EL AMANECER DE LA POESIA DE EURIDICE CANOVA Y SABRA
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El retrato de Dorian Gray

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Mensaje por EURIDICE CANOVA Lun Sep 23, 2013 2:27 am

Recuerdo del primer mensaje :

EL RETRATO DE DORIAN GRAY DE OSCAR WILDE
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Mensaje por EURIDICE CANOVA Lun Sep 30, 2013 3:23 am

A Campbell se le escapó un gemido, y empezó a temblar de pies a cabeza. Le pareció que el tictac del reloj situado en la repisa de la chimenea dividía el tiempo en átomos de dolor, cada uno de ellos demasiado terrible para soportarlo. Sentía como si un anillo de hierro, lentamente, se estrechara en torno a su frente, como si el deshonor con que se le amenazaba hubiera descendido ya sobre él. La mano posada sobre su hombro parecía hecha de plomo.

-Vamos, Alan; tienes que decidirte ya.

-No lo puedo hacer -dijo maquinalmente, como si las palabras pudieran alterar la realidad.

-Has de hacerlo. No tienes elección. No te empeñes en retrasarlo.

Campbell vaciló un momento.

-¿Hay un fuego en la habitación del ático? -Sí; una toma de gas con placas de amianto.

-Tendré que ir a mi casa y recoger algunas cosas del laboratorio.

-No, Alan; no puedes salir de esta casa. Escribe en un papel lo que quieres y mi criado irá en un coche a buscarlo. Campbell garrapateó unas líneas, secó la tinta, y escribió en un sobre el nombre de su ayudante. Dorian tomó la nota y la leyó cuidadosamente. Luego tocó la campanilla y entregó la carta a su ayuda de cámara, ordenándole que volviera cuanto antes con las cosas solicitadas.

Al cerrarse la puerta principal, Campbell tuvo un sobresalto y, levantándose de la silla, se acercó a la chimenea. Temblaba como atacado por la fiebre. Durante cerca de veinte minutos nadie habló. Una mosca zumbó ruidosamente por el cuarto y el tictac del reloj era como el golpear de un martillo.

Cuando el carillón dio la una, Campbell se volvió y, al mirar a Dorian Gray, vio que tenía los ojos llenos de lágrimas. Había algo en la pureza y el refinamiento de aquel rostro lleno de tristeza que pareció enfurecerlo.

-¡Eres un infame! ¡Un ser absolutamente repugnante! -murmuró.

-Calla, Alan: me has salvado la vida -dijo Dorian Gray. -¿La vida? ¡Cielo santo! ¿Qué vida es ésa? Has ido de corrupción en corrupción y ahora has coronado tus hazañas con un asesinato. Al hacer lo que voy a hacer, lo que me obligas a hacer, no es en tu vida en lo que estoy pensando.

-Atan, Alan -murmuró Dorian Gray con un suspiro-, quisiera que sintieras por mí una milésima parte de la compasión que me inspiras -se volvió mientras hablaba y se quedó mirando el jardín.

Campbell no respondió.

Al cabo de unos diez minutos se oyó llamar a la puerta, y entró el criado con una gran caja de caoba llena de productos químicos, junto con un rollo de hilo de acero y platino, así como dos pinzas de hierro de forma bastante extraña.

-¿He de dejar aquí estas cosas? -le preguntó a Campbell.

-Sí -respondió Dorian-. Y mucho me temo, Francis, que aún tengo otro encargo para usted. ¿Cómo se llama esa persona de Richmond que lleva orquídeas a Selby? -Harden, señor.

-Eso es, Harden. Tiene usted que ir a Richmond de inmediato, ver a Harden en persona y decirle que mande el doble de orquídeas de las que había encargado, y que de las blancas ponga el menor número posible. De hecho, dígale que no quiero ninguna blanca. Hace muy buen día, Francis, y Richmond es un sitio muy bonito, de lo contrario no le diría que fuese.

