pretensiones. Envía luego orden a
los capitanes que le precedían con la gente de a caballo que no
provocasen al enemigo a combate, y que siéndolo ellos, aguantasen la
carga mientras él llegaba con el ejército.
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Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 1:32 am

XII. Pero los enemigos, luego que descubrieron nuestra caballería,
compuesta de cinco mil hombres, puesto que no eran más de
ochocientos los suyos, porque los idos al forraje del otro lado del Mosa
no eran todavía vueltos, estando sin ningún recelo los nuestros, fiados
en que sus embajadores acababan de despedirse de César y que los
mismos habían solicitado las treguas de este día, acometiendo de
rebato en un punto, desordenando a los nuestros. Volviendo éstos a
rehacerse, los enemigos conforme a su disciplina, echan pie a tierra, y
derribando a varios con desjarretarles los caballos, pusieron a los
demás en fuga, infundiéndoles tal espanto, que no cesaron de huir
hasta tropezar con nuestro ejército. En este reencuentro perecieron
setenta y cuatro de los nuestros, entre ellos Pisón el Aquitano, varón
fortísimo y de nobilísimo linaje, cuyo abuelo, siendo rey de su nación,
logró de nuestro Senado el renombre de amigo. Este tal, acudiendo al
socorro de su hermano cercado de los enemigos, lo libró de sus manos;
él, derribado del caballo, que se lo hirieron, mientras pudo, se defendió
como el más valeroso. Como rodeado por todas partes, acribillado de
heridas, cayese en tierra, y de lejos lo advirtiese su hermano retirado
ya del combate, metiendo espuelas al caballo, se arrojó a los enemigos
y también quedó muerto.

XIII. Después de esta función veía César no ser prudencia dar ya
oídos a embajadas, ni escuchar proposiciones de los que dolosamente y
con perfidia, tratando de paz, le hacían guerra. El aguardar a que se
aumentasen las tropas enemigas y volviese su caballería, teníalo, por
otra parte, por grandísimo desvarío; demás que atenta la mutabilidad
de los galos, consideraba cuan alto concepto habrían ya formado de los
enemigos por un choque solo, y no era bien darles más tiempo para
maquinar otras novedades. Tomada esta resolución, y comunicada con
los legados y el cuestor, para no atrasar ni un día la batalla, ocurrió
felizmente que luego, al siguiente, de mañana, vinieron a su campo
muchos germanos con sus cabos y ancianos usando de igual alevosía y
ficción, so color de disculparse de haber el día antes quebrantado la
tregua contra lo acordado y pedido por ellos mismos, como también
para tentar si, dando largas, podían conseguir nuevas treguas.
Alegróse César de tan buena coyuntura, y mandó que los arrestasen;73
y sin perder tiempo, alzo el campo, haciendo que la caballería siguiese
a la retaguardia, por considerarla intimidada con la reciente memoria
de su derrota.
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Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 1:40 am

XIV. Repartido el ejército en tres cuerpos, con una marcha
forzada de ocho millas se puso sobre los reales de los enemigos primero
que los germanos lo echasen de ver. Los cuales, sobrecogidos de todo
punto, sin acertar a tomar consejo ni las armas, así por la celeridad de
nuestra venida como por la ausencia de los suyos, no acababan de
atinar si sería mejor hacer frente al enemigo, o defender los reales, o
salvarse por medio de la fuga, manifestándose su terror por los alaridos
y batahola que traían. Nuestros soldados, hostigados de la traición del
otro día, embistieron los reales; aquí los que de pronto pudieron tomar
las armas hicieron alguna resistencia, combatiendo entre los carros y el
fardaje, pero la demás turba de niños y mujeres (que con todos los
suyos salieron de sus tierras y pasaron el Rin) echaron luego a huir
unos tras otros, en cuyo alcance destacó César la caballería.

