El doctor misántropo. Jean Neruda

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Mensaje por Rosko el Jue Mayo 02, 2019 6:47 am

El doctor misántropo.
Doktor Kazisvět, Jan Neruda (1834-1891)

Este apodo no se lo endosaron hasta luego de que ocurriera un hecho; pero fue un hecho tan extraño que incluso apareció en los diarios. Su apellido era Heribert y su primer nombre era muy común, pero no me lo acuerdo. El señor Heribert era médico; por cierto que era de veras doctor en medicina diplomado, pero no atendía a nadie. Incluso él hubiera tenido que reconocer que desde la época en que andaba por los sanatorios no le había caído un solo paciente. Quizá lo hubiera reconocido abiertamente si hubiera conversado con alguien. Pero el doctor era un sujeto muy extraño.

El doctor Heribert era el hijo del doctor Heribert, que en sus tiempos había sido un prestigioso médico de la Malá Strana. Su madre falleció aún joven, y el padre poco después de llegar el muchacho a la adultez, legándole una pequeña casa de dos plantas en Oujezd y tal vez ciertos dinerillos, aunque no gran cosa. Allí vivió el doctor Heribert. En la planta baja había dos negocios pequeños y arriba un cuarto que daba a la calle, el importe de cuyo alquiler le facilitó una pequeña entrada mensual.

También él vivía arriba, en un cuarto interno al cual se tenía acceso desde el patio por una escalera de madera descubierta. No sé con que comparar ese cuarto, pero inmediatamente revelaba la parquedad con que vivía el doctor. En uno de los locales de planta baja se había instalado un verdulero, y su mujer hacía la limpieza al doctor. El hijo de ésta, Josecito, era muy compinche mío, pero nuestra camara¬dería acabó hace mucho, porque Josecito consiguió trabajo como cochero del arzobispo y entonces se volvió muy vanidoso. Pero es gracias a él que me enteré de que el doctor Heribert se preparaba el desayuno él mismo, que almorzaba generalmente en alguna fonda barata en el barrio Staré Mesto y que cenaba cualquier cosa.

El doctor Heribert habría podido disponer de muchos pacientes en la Malá Strana de haberlo deseado así. Al fallecer su padre, los pacientes se pusieron en sus manos, pero él no quiso revisar ni ir a ver a ninguno, rico o pobre. La fe en él desapareció en seguida, la gente del barrio empezó a verlo como un estudiante crónico y después llegaron a esbozar sonrisas si se mencionaba al doctor Heribert.

—¡Qué doctor! ¡Yo no le encomendaría ni al gato!

El hecho no hizo mayormente mella en el doctor Heribert; por como actuaba, parecía que no le importaba la gente. No saludaba a ninguno, y si lo saludaban a él, entonces no contestaba: Cuando caminaba por la calle parecía que el viento arrastrara una hoja seca. Era considerablemente bajo —de acuerdo con el nuevo sistema de medidas, no tenía más de un metro cincuenta— y conducía su cuerpito magro por la calle de forma de quedar separado por lo menos medio metro de los demás.

Sus ojos celestes ostentaban siempre una expresión hosca de perro castigado. El rostro se ocultaba tras una barba marrón clara; un rostro demasiado peludo, inconveniente en opinión de todo el mundo. Durante el invierno, cuando se cubría con su ancho gabán gris, la minúscula cabeza tapada con un gorro de tela quedaba escondida en la solapa de astracán ordinario; en verano, ocasión en que usaba un liviano traje a cuadros u otro de hilo, aun más liviano, esa cabeza daba la impresión de bambolearse sobre una débil ramita.

En la época de estío salía a la mañana muy temprano, a eso de las cuatro, para dirigirse a los parques próximos a las murallas del castillo, y se instalaba en el mejor banco con un libro. En varias ocasiones algún habitante de la Malá Strana se ubicó junto a él e inició una charla. En esos casos el doctor Heribert se incorporaba, cerraba su libro bruscamente y se mandaba a mudar sin decir nada. En adelante no se metieron más con él. El asunto fue tan serio que, pese a no tener más de cuarenta años, las niñas casaderas de la Malá Strana no le prestaron atención.

