EL AMANECER DE LA POESIA DE EURIDICE CANOVA Y SABRA
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Eneida: Libro XI

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Mensaje por Marcela Noemí Silva el Mar Jul 09, 2013 7:03 pm

Eneida: Libro XI

Entretanto la Aurora naciente abandonó el Océano.

Eneas, aunque su cuidado le inclina a dar un tiempo para enterrar

a los compañeros y su corazón está turbado por la muerte,

rendía sus votos a los dioses, victorioso, al despuntar el día.

Una enorme encina bien pelada de ramas

levantó sobre el túmulo y la vistió con armas relucientes,

despojos del caudillo Mecencio, un trofeo para ti,

gran señor de la guerra; cuelga los penachos chorreando sangre

y los dardos arrancados del héroe y la coraza golpeada

y perforada por doce sitios, y ata a la izquierda el escudo

de bronce, y cuelga del cuello la espada de marfil.

Luego, así comienza a arengar a sus compañeros

que le aclamaban (pues apretado le rodeaba el grupo de los jefes):

«Hemos logrado algo grande, soldados; dejad todo temor

en cuanto a lo que resta. Éstos son los despojos y las primicias

de un rey orgulloso, y éste es Mecencio, por mis manos.

Ahora, el camino hacia el rey y los muros latinos nos espera.

Disponed las armas, animosos aguardad la guerra;

que ningún retraso nos sorprenda cuando quieran los dioses

que alcemos las enseñas y saquemos a los jóvenes del campamento,

ni nos retrase con el miedo una opinión cobarde.

Confiemos entretanto a la tierra los cuerpos insepultos

de nuestros camaradas, única honra en el Aqueronte profundo.

«Id -dice-. Adornad con los tributos postreros a esas almas

egregias que con su sangre nos han deparado

esta patria, y el primero a la afligida ciudad de Evandro

sea enviado Palante, a quien no falto de valor

se llevó el negro día y lo sepultó en una muerte amarga.»

Así dice lleno de lágrimas y encamina sus pasos al umbral

donde el cuerpo expuesto sin vida de Palante velaba

el anciano Acetes, quien primero llevara las armas al parrasio

Evandro y fue asignado luego como acompañante

de su amado pupilo, con auspicios no igualmente felices.

Alrededor todo el grupo de siervos y la turba troyana

y las mujeres de Ilión con el triste pelo suelto según la costumbre.

En cuanto Eneas cruzó las altas puertas,

un profundo gemido con golpes de pecho lanzaron

a los astros y resonó el lugar de triste duelo.

Él mismo, cuando vio la cabeza abatida del níveo Palante

y su cara y la herida de la lanza ausonia abierta

y el delicado pecho, así dice rompiendo a llorar:

«¿Te me ha arrebatado Fortuna, desgraciado muchacho,

cuando empezaba a sernos favorable, a fin de que no vieras

nuestros reinos ni fueras conducido en triunfo a la sede paterna?

No había yo hecho esta promesa sobre ti a Evandro,

tu padre, al partir cuando, abrazándome, me dejó

marchar hacia un gran imperio y temeroso me advertía

que eran hombres difíciles, combates con un duro pueblo.

Y ahora él quizá, llevado de una vana esperanza,

hasta hace sus votos y colma de presentes los altares.

Nosotros, a un joven sin vida que nada debe a ninguno

de los dioses acompañamos, tristes, con vana pompa.

¡Infeliz, que has de ver la muerte cruel del hijo!

¿Es éste el regreso y los triunfos que se esperaban de nosotros?

¿Es éste el valor de mi palabra? Mas no de vergonzosas

heridas manchado la verás. Evandro, ni, como padre suyo,

habrás de desear una muerte cruel para el hijo que huye. ¡Ay de mí,

qué baluarte pierdes, Ausonia, y tú también, Julo!»

Luego que así lloró, ordena levantar el cuerpo

miserable y envía a mil soldados escogidos de todo

el ejército a que le acompañen en los honores postreros

y asistan a las lágrimas del padre, pequeño consuelo

en un gran duelo, aunque debido a un padre infortunado.

Otros, solícitos, tejen con varas de madroño

y ramas de encina el entramado de un blando féretro, y dan sombra

con techo de hojas al lecho así formado.

Colocan entonces al joven en lo alto de la agreste cama;

como la flor tronchada por el pulgar de una doncella,

ya de la blanda violeta, ya del jacinto lánguido,

a la que no dejaron aún ni su fulgor ni su belleza

y no la alimenta ya la madre tierra ni fuerzas le brinda.

Luego sacó Eneas dos vestidos de púrpura y oro

recamados, que un día, contenta de sus labores,

le había hecho con sus manos la sidonia Dido

y había bordado las telas con hilo de oro.

Con uno de ellos viste, entristecido, al joven, postrero

honor, y cubre con un manto el cabello destinado a la pira,

y muchos premios además de la batalla laurente

amontona y ordena que sea llevado el botín en larga fila.

Añade caballos y armas de los despojos del enemigo.

Había atado también a la espalda las manos de los que mandaba

como ofrenda a las sombras, para regar las llamas con sangre,

y ordena que, vestidos de las armas enemigas,

porten troncos los jefes y se claven los nombres de sus rivales.

Llevan al infeliz Acetes, vencido por los años,

ya hiriéndose el pecho con los puños, ya con las uñas la cara;

se derrumba y cae al suelo con todo su cuerpo.

Llevan también los carros manchados de sangre rútula.

Detrás Etón, el caballo de guerra, privado de sus insignias,

avanza llorando y baña su hocico con grandes lágrimas.

Otros portan su lanza y su yelmo, pues Turno el resto

lo tiene como su vencedor. Siguen luego los teucros, triste falange,

y todos los etruscos y los arcadios con las armas vueltas.

Después que había pasado gran parte del cortejo,

Eneas lo detuvo y esto añadió con profundo suspiro:

«A otras lágrimas nos llama desde ahora el mismo destino

horrendo de esta guerra. Salve, noble Palante, para siempre,

y para siempre adiós.» Y sin más decir a los altos

muros se encaminaba y dirigía sus pasos al campamento.

Y ya se habían presentado embajadores de la ciudad latina

cubiertos con ramos de olivo a pedir una tregua:

los cuerpos que el hierro había esparcido por los campos,

que los entregara y permitiera enterrarlos bajo un túmulo,

que ninguno era el pleito con los vencidos y privados del aire,

que perdonase a los que un día trató de huéspedes y suegros.

El bondadoso Eneas a los que súplicas no despreciables hacían

responde con su venia y añade además estas palabras:

«¿Qué inmerecida fortuna os enredó, latinos,

en guerra tan grande, y os hace evitar nuestra amistad?

¿La paz me pedís para los que, sin vida, perecieron

por azares de Marte? En verdad, quisiera concertarla también con los vivos.

He venido porque los hados me asignaron el lugar y la sede

y no hago la guerra con el pueblo; vuestro rey rompió

nuestra hospitalidad y decidió acogerse a las armas de Turno.

