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Mensaje por Karla Benitez el Miér Abr 12, 2017 4:06 am

LA GALLINA DEGOLLADA

Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban
los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz.
Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos y volvían
la cabeza con la boca abierta.
El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de
ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros,
y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos.
Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los
idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su
atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban;
se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la
misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial,
como si fuera comida.
Otras veces, alineados en el banco, zumbaban horas
enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes
sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose
la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero
casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de
idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco,
con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa
saliva el pantalón.
El mayor tenía doce años, y el menor ocho. En todo
su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta
de un poco de cuidado maternal.
Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día
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Mensaje por Karla Benitez el Miér Abr 12, 2017 4:07 am

el encanto de sus padres. A los tres meses de casados,
Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y
mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más
vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados
que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya
del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo
que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles
de renovación?
Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó,
a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida
su felicidad. La criatura creció, bella y radiante,
hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes
sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la
mañana siguiente no conocía más a sus padres. El mé-
dico lo examinó con esa atención profesional que está
visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades
de los padres.
Después de algunos días los miembros paralizados recobraron
el movimiento; pero la inteligencia, el alma,
aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado
profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para
siempre sobre las rodillas de su madre.
—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella
espantosa ruina de su primogénito.
El padre, desolado, acompañó al médico afuera.
—A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido.
Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su
idiotismo, pero no más allá.
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Mensaje por Karla Benitez el Miér Abr 12, 2017 4:08 am

—¡Sí...!, ¡sí...! —asentía Mazzini—. Pero dígame; ¿usted
cree que es herencia, que...?
—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que
creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí
un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero
hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar bien.
Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini
redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba
los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar,
sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo
por aquel fracaso de su joven maternidad.
Como es natural, el matrimonio puso todo su amor
en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez
de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero
a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito
se repetían, y al día siguiente amanecía idiota.
Esta vez los padres cayeron en honda desesperación.
¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor,
sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su
apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de
vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia
como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como
todos!
Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del
dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez
para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron
mellizos, y punto por punto repitiose el proceso de los
dos mayores.
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Mensaje por Karla Benitez el Miér Abr 12, 2017 4:09 am

Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a
Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos.
Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad,
no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido. No
sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron
al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por
no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban
mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse
sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían
truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos
de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio,
cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada
más.
Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora
descendencia. Pero pasados tres años desearon de
nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo
tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.
No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo
que se exasperaba, en razón de su infructuosidad, se
agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado
sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus
hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro
bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa
necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio
específico de los corazones inferiores.
Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y
como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se
cargaba.
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Mensaje por Karla Benitez el Miér Abr 12, 2017 4:10 am

—Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa
de entrar y se lavaba las manos— que podrías tener más
limpios a los muchachos.
Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.
—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte
por el estado de tus hijos.
Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa
forzada:
—De nuestros hijos, ¿me parece?
—Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los
ojos.
Esta vez Mazzini se expresó claramente:
—¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa,
¿no?
—¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo
tampoco, supongo...! ¡No faltaba más...! —murmuró.
—¿Qué, no faltaba más?
—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo
bien! Eso es lo que te quería decir.
Su marido la miró un momento, con brutal deseo de
insultarla.
—¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.
—Como quieras; pero si quieres decir...
—¡Berta!
—¡Como quieras!
Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero
en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían
con doble arrebato y locura por otro hijo.
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Mensaje por Karla Benitez el Miér Abr 12, 2017 4:11 am

Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia
a flor de alma, esperando siempre otro desastre.
Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en
ella toda su complacencia, que la pequeña llevaba a los
más extremos límites del mimo y la mala crianza.
Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre
de sus hijos, al nacer Bertita olvidose casi del todo de
los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo
atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini,
bien que en menor grado, pasábale lo mismo.
No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor
indisposición de su hija echaba ahora afuera, con
el terror de perderla, los rencores de su descendencia
podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para
que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto
el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado
habíanse perdido el respeto; y si hay algo a
que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición,
es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una
persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito;
ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a
sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros
que el otro habíale forzado a crear.
Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro
hijos mayor afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba
de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los
lavaban casi nunca. Pasaban casi todo el día sentados
frente al cerco, abandonados de toda remota caricia.
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Mensaje por Karla Benitez el Miér Abr 12, 2017 4:12 am