XV. Los germanos, sintiendo detrás la gritería, y viendo degollar
a los suyos, arrojadas las armas y dejadas las banderas, desampararon
los reales; y llegados al paraje donde se unen el Mosa y el Rin,74 siendo
ya imposible la huida, después de muchos muertos, los demás se
precipitaron al río, donde, sofocados del miedo, del cansancio y del
ímpetu de la corriente, se ahogaron. Los nuestros, todos con vida, sin
faltar uno, con muy pocos heridos se recogieron a sus tiendas, libres ya
del temor de guerra tan peligrosa, pues el número de los enemigos no
bajaba de cuatrocientos treinta mil. César dio a los arrestados licencia
de partirse. Mas ellos temiendo las iras y tormentos de los galos, cuyos
campos saquearon, escogieron quedarse con él y César les concedió
plena libertad.

XVI. Fenecida esta guerra de los germanos, César se determinó a
pasar el Rin por muchas causas, siendo de todas la más justa, que ya
que los germanos con tanta facilidad se movían a penetrar por la Galia,
quiso meterlos en cuidado de sus haciendas con darles a conocer que
también el ejército romano tenía maña y atrevimiento para pasar el Rin.
Añadíase a eso, que aquel trozo de caballería de los usipetes y
tencteros, que antes dije haber pasado el Mosa con el fin de pillar y
robar, y no se halló en la batalla, sabida la rota de los suyos, se había
retirado al otro lado del Rin a tierras de los sicambros, y confederádose
con ellos. Requeridos éstos por César para que se los entregasen como
enemigos declarados suyos y de la Galia, respondieron: «que el
Imperio romano terminaba en el Rin; y si él se daba por agraviado de
que los germanos contra su voluntad pasasen a la Galia, ¿con qué razón
pretendía extender su imperio y jurisdicción más allá del Rin?» Por el
contrario los ubios, que habían sido los únicos que de aquellas partes
enviaron embajadores a César, entablando amistad y dando rehenes,
le instaban con grandes veras viniese a socorrerlos, porque los suevos
los tenían en grave conflicto; que si los negocios de la república no se lo
permitían, se dejase ver siquiera con el ejército al otro lado del Rin; que
esto sólo bastaría para remediarse de presente, y esperar en lo por
venir mejor suerte, siendo tanto el crédito y fama de los romanos aun
entre los últimos germanos después de la rota de Ariovisto y esta
última victoria, que con sola su sombra y amistad podían vivir seguros.
A este fin le ofrecieron gran número de barcas para el transporte de las
tropas.
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Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 1:41 am

XVII. César, por las razones ya insinuadas, estaba resuelto a
pasar el Rin; mas hacerlo en barcas ni le parecía bien seguro ni
conforme a su reputación y a la del Pueblo Romano. Y así, dado que se
le presentaba la suma dificultad de alzar puente sobre río tan ancho,
impetuoso y profundo, todavía estaba fijo en emprenderlo, o de otra
suerte no transportar el ejército. La traza, pues, que dio75 fue ésta.
Trababa entre sí con separación de dos pies dos maderos gruesos pie y
medio, puntiagudos en la parte inferior, y largos cuanto era hondo el río;
metidos éstos y encajados con ingenios dentro del río, hincábanlos con
mazas batientes, no perpendicularmente a manera de postes, sino
inclinados y tendidos hacia la corriente del río. Luego más abajo, a
distancia de cuarenta pies, fijaba enfrente de los primeros otros dos
trabados del mismo modo y asestados contra el ímpetu de la corriente;
de parte a parte atravesaban vigas gruesas de dos pies a medida del
hueco entre las junturas de los maderos, en cuyo intermedio eran
encajadas, asegurándolas de ambas partes en la extremidad con dos
clavijas; las cuales separadas y abrochadas al revés una con otra,
consolidaban tanto la obra y eran de tal arte dispuestas, que cuando
más batiese la corriente, se apretaban tanto más unas partes con otras.
Extendíase por encima la tablazón a lo largo, y cubierto todo con
travesaños y zarzos, quedaba formado el piso. Con igual industria por
la parte inferior del río se plantaban puntales inclinados y unidos al
puente, que como machones resistían a la fuerza de la corriente; y
asimismo palizadas de otros semejantes a la parte arriba del puente a
alguna distancia, para que si los bárbaros con intento de arruinarle,
arrojasen troncos de árboles o barcones, se disminuyese la violencia
del golpe y no empeciesen al puente.

