EL AMANECER DE LA POESIA DE EURIDICE CANOVA Y SABRA
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EL AVARO DE MOLIÈRE- ACTO CUARTO

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Mensaje por Marcela Noemí Silva el Vie Ago 16, 2013 3:32 am

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ESCENA PRIMERA

CLEANTO, MARIANA, ELISA y FROSINA

CLEANTO. Volvamos aquí; estaremos mucho mejor. No hay ya a nuestro alrededor persona sospechosa, y podemos hablar libremente.

ELISA. Sí, señora; mi hermano me ha confesado la pasión que siente por vos. Sé las penas y disgustos que son capaces de causar tales reveses, y os aseguro que me intereso por vuestra aventura con sumo afecto.

MARIANA. Es un dulce consuelo ver que una persona como vos toma parte en nuestros intereses, y os suplico, señora, que me conservéis siempre esa generosa amistad, tan capaz de suavizar la crueldad de la fortuna.

FROSINA. Sois, a fe mía, gentes desdichadas unos y otros por no haberme enterado, antes de ocurrir todo esto, de vuestra aventura. Os hubiera, sin duda, evitado esta inquietud, y no habría dejado llegar las cosas al punto en que están.

CLEANTO. ¿Qué queréis? Es mi mala fortuna la que lo ha querido así. Mas ¿cuál es vuestra decisión, bella Mariana?

MARIANA. ¡Ay! ¿Estoy yo, acaso, en situación de tomar decisiones? Y en la subordinación en que me veo, ¿puedo forjar otra cosa que no sean anhelos?

CLEANTO. ¿Y no hay otro apoyo para mí en vuestro corazón que esos simples anhelos? ¿Ninguna piedad oficiosa? ¿Ninguna bondad compasiva? ¿Ningún afecto activo?

MARIANA. ¿Qué podría deciros? Poneos en mi lugar y ved qué puedo hacer. Pensad, ordenad vos mismo: en vuestras manos me pongo; y os creo harto razonable para querer exigir de mí tan sólo lo que pueda estarme permitido por el honor y el decoro.

CLEANTO. ¡Ay! ¡A qué me reducís al remitirme a lo que quieran permitir los enojosos sentimientos de un rígido honor y de un escrupuloso decoro!

MARIANA. Mas ¿qué queréis que haga? Aunque saltase por encima de numerosos miramientos a que está obligado nuestro sexo, tengo respeto a mi madre. Me ha educado siempre con suma ternura y no podría decidirme a ocasionarle ningún disgusto. Haced, actuad cerca de ella; emplead todos vuestros afanes en ganar su ánimo. Podéis hacer y decir todo cuanto queráis, os lo permito; y si sólo estriba en declararme en vuestro favor, accedo gustosa a hacerle yo misma una confesión de todo cuanto por vos siento.

CLEANTO. Frosina, mi pobre Frosina, ¿querrías ayudarnos?

FROSINA. A fe mía, ¿es necesario preguntarlo? Quisiera hacerlo de todo corazón. Ya sabéis que soy, por naturaleza, bastante humanitaria. El Cielo no me ha dado un alma de bronce, y siento tan sólo harta ternura en prestar pequeños servicios cuando veo a personas que se aman con toda rectitud y honor. ¿Qué podríamos hacer en esto?

CLEANTO. Piensa un poco, te lo ruego.

MARIANA. Iluminadnos.

ELISA. Busca alguna invención para desbaratar lo que has hecho.

FROSINA. Esto es bastante difícil. (A Mariana.) Vuestra madre no es del todo irrazonable, y tal vez se la podría convencer y decidirla a que traspasara al hijo el don que quiere hacer al padre. (A Cleanto.) Mas lo malo de esto es que vuestro padre es vuestro padre.

CLEANTO. Eso, por descontado.