-No es ninguna molestia, señor. ¿A qué hora debo estar de vuelta?

Dorian miró a Campbell.

-¿Cuánto durará tu experimento, Alan? -preguntó con voz tranquila, indiferente. La presencia de una tercera persona en la habitación parecía darle un valor extraordinario.

Campbell frunció el entrecejo y se mordió los labios. -Unas cinco horas -respondió.

-Bastará, entonces, con que esté de vuelta para las siete y media. Mejor, quédese allí: deje las cosas preparadas para que pueda vestirme. Tómese la tarde libre. No cenaré en casa, de manera que no voy a necesitarlo.

-Muchas gracias, señor -dijo el ayuda de cámara, abandonando la habitación.

-Bien, Alan, no hay un momento que perder. ¡Cuánto pesa esta caja! Yo te la llevaré. Encárgate tú de lo demás -hablaba rápidamente y con acento autoritario. Campbell se sintió dominado por él. Juntos salieron de la habitación.

Cuando llegaron al descansillo del ático, Dorian sacó la llave y la hizo girar en la cerradura. Luego se detuvo, una mirada de incertidumbre en los ojos. Se estremeció.

-Me parece que no soy capaz de entrar -murmuró.

-No importa. No te necesito para nada -respondió Campbell con frialdad.

Dorian Gray abrió a medias la puerta. Al hacerlo, vio el rostro del retrato, mirándolo, socarrón, iluminado por la luz del sol. En el suelo, delante, se hallaba la cortina rasgada. Recordó que la noche anterior había olvidado, por primera vez en su vida, esconder el lienzo maldito, y se disponía a abalanzarse, cuando retrocedió, estremecido.

¿Qué era aquel repugnante rocío rojo que brillaba, reluciente y húmedo, sobre una de sus manos, como si el lienzo hubiera sudado sangre? ¡Qué cosa tan espantosa! Por un momento le pareció más espantosa aún que la presencia silenciosa derrumbada sobre la mesa, la presencia cuya grotesca sombra en la alfombra manchada de sangre le indicaba que seguía sin moverse, que seguía allí, en el mismo sitio donde él la había dejado.

Respiró hondo, abrió un poco más la puerta y, con los ojos medio cerrados y la cabeza vuelta, entró rápidamente, decidido a no mirar ni siquiera una vez al muerto. Luego, agachándose, recogió la tela morada y oro y la arrojó directamente sobre el cuadro.

A continuación se inmovilizó, temiendo volverse, y sus ojos se concentraron en las complejidades del motivo decorativo que tenía delante. Oyó cómo Campbell entraba en el cuarto con la pesada caja de caoba, así como con los hierros y las otras cosas que había pedido para su espantoso trabajo. Empezó a preguntarse si Basil Hallward y Alan se habrían visto alguna vez y, en ese caso, qué habrían pensado el uno del otro.

-Ahora déjame -dijo tras él una voz severa.

Dorian Gray dio media vuelta y salió precipitadamente, no sin advertir que el muerto había vuelto a apoyar la espalda contra la silla y que Campbell contemplaba un rostro amarillento que brillaba. Mientras descendía las escaleras oyó cómo la llave giraba por dentro en la cerradura.

Hacía tiempo que habían dado las siete cuando Campbell se presentó de nuevo en la biblioteca. Estaba pálido, pero muy tranquilo.

-He hecho lo que me habías pedido que hiciera -murmuró-. Y ahora, adiós. Espero que no volvamos a vernos nunca.

-Me has salvado del desastre, Alan. Eso no lo puedo olvidar-dijo Dorian Gray con sencillez.

Tan pronto como Campbell salió de la casa, subió al ático. En la habitación había un horrible olor a ácido nítrico. Pero la cosa sentada ante la mesa había desaparecido.