XVIII. Concluida toda la obra a los diez días que se comenzó a
juntar el material, pasa el ejército. César, habiendo puesto buena
guarnición a la entrada y salida del puente, va contra los sicambros.
Viénenle al camino embajadores de varias naciones pidiéndole la paz y
su amistad; responde a todos con agrado, y manda le traigan rehenes.
Los sicambros desde que se principió la construcción del puente,
concertada la fuga a persuasión de los tencteros y usipetes, que
alojaban consigo, cargando con todas sus cosas, desamparadas sus
tierras, se habían guarecido en los desiertos y bosques.
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Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 1:43 am

XIX. César, habiéndose detenido aquí algunos días en quemar
todas las aldeas y caserías y segar las mieses, retiróse a la comarca de
los ubios; y ofreciéndoles su ayuda, si los suevos continuasen sus
extorsiones, vino a entender que éstos, apenas se certificaron por sus
espías que se iba fabricando el puente, habido según costumbre su
consejo, despacharon mensajeros por todas partes, avisando que
abandonasen sus pueblos, y poniendo a recaudo en los bosques sus
hijos, mujeres y haciendas, todos los de armas llevar acudiesen a cierto
sitio; el señalado era como el centro de las regiones ocupadas por los
suevos, que allí esperaban la venida de los romanos resueltos a no
pelear en otra parte. Con estas noticias, viendo César finalizadas todas
las cosas que le movieron al pasaje del ejército, y fueron, meter miedo
a los germanos, vengarse de los sicambros, librar de la opresión a los
ubios, gastados sólo dieciocho días al otro lado del Rin, pareciéndole
haberse granjeado bastante reputación76 y provecho, dio la vuelta a la
Galia y deshizo el puente.

XX. Al fin ya del estío, aunque en aquellas partes se adelanta el
invierno por caer toda la Galia al Norte, sin embargo, intentó hacer un
desembarco en Bretaña77 por estar informado que casi en todas las
guerras de la Galia se habían suministrado de allí socorros a nuestros
enemigos; que aun cuando la estación no le dejase abrir la campaña,
todavía consideraba ser cosa de suma importancia ver por sí mismo
aquella isla, reconocer la calidad de la gente, registrar los sitios, los
puertos y las calas; cosas por la mayor parte ignoradas78 de los galos,
pues por maravilla hay quien allá navegue fuera de los mercaderes, y ni
aun éstos tienen más noticia que de la costa y de las regiones que
yacen frente de la Galia. En efecto, después de haberlos llamado de
todas partes, nunca pudo averiguar ni la grandeza de la isla, ni el
nombre y el número de las naciones que habitaban en ella, ni cuál fuese
su ejército en las armas, ni con qué leyes se gobernaban, ni qué puertos
había capaces de muchos navíos de alto bordo.