Pero de repente pasó una cosa de la que, como ya mencioné más adelante, hasta los diarios se ocuparon. Es de eso que quiero decir unas palabras.

Era un hermoso día del mes de junio, uno de esos días en que se siente como si todo riera: la cúpula del cielo, la tierra, las caras de las personas. Ese día, ya entrada la tarde, pasó por Oujezd hacia la puerta del barrio un cortejo fúnebre de notable boato. Era el sepelio del señor Schepeler, Consejero del Tribunal de Cuentas, y —que el Señor tenga piedad de mí—, incluso parecía que esa comitiva mortuoria irradiaba una sonrisa de contento. Por supuesto que no se podía apreciar el rostro del finado, ya que no tenemos la usanza de algunos países meridionales que entierran a los difuntos en ataúdes abiertos para que el sol los entibie por vez postrera antes de descender a la sepultura.

El hecho es que sin dejar de lado cierta circunspección exigida por las circunstancias, no se podía desmentir la alegría general. Ese magnífico día se les había metido a todos adentro, por así decir. Y eso les hacía saborear la vida.

Quizá los más felices fueran los empleados de varias oficinas públicas que cargaban el catafalco. No se hubieran resignado a no hacerlo. Habían estado dos días correteando por las oficinas, pero ahora desfilaban felices con medido paso bajo aquel bulto, íntimamente convencidos de que todos los estaban contemplando mientras decían:

—Allí van los aspirantes al Tribunal de Cuentas.

Quien asimismo se veía feliz era el doctor Link, hombre de elevada estatura, que había recibido de manos de la viuda veinte ducados en concepto de honorarios profesionales por los servicios prestados durante la dolencia de Schepeler, que apenas había durado una semana. No obstante, el doctor Link caminaba con la cabeza un tanto gacha, como reflexionando. También estaba contento el señor Ostrohradsky, fabricante de arneses de profesión y pariente más cercano del finado. En vida de su tío, lo había descuidado un tanto, pero se había enterado de que le había dejado en su testamento cinco mil florines y en el trayecto ya le había comentado unas cuantas veces al cervecero Kejrik:

—¡No se puede negar, era una buena persona!

Iba atrás del catafalco y junto a él el regordete Kejrik, un tipo saludable que había sido el amigo más cercano del finado. Atrás de ellos iban los señores Kdojek, Musik y Homann, también consejeros del Tribunal de Cuentas pero de menor jerarquía que el difunto Schepeler. Estos iban también felices, a todas luces.

Tengo que reconocer, apenado, que ni la señora Schepeler, que viajaba sola en el primer vehículo, podía rechazar el bienestar general; lo que ocurre es que su contento no tenía que ver con lo agradable del día. Esta buena dama era mujer, y para las mujeres el tercer día consecutivo de ser el centro de la atención de todos tiene un hechizo particular. Por otra parte las ropas de luto se avenían particularmente bien con su figura espigada y su rostro, usualmente un poco blanco, se veía especialmente bello en el cuadro del negro riguroso.

La única persona que lamentaba sinceramente el fallecimiento del señor Consejero y no podía evitar el pesar que le había producido esta desdicha era el cervecero Kejrik, hasta ese momento célibe y, como mencionamos, el amigo más grande y más fiel del finado. En la víspera, la joven viuda le había dicho claramente que aguardaba que él le retribuiría generosamente por guardar tanta fidelidad en vida del esposo. Cuando Ostrohradsky le había dicho por vez primera que:

—Sin duda el finado había sido una buena persona.

Kejrik le había replicado amargamente:

—No, hombre. Si hubiera sido buena persona, habría vivido más.

Después de lo cual no respondió más a Ostrohradsky.