FROSINA. Quiero decir que sentirá despecho si ve que le rechazan y que luego no estará de humor para dar su consentimiento a vuestro casamiento. Sería preciso, obrando hábilmente, que la negativa partiese de él mismo, intentando por algún medio que se sintiera defraudado de vuestra persona.

CLEANTO. Tienes razón.

FROSINA. Sí; tengo razón, ya lo sé. Eso es lo que habría que hacer; mas el diantre es poder encontrar los medios para ello. Esperad; si contásemos con alguna mujer de cierta edad que tuviera mi talento y supiese representar lo suficientemente bien para imitar a una dama de alcurnia, con ayuda de un boato prontamente preparado y de un raro título de marquesa o vizcondesa que supondríamos oriundo de la Baja Bretaña, tendría yo la suficiente habilidad para hacer creer a vuestro padre que era ésa una personalidad poseedora, además de dos casas, de cien mil escudos en dinero contante y sonante; que estaba locamente enamorada de él, y deseaba ser su esposa hasta el punto de entregarle todo su caudal por contrato de esponsales, es para mí indudable que prestaría oídos a la proposición puesto que, en fin, os ama mucho, ya lo sé; pero ama un poco más el dinero; y cuando, deslumbrados por esa añagaza, hubiera consentido ya en lo que os interesa, poco importaría después que se desengañase, al descubrir claramente los bienes de vuestra marquesa.

CLEANTO. Todo eso está muy bien pensado.

FROSINA. Dejarme hacer. Acabo de acordarme de una amiga mía, que es la que nos conviene.

CLEANTO. Ten por segura, Frosina, mi gratitud, si logras éxito en la cosa. Pero, encantadora Mariana, empecemos, os lo ruego, por ganarnos a vuestra madre; sería ya mucho que consiguiéramos romper el casamiento. Emplead en ello, por vuestra parte, os lo suplico, todos los esfuerzos que podáis. Servíos de todo el ascendiente que sobre ella os da ese afecto que os tiene. Desplegad, sin reserva, las gracias elocuentes, los encantos todopoderosos que el Cielo ha puesto en vuestros ojos y en vuestra boca, y no olvidéis, por favor, ninguna de esas tiernas palabras, de esas dulces súplicas, de esas caricias conmovedoras a las que estoy seguro que no podría negarse nada.

MARIANA. Haré todo cuanto pueda, y nada olvidaré.





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Mensaje por Marcela Noemí Silva el Vie Ago 16, 2013 3:33 am



ESCENA II

HARPAGÓN, CLEANTO, MARIANA, ELISA y FROSINA

HARPAGÓN. (Aparte, sin que le vean.) ¡Cómo! Mi hijo besa la mano de su presunta madrastra, ¡y su presunta madrastra lo tolera sin demasiada repulsa! ¿Habrá algún misterio en esto?

ELISA. Aquí está mi padre.

HARPAGÓN. La carroza está dispuesta; podéis partir cuando queráis.

CLEANTO. Puesto que vos no vais, padre mío, las acompañaré yo.

HARPAGÓN. No; quedaos. Irán ellas solas; os necesito.



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Mensaje por Marcela Noemí Silva el Vie Ago 16, 2013 3:34 am




ESCENA III

HARPAGÓN y CLEANTO

HARPAGÓN. Veamos; interés de madrastra aparte, ¿qué te parece a ti esa persona?

CLEANTO. ¿Qué me parece?

HARPAGÓN. Sí; su aire, su talle, su belleza, su ingenio...

CLEANTO. Así, así...

HARPAGÓN. ¿Y qué más?

CLEANTO. Hablándoos con franqueza, no me ha parecido aquí lo que había creído. Su aire es el de una indudable coqueta, su talle bastante basto, su belleza muy mediana y su ingenio de lo más vulgar. No creáis, padre mío, que lo digo para apartaros de ella, pues, madrastra por madrastra, tanto se me da ésta como otra.

HARPAGÓN. Sin embargo, hace poco le decías...

CLEANTO. Le he dicho unas cuantas galanterías en vuestro nombre; mas era por agradaros.