XXI. Para enterarse previamente de todo esto, despachó a Cayo
Voluseno, de quien estaba muy satisfecho, dándole comisión de que,
averiguado todo, volviese con la razón lo más presto que pudiera. Entre
tanto marchó él con su ejército a los morinos, porque desde allí era el
paso más corto para la Bretaña. Aquí mandó juntar todas las naves de
la comarca y la escuadra empleada el verano antecedente en la guerra
de Vannes. En esto, sabido su intento, y divulgado por los mercaderes
entre los isleños, vinieron embajadores de diversas ciudades de la isla a
ofrecerle rehenes y prestar obediencia al Pueblo Romano. Dióles grata
audiencia y buenas palabras, y exhortándolos al cumplimiento de sus
promesas, los despidió, enviando en su compañía a Comió Atrebatente,
a quien él mismo, vencidos los de su nación, coronó rey de ella. Era un
hombre de cuyo valor, prudencia y lealtad no dudaba, y cuya
reputación era grande entre los de Bretaña. Encárgale César que se
introduzca en todas las ciudades que pueda, y las exhorte a la alianza
del Pueblo Romano, asegurándolas de su pronto arribo. Voluseno,
registrada la isla según que le fue posible, no habiéndose atrevido a
saltar en tierra y fiarse de los bárbaros, volvió al quinto día a César con
noticia de lo que había en ella observado.
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Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 1:45 am

XXII. Durante la estancia de César en aquellos lugares con
motivo de aprestar las naves, viniéronle diputados de gran parte de los
morinos a excusarse de los levantamientos pasados; que por ser
extranjeros, y poco enseñados a nuestros usos, habían hecho la guerra,
y que ahora prometían estar a cuanto les mandase. Pareciéndole a
César hecha en buena coyuntura la oferta, pues ni quería dejar
enemigos a la espalda, ni la estación le permitía emprender guerras, ni
juzgaba conveniente anteponer a la expedición de Bretaña el ocuparse
en estas menudencias, mándales entregar gran número de rehenes.
Hecha la entrega, los recibió en su amistad. Aprestadas cerca de
ochenta naves de transporte, que a su parecer bastaban para el
embarco de dos legiones, lo que le quedaba de galeras repartió entre el
cuestor, legados y prefectos. Otros dieciocho buques de carga, que por
vientos contrarios estaban detenidos a ocho millas de allí sin poder
arribar al puerto, destinólos para la caballería. El resto del ejército lo
dejó a cargo de los tenientes generales Quinto Titurio Sabino y Lucio
Arunculeyo Cota, para que los condujesen a los menapios y ciertos
pueblos de los morinos que no habían enviado embajadores. La defensa
del puerto encomendó al legado Quinto Sulpicio Rufo con la guarnición
competente.

XXIII. Dadas estas disposiciones, con el primer viento favorable
izó velas a la medianoche; y mandó pasar la caballería al puerto de más
arriba con orden de que allí se embarcase y le siguiese. Como ésta no
hubiese podido hacerlo tan presto, él con las primeras naos cerca de las
cuatro del día79 tocó en la costa de Bretaña, donde observó que las
tropas enemigas estaban en armas ocupando todos aquellos cerros. La
playa, por su situación, estaba tan estrechada de los montes, que
desde lo alto se podía disparar a golpe seguro a la ribera. No juzgando
esta entrada propia para el desembarco, se mantuvo hasta las nueve
sobre las áncoras aguardando a los demás buques. En tanto,
convocando los legados y tribunos, les comunica las noticias que le
había dado Voluseno, y juntamente las órdenes de lo que se había de
hacer, advirtiéndoles estuviesen prontos a la ejecución de cuanto fuese
menester a la menor insinuación y a punto, según lo requería la
disciplina militar, y más en los lances de marina, tan variables y
expuestos a mudanzas repentinas. Con esto los despidió, y logrando a
un tiempo viento y creciente favorable, dada la señal, levó áncoras, y
navegando adelante, dio fondo con la escuadra ocho millas de allí en
una playa exenta y despejada.
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Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 1:47 am

XXIV. Pero los bárbaros, penetrado el designio de los romanos,
adelantándose con la caballería y los carros armados, de que suelen
servirse en las batallas, y siguiendo detrás con las demás tropas,
impedían a los nuestros el desembarco. A la verdad el embarazo era
sumo, porque los navíos por su grandeza, no podían dar fondo sino mar
adentro. Por otra parte, los soldados en parajes desconocidos,
embargadas las manos, y abrumados con el grave peso de las armas, a
un tiempo tenían que saltar de las naves, hacer pie entre las olas y
pelear con los enemigos; cuando ellos, a pie enjuto, o a la lengua del
agua, desembarazados totalmente y con conocimiento del terreno,
asestaban intrépidamente sus tiros y espoleaban los caballos
amaestrados. Con estos incidentes, acobardados los nuestros, como
nunca se habían visto en tan extraño género de combate, no todos
mostraban aquel brío y ardimiento que solían en las batallas dé tierra.