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Mensaje por EURIDICE CANOVA Lun Sep 30, 2013 3:24 am

Capítulo 15


A las ocho y media, unos criados que prodigaban reverencias hicieron entrar en el salón de lady Narborough a Dorian Gray, vestido de punta en blanco y con un ramillete de violetas de Parma en el ojal de la chaqueta. Le latían las sienes con violencia, y se sentía presa de una extraordinaria agitación nerviosa, pero sus modales, cuando se inclinó sobre la mano de su anfitriona, tenían la misma elegancia y naturalidad de siempre. Quizá uno nunca se muestra tan natural como cuando representa un papel. Desde luego, nadie que observara aquella noche a Dorian Gray podría haber creído que acababa de vivir una tragedia comparable a las más horribles de nuestra época. Imposible que aquellos dedos tan delicadamente cincelados hubieran empuñado un cuchillo con intención pecaminosa o que aquellos labios sonrientes hubieran podido blasfemar y burlarse de la bondad. Él mismo no podía por menos de asombrarse ante su propia calma y, por unos momentos, sintió intensamente el terrible júbilo de quien lleva con éxito una doble vida.

Se trataba de una cena con pocos invitados, reunidos de manera más bien precipitada por lady Narborough, mujer muy inteligente, poseedora de lo que lord Henry solía describir como restos de una fealdad realmente notable, que había resultado ser una excelente esposa para uno de los más tediosos embajadores de la corona británica, y que, después de enterrar a su marido con todos los honores en un mausoleo de mármol, diseñado por ella misma, y de casar a sus hijas con hombres ricos y de edad más bien avanzada, se había dedicado a los placeres de la narrativa francesa, de la cocina francesa e incluso del esprit francés cuando se ponía a su alcance.

Dorian era uno de sus invitados preferidos, y siempre le decía que se alegraba muchísimo de no haberlo conocido de joven. «Sé, querido mío, que me hubiera enamorado perdidamente de usted», solía decir, «y que me habría liado la manta a la cabeza por su causa. Es una suerte que nadie hubiera pensado en usted por entonces. Cabe, de todos modos, que la idea de la manta no me atrajera demasiado, porque nunca llegué a coquetear con nadie. Aunque creo que la culpa fue más bien de Narborough. Era terriblemente miope, y se obtiene muy poco placer engañando a un marido que no ve absolutamente nada».

Sus invitados de aquella noche eran personas más bien aburridas. La verdad, le explicó la anfitriona a Dorian Gray desde detrás de un abanico bastante venido a menos, era que una de sus hijas casadas se había presentado de repente para pasar una temporada con ella y, para empeorar las cosas, lo había hecho acompañada por su marido.

-Creo que ha sido una crueldad por su parte, querido mío -le susurró-. Es cierto que yo los visito todos los veranos al regresar de Homburg, pero una anciana como yo necesita aire fresco a veces y, además, consigo despertarlos. No se puede imaginar la existencia que llevan. Vida rural en estado puro. Se levantan pronto porque tienen mucho que hacer, y también se acuestan pronto porque apenas tienen nada en qué pensar. No ha habido un escándalo por los alrededores desde los tiempos de la reina Isabel, y en consecuencia todos se quedan dormidos después de cenar. Haga el favor de no sentarse junto a ninguno de los dos. Siéntese a mi lado.

Dorian murmuró el adecuado cumplido y recorrió el salón con la vista. Sí; no era mucho lo que cabía esperar de aquellos comensales. A dos de los invitados no los había visto nunca, y los restantes eran: Ernest Harrowden, una de las mediocridades de mediana edad que tanto abundan en los clubs londinenses y que carecen de enemigos pero a quienes sus amigos aborrecen cordialmente; lady Ruxton, una mujer de cuarenta y siete años y de nariz ganchuda, que se vestía con exageración y trataba siempre de colocarse en situaciones comprometidas, si bien, para gran desencanto suyo, nadie estaba nunca dispuesto a creer nada en contra suya, dada su extrema fealdad; la señora Erlynne, una arribista que no era nadie, con un ceceo delicioso y cabellos de color rojo veneciano; lady Alice Chapman, la hija de la anfitriona, una aburrida joven sin la menor elegancia, con uno de esos característicos rostros británicos que, una vez vistos, jamás se

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Mensaje por EURIDICE CANOVA Lun Sep 30, 2013 3:24 am

recuerdan; y su marido, criatura de mejillas rubicundas y patillas canas que, como tantos de su clase, vivía convencido de que una desmedida jovialidad es disculpa suficiente para la absoluta falta de ideas.