HARPAGÓN. ¿No sientes, entonces, inclinación hacia ella?

CLEANTO. ¿Yo? En absoluto.

HARPAGÓN. Eso me disgusta, pues echa por tierra una idea que se me había ocurrido. Contemplándola así, he reflexionado sobre mi edad, y he pensado que podrían murmurar viendo que me casaba con tan juvenil persona. Esta consideración me ha hecho renunciar a tal propósito, y como la he hecho pedir y estoy comprometido de palabra con ella, te la hubiera cedido, de no haber confesado tú esa aversión.

CLEANTO. ¿A mí?

HARPAGÓN. A ti.

CLEANTO. ¿En matrimonio?

HARPAGÓN. En matrimonio.

CLEANTO. Escuchad. Verdad es que no resulta muy de mi gusto; mas, por complaceros, padre mío, estoy decidido a casarme con ella, si queréis.

HARPAGÓN. Yo soy más razonable de lo que crees. No pienso en modo alguno forzar tu inclinación.

CLEANTO. Perdonadme; haré ese esfuerzo por afecto a vos.

HARPAGÓN. No, no. Un matrimonio no puede ser feliz si no existe inclinación.

CLEANTO. Esa es una cosa, padre mío, que tal vez venga después; y, según dicen, el amor es, con frecuencia, fruto del matrimonio.

HARPAGÓN. No. Por el lado del hombre, no debe correr riesgo el negocio; y hay consecuencias enojosas, a las que no quiero exponerme. Si hubieras sentido alguna inclinación hacia ella, enhorabuena te habrías casado en mi lugar; mas, no siendo así, seguiré mi primer propósito, y seré yo quien me case con ella.

CLEANTO. Pues bien, padre mío; ya que las cosas se ponen así, es preciso descubriros mi corazón y revelaros nuestro secreto. La verdad es que la amo desde el día en que la vi en un paseo; que mi deseo era, hace poco, pedírosla por esposa, y que tan sólo me ha contenido la declaración de vuestros sentimientos y el temor a enojaros.

HARPAGÓN. ¿La habéis ido a visitar?

CLEANTO. Sí, padre mío.

HARPAGÓN. ¿Muchas veces?

CLEANTO. Bastantes para el tiempo transcurrido.

HARPAGÓN. ¿Os ha recibido bien?

CLEANTO. Muy bien; mas sin saber quién era yo, y esto es lo que ha producido, hace un momento, esa sorpresa a Mariana.

HARPAGÓN. ¿Le habéis declarado vuestra pasión y el deseo que sentíais de casaros con ella?

CLEANTO. Sin duda; e incluso algo había ya dejado traslucir a su madre.

HARPAGÓN. ¿Y la hija corresponde fogosamente a vuestro amor?

CLEANTO. Si he de creer en las apariencias, estoy convencido, padre, de que siente cierta debilidad por mí.

HARPAGÓN. (Bajo, aparte.) Me satisface haber sabido este secreto, y esto era precisamente lo que yo ansiaba. (Alto.) Vaya, hijo mío: ¿sabéis lo que pasa? Pues que debéis pensar, si os parece, en desprenderos de vuestro amor, en cesar todas vuestras persecuciones a una persona que deseo para mí y en casaros dentro de poco con la mujer que os destine.

CLEANTO. Sí, padre mío; ¡así es como me engañáis! ¡Pues bien! Ya que las cosas han llegado a este punto, os declaro que no abandonaré la pasión que siento por Mariana; que no habrá extremo al que no me entregue para disputaros su conquista, y que, si tenéis de vuestra parte el consentimiento de una madre, yo tendré, quizás, otras ayudas, que lucharán por mí.

HARPAGÓN. ¡Cómo, bergante! ¿Tienes la osadía de entrar en rivalidad conmigo?

CLEANTO. Sois vos el que lo hace conmigo; soy el primero conforme a fecha.