Mejor habría sido que Turno se hubiera enfrentado a esta muerte;

si se dispone a acabar la guerra por la fuerza, si a expulsar

a los teucros, debiera enfrentarse con estas armas mías:

vivirá aquél a quien la vida le concedieran el dios o su diestra.

Partid ahora y entregad al fuego a vuestros pobres ciudadanos.»

Había dicho Eneas. Ellos, atónitos y en silencio,

se cambiaban miradas sin atreverse a hablar.

Entonces, anciano y siempre enemigo con odio

y acusaciones del joven Turno, Drances inició así a su vez

la respuesta: «Oh, grande por tu fama y mayor por tus armas,

héroe troyano. ¿Con qué alabanzas te igualaré al cielo?

¿He de admirar primero tu justicia o tus gestas guerreras?

Agradecidos llevaremos estas palabras a la ciudad de nuestros padres,

y a ti, si Fortuna nos deja algún camino, con el rey Latino

te uniremos. Que se busque Turno sus propios pactos.

Y con gusto, además, levantaremos los sillares del destino

y acarrearemos sobre nuestros hombros las piedras troyanas.»

Así había dicho y todos gritaban lo mismo con una sola voz.

Pactaron dos veces seis días y en el pacífico intervalo

teucros y latinos vagaron sin peligro mezclados

por bosques y colinas. Cruje el alto fresno bajo el hacha

de hierro, abaten pinos que los astros tocaban,

y no cesan de abrir con las cuñas el oloroso cedro

y los robles ni de arrastrar en gimientes carretas los olmos.

Y ya la Fama voladora, llevando por delante un dolor tan grande,

colma a Evandro y de Evandro las casas y los muros,

ella, que poco ha decía de Palante vencedor en el Lacio.

Los arcadios corrieron a las puertas y según la antigua costumbre

empuñaron antorchas funerales; reluce el camino con larga

hilera de llamas que parte los campos en dos.

La turba de frigios que viene a su encuentro alcanza

al doliente ejército. Cuando las madres vieron que entraban

en las casas, encienden con sus gritos la afligida ciudad.

Y ninguna fuerza es capaz de sujetar a Evandro

que se lanza a buscarle. Depositado el féretro,

se arrojó sobre Palante y le abraza llorando y gimiendo,

y apenas abrió por fin el dolor camino a las palabras:

«No era ésta, Palante, la promesa que hiciste a tu padre

de que con cuidado te habrías de entregar a un Marte cruel.

Y no desconocía yo cuánto una nueva gloria puede

en las armas y las mieles del triunfo en el primer combate.

¡Míseras primicias de un joven y en la guerra cercana

dura iniciación y votos y preces mías que ninguno

de los dioses ha escuchado! Y tú, oh, santísima esposa,

¡feliz en tu muerte que no has llegado a este dolor!

Yo, por el contrario, viviendo vencí a mi destino, para más durar

siendo su padre. ¡Ojalá me hubieran abatido los dardos

rútulos siguiendo las armas de Troya! Habría dado yo mi vida

y a mí y no a Palante habría traído hasta casa este cortejo.

Y no os he de culpar, teucros, ni a los pactos ni a las diestras

que unimos en señal de hospitalidad; para mi vejez estaba preparada

una suerte tan mala. Si prematura aguardaba

la muerte a mi hijo, me servirá de consuelo que haya caído

entre miles de volscos muertos, conduciendo a los teucros al Lacio.

Y no podría yo honrarte, hijo mío, con funeral mejor

que el piadoso Eneas y que los nobles frigios

y que los jefes etruscos, que todo el ejército etrusco.

Portan grandes trofeos de los que tu diestra ha enviado a la muerte;

te alzarías ahora tú también como tronco imponente en los campos,

si igual fuera su edad y la misma la fuerza de los años,

Turno. Mas, ¿por qué, desdichado, demoro a los teucros lejos de sus armas?

Id y llevad al rey en la memoria este recado:

de que soporte una vida odiosa, muerto Palante,

tu diestra es la causa, que ves nos debe a Turno

al hijo y al padre. Sólo este mérito te falta

y esta ocasión a tu suerte. No lo demando -no sería lícito-

como alegría de mi vida, sino para mi hijo en los Manes profundos.»

La Aurora entretanto había sacado para los pobres mortales

la luz de la vida, trayéndoles de nuevo afanes y fatigas.

Levantaron las piras ya el padre Eneas, ya Tarconte

en el curvo litoral. Aquí cada cual el cuerpo llevó de los suyos

según la costumbre de sus padres, y prendiéndoles negro fuego

ocultan el alto cielo con la calígine de la tiniebla.

Tres vueltas dieron corriendo ceñidos de las brillantes armas

en torno a las piras encendidas, tres veces recorrieron

a caballo el triste fuego funeral y arrancaron alaridos de su boca.

La tierra se cubre de lágrimas, se cubren las armas,

llega al cielo el clamor de los hombres y el clangor de las tubas.

Aquí unos arrojan al fuego los despojos arrebatados

a los latinos muertos, los yelmos y las labradas espadas

y los frenos y las ruedas ardientes; otros las conocidas ofrendas,

los escudos de los suyos y las poco felices armas.

Sacrifican por allí muchos cuerpos de bueyes a la Muerte

y cerdos erizados y degüellan sobre las llamas muchas

ovejas robadas de todos los campos. Luego por toda la playa

ven arder a sus compañeros y guardan las piras

medio apagadas sin poder retirarse hasta que la húmeda noche

da vuelta al cielo tachonado de estrellas encendidas.

Y también, muy lejos de allí, los míseros latinos

erigieron innúmeras piras y entierran por un lado

muchos cuerpos de soldados y por otro los toman

y los llevan a los campos vecinos y a la ciudad los devuelven.

El resto, un enorme montón de confusa matanza,

sin número ni honores lo queman; brillan entonces por doquier

las vastas llanuras con frecuentes hogueras.

La luz tercera había retirado del cielo la gélida sombra;

afligidos retiraban de las piras la alta ceniza y los huesos

mezclados y los cubrían con una tibia capa de tierra.

Ya dentro de las casas, en la ciudad del muy rico Latino,

un sentido lamento y la parte mayor de un largo duelo.

Aquí las madres y las pobres nueras, aquí los pechos queridos

de las afligidas hermanas y los niños privados de sus padres

maldicen una guerra cruel y los himeneos de Turno;

que él mismo piden se enfrente con las armas y él con el hierro

ya que reinar reclama en Italia y honores principales.

Agrava esto implacable Drances y declara que sólo él

es requerido, que llama a Turno solo al combate.

En su contra se alzan con diversos argumentos muchas opiniones

en favor de Turno, y lo ampara el peso del nombre de la reina,

sustenta al héroe la fama inmensa de sus merecidos trofeos.

En medio de todo esto, cuando más ardoroso era el tumulto,

he aquí que llegan sombríos mensajeros de la gran ciudad

de Diomedes con su respuesta: nada se ha logrado

con gastos tan enormes, de nada han valido ni regalos

ni oro ni grandes preces; otras armas han de buscar

los latinos o pedir la paz al rey troyano.

Se dejó vencer el propio rey Latino por una gran tristeza.