El cortejo iba llegando ya a la enorme puerta. En esos tiempos la puerta aún no era tan grácil como en nuestros días: todavía consistía en dos largos pasadizos tenebrosos hechos bajo las pesadas murallas. Era un auténtico prefacio para las sepulturas que estaban del otro lado. El coche fúnebre se adelantó al cortejo, parándose ante la puerta. Se dieron vuelta los curas, los muchachos depositaron el ataúd cuidadosamente en el suelo y comenzaron las oraciones fúnebres. Luego los funebreros quitaron el fondo corredizo del coche y los muchachos alzaron el féretro para ponerlo sobre éste.

¡Fue entonces que ocurrió! Haya sido por una demasía en el esfuerzo hecho a uno de los lados o por falta de habilidad a ambos, la cuestión es que súbitamente se les soltó el féretro, golpeando en el piso con la punta más estrecha, a consecuencia de lo cual la cubierta cayó estrepitosamente. El cuerpo se mantuvo adentro del cajón, pero se flexionó un tanto a la altura de las rodillas y la mano derecha quedó suspendida afuera.

El horror se diseminó en la concurrencia. Se produjo inmediatamente un silencio tan hondo que se podía escuchar el tic-tac de los relojes en los bolsillos. Los ojos se fijaron en la faz inerte del finado Consejero. Y justamente junto al féretro irrumpió el doctor Heribert. Andaba circunstancialmente por el lugar, regresando de una caminata; había zigzagueado entre los asistentes unos momentos, se había tenido luego que detener al lado de los curas y ahora podía vérselo emergiendo de su gabancito gris justo al lado de la mortaja negra del difunto.

Fue cosa de un momento. Casi mecánicamente, Heribert tomó la mano del muerto, quizá para ponerla otra vez adentro del cajón; pero en vez de tornarla a su lugar, la sostuvo en su propia mano, agitó nerviosamente los dedos y clavó una mirada escudriñante en el rostro del finado. Luego estiró el brazo y alzó el párpado derecho.

—¡Qué es esto! —irrumpió Ostrohradsky, indignado—. ¿Qué hacemos? ¿Nos vamos a quedar aquí sin movernos?

Algunos muchachos estiraron los brazos para levantar otra vez el catafalco.

—¡Alto! —voceó Heribert, con una voz insospechadamente fuerte y vibrante—. ¡Ese hombre no ha muerto!

—¡Qué ridiculez! ¡Está chiflado! —dijo el doctor Link.

—¿Dónde hay un vigilante? —aulló Ostrohradsky.

En los rostros se apreciaba una fuerte zozobra. Únicamente el cervecero Kejrik se había llegado muy de prisa hasta el doctor Heribert.

—¿Qué tenemos que hacer? —le preguntó anhelante—. ¿Es cierto que no ha muerto?

—No. Pero tiene un ataque de catalepsia. Hay que trasportarlo rápidamente a una casa para intentar revivirlo.

—¡Es lo más absurdo que he oído! —contestó el doctor Link—. Si este hombre no murió...

—Pero, ¿éste quién es? —preguntó Ostrohradsky.

—Parece que es médico.

—¡Es el doctor misántropo! ¡Policía! —voceó el fabricante de arneses, recordando de golpe los cinco mil florines.

—¡El doctor misántropo! —repetían a coro los consejeros Kdojek y Muzik.

Pero ya Kejrik, el buen amigo del finado, estaba trasladando el féretro, auxiliado por algunos mozos, hasta un mesón de las proximidades. En la calle se armó una batahola tremenda. Se fue el coche mortuorio y se retiraron los demás vehículos. El consejero Kdojek dijo:

—Es mejor que nos retiremos; ya sabremos qué pasó.

Pero el caso es que ninguno sabía qué actitud tomar.

—¡Bueno! Por fin vino, señor comisario —dijo Ostrahradsky al comisario de la guardia del municipio que en ese instante arribaba—. Están pasando cosas muy raras: una farsa indebida, la profanación de un cadáver a la luz del sol y en presencia de media Praga.

Y fue tras el funcionario municipal hasta adentro del mesón. El doctor Link se hizo humo. Al cabo de unos instantes reaparecieron Ostrohradsky y el comisario.