HARPAGÓN. ¿No soy tu padre y no me debes respeto?

CLEANTO. Éstas no son cosas en que los hijos estén obligados a ceder ante los padres, y el amor no conoce a nadie.

HARPAGÓN. Ya te haré conocerme bien, merced a unos buenos palos.

CLEANTO. Todas vuestras amenazas no servirán de nada.

HARPAGÓN. ¿Renunciarás a Mariana?

CLEANTO. En modo alguno.

HARPAGÓN. ¡Traedme un palo en seguida!



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Mensaje por Marcela Noemí Silva el Vie Ago 16, 2013 3:35 am



ESCENA IV

HARPAGÓN, CLEANTO y MAESE SANTIAGO

MAESE SANTIAGO. ¡Eh, eh, señores! ¿Qué es esto? ¿En qué pensáis?

CLEANTO. Me río de eso.

MAESE SANTIAGO. (A Cleanto.) ¡Ah, señor! ¡Cuidado!

HARPAGÓN. ¡Hablarme con ese descaro!

MAESE SANTIAGO. (A Harpagón.) ¡Ah, señor, por favor!

CLEANTO. No desistiré nunca.

MAESE SANTIAGO. (A Cleanto.) ¡Eh! ¿Cómo? ¿A vuestro padre...?

HARPAGÓN. Déjame hacer.

MAESE SANTIAGO. (A Harpagón.) ¡Eh! ¿Cómo? ¿A vuestro hijo...? Conmigo pase todavía.

HARPAGÓN. Quiero hacerte a ti, maese Santiago, juez en este asunto, para demostrar que tengo razón.

MAESE SANTIAGO. Accedo a ello. (A Cleanto.) Alejaos un poco.

HARPAGÓN. Amo a una joven con la que quiero casarme, y ese bergante tiene la insolencia de amarla también y de pretenderla, pese a mis órdenes.

MAESE SANTIAGO. ¡Ah! Hace mal.

HARPAGÓN. ¿No es cosa horrenda el que un hijo quiera entrar en rivalidad con su padre? ¿Y no debe él, por respeto, abstenerse de enfrentarse con mis inclinaciones?

MAESE SANTIAGO. Tenéis razón. Dejadme hablar, y quedaos aquí.

CLEANTO. (A Maese Santiago, que se acerca a él.) ¡Pues bien, sí! Ya que quiere escogerte como juez, no retrocedo; no me importa, quienquiera que sea; y deseo también remitirme a ti, maese Santiago, en nuestro litigio.

MAESE SANTIAGO. Es mucho honor el que me hacéis.

CLEANTO. Estoy enamorado de una joven que corresponde a mis afanes y recibe con ternura las ofrendas de mi fidelidad, y a mi padre se le ocurre venir a trastornar nuestro amor con esa petición que ha mandado hacer.

MAESE SANTIAGO. Hace mal, seguramente.

CLEANTO. ¿No le avergüenza, a su edad, pensar en casarse? ¿Resulta propio en él sentirse aún enamorado? ¿Y no debería dejar semejante ocupación a los jóvenes?

MAESE SANTIAGO. Tenéis razón. Se está burlando. Dejadme que le diga dos palabras. (A Harpagón.) ¡Pues bien! Vuestro hijo no es tan raro como decís, y se pone en razón. Dice que sabe el respeto que os debe. Que se ha acalorado en el primer impulso, y que no se niega a someterse a lo que os plazca, con tal de que le tratéis mejor que hasta ahora, y le deis una persona en matrimonio con la que se sienta satisfecho.

HARPAGÓN. ¡Ah! Dile, maese Santiago, que, siendo así, podrá esperarlo todo de mí y que, excepto a Mariana, le dejo en libertad para elegir la que quiera.