Estaba ya bastante arrepentido de haber aceptado la invitación cuando lady Narborough, mirando al gran reloj dorado que dilataba sus llamativas curvas sobre la repisa de la chimenea, cubierta de tela malva, exclamó

-¡Qué mal me parece que Henry Wottom llegue tan tarde! Esta mañana, al azar, he mandado a un propio a su casa, y ha prometido con gran seriedad no defraudarme.

Era un consuelo contar con la compañía de Harry, y cuando se abrió la puerta y Dorian oyó su voz, lenta y melodiosa, que prestaba encanto a una disculpa poco sincera por su retraso, le abandonó el aburrimiento.

Durante la cena, sin embargo, fue incapaz de comer. Los criados le fueron retirando plato tras plato sin que probase nada. Lady Narborough no cesó de reprenderlo por lo que ella calificaba de «insulto al pobre Adolphe, que ha inventado el menú especialmente para usted», y alguna vez lord Henry lo miró desde el otro lado de la mesa, sorprendido de su silencio y su aire distante. De cuando en cuando el mayordomo le llenaba la copa de champán. Dorian Gray bebía con avidez, pero su sed iba en aumento.

-Dorian -dijo finalmente lord Henry, mientras se servía el chaud froíd-, ¿qué te pasa esta noche? Pareces abatido.

-Creo que está enamorado -exclamó lady Narborough-, y no se atreve a decírmelo por temor a que sienta celos. Y tiene toda la razón, porque los sentiría.

-Mi querida lady Narborough -murmuró Dorian Gray sonriendo-. Llevo sin enamorarme toda una semana; exactamente desde que madame de Ferroll abandonó Londres.

-¡Cómo es posible que los hombres se enamoren de esa mujer! -exclamó la anciana señora-. Es algo que no consigo entender.

-Se debe sencillamente a que madame de Ferroll se acuerda de la época en que usted no era más que una niña, lady Narborough -dijo lord Henry-. Es el único eslabón entre nosotros y los trajes cortos de usted.

-No se acuerda en absoluto de mis trajes cortos, lord Henry. Pero yo la recuerdo perfectamente en Viena hace treinta años, así como los escotes que llevaba por entonces.

-Sigue siendo partidaria de los escotes -respondió lord Henry, cogiendo una aceituna con los dedos-, y cuando lleva un vestido muy elegante parece una édítion de luxe de una mala novela francesa. Es realmente maravillosa y siempre depara sorpresas. Su capacidad para el afecto familiar es extraordinaria. Al morir su tercer esposo, el cabello se le puso completamente dorado de la pena.

-¡Harry, cómo te atreves! -protestó Dorian.

-Es una explicación sumamente romántica -rió la anfitriona-. Pero, ¡su tercer marido, lord Henry! ¿No querrá usted decir que Ferroll es el cuarto?

-Efectivamente, lady Narborough.

-No creo una sola palabra.

-Bien, pregunte al señor Gray. Es uno de sus amigos más íntimos.

-¿Es cierto, señor Gray?

-Eso es lo que ella me ha asegurado, lady Narborough -respondió Dorian-. Le pregunté si, al igual que Margarita de Navarra, había embalsamado los corazones de los difuntos para colgárselos de la cintura. Me dijo que no, porque ninguno de ellos tenía corazón.