—Por favor, váyanse —dijo éste al público que se apretujaba—. No se puede pasar. El doctor Heribert está muy seguro de revivir al Consejero.

La esposa del consejero quiso apearse de su coche, pero se desvaneció. En ocasiones, la alegría puede llegar a matar a la gente. Kejrik, muy apurado, fue hasta el carruaje, donde varias mujeres se afanaban junto a la dama desvanecida.

—Llévenla con cuidado a la casa y se recobrará —les dijo.

Y para sus adentros masculló: ¡Buena está esta mujercita!

Se dio vuelta, trepó a otro coche y se encaminó a un lugar donde lo había enviado el doctor Heribert.

Los carruajes se fueron yendo de uno en uno y el público se apartó lentamente. No obstante, el lugar del hecho continuó siendo muy concurrido durante toda la jornada y hubo que colocar una guardia para controlar el orden ante el local al que habían trasladado al finado. Circulaban entre la multitud las más raras versiones. Había quien ponía al doctor Link de vuelta y media y contaba acerca de él una serie de patrañas; otros se mofaban del doctor Heribert. Cada tanto hacía irrupción el señor Kejrik, arrebatado, haciendo algunos anuncios:

—Estamos muy esperanzados. Hasta yo pude tomarle el pulso. ¡Este doctor es un portento!

Por fin gritó, como en trance:

—¡Está respirando! —y se fue otra vez en el carruaje, que le estaba aguardando, a dar la buena noticia a la señora del Consejero.

Por último, a eso de las diez de la noche, sacaron del mesón una camilla tapada, flanqueada a un lado por el doctor Heribert y el señor Kejrik y al otro por el comisario.

No existió en toda la Malá Strana una sola bodega o mesón que no permaneciera repleta de público hasta pasada medianoche. El tema no era otro que la resurrección del consejero Schepeler y el doctor Heribert. Todos estaban aguadísimos.

—Ese hombre tiene más conocimientos que los libros de los latinos.

—Con sólo verlo, se nota de inmediato que es buen médico. Su padre era ya buen médico. ¡Muy buen médico! Y esas cosas se heredan.

—¿Y no quiere ejercer la profesión? Pero si podría tener tanta plata como un Consejero de Estado.

—Puede ser que tenga fortuna; ha de ser por eso.

—¿Por qué le dicen doctor misántropo?

—¿Doctor misántropo? Jamás escuché tal cosa.

—Lo que es yo, ya lo oí un centenar de veces hoy.

Dos meses más tarde, el Consejero Schepeler estaba en sus funciones como antaño.

—¡En el cielo, Dios; en la tierra el doctor Heribert! —decía siempre. Y otras:—: Este Kejrik es una joya.

En la ciudad entera se mentaba al doctor Heribert. Los diarios lo nombraron en todo el mundo. La Malá Strana estaba envanecida. Pasaron cosas raras. Barones, condes y príncipes quisieron al doctor Heribert como médico de cabecera. Incluso un rey de Italia le hizo una oferta nunca oída. Las personas cuya desaparición hubiera llenado de gozo a unos cuantos requerían insistentemente su atención. Pero el doctor Heribert no cedió. Se dijo incluso que la esposa del Consejero fue a llevarle una bolsita con ducados y que no la recibió. El doctor llegó a tirarle agua desde el balcón.

Volvió a evidenciar que no le importaba la gente. Nunca devolvía los saludos que le hacían. Surcaba las calles como antes, y su pequeña testa traslúcida y seca oscilaba trémula como los pimpollos de amapola en su débil tallo. Jamás recibió ni fue a ver enfermos. Pero ya todos le decían doctor misántropo, como si el apodo le hubiera llovido del cielo.

Hace ya más de diez años que no lo veo; no sé si todavía está vivo. Su pequeña casa en Oujezd no ha mostrado cambios hasta el momento. Un día de éstos voy a averiguar qué es de su vida.

Jan Neruda (1834-1891)
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