XXV. Advirtiéndolo César, ordenó que las galeras cuya figura
fuese más extraña para los bárbaros, y el movimiento más veloz para el
caso, se separasen un poco de los transportes, y a fuerza de remos se
apostasen contra el costado descubierto de los enemigos, de donde con
hondas, trabucos y ballestas los arredrasen y alejasen. Esto alivió
mucho a los nuestros, porque atemorizados los bárbaros de la
extrañeza de los buques, del impulso de los remos, y del disparo de
tiros nunca visto, pararon y retrocedieron un poco. No acabando
todavía de resolverse los nuestros, especialmente a vista de la
profundidad del agua, el alférez mayor de la décima legión,
enarbolando el estandarte, e invocando en su favor a los dioses:
«Saltad, dijo, soldados, al agua, si no queréis ver el águila en poder de
los enemigos.80 Por lo menos ya habré cumplido con lo que debo a la
República y a mi general. » Dicho esto a voz en grito, se arrojó al mar
y empezó a marchar con el águila derecho a los enemigos. Al punto los
nuestros, animándose unos a otros a no pasar por tanta mengua, todos
a una saltaron del navío. Como vieron esto los de las naves inmediatas,
echándose al agua tras ellos, se fueron arrimando a los enemigos.

XXVI. Peleóse por ambas partes con gran denuedo. Mas los
nuestros, que ni podían mantener las filas, ni hacer pie, ni seguir sus
banderas, sino que quién de una nave, quién de otra se agregaban sin
distinción a las primeras con que tropezaban, andaban sobre manera
confusos. Al contrario los enemigos, que tenían sondeados todos los
vados, en viendo de la orilla que algunos iban saliendo uno a uno de
algún barco, corriendo a caballo daban sobre ellos en medio de la faena.
Muchos acordonaban a pocos; otros por el flanco descubierto
disparaban dardos contra el grueso de los soldados. Notando César el
desorden, dispuso que así los esquifes de las galeras como los pataches
se llenasen de soldados, que viendo a algunos en aprieto fuesen a
socorrerlos. Apenas los nuestros fijaron el pie en tierra, seguidos luego
de todo el ejército, cargaron con furia a los enemigos y los ahuyentaron;
si bien no pudieron ejecutar el alcance, a causa de no haber podido la
caballería seguir el rumbo y ganar la isla. En esto sólo anduvo escasa
con César su fortuna.

XXVII. Los enemigos, perdida la jornada, luego que se recobraron
del susto de la huida, enviaron embajadores de paz a César,
prometiendo dar rehenes y sujetarse a su obediencia. Vino con ellos
Comió el de Artois, de quien dije arriba haberle César enviado delante a
Bretaña. Éste al salir de la nave a participarles las órdenes del general,
fue preso y encarcelado. Después de la batalla le pusieron en libertad,
y en los tratados de paz echaron la culpa del atentado al populacho,
pidiendo perdón de aquel yerro. César, quejándose de que habiendo
ellos de su agrado enviado embajadores al Continente a pedirle la paz,
sin motivo ninguno le hubiesen hecho guerra, dijo que perdonaba su
yerro y que le trajesen rehenes; de los cuales parte le presentaron
luego, y parte ofrecieron dar dentro de algunos días, por tener que
traerlos de más lejos. Entre tanto dieron orden a los suyos de volver a
sus labranzas; y los señores concurrieron de todas partes a
encomendar sus personas y ciudades a César.