De que a Eneas lo trae el destino por voluntad divina

le advierten la ira de los dioses y los recientes túmulos que ve.

Así que una gran asamblea y a los primeros de los suyos

por su poder convocados reúne en los altos umbrales.

Ellos acudieron y fluyen al palacio del rey

llenando los caminos. Toma asiento en el centro, el mayor en edad

y primero por su cetro, con ceño poco alegre Latino.

Y entonces a los mensajeros llegados de la ciudad etolia

manda contar lo que traen y exige las respuestas

todas por orden. Guardaron así silencio las lenguas

y Vénulo, obediente al mandato, comienza de este modo:

«Hemos visto, ciudadanos, a Diomedes y el campamento argivo

y hemos superado en nuestro camino todos los avatares,

y llegamos a tocar la mano por la que cayó de Ilión la tierra.

Él estaba fundando victorioso la ciudad de Argiripa,

con el nombre de su raza patria, en los campos del Gárgano yápige.

Luego que se nos introdujo y hablar pudimos con libertad

delante de todos, ofrecemos los regalos, decimos el nombre y la patria,

quiénes habían iniciado la guerra, qué motivos a Arpos nos llevaban.

Con plácida boca así repuso él a cuanto oía:

"Pueblos afortunados, oh, reinos de Saturno,

ausonios venerables. ¿Qué fortuna os solicita

en vuestra paz y os persuade a emprender guerras desconocidas?

Cuantos violamos los campos de Ilión con el hierro

(omito todo lo que realizamos guerreando al pie del alto muro

y los héroes que arrastra aquel Simunte) hemos pagado todos

infandos suplicios por el mundo y los castigos del crimen nuestro,

grupo que hasta a Príamo daría pena; lo sabe el triste astro

de Minerva y los escollos de Eubea y el vengador Cafereo.

De aquella milicia, arrojados a distintas playas,

Menelao el Atrida pasa su exilio en las columnas

de Proteo y ha visto Ulises a los Ciclopes del Etna.

¿He de hablar del reino de Neoptólemo y los Penates arrasados

de Idomeneo? ¿De los locros, hoy habitantes de la costa libia?

El propio micénico, el general de los grandes aqueos

cayó a la puerta de su casa a manos de su esposa

maldita: a la vencida Asia acechaba un adúltero.

¿Y cómo no quisieron los dioses que, de regreso a las aras de la patria,

pudiera yo vera mi anhelada esposa y la bella Calidón?

Aún hoy continúan de horrible visión los portentos

y los amigos desaparecidos buscaron el éter con sus plumas

y vagan como aves de los ríos (¡ay, suplicios crueles

de los míos!) y llenan los escollos de voces lastimeras.

Esto debí esperármelo yo desde aquel día

en que, loco de mí, ataqué con mi espada el cuerpo

de la diosa y profané con una herida la diestra de Venus.

No, en verdad, no me arrastréis a tales combates.

Ni volveré a entrar en guerra con los teucros tras la caída

de Pérgamo ni me acuerdo ni me alegro de viejos males.

Los presentes que me ofrecéis de vuestras costas patrias,

llevádselos a Eneas. Nos enfrentamos como armas enhiestas

y hemos llegado a las manos; creed a quien conoce

cuánto se yergue sobre su escudo, con qué remolino blande la lanza.

Si la tierra del Ida hubiese alumbrado a otros dos hombres

de su talla, hasta las ciudades de Ínaco habría venido

el dárdano y lloraría Grecia con hados contrarios.

Cuanto nos demoramos bajo los muros de la dura Troya,

la victoria de los griegos se detuvo por la mano de Héctor

y de Eneas, y arrastró sus pasos hasta el décimo año.

Ambos insignes de coraje, ambos por la fuerza de sus armas,

y éste mayor por su piedad. Que se unan las diestras en el pacto

que se os propone, pero, ¡cuidado!, no se enfrenten armas con armas!"

Y al tiempo has escuchado, óptimo rey, del cuál es

la respuesta y cuál su parecer sobre esta gran guerra.»

Apenas así los mensajeros, y un variado murmullo corrió

por las turbadas bocas de los ausonios, como cuando detienen

las rocas la rápida corriente, se forma un rumor en el remolino

encerrado y tiemblan las orillas vecinas con las aguas que crepitan.

En cuanto se aplacaron los ánimos y se calmaron las bocas temblorosas,

tras hablar a los dioses comienza el rey desde su alto escaño:

«Habría querido decidir antes sobre la suerte del reino,

latinos, y mejor habría sido y no en tal circunstancia

convocar la asamblea, cuando el enemigo está a las puertas.

Libramos una guerra adversa, ciudadanos, contra una estirpe

de dioses y unos hombres indómitos, a quienes ninguna batalla

rinde y ni vencidos pueden abandonar su espada.

Si habíais abrigado alguna esperanza de conseguir las armas etolias,

deponedla. Cada cual es su propia esperanza. Pero veis cuán exigua

es la nuestra. Cómo yace todo abatido en ruinas,

a la vista está y al alcance de vuestras manos.

Y no acuso a nadie. Cuanto valor pudo darse,

se dio; se ha combatido con todas las fuerzas del reino.

Ahora, por último, os expondré qué opinión alberga

un corazón vacilante y (prestad atención) os lo diré con pocas palabras.

Tengo de antiguo un campo cercano al río etrusco

que se extiende hacia el ocaso hasta el territorio de los sicanos;

lo siembran auruncos y rútulos y con su arado trabajan

los duros collados y tienen en lo más áspero sus pastos.

Toda esta región y la zona de pinos sobre el monte alto

pase a la amistad de los teucros y justas cláusulas

de un tratado pactemos y llamémosles aliados del reino.

Establézcanse, si tanto lo desean, y funden su muralla.

Pero si es su intención apoderarse de otros territorios

y de otro pueblo y pueden abandonar nuestro suelo,

construyamos con ítala madera dos veces diez naves,

o, si más pueden llenar, madera hay suficiente

junto a las aguas; que ellos mismos nos indiquen la forma

y el número de barcos y les daremos el bronce, las manos y el astillero.

Es más, para llevar mis palabras y firmar los pactos

decreto que hayan cien parlamentarios de las mejores

familias latinas y tiendan en su mano los ramos de la paz

cargados de presentes, talentos de oro y marfil,

y la silla y la trábea, insignias de nuestro reino.

Deliberad entre vosotros y acudid en ayuda de una situación nada fácil.»

Entonces Drances, siempre hostil y agitado

con torcida envidia y amargos estímulos por la gloria de Turno,

largo de medios y mejor de lengua, pero con diestra fría

para la guerra, tenido por consejero no fútil,

poderoso en los enfrentamientos (la nobleza de su madre

le confería estirpe orgullosa, incierta por parte de padre),

se levanta y carga y hace subir la ira con estas palabras:

«Sometes a nuestra consideración, oh buen rey, un asunto

para nadie oscuro que no precisa de palabras: todos saber confiesan

qué está pidiendo la suerte del pueblo, mas decirlo no osan.

