EL AMANECER DE LA POESIA DE EURIDICE CANOVA Y SABRA
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Mensaje por Marcela Noemí Silva Miér Jun 22, 2022 3:37 pm

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—Demasiado alcohol para una simple noche de juerga, demasiado tarde para seguir festejando—. Gritó Ulises, mientras se abrazaba a una sucia mesa de una cafetería.

— El vodka me está matando, pero les juro que este será el último trago de mi vida—vociferó.

El hombre era un alcohólico en recuperación, pero últimamente sus recaídas eran constantes y a pesar de sus gritos, nadie prestaba atención los delirios de un borracho. Él siempre buscaba un pretexto para beber, ya sea los fines de semana, en las reuniones sociales, en los cumpleaños o cuando se peleaba con su esposa.  

El alcohol lo ponía violento y descargaba su furia en cualquier lugar de la noche. Con los años su pésima conducta se transformó en una eterna justificación. Su falta de voluntad para cambiar el rumbo de su vida siempre fue su talón de Aquiles, hasta que vio a un borracho arrastrado por un auto y se sintió reflejado en el pobre hombre.

En las vísperas de su aniversario de bodas, bebió hasta desmayarse en el pavimento. Cuando volvió en sí, sintió el frío del cemento en su espalda, sé levantó con dificultad y notó que sus pantalones estaban orinados. En ese momento, sintió asco de sí mismo y estallo en llanto. Sé sentía sucio, hasta asqueado de haber caído tan bajo y de que la gente lo mire como a un pordiosero.  Estaba harto de beber hasta perder la conciencia y de despertar en los lugares más insólitos. La última vez terminó tirado en el lodazal de una caballeriza y jamás supo cómo llegó a ese campo, tan retirado de la ciudad.

Ulises era consciente de que el vodka era su perdición. Se tornaba irascible cuando bebía y terminaba buscando pleitos con cualquiera. El último ataque de adrenalina lo descargó en la mañana con Sandra, su compañera incondicional, la esposa sumisa que jamás se quejaba. Todos sentían pena por ella, pero Sandra amaba a su marido. Él era su primer hombre, el que la conquistó cuando era una tierna adolescente enamorada y con él envejecería. Sandra estaba acostumbrada al carácter explosivo de Ulises y siempre justificaba sus malas acciones.

— León que pelea en la jungla, termina siendo el gatito de la leona —decía la mujer, para justificar la violencia de su marido.

Ulises desde que era un jovencito fue temperamental, pero Sandra lo conoció así y lo aceptó tal como era. Los primeros años del matrimonio fueron felices, pero cuando falleció el padre de Ulises todo cambió abruptamente.  Él comenzó a salir por las noches y cuando llegaba ebrio al hogar, descargaba su ira en Sandra. Al día siguiente pedía perdón y prometía internarse para curar su adicción a la bebida.

Ulises no cumplía sus promesas; empezaba un tratamiento y lo abandonaba a las pocas sesiones. Entre frustradas terapias y promesas incumplidas, pasaron veinte años en el infierno de la mujer, que aceptaba con pasividad la violencia física y psicológica ejercida por su marido. Ulises jamás se percató de la infelicidad de su esposa, hasta el día de hoy, en que decidió hacer un cambio radical en su vida.  Por primera vez se emborrachó sin ponerse violento, y ese detalle también contribuiría con su decisión de abandonar la bebida.  

Estaba aletargado por el vodka, pero tenía la certeza de que esta sería su última noche de excesos. Su intuición le decía que, a partir de mañana, no volvería a ser el mismo y estaba convencido de que así seria.

En la otra punta de la cafetería, Carlos lo miraba con desconfianza y estaba atento a cualquier exabrupto de Ulises. Como dueño de la cafetería lo vigilaba de cerca, por si se violentaba. Conocía el temperamento de Ulises, desde que era un jovencito consentido, hasta fue su padrino de bodas, razón suficiente para no negarle la entrada. Carlos estimaba a ese joven que luchaba contra sus propios demonios sin lograrlo.  Sentía pena por el muchacho que bebía hasta perder el control. Ulises era una bomba de tiempo y Carlos no quería sufrir los destrozos de un ebrio.