MAESE SANTIAGO. Dejadme hacer. (A Cleanto.) ¡Pues bien! Vuestro padre es más razonable de lo que decís, y me ha demostrado que son vuestros arrebatos los que le han encolerizado; que sólo encuentra mal vuestra manera de obrar, y que está enteramente dispuesto a concederos lo que deseáis, con tal que lo solicitéis por las buenas, guardándole las diferencias, los respetos y la sumisión que debe un hijo a su padre.

CLEANTO. ¡Ah, maese Santiago! Puedes asegurarle que si me concede a Mariana, encontrará siempre en mí al más sumiso de todos los hombres, y que no haré nunca nada contrario a sus deseos.

MAESE SANTIAGO. (A Harpagón.) Hecho. Consiente en lo que decís.

HARPAGÓN. Esto marcha lo mejor del mundo.

MAESE SANTIAGO. (A Cleanto.) Todo está arreglado; le satisfacen vuestras promesas.

CLEANTO. ¡Alabado sea el Cielo!

MAESE SANTIAGO. Señores, no tenéis ya más que poneros a hablar; héteos ahora de acuerdo, e ibais a reñir por no saber entenderos.

CLEANTO. Mi pobre maese Santiago, te estaré agradecido toda mi vida.

MAESE SANTIAGO. No hay de qué, señor.

HARPAGÓN. Me has dado una alegría, maese Santiago, y esto merece una recompensa. (Harpagón se registra el bolsillo; maese Santiago alarga la mano, pero Harpagón saca tan sólo su pañuelo, diciendo): Vete; no lo olvidaré, te lo aseguro.

MAESE SANTIAGO. Os beso las manos.



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Mensaje por Marcela Noemí Silva el Vie Ago 16, 2013 3:36 am




ESCENA V

HARPAGÓN y CLEANTO

CLEANTO. Os pido perdón, padre mío, por el arrebato que he padecido.

HARPAGÓN. Eso no es nada.

CLEANTO. Os aseguro que lo lamento profundamente.

HARPAGÓN. Y yo siento el mayor gozo del mundo viéndote razonable.

CLEANTO. ¡Qué bondad la vuestra olvidando tan pronto mi falta!

HARPAGÓN. Se olvidan fácilmente las faltas de los hijos cuando éstos vuelven a sus deberes.

CLEANTO. ¡Cómo! ¿Sin guardar ningún resentimiento a todas mis extravagancias?

HARPAGÓN. Es una cosa a la que me obligas con la sumisión y el respeto en que te colocas.

CLEANTO. Os prometo, padre mío, que conservaré hasta la tumba en mi corazón el recuerdo de vuestras bondades.

HARPAGÓN. Y yo te prometo que no habrá cosa alguna que no logres de mí.

CLEANTO. ¡Ah, padre mío! Ya no os pido nada; y es haberme ya dado bastante el concederme a Mariana.

HARPAGÓN. ¿Cómo?

CLEANTO. Digo, padre mío, que estoy harto contento de vos y que lo encuentro todo en vuestra bondad concediéndome a Mariana.

HARPAGÓN. ¿Quién habla de concederte a Mariana?

CLEANTO. Vos, padre mío.

HARPAGÓN. ¿Yo?

CLEANTO. Sin duda.

HARPAGÓN. ¿Cómo? Eres tú quien ha prometido renunciar a ella.

CLEANTO. ¿Yo renunciar a ella?

HARPAGÓN. Sí.

CLEANTO. En modo alguno.

HARPAGÓN. ¿No has desistido de tu pretensión?

CLEANTO. Al contrario: estoy más decidido que nunca a realizarla.

HARPAGÓN. ¡Cómo, bergante! ¿Otra vez?

CLEANTO. Nada podrá hacerme variar.

HARPAGÓN. ¡Déjame hacer, traidor!

CLEANTO. Haced cuanto os plazca.

HARPAGÓN. Te prohíbo que vuelvas jamás a verme.

CLEANTO. Bien está.

HARPAGÓN. Te abandono...

CLEANTO. Abandonadme.

HARPAGÓN. Te repudio como hijo.