Que dé libertad para hablar y deje libres las palabras

aquel por cuyo infausto auspicio y costumbres siniestras

(lo diré claramente, aunque me amenace con armas y muerte)

cayeron las vidas de tantos jefes y vemos que se ha cubierto

la ciudad entera de luto, mientras provoca al campo

troyano confiando en la huida al tiempo que asusta al cielo con sus armas.

Sólo uno has de añadir, oh el mejor de los reyes, un solo presente

a esos que en gran cantidad ordenas sean enviados y asignados

a los Dardánidas, y que no pueda vencerte la violencia

de nadie al dar tu hija a un yerno egregio y a un digno

himeneo y sellar esta paz con un pacto eterno.

Pero si terror tan grande se ha apoderado de pechos y mentes,

citémosle a él mismo y solicitemos de él mismo la venia:

que consienta y devuelva al rey y a la patria su propio derecho.

¿Por qué tantas veces lanzas a estos pobres ciudadanos

a riesgos manifiestos, oh para el Lacio causa y cabeza de los males presentes?

No hay salvación en la guerra, todos la paz te reclamamos,

Turno, y, a la vez, de la paz la única prenda inviolable.

Yo el primero, a quien te imaginas tu enemigo (y nada

me preocupa si lo soy), aquí vengo a suplicarte. Ten piedad

de los tuyos, depón tu actitud y, derrotado, vete. Dispersados

hemos visto ya bastantes muertes y despoblado grandes campos.

O bien, si la fama te mueve, si coraje tan grande abrigas

en tu pecho y si tanto ansías la real dote,

sé valiente y ofrece, cara a cara, al enemigo tu pecho confiado.

¡Bien está que para que a Turno corresponda la real esposa,

nosotros, almas viles, turba sin sepultura y sin lágrimas,

nos amontonemos por los campos! Tú eres más bien, si fuerzas te quedan,

si tienes algo del Marte de la patria, quien desafiar debe

al que te reclama.»

Con tales palabras se encendió la violencia de Turno.

Gime y prorrumpe con estas voces de lo profundo del pecho:

«Larga ocasión de hablar tienes siempre, Drances,

justo cuando las guerras brazos reclaman, y acudes el primero

si se convoca a los padres. Pero no hay que llenar la curia de palabras

que vuelan grandiosas estando tú a cubierto mientras el valladar de los muros

detiene al enemigo y no se inundan de sangre las fosas.

Continúa tronando con tu discurso (como sueles) y acúsame

de tener miedo tú, Drances, ya que tan gran montón de teucros

muertos ha dejado tu diestra y todos los campos señalados

de trofeos. De cuánto es capaz un valor vigoroso

nos cabe experimentar, y está claro que no hay que buscar

muy lejos al enemigo; rodean los muros por todas partes.

Vayamos a su encuentro, ¿por qué dudas? ¿Es que siempre

tendrás a Marte en el flato de tu lengua y en esos

pies tuyos prestos a correr?

¿Yo, derrotado? ¿Me dirá alguien con razón derrotado,

más que oprobioso, si puede ver el Tíber crecer henchido

de la sangre troyana y cómo ha caído con su estirpe

la casa entera de Evandro y a los arcadios privados de sus armas?

No así me han conocido Bitias y Pándaro el grande

y los mil que vencedor mandé al Tártaro en un día,

encerrado en sus muros y atrapado por el terraplén del enemigo.

¿No hay salvación en la guerra? Ve a cantar así, loco,

a la cabeza de los dárdanos y a tus propios asuntos. No ceses

de turbarlo todo con gran miedo y de ensalzar a los hombres

de un pueblo dos veces derrotado y de humillar, por contra, las armas de Latino.

Ahora hasta los jefes de los mirmídones tiemblan ante las armas frigias,

ahora hasta el hijo de Tideo y Aquiles de Larisa,

y huye, y retrocede el río Áufido perseguido por las ondas adriáticas.

Y simula estar asustado de mis enconos

y exacerba su acusación y su impostura con miedo fingido.

Nunca un alma de esa calaña (no temas) bajo esta diestra

habrás de perder; que viva contigo y permanezca en este pecho.

Me dirijo ahora, padre, a ti y a tu importante decreto.

Si no depositas ya confianza alguna en nuestras armas,

si tan dejados estamos y por un contratiempo del ejército

hemos caído del todo y no puede regresar nuestra suerte,

pidamos la paz y tendamos unas diestras incapaces.

Pero, ¡ay si quedase algo de nuestro antiguo valor!

Afortunado en los afanes es para mí antes que los otros

y de egregio corazón aquel que, por no ver estas cosas,

cayó muriendo y mordió una vez el polvo con su boca.

Mas si tenemos recursos e intacta nuestra juventud

y nos queda aún la ayuda de las ciudades ítalas y sus pueblos,

y si tanta sangre ha costado a los troyanos

su gloria (tienen también sus muertos e igual para todos

es la tormenta), ¿por qué flojeamos sin vergüenza

en el primer umbral? ¿Por qué temblamos antes de que suene la tuba?

Muchas cosas el día y el mudable trabajo del tiempo diverso

han vuelto mejores, con muchos jugó la Fortuna

regresando cambiada y los puso de nuevo en seguro.

No tendremos la ayuda del etolio y de Arpos, sea;

pero estará Mesapo y el feliz Tolumnio y los caudillos

que tantos pueblos enviaron, y gloria no pequeña

seguirá a cuantos reclutamos por el Lacio y los campos laurentes.

También está Camila, del pueblo ilustre de los volscos,

al frente de tropas a caballo y batallones que relucen de bronce.

Pero si es a mí a quien retan los teucros en singular combate

y así os parece y tanto estorbo al interés común,

no escapó la Victoria de estas manos ni las odia de tal modo

que rehúse yo arriesgar algo a cambio de esperanza tan grande.

Le haré frente animoso incluso si supera al gran Aquiles,

incluso si, como él, lleva en sus manos las armas

de Vulcano. Yo, Turno, que no estoy por debajo de nadie

en el valor de nuestros padres, os he ofrecido mi vida a vosotros

y a Latino, mi suegro. ¿Que sólo a mí reclama Eneas?

Que me reclame, lo pido. Si es esto ira de dioses, que no lo pague

Drances con su muerte; ni lo recoja, si esto es valor y gloria.»

Ellos se dedicaban a discutir agriamente sobre lo difícil

de la situación; Eneas levantaba el campamento y sus tropas.

Hete aquí que, en medio de gran tumulto, la noticia

se cuela en la mansión real y llena de terrores la ciudad:

los teucros en formación de combate y las tropas tirrenas

descendían del río Tíber llenando todo el valle.

Al punto se turbaron los ánimos y se agitaron del pueblo

los corazones y aumentó su cólera con duro acicate.

Se agarran nerviosos a las armas, « ¡armas!», gritan los jóvenes,

los padres lloran y murmuran afligidos. Entonces de todos lados

se alza al aire un gran clamor de opiniones enfrentadas,

no de otro modo que cuando las bandadas de aves

se posan en lo hondo del bosque o en la corriente del Padusa,

rica en peces, cantan por los locuaces estanques los roncos cisnes.