-¡Cuatro maridos! A fe mía que eso es trop de zéle. -Trop d'audace, le dije yo -comentó Dorian Gray.

-No es audacia lo que le falta, querido mío. Y, ¿cómo es Ferroll? No lo conozco.

-Los maridos de mujeres muy hermosas pertenecen a la clase delictiva -dijo lord Henry, saboreando el vino. Lady Narborough le golpeó con su abanico.

-Lord Henry, no me sorprende en absoluto que el mundo diga de usted que es extraordinariamente malvado. -Pero, ¿qué mundo dice eso? -preguntó lord Henry, alzando las cejas-. Sólo puede ser el mundo venidero. Este mundo y yo mantenemos excelentes relaciones.

-Todas las personas que conozco dicen que es usted de lo más perverso -exclamó la anciana señora, moviendo la cabeza.

Lord Henry adoptó por unos instantes un aire serio. -Es perfectamente intolerable -dijo, finalmente- la manera en que la gente va por ahí diciendo, a espaldas de uno, cosas que son absoluta y completamente ciertas. -¿Verdad que es incorregible? -exclamó Dorian, inclinándose hacia adelante en el asiento.

-Eso espero -dijo, riendo, la anfitriona-. Pero si todos ustedes adoran a madame de Ferroll de esa manera tan ridícula, tendré que volver a casarme para estar a la moda.

-Nunca volverá usted a casarse, lady Narborough -intervino lord Henry-. Era usted demasiado feliz. Cuando una mujer vuelve a casarse es porque detestaba a su primer marido. Cuando un hombre vuelve a casarse es porque adoraba a su primera mujer. Las mujeres prueban suerte. Los hombres arriesgan la suya.

-Narborough no era perfecto -exclamó la anciana señora.

-Si lo hubiera sido, no lo hubiera usted amado, mi querida señora -fue la respuesta de lord Henry-. Las mujeres nos aman por nuestros defectos. Si tenemos los suficientes nos lo perdonan todo, incluida la inteligencia. Mucho me temo que después de esto nunca volverá usted a invitarme a cenar, lady Narborough, pero es completamente cierto.

-Claro que es cierto, lord Henry. Si las mujeres no amaran a los hombres por sus defectos, ¿dónde estarían todos ustedes? Ninguno se habría casado. Serían una colección de solteros infelices. Aunque tampoco eso los habría cambiado mucho. En los días que corren todos los hombres casados viven como solteros, y todos los solteros como casados.

-Fin de siécle -murmuró lord Henry. -Fin de globe -respondió su anfitriona.

-Sí que me gustaría que fuese fin de globe -dijo Dorian con un suspiro-. La vida es una gran desilusión.

-Ah, querido mío -exclamó lady Narborough calzándose los guantes-, no me diga que ya ha agotado la vida. Cuando un hombre dice eso, ya se sabe que es la vida la que lo ha agotado a él. Lord Henry es muy perverso, y a mí a veces me gustaría haberlo sido; pero usted está hecho para ser bueno: parece tan bueno que he de encontrarle una esposa encantadora. ¿No le parece, lord Henry, que el señor Gray debería casarse?

-Es lo que yo le digo siempre, lady Narborough -respondió lord Henry con una inclinación de cabeza.

-De acuerdo; en ese caso debemos buscarle un buen partido. Esta noche examinaré cuidadosamente el Debrett y prepararé una lista con las jóvenes más adecuadas.

-¿Sin olvidar la edad de las candidatas, lady Narborough? -preguntó Dorian.

-Sin olvidar la edad, por supuesto, aunque ligeramente revisada. Pero no debe hacerse nada con prisas. Quiero que sea lo que The Morning Post llama un enlace conveniente, y que los dos sean felices.

-¡Qué cosas tan absurdas dice la gente sobre los matrimonios felices! -exclamó lord Henry-. Un hombre puede ser feliz con una mujer siempre que no la quiera.