CLEANTO. Sea.

HARPAGÓN. Te desheredo.

CLEANTO. Todo cuanto queráis.

HARPAGÓN. Y lanzo sobre ti mi maldición.

CLEANTO. No me importan vuestros dones.


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Mensaje por Marcela Noemí Silva el Vie Ago 16, 2013 3:37 am



ESCENA VI

CLEANTO y FLECHA

FLECHA. (Saliendo del jardín con una arquilla.) ¡Ah, señor, qué oportunamente os encuentro! Seguidme de prisa.

CLEANTO. ¿Qué sucede?

FLECHA. Seguidme, os digo; estamos de suerte.

CLEANTO. ¿Cómo?

FLECHA. Aquí está vuestra solución.

CLEANTO. ¿Qué?

FLECHA. He estado echándole el ojo a esto todo el día.

CLEANTO. ¿Qué es esto?

FLECHA. El tesoro de vuestro padre, que he birlado.

CLEANTO. ¿Cómo te las has compuesto...?

FLECHA. Lo sabréis todo. Huyamos; le oigo gritar.



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Mensaje por Marcela Noemí Silva el Vie Ago 16, 2013 3:38 am




ESCENA VII

HARPAGÓN, solo

HARPAGÓN. (Llega gritando desde el jardín y sin sombrero.) ¡Al ladrón! ¡Al ladrón! ¡Al ladrón! ¡Al asesino! ¡Al criminal! ¡Justicia, justo Cielo! ¡Estoy perdido! ¡Asesinado! ¡Me han cortado el cuello! ¡Me han robado mi dinero! ¿Quién podrá ser? ¿Qué ha sido de él? ¿Dónde está? ¿Dónde se esconde? ¿Qué haré para encontrarlo? ¿Adónde correr? ¿Adónde no correr? ¿No está ahí? ¿No está ahí? ¿Quién es? ¡Detente! ¡Devuélveme mi dinero, bandido!... (A sí mismo, cogiéndose del brazo.) ¡Ah, soy yo! Mi ánimo está trastornado; no sé dónde me encuentro, ni quién soy, ni lo que hago. ¡Ay! ¡Mi pobre! ¡Mi pobre dinero! ¡Mi más querido amigo! Me han privado de ti, y, puesto que me has sido arrebatado, he perdido mi sostén, mi consuelo, mi alegría; se ha acabado todo para mí, y ya no tengo nada que hacer en el mundo. Sin ti no puedo vivir. Se acabó; ya no puedo más; me muero; estoy muerto; estoy enterrado. ¿No hay nadie que quiera resucitarme, devolviéndome mi dinero o diciéndome quién lo ha cogido? ¡Eh! ¿Qué decís? No hay nadie. Es preciso que quienquiera que sea el que ha dado el golpe haya acechado el momento con mucho cuidado, y han escogido precisamente el rato en que hablaba yo con el traidor de mi hijo. Salgamos. Voy en busca de la Justicia, y haré que den tormento a todos los de mi casa: a sirvientas, a criados, al hijo, a la hija y también a mí. ¡Cuánta gente reunida! No pongo la mirada en nadie que no suscite mis sospechas, y todos me parecen ser el ladrón. ¡Eh! ¿De qué han hablado ahí? ¿Del que me ha robado? ¿Qué ruido hacen arriba? ¿Está ahí mi ladrón? Por favor, si saben noticias de mi ladrón, suplico que me las digan. ¿No está escondido entre vosotros? Todos me miran y se echan a reír. Ya veréis cómo han tomado parte, sin duda, en el robo de que he sido víctima. ¡Vamos, de prisa, comisarios, alguaciles, prebostes, jueces, tormentos, horcas y verdugos! Quiero hacer colgar a todo el mundo, y si no encuentro mi dinero, me ahorcaré yo mismo después.



FIN DEL ACTO CUARTO


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Mensaje por Karla Benitez el Vie Ago 16, 2013 3:52 am