«Muy bien, ciudadanos -aprovecha Turno la ocasión-,

seguid reunidos y alabad, sentados, la paz;

ellos corren en armas contra el reino.» Y sin más decir

se levantó y salió de la alta mansión presuroso.

«Tú, Vóluso, ordena a los manípulos de los volscos armarse.

Guía -dice- también a los rútulos. Desplegad Mesapo y Coras, tú,

con tu hermano en armas la caballería alo ancho del campo.

Refuercen unos las entradas de la ciudad y ocupen las torres;

el resto del ejército, que tome sus armas y me siga.»

Al punto de toda la ciudad se corre a los muros.

El mismo padre Latino abandona sus grandes planes

y la asamblea, y, turbado por la triste circunstancia, los pospone

y mucho se reprocha el no haber antes aceptado

al dardanio Eneas y no haberlo traído por yerno a la ciudad.

Otros cavan delante de las puertas o acarrean piedras

y estacas. Cruenta señal da la ronca bocina

de guerra. Entonces en abigarrada corona ciñeron

los muros madres y niños, que a todos reclama la labor postrera.

Y acude también al templo y a la elevada fortaleza

de Palas la reina con gran séquito de mujeres,

llevando ofrendas, y le acompaña a su lado la virgen Lavinia,

causa de mal tan grande, bajos los ojos pudorosos.

Les siguen las mujeres y el templo llenan de humo de incienso

y dejan escapar voces afligidas desde el alto umbral:

«Señora de las armas, guía en la guerra, virgen Tritonia:

rompe con tu mano las flechas del pirata frigio y túmbalo

boca abajo en el suelo y derríbalo al pie de las altas puertas.»

El propio Turno, loco de excitación, se apresta al combate.

Y ya revestido de la rutilante coraza estaba erizado

de escamas de bronce y había encerrado en oro sus piernas,

desnudo aún de sienes, y habíase ceñido la espada al costado,

y resplandecía en oro al descender corriendo de la alta ciudadela

y exulta de ánimos y en su esperanza se apodera ya del enemigo;

cual el caballo cuando, rompiendo sus cadenas, escapa

libre al fin del establo y dueño del campo abierto

busca los pastos y la manada de yeguas,

o acostumbrado a bañarse en conocida corriente de agua,

brinca y relincha con la cerviz enhiesta al aire,

gozoso, y le juegan las crines por el cuello, por el lomo.

A su encuentro corrió, seguida del ejército de volscos,

Camila y descendió la reina del caballo en la misma

puerta y toda la cohorte la imitó dejando los caballos

y echaron pie a tierra; entonces dice así:

«Turno, si alguna confianza merece el valiente tenerse,

oso y prometo enfrentarme a los escuadrones de Enéadas

y, sola, salir al encuentro de los jinetes tirrenos.

Déjame probar la primera con mis tropas los riesgos de la guerra.

Tú quédate junto a las murallas con la infantería y guarda las defensas.»

Turno a esto, con los ojos clavados en la joven temible:

«Oh, virgen, gloria de Italia, ¿qué gracias podré darte

y ofrecerte a cambio? Mas de momento, ya que ese valor tuyo

está por encima de todo, comparte conmigo el trabajo.

Eneas, según cuentan noticias fidedignas y los exploradores

enviados, ha mandado por delante con intención aviesa las armas

ligeras de caballería a batir los campos; él, a su vez, por la cima

desierta del monte avanza sobre la ciudad las cumbres superando.

Preparo un ardid de guerra en un curvo sendero del bosque

para bloquear con hombres armados las dos salidas del camino.

Tú debes tomar posiciones y aguantar a la caballería tirrena;

a tu lado estará el fiero Mesapo con los escuadrones latinos

y las tropas de Tiburto, y asume tú el papel de comandante.»

Así dice, y con palabras iguales exhorta a Mesapo

al combate y a los jefes aliados y marcha contra el enemigo.

Hay un valle de curvos rodeos, apropiados para las tretas

y los engaños de las armas, que ve cubierto de densos bosques

sus negros costados, a donde conduce un estrecho sendero

y abren paso cerradas gargantas y difícil acceso.

Sobre él, como atalaya y en lo más alto del monte,

se extiende una escondida planicie y un abrigo seguro,

bien si quieres correr al combate por derecha e izquierda,

bien atacar desde lo alto y hacer rodar enormes peñascos.

Hacia aquí se dirige el joven por caminos conocidos

y ocupó este lugar y acampó en los bosques inicuos.

A la rápida Opis mientras tanto en las celestes regiones,

una de sus vírgenes compañeras y de su sagrada tropa,

llamaba la hija de Latona y estas tristes palabras

le daba de su boca: «A una guerra cruel marcha Camila,

doncella mía, y en vano ciñe nuestras armas,

aunque la quiero más que a todas. Pues no es que le haya venido

a Diana un nuevo amor y movido su corazón con dulzor repentino.

Expulsado del reino por odio a su poder orgulloso,

Métabo, al salir de la antigua ciudad de Priverno,

se llevó a su niña entre los avatares de la guerra

como compañera de exilio, y la llamó Camila

cambiando en parte el nombre de su madre Casmila.

Él mismo la llevaba ante sí en el regazo por los largos collados

de los bosques solitarios; dardos crueles le asediaban por doquier

y revoloteaban alrededor los volscos desplegando su tropa,

y hete aquí que, a mitad de su fuga, había crecido el Amaseno

con abundante espuma, tan gran tormenta había descargado

de las nubes. Él, dispuesto a nadar, por amor a la niña

se retrasa y teme por su carga querida. Esta decisión dura

tomó de pronto mientras todo revolvía en su interior:

una maza enorme que por suerte en la robusta mano llevaba

como arma de guerra, llena de nudos y de madera adusta,

encerrando en ella a su hija con el corcho de la silvestre corteza

la envuelve y la ata con cuidado al centro de la lanza.

Y blandiéndola con diestra poderosa así dice al éter:

"Tú que habitas los bosques, a ti, benigna virgen Latonia,

yo, su padre, te la consagro como sierva; con tus armas primeras

en las manos escapa, suplicante, del enemigo por los aires. Acógela

como tuya, te lo ruego, diosa, ahora que la encomiendo a vientos inciertos."

Dijo, y lanzando hacia atrás el brazo blande con fuerza

el astil; resonaron las ondas, sobre la rápida corriente

escapa la pobre Camila en la lanza estridente.

Y Métabo, cuando ya encima se le echaba la gran caterva,

se arroja al río y vencedor la lanza con la niña,

regalo de la Trivia, arranca del tapiz de hierba.

Ninguna casa lo acogió, ni las murallas de ninguna

ciudad (y él nunca, con su bravura, se habría rendido),

y llevó una vida de pastores en los montes solitarios.

Aquí criaba a su hija entre zarzas y por caminos

erizados con las mamas de una yegua y leche de animales,

exprimiendo sus ubres sobre los labios tiernos.

Y cuando la niña había dejado las primeras huellas

de las plantas de sus pies, armó sus manos de aguda jabalina

y colgó de sus pequeños hombros el arco y las flechas.