El negocio estaba lleno de deudas y lo que menos necesitaba era la presencia policial. En la última pelea de Ulises con otro ebrio, perdió mucho dinero. El seguro no le cubrió la totalidad de los destrozos y tuvo que pedir un préstamo al banco, para comprar el mobiliario y como broche de oro, la comuna le clausuró el negocio por tres meses.

Como si estuviera leyéndole el pensamiento, Ulises le aseguró que los destrozos de la última vez, jamás se repetirían. Carlos suspiró aliviado, le llevó una jarra de café negro y le habló con tono paternal.

Ulises estalló en un llanto ahogado; las palabras de Carlos lo conmovieron, ya que le recordaban a su finado padre.  Entre sollozos le manifestó que ya no quería regresar a su casa con la resaca de la borrachera y menos quería seguir decepcionando a su esposa.

Carlos lo consoló y le dijo que primero tenía que arreglar su aspecto deplorable y después tendría que arreglar su vida.  Lo acompañó hasta el baño privado de la cafetería, le alcanzó un pantalón limpio y lo dejó para que se higienice.  

En soledad, Ulises se miró un largo rato en el espejo y juró que jamás volvería a beber. Con premura comenzó a higienizarse, dejó correr el chorro de agua helada sobre su rostro, se cambió el pantalón, se arregló la camisa y buscó la corbata roja en sus bolsillos sin éxito.  Se enfureció por haberla perdido, esa corbata era el símbolo de un matrimonio duradero; era el regalo de bodas de su esposa y solo la usaba en los aniversarios.

Ulises tenía la certeza que, la corbata roja la usó en la mañana. Su esposa lo ayudó con el nudo, hasta que comenzaron a pelear por algo sin importancia. Trató de recordar todo lo sucedido, pero las imágenes desagradables de la pelea se le mezclaban y el recuerdo le resultaba confuso.  Con rabia volvió a buscar la corbata, con minuciosidad, pero no la encontró. Sandra era muy supersticiosa y se enojaría por la pérdida de la corbata, pero ya nada se podía hacer. Resignado regresó a su mesa para beber la infusión milagrosa. Se bebería toda la jarra de café, de ser necesario. Quería llegar lucido a su casa, sin resaca y con las rosas rojas que tanto le gustaban a su esposa.  

Mientras bebía el café amargo, se fumó un cigarrillo y pensó en lo desdichada que hizo a su esposa. Desde que se casó, ella se transformó en una mujer triste, sin esperanzas y él era el responsable, de tanta frustración. El ser un ebrio no solo arruinó su vida, sino también su matrimonio.  En pocos años todo se fue al diablo, pero Sandra soportó cada tormenta estoicamente. Ella tenía paciencia de hierro y siempre fue leal al matrimonio; tal vez por eso soportaba tanta violencia. Demasiada lealtad hacia un ser despreciable, que trataba de justificar sus estados de ebriedad constante.

Esa noche sería diferente se dijo una vez más.  Se prometió llegar sobrio a su hogar y antes de que su esposa le dirigiera la palabra, le pediría perdón por tantos años de infelicidad. Miró el reloj y se percató que era de madrugada, se levantó ya sin tambalearse y caminó hacia su casa en esa fría noche de invierno. Recordó las flores y caminó por los negocios ubicados en la peatonal.

—Ningún maldito negocio abierto refunfuñó.

No quería llegar con las manos vacías a su casa, pero no había amanecido y todas las florerías estaban cerradas. Como sea, nada amargaría su buen ánimo. Su esposa comprendería la ausencia de ese ramo de rosas que, acostumbrada a recibir después de cada pelea matrimonial.  Las flores siempre fueron el símbolo de reconciliación entre ambos, además del sexo y al no haber lo primero, optaría por lo segundo.

Todo cambió al llegar a su casa, al abrir la puerta. El ver las sillas caídas, algunos muebles rotos, los adornos tirados, hizo que se avergonzara de su comportamiento. No era la primera vez que veía semejante escenografía, pero esta vez no toleraba ser el autor del patético espectáculo. La escena no era nueva para Ulises, ya que, después de cada reyerta matrimonial quedaban las secuelas del caos.

