Los regalos de los gnomos

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Los regalos de los gnomos

Mensaje por Roana Varela el Jue Ago 24, 2017 3:44 am

Un sastre y un herrero hicieron un viaje en compañía. Una tarde, cuando el sol acababa de ponerse detrás de las montañas, oyeron a lo lejos los sonidos de una música, que les parecieron cada vez más armoniosos conforme se acercaban al sitio de donde provenían.

Era una música extraordinaria, pero tan encantadora, que olvidaron su cansancio para dirigirse a toda prisa hacia el lugar donde se escuchaba. Ya había salido la luna cuando llegaron a una colina, en la que vieron una multitud de hombres y mujeres tan pequeños, que eran de un tamaño casi microscópico, los cuales bailaban en corro, cogidos de la mano, con el aire más alegre del mundo, y al mismo tiempo cantaban de una manera admirable, siendo esta la música que habían oído nuestros viajeros. En el centro del corro se hallaba un anciano un poco más alto que los demás, vestido con un traje de diferentes colores, y con una barba blanca que le llegaba hasta el pecho. Admirados los dos compañeros, permanecieron inmóviles contemplando el baile. El anciano les incitó a que entrasen, y los pequeños bailarines abrieron su corro. El herrero entró sin vacilar, tenía la espalda un poco redonda y era atrevido como todos los jorobados. El sastre tuvo en un principio su poco de miedo y se quedó detrás, pero cuando vio que continuaba reinando la mayor alegría, recobró su valor y entró también. En seguida se cerró el círculo y los pequeños seres comenzaron a cantar y a bailar dando saltos prodigiosos; el vejete tomó un cuchillo muy grande que pendía de su cintura, se puso a arreglarle, y en cuanto le hubo afilado bastante bien, se volvió hacia los forasteros que se hallaban helados de espanto. Mas no fue muy larga su ansiedad; el anciano se acercó al herrero, y en un abrir y cerrar de ojos, le rapó completamente la barba y los cabellos; después hizo lo mismo con el sastre. En cuanto hubo concluido, les dio un golpecito amigable en la espalda, como para decirles que habían hecho bien en dejarse afeitar, sin presentar la menor resistencia, y se disipó su temor. Entonces les mostró con el dedo un montón de carbones que se hallaban allí cerca y les hizo señal de que llenasen con ellos sus bolsillos. Ambos obedecieron sin saber para qué les servirían aquellos carbones, y continuaron su camino buscando un asilo donde pasar la noche. Cuando llegaban al valle, el reló de un convento próximo dio las doce; en el mismo instante cesó el cántico, desapareció todo, y no vieron más que la colina desierta iluminada por la luna.

Los dos viajeros entraron en una posada y se echaron a dormir encima de la paja, pero el cansancio les hizo olvidarse de tirar sus carbones. Un peso inusitado y que les incomodaba mucho les hizo despertar más pronto de lo acostumbrado. Llevaron la mano a sus bolsillos, y no podían creer a sus propios ojos cuando vieron que los tenían llenos, no de carbones, sino de barras de oro puro. Su barba y sus cabellos habían crecido también de una manera maravillosa. En lo sucesivo serían ya ricos, pero el herrero, que por su carácter avaro había llenado mucho más sus bolsillos, poseía doble de lo que el sastre.

Mas un hombre avaro ambiciona siempre mucho más, aun cuando posea grandes tesoros. El herrero propuso al sastre esperar al otro día y volver por la noche al sitio en que habían encontrado al anciano, con el objeto de adquirir nuevas riquezas:

El sastre se negó diciendo:

-Tengo bastante y estoy contento; únicamente quería llegar a ser maestro en mi oficio y casarme con mi caprichillo (así llamaba a su novia); ya puedo hacerlo y soy feliz.

Por condescendencia, sin embargo, con su compañero, consintió en quedarse un día más.

Al anochecer, el herrero se echó dos sacos al hombro para traer una buena carga y se puso en camino hacia la colina. Como en la noche anterior, encontró a los enanos cantando y bailando; le rapó el anciano y le hizo seña para que cogiese carbones.

No vaciló en llenar sus bolsillos y sus sacos hasta que no cupo más y se acostó vestido.

En cuanto comience mi carbón a convertirse en oro, se dijo a sí mismo, no voy a poder resistir el peso.

Y se durmió por último, con la dulce esperanza de despertar al día siguiente rico como un Creso.

En cuanto abrió los ojos, su primer cuidado fue registrar sus bolsillos; pero por más que registró sólo encontró muchos carbones y muy negros.

«Del mal el menos», pensó para sí; «aún me queda el oro que traje la otra noche.»

Fue a verlo; pero ¡ay! su oro se había convertido también en carbón.

Llevó a la frente su negra mano y vio que su cabeza estaba calva y rapada lo mismo que su barba. Sin embargo, aún no conocía toda su desgracia, pues bien pronto vio que la joroba que llevaba por detrás había producido otra que le salía por delante.

Conoció entonces que era castigado por su avaricia y comenzó a lanzar profundos gemidos.

El bueno del sastre, despierto por sus lamentos, le consoló lo mejor que pudo y le dijo:

-Somos compañeros, hemos viajado juntos, quédate conmigo, mi tesoro bastará para los dos.

Cumplió su palabra, pero el herrero se vio obligado a llevar toda su vida sus dos jorobas, y a ocultar bajo su gorro su cabeza sin un pelo.
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