En vez de oro en el pelo, en vez de largo manto que la cubra,

cuelga de su cabeza por la espalda una piel de tigre.

Ya entonces disparó dardos infantiles con tierna mano

y volteó en torno a su cabeza la honda de pulida correa.

Y abatió una grulla estrimonia o un blanco cisne.

Muchas madres de las ciudades etruscas la quisieron

en vano por nuera; sola, con Diana se conforma

y sin mancha cultiva un amor eterno por los dardos

y la virginidad. ¡Ya me gustaría que no se hubiese dejado ganar

para un servicio tal, tratando de hostigar a los teucros!

Me sería ahora muy querida y una de mis compañeras.

Pero, ea, puesto que hados acerbos la están acechando,

desciende, Ninfa, del cielo y visita los territorios latinos,

donde un triste combate se libra con infausto presagio.

Toma esto y saca de la aljaba una flecha vengadora;

con ella me pague, quienquiera que profane con su herida

el cuerpo sagrado, ítalo o troyano, igual castigo con su sangre.

Luego yo misma en el hueco de una nube llevaré al sepulcro

el cuerpo de la infortunada y sus armas intactas y la devolveré a la patria.»

Dijo, y Opis, dejándose caer por las auras ligeras del cielo,

resonó con su cuerpo envuelto en negro remolino.

Se acercan entretanto las fuerzas troyanas a los muros,

y los jefes etruscos y todo el ejército de jinetes

agrupados por número en escuadrones. Suenan por toda la llanura

los caballos de sonoros cascos que brincan y luchan con los frenos

por volverse a uno y otro lado; el campo de hierro aparece

[erizado de lanzas en gran extensión y arden los llanos con las armas enhiestas.

Y asoman contra ellos Mesapo y los veloces latinos

y Coras con su hermano y el ala de la virgen Camila,

haciéndoles frente en el llano y con las diestras tendidas

ofrecen de lejos sus lanzas y hacen vibrar los dardos,

y se inflama la llegada de los hombres y el relinchar de los caballos.

Y ya, luego que estuvieron a tiro de flecha, unos y otros

se habían detenido; de pronto rompen a gritar y espolean

los fieros caballos. De todas partes salen a la vez dardos

espesos como copos de nieve que cubren el cielo con su sombra.

Al punto se atacan empujando sus lanzas enfrentadas

Tirreno y el bravo Acónteo y provocan el choque primero

con gran estrépito y rompen y quiebran los pechos

con los pechos de sus cuadrúpedos; Acónteo, despedido

a la manera de un rayo o de la bala sacudida por la catapulta,

cae a lo lejos y esparce la vida por los aires.

Se confunden al instante los frentes y se retiran los latinos

echando hacia atrás los escudos y vuelven los caballos hacia la muralla;

empujan los troyanos y Asilas, al frente, conduce las tropas.

Y ya llegaban a las puertas y de nuevo los latinos

alzan su grito y hacen volver los blandos cuellos

y huyen los otros y retroceden largo trecho a rienda suelta.

Como el mar cuando avanzando con alterno flujo

ya rola hacia tierra y baña por encima los escollos

con su ola de espuma y llega a tragarse el final de la arena,

ya regresa raudo hacia atrás empapando al recoger las olas

las rocas y deja en la playa efímero vado:

dos veces los etruscos llevaron a los rútulos hasta la muralla;

dos veces, rechazados, miran hacia atrás guardándose las espaldas con los escudos.

Pero luego que se enfrentaron por tercera vez,

todas las líneas se enzarzaron y elige al hombre el hombre,

así que finalmente se escucha el gemir de los que mueren

y cuerpos y armas bañados en sangre y se revuelcan los caballos

sin vida entre los hombres muertos, se hace feroz el combate.

Orsíloco clavó su lanza en el caballo de Rémulo,

que miedo le daba atacarle, y dejó el hierro bajo la oreja;

enloquece el alto animal con el golpe, y, sin soportar el dolor,

se pone de patas levantando el pecho

y rueda aquél despedido por el suelo. Cátilo a Yolas

derriba y a Herminio, grande de corazón,

grande de cuerpo y de armas, cuya desnuda cabeza cubre

rubia melena; desnudos van sus hombros y no teme las heridas:

así de grado se ofrece a las armas. En su ancha espalda le vibra

la lanza arrojada y, atravesando al héroe, le dobla de dolor.

Por todas partes corre negra la sangre; siembran la ruina

con su espada peleando y buscan una hermosa muerte entre las heridas.

Entre tan gran matanza exulta la Amazona,

un pecho descubierto para el combate, Camila con su aljaba,

y bien multiplica flexibles astiles lanzándolos con la mano,

bien incansable empuña con la diestra la pesada segur;

suena el arco de oro en su hombro y las armas de Diana.

Ella asimismo, si a veces volvía la espalda rechazada,

apunta con el arco hacia atrás dardos fugitivos.

Y con ella compañeras escogidas, la virgen Larina

y Tula y Tarpeya que blande la segur de bronce,

hijas de Italia a quienes eligió como ornato propio la divina

Camila, buenas asistentes en la paz y en la guerra:

igual que las tracias Amazonas cuando recorren las riberas

del Termodonte y luchan con sus armas pintadas,

bien junto a Hipólita, bien cuando vuelve en su carro,

marcial, Pentesilea, y entre gran tumulto de alaridos

exultan los ejércitos de mujeres con sus peltas lunadas.

Virgen fiera, ¿a quién tumbas primero con tu dardo

y a quién después? ¿O cuántos cuerpos moribundos por tierra?

Euneo, en primer lugar, el hijo de Clitio; al hacerle frente

le atraviesa con una larga lanza su pecho descubierto.

Él cae vomitando ríos de sangre y muerde

cruento el polvo y rueda al morir sobre su propia herida.

Vienen después Liris y Págaso, uno mientras recoge las riendas

derribado del caballo herido y el otro

por acercarse y ofrecer al caído una diestra inerme,

a la vez ambos caen de cabeza. Añade a éstos Amastro

Hipótades y persigue, acosándolos de lejos con su lanza,

a Téreo y a Harpálico, a Demofonte y a Cromis,

y cuantos dardos salieron volando de la mano de la virgen,

tantos guerreros frigios cayeron. Lejos cabalga con armas

desconocidas Órnito, cazador en su caballo yápige,

cuyas anchas espaldas cubre una piel arrancada

a un novillo mientras combate, y la cabeza le protege la enorme

boca abierta y las mandíbulas de un lobo con sus blancos dientes,

y arma sus manos agreste maza; él se mueve

entre las tropas y saca por encima su cabeza.

Ella, sorprendiéndolo (no fue difícil al volverse la columna),

lo atraviesa, y le dice además con pecho enemigo:

«¿Creíste, tirreno, que con fieras andabas por el bosque?

El día ha llegado que conteste a vuestras palabras

con armas de mujer; sin embargo, te llevarás a los Manes

de tus padres gloria no pequeña: haber caído a manos de Camila.»