De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche,
resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente
imposible negarle, la criatura tuvo algún
escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar
idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.
Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue,
como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.
—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio?
¿Cuántas veces...?
—Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a
propósito.
Ella se sonrió, desdeñosa:
—¡No, no te creo tanto!
—Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a ti... ¡tisiquilla!
3
—¡Qué! ¿Qué dijiste...?
—¡Nada!
—¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro
que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el
que has tenido tú!
Mazzini se puso pálido.
—¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al
fin, víbora, has dicho lo que querías!
—¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos ¿oyes?,
¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera
tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos
tuyos, los cuatro tuyos!
________________________________________________________--
3 tisiquilla: diminutivo de tísica: que padece tisis (tuberculosis).
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Mensaje por Karla Benitez el Miér Abr 12, 2017 4:13 am

Mazzini explotó a su vez.
—¡Víbora tísica! ¡Eso es lo que te dije, lo que te quiero
decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la
mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu
pulmón picado, víbora!
Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta
que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus
bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había
desaparecido, y como pasa fatalmente con todos
los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente
una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto
más efusiva cuanto hirientes fueran los agravios.
Amaneció un espléndido día,y mientras Berta se levantaba
escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada
tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada
largo rato,y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno
se atreviera a decir una palabra.
A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como
apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que
matara una gallina.
El día radiante había arrancado a los idiotas de su
banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en
la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia
(Berta había aprendido de su madre este buen modo de
conservar frescura a la carne), creyó sentir algo como
respiración tras ella. Volviose, y vio a los cuatro idiotas,
con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos
la operación... Rojo... rojo...
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Mensaje por Karla Benitez el Miér Abr 12, 2017 4:14 am

—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.
Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni
aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada,
podía evitarse esa horrible visión! Porque,
naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de
amor a su marido e hija, más irritado era su humor con
los monstruos.
—¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!
Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas,
fueron a dar a su banco.
Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue
a Buenos Aires, y el matrimonio a pasear por las quintas.
Al bajar el sol volvieron, pero Berta quiso saludar un
momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapose en
seguida a casa.
Entretanto los idiotas no se habían movido en todo
el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco,
comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los
ladrillos, más inertes que nunca.
De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el
cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales,
quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco,
miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no
ofrecía duda. Al fin decidiose por una silla desfondada,
pero faltaba aún. Recurrió entonces a un cajón de
kerosene4
, y su instinto topográfico hízole colocar ver-

________________________________________________---
4
kerosene: queroseno,derivado del petróleo utilizado antiguamente como combustible
para lámparas y estufas.
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Mensaje por Karla Benitez el Miér Abr 12, 2017 4:15 am

tical el mueble, con lo cual triunfó.
Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron có-
mo su hermana lograba pacientemente dominar el
equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta
sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes.
Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie
para alzarse más.
Pero la mirada de los idiotas se había animado; una
misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban
los ojos de su hermana, mientras una creciente
sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de
sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña,
que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a
montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente,
sintiose cogida de la pierna. Debajo de ella, los
ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.
—¡Suéltame! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna.
Pero fue atraída.
—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente.
Trató aún de sujetarse del borde, pero sintiose arrancada
y cayó.
—Mamá, ¡ay! Ma...
No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello,
apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros
la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde
esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta,
arrancándole la vida segundo por segundo.
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Mensaje por Karla Benitez el Miér Abr 12, 2017 4:15 am

Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su
hija.
—Me parece que te llama —le dijo a Berta.
Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con
todo, un momento después se despidieron, y mientras
Berta iba a dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.
—¡Bertita!
Nadie respondió.
—¡Bertita! —alzó más la voz ya alterada.
Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre
aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.
—¡Mi hija,mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo.
Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre.
Empujó violentamente la puerta entornada,ylanzó un
grito de horror.
Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír
el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió
con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido
como la muerte, se interpuso conteniéndola:
—¡No entres! ¡No entres!
Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo
pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo
largo de él con un ronco suspiro.

CUENTOS DE HORROR Y MUERTE
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Mensaje por FANTASIA el Miér Abr 12, 2017 6:46 am

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Mensaje por Admin el Lun Ago 21, 2017 7:23 am

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