XXVIII. Asentadas así las paces al cuarto día de su arribo a
Bretaña, las dieciocho naves en que se embarcó, según queda dicho, la
caballería, se hicieron a la vela desde el puerto superior81 con viento
favorable; y estando ya tan cerca de las islas, que se divisaban de los
reales, se levantó de repente tal tormenta, que ninguna pudo seguir su
rumbo, sino que unas fueron rechazadas al puerto de su salida, otras, a
pique de naufragar, fueron arrojadas a la parte inferior y más
occidental de la isla; las cuales, sin embargo de eso, habiéndolas
anclado, como se llenasen de agua por la furia de las olas, siendo
forzoso por la noche tempestuosa meterlas en alta mar, dieron la vuelta
del Continente.
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LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO IV Empty Re: LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO IV

Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 1:48 am

XXIX. Por desgracia, fue esta noche luna llena, que suele en el
Océano causar muy grandes mareas,82 lo que ignoraban los nuestros.
Con que también las galeras en que César transportó el ejército, y
estaban fuera del agua, iban a quedar anegadas en la creciente, al
mismo tiempo que los navíos de carga puestos al ancla eran
maltratados de la tempestad, sin que los nuestros tuviesen arbitrio
para maniobrar ni remediarlas. En fin, destrozadas muchas naves,
quedando las demás inútiles para la navegación, sin cables, sin áncoras,
sin rastro de jarcias, resultó, como era muy regular, una turbación
extraordinaria en todo el ejército, pues ni tenían otras naves para el
reembarco, ni aprestos algunos para reparar las otras; y como todos
estaban persuadidos a que se había de invernar en la Galia, no se
habían hecho aquí provisiones para el invierno.

XXX. Los señores de Bretaña que después de la batalla vinieron a
tomar las órdenes de César, echando de ver la penuria en que se
hallaban los romanos de caballos, naves y granos, y su corto número
por el recinto de los reales mucho más reducido de lo acostumbrado,
porque César condujo las legiones sin los equipajes, conferenciando
entre sí, deliberaron ser lo mejor de todo, rebelándose, privar a los
nuestros de los víveres, y alargar de esta suerte hasta el invierno83 la
campaña; con la confianza de que, vencidos una vez éstos, o atajado su
regreso, no habría en adelante quien osase venir a inquietarlos. En
conformidad de esto, tramada una nueva conjura, empezaron poco a
poco a escabullirse de los reales y a convocar ocultamente a la gente
del campo.

XXXI. César en tanto, bien que ignorante todavía de sus tramas,
no dejaba de recelarse, vista la desgracia de la armada y su dilación en
la entrega de los rehenes, que al cabo harían lo que hicieron. Por lo cual
trataba de apercibirse para todo acontecimiento, acarreando cada día
trigo de las aldeas a los cuarteles, sirviéndose de la madera y clavazón
de las naves derrotadas para carenar las otras y haciendo traer de
tierra firme los aderezos necesarios. Con eso y la aplicación grande de
los soldados a la obra, dado que se perdieron doce navíos, logró que los
demás quedasen de buen servicio para navegar.

XXXII. En este entretanto, habiendo destacado la legión séptima
en busca de trigo, como solía, sin que hasta entonces hubiese la más
leve sospecha de guerra, puesto que los isleños unos estaban en
cortijos, otros iban y venían continuamente a nuestras tiendas, los que
ante éstas hacían guardia dieron aviso a César que por la banda que la
legión había ido se veía una polvareda mayor de la ordinaria. César,
sospechando lo que era, que los bárbaros hubiesen cometido algún
atentado, mandó que fuesen consigo las cohortes que estaban de
guardia; que dos la mudasen, que las demás tomasen las armas y
viniesen detrás. Ya que hubo andado una buena pieza, advirtió que los
suyos eran apremiados de los enemigos, y a duras penas se defendían,
lloviendo dardos por todas partes sobre la legión apiñada. Fue el caso
que como sólo quedase por segar una heredad, estándolo ya las demás,
previendo los enemigos que a ella irían los nuestros, se habían
emboscado por la noche en las selvas; y a la hora que los nuestros
desparramados y sin armas se ocupaban en la siega, embistiendo de
improviso, mataron algunos, y a los demás antes de poder ordenarse
los asaltaron y rodearon con la caballería y carricoches.
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LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO IV Empty Re: LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO IV

Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 1:49 am

XXXIII. Su modo de pelear en tales vehículos es éste: corren
primero por todas partes, arrojando dardos; con el espanto de los
caballos y estruendo de las ruedas desordenan las filas, y si llegan a
meterse entre escuadrones de caballería, desmontan y pelean a pie.
Los carreros, en tanto, se retiran algunos pasos del campo de batalla y
se apostan de suerte que los combatientes, si se ven apretados del
enemigo, tienen a mano el asilo del carricoche. Así juntan en las
batallas la ligereza de la caballería con la consistencia de la infantería;
y por el uso continuo y ejercicio es tanta su destreza, que aun por
cuestas y despeñaderos hacen parar los caballos en medio de la carrera,
cejar y dar vuelta con sola una sofrenada; corren por el timón, se tienen
en pie sobre el yugo, y con un salto dan la vuelta al asiento.

XXXIV. Hallándose, pues, los nuestros consternados a vista de
tan extraños guerreros, acudió César a socorrerlos al mejor tiempo,
porque con su venida los enemigos se contuvieron, y se recobraron del
miedo los nuestros. Contento con eso, reflexionando ser fuera de sazón
el provocar al enemigo y empeñarse en nueva acción, estúvose quieto
en su puesto, y a poco rato se retiró con las legiones a los reales.
Mientras tanto que pasaba esto, y los nuestros se empleaban en las
maniobras, dejaron sus labranzas los que aun quedaban en ellas.
Siguiéronse un día tras otro lluvias continuas, que impedían a los
nuestros la salida de sus tiendas y al enemigo los asaltos. Entre tanto
los bárbaros despacharon mensajeros a todas partes ponderando el
corto número de nuestros soldados, y poniendo delante la buena
ocasión que se les ofrecía de hacerse ricos con los despojos y asegurar
su libertad para siempre, si lograban desalojar a los romanos. De esta
manera, en breve se juntó gran número de gente de a pie y de a caballo
con que vinieron sobre nuestro campo.

XXXV. Como quiera que preveía César que había de suceder lo
mismo que antes, que por más batidos que fuesen los enemigos se
pondrían en cobro con su ligereza, no obstante, aprovechándose de
treinta caballos que Comió el Atrebatense había traído consigo, ordenó
en batalla las legiones delante de los reales. Trabado el choque, no
pudieron los enemigos sufrir mucho tiempo la carga de los nuestros,
antes volvieron las espaldas. Corriendo en su alcance los nuestros
hasta que se cansaron, mataron a muchos, y a la vuelta quemando
cuantos edificios encontraban, se recogieron a su alojamiento.

XXXVI. Aquel mismo día vinieron mensajeros de paz por parte de
los enemigos. César les dobló el número de rehenes antes tasado,
mandando que se los llevasen a tierra firme, pues acercándose ya el
equinoccio,84 no le parecía cordura exponerse con navíos estropeados a
navegar en invierno. Por tanto, aprovechándose del buen tiempo, levó
poco después de medianoche, y arribó con todas las naves al
Continente. Sólo dos de carga no pudieron tomar el mismo puerto, sino
que fueron llevadas un poco más abajo por el viento.
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LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO IV Empty Re: LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO IV

Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 1:52 am

XXXVII. Desembarcaron de estas naves cerca de trescientos
soldados, y encaminándose a los reales, los morinos, a quienes César
dejó en paz en su partida a Bretaña, codiciosos del pillaje, los cercaron,
no muchos al principio, intimándoles que rindiesen las armas si querían
salvar las vidas, mas como los nuestros formados en círculo hiciesen
resistencia, luego a las voces acudieron al pie de seis mil hombres.
César al primer aviso destacó toda la caballería al socorro de los suyos.
Los nuestros entre tanto aguantaron la carga de los enemigos, y por
más de cuatro horas combatieron valerosísimamente matando a
muchos y recibiendo pocas heridas. Pero después que se dejó ver
nuestra caballería, arrojando los enemigos sus armas, volvieron las
espaldas y se hizo en ellos gran carnicería.

XXXVIII. César al día siguiente envió al teniente general Tito
Labieno con las legiones que acababan de llegar de la Bretaña, contra
los merinos rebeldes; los cuales no teniendo donde refugiarse, por
estar secas las lagunas que en otro tiempo les sirvieron de guarida,
vinieron a caer casi todos en manos de Labieno. Por otra parte, los
legados Quinto Titurio y Lucio Cota, que habían conducido sus legiones
al país de los menapios, por haberse éstos escondido entre las
espesuras de los bosques, talados sus campos, destruidas sus mieses,
e incendiadas sus habitaciones, vinieron a reunirse con César, quien
dispuso en los belgas cuarteles de invierno para todas las legiones. No
más que dos ciudades de Bretaña enviaron acá rehenes; las demás no
hicieron caso. Por estas hazañas, y en vista de las cartas de César,
decretó el Senado veinte días de solemnes fiestas en hacimiento de
gracias
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LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO IV Empty Re: LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO IV

Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 1:52 am

NOTAS DE NAPOLEÓN AL LIBRO IV

1. Las dos Incursiones intentadas por César en estas campañas
eran prematuras las dos y ni una ni otra alcanzaron éxito. Su conducta
con los pueblos de Berg y de Zutphen es contraria al derecho de gentes;
es en vano que se esfuerce en su memorial en atenuar la injusticia de
tal proceder, y el mismo Catón le dirigió por causa de ella violentas
censuras. Esta victoria contra los pueblos de Zutphen no fue, por otra
parte, nada gloriosa; pues aun en el caso de que éstos hubiesen pasado
el Rin efectivamente en número de 450.000, esto no significaría sino
80.000 combatientes, incapaces, por lo tanto, para enfrentarse con
ocho legiones sostenidas por las tropas auxiliares y las de la Galia, que
pondrían el máximo ardor en defender sus tierras. Cap. XV.

2. Plutarco pondera este puente sobre el Rin, que le parece un
prodigio: es una obra que nada tiene de extraordinaria y que todo
ejército moderno hubiese podido realizar con igual facilidad. César no
quiso pasar sobre un puente de barcas, porque temía la perfidia de los
galos y que el puente acabase por hundirse. Construyó uno sobre
estacas en diez días; no necesitaba más. El Rin en Colonia tiene
trescientas toesas y era la estación del año en que es más bajo el nivel
de las aguas; probablemente no tenía entonces doscientas cincuenta.
Cap. XVII.

3. César fracasó en su expedición a Alemania, ya que no obtuvo
que la caballería del ejército vencido le fuese entregada, como tampoco
ningún acto de sumisión de los suevos, que por el contrario le
desafiaron. Fracasó igualmente en su expedición contra Inglaterra. Dos
legiones no eran suficientes; necesitaba cuando menos cuatro, y
carecía de caballería, arma indispensable en un país como Inglaterra.
No había realizado los preparativos que la importancia de la expedición
requerían; consecuencia de ello fue la confusión que resultó y hay que
atribuir a su buena estrella el que pudiera retirarse sin pérdidas. Cap.
XXXVI.
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LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO IV Empty Re: LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO IV

Mensaje por Admin el Miér Nov 22, 2017 6:15 pm

LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO IV A2a11

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