Ambos tenían un pacto. Si peleaban en el mismo día se reconciliaban y luego ordenaban juntos los desastres ocasionados por la pelea.  Esta vez Sandra no lo esperó y con justa razón se fue a dormir. Ulises no la despertaría para reprocharle nada, prometió cambiar y cumpliría.

El hombre ordenó todo sin hacer ruido, limpió el departamento para aliviarle las tareas domésticas a su esposa. Quería sorprenderla, para que ella recuerde al marido servicial que supo ser en el pasado.  El ordenar y limpiar le llevó hasta el amanecer; ya era demasiado tarde para hacerse el galán arrepentido y necesitaba dormir de corrido. La casa estaba helada e intentó encender la calefacción, pero recordó que le cortaron el gas por falta de pago.

—¡Maldito invierno! —murmuró entre dientes y se fue a dormir.

A hurtadillas entró en la habitación, se acostó junto a su esposa, que dormía boca abajo y estaba tapada con varias frazadas como si estuviera en el polo sur.  Evitó abrazarla para no despertarla, además entre tantas cobijas parecía envuelta para regalo y no quería molestarla.  Se sentía cansado, pero feliz por su cambio y durmió como no lo hacía en años. Despertó con la luz del sol filtrándose por el ventanal y notó que Sandra no se había levantado para hacerle el desayuno.

—Pobrecita, duerme como una piedra— se dijo así mismo.

— Seguro que se tomó las pastillas para el insomnio que le recetó el médico—pensó.

Se levantó dispuesto a sorprenderla con el desayuno, pero Sandra no daba indicios de querer levantarse. A propósito, hizo demasiado ruido en la cocina, hasta cantó la canción preferida de la mujer. Pensó que su esposa lo estaba castigando por haberla golpeado la mañana anterior, pero él no haría nada para disgustarla y dejaría que ella decida si quería levantarse o quería ignorarlo por lo sucedido.

Después del desayuno encendió el televisor, miró un par de películas, luego puso la música a todo volumen y cuando Sandra no bajó ni siquiera a tomar agua, comenzó a preocuparse.

Su esposa tenía el sueño liviano, ya era más de medio día y en veinte años jamás dejó de hacer el almuerzo.

Presuroso se dirigió a la habitación para despertarla. Sandra seguía con todas las cobijas sobre su cuerpo y se notaba que ni siquiera se había movido. Ulises le preguntó si se sentía bien, pero el silencio de Sandra era alarmante. Le habló en el oído para despertarla, pero Sandra no contestaba, yacía inmóvil. Ulises pensó que le estaba jugando una broma macabra y comenzó a destaparla. Cuando le sacó la última cobija, un oscuro presentimiento se apoderó de él y sintió un dolor horrible en la boca del estómago. Respiró profundo para calmarse, giró el cuerpo de su esposa y quedó impactado al ver el rigor mortis en su rostro. La mujer tenía la mirada vacía de la muerte, el rictus blanquecino en su boca.  En su desesperación masajeó su corazón para resucitarla, pero su cuerpo yacía frío como el mármol.  En ese eterno segundo de terror, comprendió que Sandra fue asesinada y él sabía quién era el asesino.  Estaba aterrado por la revelación y horrorizado al ver el cuello de su esposa con signos de estrangulación. Recordó que envolvió a su esposa con muchas mantas, porque quería sacarla de la casa sin ser visto, pero el timbre sonó, se asustó y huyó por la puerta trasera. La situación era demencial, increíble de procesar, la pesadilla de la locura en toda su extensión.

Ulises entre lágrimas acarició el rostro pétreo de Sandra y sintió escalofríos al comprender que el asesino estaba en la misma habitación. El arma homicida era un pedazo de tela, era la evidencia que podría delatarlo. La corbata roja, que tanto buscó, la cábala de la eternidad matrimonial yacía enrollada alrededor del cuello de su esposa.


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Mensaje por Rosko Miér Jun 29, 2022 2:50 am

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Es un honor leer tu poema, este es un foro para lectores y los poetas estamos a su servicio y es un gusto contar con tu aporte. Abrazos cordiales.

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Mensaje por Armando Lopez Vie Jul 01, 2022 2:02 am

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Dejo mi huella en este buen trabajo y gracias por compartirlo con los lectores y los poetas que nos visitan. Saludos fraternos.
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