EL AMANECER DE LA POESIA DE EURIDICE CANOVA Y SABRA
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Mensaje por Enry Lun Oct 04, 2021 5:24 am

A la mañana siguiente Santos Cámara no pudo desayunar. Durante un minuto observó su rostro en el espejo; las curvas de sus pómulos, los ojos hundidos en las cuencas. Un rostro hecho de cera, sin una expresión concreta, un rostro capaz de realizar, en cualquier momento, un gesto ajeno.

Caminó hasta el salón. Sobre el escritorio, iluminado por los rayos de sol que se colaban entre las rendijas de la persiana, el retrato del Marqués presentaba un aspecto enjaulado. Por un instante le pareció percibir en la atmósfera el perfume inconfundible de Doña Petra. Recordó la voz de su madre, enumerando las virtudes de aquel hombre retratado, mientras se persignaba. “Tu padre era el hombre más bueno del mundo”, acostumbraba a repetir la anciana, y luego contraía sus mandíbulas, solo un segundo, pero Santos Cámara solía percibir esas cosas inmediatamente.

Sobre el escritorio, Santos abrió una carpeta. Los papeles del notario temblaron entre sus dedos; Finca de Las Contentas, parcela 345, termino municipal de San Andrés. Doña Petra nunca le habló de aquella propiedad. Levantó la mirada. El retrato de su padre lo observaba sin ninguna expresión.

En el pasillo, las baldosas blancas y verdes alfombraban el suelo hasta su cuarto. Abrió un armario, sacó una pequeña bolsa de viaje y la puso sobre la cama. Le dolían las manos, como si aquellos papeles sobre el escritorio le hubiesen quemado los dedos. Visitar esa finca era una idea inaceptable. Viajar hasta allí era como violar una regla. En el fondo de su cerebro una voz comenzó a reproducirse varias veces “Tu padre era un hombre extraordinario. Eso es lo único que tienes que recordar”

Sacó una camisa del armario y la extendió sobre la cama, casi a oscuras, como un miserable ladrón robándose a sí mismo su propia ropa. Apretó los puños con fuerza, hasta que el pulso recobró la suficiente firmeza como para doblar una manga. “La ropa no puede arrugarse”, escuchó,” la ropa bien planchada dice mucho de la gente”. Era una voz pausada, sin matices, una voz que venía desde algún lugar del dormitorio. El reloj de pared marcaba las doce.

Fidel Sanz Estaire
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