A continuación, a Orsffoco y Butes, dos grandes cuerpos

entre los teucros. A Butes, de espaldas, le clavó la lanza

entre el yelmo y la loriga por donde asoma el cuello

según ya sentado y cuelga del brazo izquierdo el escudo;

burla a Orsíloco dando en su huida una gran vuelta

y, en giro más pequeño, persigue al perseguidor.

Entonces, alzándose más, por las armas del soldado y por sus huesos

redobla la pesada segur, aunque le implora y le suplica

muchas cosas; riega la herida su cara con el tibio cerebro.

Cayó sobre ella y, de pronto asustado por su visión, se detuvo

el hijo guerrero de Auno, habitante del Apenino,

no el último de los lígures mientras el hado mentir le dejaba.

Y él, cuando comprende que con ninguna carrera

puede escapar ni alejarse de la reina que le acosaba,

comenzando a tender sus lazos con ingenio y astucia,

dice así: «¿Qué hay de glorioso si, aunque mujer, te confías

a un valiente caballo? Deja de huir y el cuerpo a cuerpo

busca conmigo en suelo llano y combate pie a tierra.

Ya verás a quién causa daño una gloria vana.»

Dijo y entonces ella, furiosa y encendida por agrio dolor,

pasa el caballo a una compañera y se planta con armas iguales,

a pie, con la espada desnuda, valiente con su escudo sin insignias.

Mas el joven, pensando que ha salido bien su engaño, escapa volando

(sin tardanza) y se aleja fugitivo volviendo grupas

y espolea al rápido cuadrúpedo con su talón de hierro.

«Lígur embustero y en vano engreído en tu ánimo soberbio,

has intentado inútilmente, falaz, las artes patrias,

y tu truco no habrá de devolverte incólume al mentiroso Auno.»

Así dice la virgen y hecha fuego con sus rápidas plantas

adelanta corriendo al caballo y agarra de frente sus bridas,

lo asalta y toma venganza de la sangre enemiga:

con igual facilidad el gavilán, ave sagrada, de lo alto de una roca

se lanza con sus alas sobre la paloma que asoma altísima en las nubes

y la tiene agarrada y la destripa con sus curvas garras;

caen entonces del cielo la sangre y las plumas arrancadas.

Mas el sembrador de dioses y hombres no está sentado, excelso,

en el supremo Olimpo sin observar con mil ojos estas cosas.

El padre incita al etrusco Tarconte a una lucha

sin cuartel y con no blando estímulo provoca su encono.

Así que llega Tarconte a caballo entre los muertos y las tropas

que se retiran y con voces diversas instiga a las alas

llamando a cada cual por su nombre y a los rechazados devuelve al combate.

«¿Qué miedo, tirrenos que todo lo aguantáis, como siempre

indolentes, qué cobardía tan grande se ha colado en vuestros corazones?

¡Una mujer os pone en fuga y rompe vuestras líneas!

¿Para qué el hierro empuñamos o estos dardos inútiles?

Mas no sois perezosos para Venus y las batallas nocturnas

o cuando la curva flauta invita a las danzas de Baco.

¡Esperad las viandas y las copas de una mesa repleta

(ésa es vuestra pasión y vuestro celo) mientras anuncia el arúspice

propicio el sacrificio y una pingüe víctima os llama a los bosques profundos!»

Esto dicho, espolea él mismo su caballo hacia el centro,

dispuesto a morir, y como un torbellino se pone frente a Vénulo

y agarra con la diestra al enemigo al tiempo que lo arroja del caballo

y a galope tendido lo lleva en sus brazos con gran violencia.

Se alza al cielo el clamor y todos los latinos

volvieron a él sus ojos. Vuela fogoso Tarconte por la llanura

llevando las armas y al guerrero; entonces de la punta de la lanza del otro

arranca el hierro y busca las partes descubiertas

por donde infligir la herida mortal; él, a su vez, resistiéndose,

sujeta la diestra lejos del cuello y esquiva la fuerza con la fuerza.

Como cuando el águila leonada se lleva volando a lo alto

una serpiente y la agarró con sus patas y le clavó las garras,

mas la culebra, herida, hace girar su cuerpo sinuoso

y yergue sus escamas erizadas y silba con la boca

lanzándose hacia arriba; ella no ataca menos con su curvo

pico a la que se resiste y a la vez azota el aire con las alas.

No de otro modo saca en triunfo Tarconte su presa

de las líneas tiburtinas. En pos del éxito y el ejemplo de su jefe

atacan los meónidas. Entonces Arrunte, deuda del destino,

mejor con la jabalina y su gran pericia, a la veloz Camila

rodeó y busca por dónde probar mejor fortuna.

Allá donde en medio del combate se lanza Camila fiera,

allá acude Arrunte, y sigilosamente sigue sus pasos;

por donde, vencedora, regresa ella y se aleja del enemigo,

por ahí el joven a escondidas dirige sus rápidas riendas.

Y éstos y los otros lugares y todos sus movimientos

sigue por doquier y blande con intención aviesa su lanza certera.

Por caso Cloreo, un día sacerdote consagrado al Cíbelo,

brillaba destacado a lo lejos entre las armas frigias

y espoleaba a su espúmeo caballo a quien cubría

una piel de escamas de bronce como plumas cosida en oro.

Él también, reluciente de exótica púrpura parda,

disparaba flechas de Gortina con el arco licio;

de oro colgaba el arco de sus hombros y de oro el yelmo

del vate; había recogido además en un nudo la clámide

azafrán y los pliegues de lino, crepitantes de oro amarillo,

bordada con aguja su túnica y la bárbara ropa de las piernas.

A éste la virgen, bien por clavar en los templos armas

troyanas; bien por vestirse en sus cacerías con el oro

apresado, sólo a él de cuantos andaban enfrentados

perseguía, ciega y desprevenida a lo largo de toda la línea

ardía con un ansia de mujer por el botín y los despojos,

cuando Arrunte, por fin llegada la ocasión, desde su escondite

lanza su dardo e invoca a los dioses de esta manera:

«El mejor de los dioses, Apolo guardián del santo Soracte,

a quien veneramos los primeros y por quien alimentamos en los bosques

la llama de pino y, confiados en la piedad, entre el fuego

caminamos tus adoradores sobre muchas ascuas;

dame, padre, terminar con esta deshonra de nuestras armas,

todopoderoso. No busco el botín o el trofeo

de la virgen derrotada, ni despojo alguno; otras hazañas

me darán la fama. Que caiga derribada por la herida

esta peste terrible y volveré sin gloria a las ciudades de mi patria.»

Lo escuchó Febo y acordó en su corazón concederle

parte de su voto y parte dispersó en el aire volátil.

Concedió al suplicante derribar a Camila sorprendida

por repentina muerte; mas que su alta patria regresar le viera

no se lo dio, y las ráfagas se llevaron su voz a los Notos.

Así que cuando escapada de la mano silbó la lanza por las auras,

los volscos le prestaron toda su atención y todos pusieron

sus ojos en la reina. Mas nada advirtió ella

del silbido, del aire o del dardo que venía del éter,

hasta que la lanza se clavó con fuerza bajo el pecho

descubierto y en lo profundo bebió la sangre de la virgen.

Acuden presurosas sus compañeras y abrazan a su dueña

que se desploma. Arrunte huye más asustado que nadie

con una mezcla de miedo y alegría y no se atreve ya a confiar

en su lanza o a enfrentarse a los dardos de la virgen.

Y como el lobo aquel, tras matar a un pastor o a un gran novillo

y antes que le persigan los dardos enemigos, se esconde

al punto y se pierde en lo profundo del monte,

consciente de su atrevida acción, y doblando la cola

temblorosa la mete bajo el vientre y se encamina a los bosques;

no de otro modo Arrunte, raudo, se apartó de la vista

y contento con escapar se metió entre las armas.

Ella se muere e intenta arrancar el dardo con su mano, mas entre los huesos,

hasta las costillas llega en profunda herida la punta de hierro.

Se apaga exangüe, se apagan sus ojos mortalmente

helados, el color de púrpura un día abandona su cara.

Entonces así se dirige moribunda a Acca sola

de sus iguales, que era fiel más que todas a Camila

y con ella compartía las cuitas, y así le dice:

«Hasta aquí, Acca hermana mía, he podido: amarga herida me vence

ahora y todo alrededor se oscurece de tinieblas.

Escapa y lleva a Turno mis últimos recados:

que entre en combate y aleje a los troyanos de la ciudad.

Y ahora, adiós.» Con estas frases al tiempo dejaba las riendas

cayendo a tierra sin quererlo; poco a poco se fue quedando

helada por todo el cuerpo, y posó el cuello

lánguido y la cabeza vencida por la muerte, dejando las armas,

y se le escapa la vida con un gemido, doliente, a las sombras.

Entonces se alza un inmenso clamor que hiere los astros

de oro; muerta Camila se recrudece el combate,

atacan a la vez en apretada formación toda la tropa de los teucros

y los jefes etruscos y los escuadrones arcadios de Evandro.

Mas, alta, sentada está hace tiempo en la cumbre de los montes

Opis, guardiana de Trivia, y sin miedo contempla los combates.

Y en cuanto, a lo lejos, entre el clamor de jóvenes furiosos

vio a Camila abatida de triste muerte,

gimió y sacó de lo hondo del pecho estas palabras:

«¡Ay! ¡Demasiado, virgen, demasiado cruel

castigo has pagado porque osaste hostigar a los teucros!

Y no te ha valido el haber honrado a Diana a solas

entre las zarzas, ni el haber llevado al hombro nuestra aljaba.

Sin embargo, no te ha abandonado tu reina sin gloria

en esta hora final de la muerte, ni sin fama quedará tu fin

por los pueblos, ni sufrirás la infamia de no ser vengada.

Pues quienquiera que ha profanado tu cuerpo con la herida

lo pagará con merecida muerte.» Al pie de un alto monte se alzaba,

enorme, la tumba de Derceno, antiguo rey laurente,

bajo un montón de tierra cubierta por umbrosa encina;

aquí se posa primero la bellísima diosa en rauda

maniobra y de lo alto del túmulo vigila a Arrunte.

Cuando lo vio con las armas brillando y henchido en vano:

«¿Por qué -dice- te marchas a otra parte? Dirige aquí tus pasos,

ven a morir aquí, de modo que recibas una digna recompensa

de Camila. ¿No morirás tú por las flechas de Diana?»

Dijo y sacó veloz saeta la tracia

de la aljaba de oro y la tensó amenazante en el arco

y mucho lo dobló hasta que se tocaron

los curvos extremos y quedaban las manos a la misma altura,

la izquierda en la punta de hierro, la derecha en la cuerda y el seno.

Al punto escuchó Arrunte el estridor del dardo, y, a la vez,

el aire silbando, y se clavó el hierro en su cuerpo.

De él, moribundo y suspirando por última vez, se olvidaron

los compañeros y lo dejaron en el ignoto polvo de los campos.

Opis se deja llevar por sus alas al etéreo Olimpo.

Al perder a su reina, huye el primero el escuadrón ligero de Camila,

asustados huyen los rútulos, huye el bravo Atinas

y los dispersos caudillos y los manípulos abandonados

buscan lo seguro, y, retirándose, huyen a caballo a las murallas.

Y nadie hay ya capaz de enfrentarse a los teucros que acosan

y les llevan la muerte, con flechas o cuerpo a cuerpo;

llevan en los lánguidos hombros arcos flojos,

y el casco de los cuadrúpedos bate a la carrera el llano polvoriento.

Llega a los muros una negra nube de polvo

removido y desde las torres las madres se golpean el pecho

y lanzan a los astros del cielo un clamor de mujeres.

Quienes, corriendo, irrumpieron los primeros por las puertas abiertas,

a ésos les acosa la turba enemiga en formación confusa

y no escapan de una muerte desgraciada, y en el mismo umbral,

en las murallas de la patria junto al refugio de sus casas,

entregan la vida, acribillados. Otros cerraron las puertas

y no se atreven a abrir paso a sus amigos ni en las murallas

a recibir a los que suplicaban, y se produce penosísima matanza

de quienes defendían con armas los accesos y quienes contra las armas se lanzaban.

Rechazados ante los propios ojos de sus padres llenos de lágrimas,

caen unos rodando de cabeza en los fosos empujados

por la aglomeración; otros, ciegos, a galope tendido

se lanzan contra las puertas y los duros postes atrancados.

Las propias madres en desesperado intento desde los muros

(así se lo señala el verdadero amor a la patria, al ver a Camila)

arrojan temblando dardos con sus manos y remedan el hierro

con troncos de dura madera y palos afilados al fuego

y se arrojan, y arden por ser las primeras en morir por su muralla.

Entretanto la crudelísima noticia alcanza a Turno

en los bosques y refiere Acca al joven el enorme desastre:

deshechas las tropas de los volscos, muerta Camila,

los enemigos se les echaban encima y con la ayuda de Marte

con todo acababan y llevaban ya el miedo a las murallas.

Él, fuera de sí (y así lo demanda la voluntad cruel de Júpiter),

abandona el asedio de los montes, deja los ásperos bosques.

Apenas había salido de su atalaya y ocupaba la llanura,

cuando el padre Eneas entró en los desfiladeros libres

y franquea las alturas y sale de la umbrosa selva.

Ambos, así, se dirigen rápidamente a los muros

con todo su ejército y no se llevan mucha ventaja;

y a la vez Eneas vio a lo lejos el hervor

del polvo de los campos y el ejército laurente,

y al terrible Eneas reconoció Turno entre sus armas

y escuchó el ruido de los pasos y el relinchar de los caballos.

Y al punto entraran en combate e intentaran la lucha,

si no bañase ya el purpúreo Febo sus cansados caballos

en el agua de Hiberia, y, al pasar el día, trajese la noche.

Plantan ante la ciudad sus campamentos y atrincheran las murallas.

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Marcela Noemí Silva
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Eneida: Libro XI Empty Re: Eneida: Libro XI

Mensaje por Rosko el Vie Mar 14, 2014 11:37 am