-¡Ah! ¡Qué cinismo el suyo! -dijo la anciana señora, empujando la silla hacia atrás y haciendo un gesto con la cabeza a lady Ruxton-. Tiene que volver muy pronto a cenar conmigo. Es usted realmente un tónico admirable, mucho mejor que lo que sir Andrew me receta. Ha de decirme con qué personas le gustaría encontrarse. Deseo que sea una velada absolutamente deliciosa.

-Me gustan los hombres con futuro y las mujeres con pasado -respondió lord Henry-. ¿O cree que sería demasiado grande el desequilibrio?

-Mucho me temo -dijo ella riendo, mientras se ponía en pie-. Mil perdones, mi querida lady Ruxton -añadió al instante-. Veo que no ha terminado usted su cigarrillo.

-No se preocupe, lady Narborough. Fumo demasiado. Tengo intención de hacerlo menos en el futuro.

-No lo haga, se lo ruego, lady Ruxton -intervino lord Henry-. La moderación es una virtud muy perniciosa. Bastante es tan malo como una comida. Demasiado, tan bueno como un festín.

Lady Ruxton lo miró con curiosidad.

-Tendrá usted que venir y explicármelo alguna tarde, lord Henry. Parece una teoría fascinante -murmuró mientras abandonaba la habitación.

-Por favor, caballeros, no se queden ustedes demasiado tiempo hablando de política y de escándalos -exclamó lady Narborough desde la puerta-. Si lo hacen, acabaremos peleándonos en el piso de arriba.

Los varones rieron, y el señor Chapman se levantó solemnemente del fondo de la mesa y pasó a ocupar la cabecera. Dorian Gray también cambió de sitio y fue a colocarse junto a lord Henry. El señor Chapman empezó a hablar, alzando mucho la voz, sobre la situación en la Cámara de los Comunes, riéndose de sus adversarios. La palabra doctrinaire (un vocablo que inspira terror a las mentes británicas) reaparecía de cuando en cuando entre sus explosiones de carcajadas. Un prefijo aliterativo servía como ornamento a su elocuencia, mientras alzaba la bandera del Imperio sobre los pináculos del Pensamiento. La estupidez innata de la raza (él lo llamaba jovialmente el buen sentido común inglés) se ofreció a los presentes como el baluarte que la Sociedad necesitaba.

Una sonrisa curvó los labios de lord Henry, quien, volviéndose, miró a Dorian.

-¿Te encuentras mejor? -preguntó-. Parecías un poco perdido durante la cena.

-Estoy perfectamente, Harry. Un poco cansado. Eso es todo.

-Anoche te superaste a ti mismo. La duquesita sólo ve por tus ojos. Me ha dicho que irá a Selby.

-Ha prometido estar allí para el día veinte. -¿También irá Monmouth?

-Sí, Harry.

-Me aburre terriblemente, casi tanto como la aburre a ella. Mi prima es muy inteligente, demasiado inteligente para una mujer. Le falta el encanto indefinible de la debilidad. Los pies de barro dan todo su valor a la imagen de oro. Tiene unos pies preciosos, pero no son de barro. Blancos pies de porcelana, si quieres. Han pasado por el fuego, y lo que el fuego no destruye, lo endurece. Ha tenido experiencias.


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Mensaje por EURIDICE CANOVA Lun Sep 30, 2013 3:25 am

-¿Cuánto tiempo lleva casada? -preguntó Dorian. -Una eternidad, me dice. Según el libro nobiliario, creo que diez años, pero diez años con Monmouth pueden ser una eternidad e incluso un poco más. ¿Quiénes son los otros invitados?

-Los Willoughby, lord Rugby y su esposa, nuestra anfitriona, Geoffrey Clouston, los habituales. Le he pedido a lord Grotrian que vaya.

-Me gusta -dijo lord Henry-. Hay mucha gente que no está de acuerdo, pero yo lo encuentro encantador. Compensa sus ocasionales excesos en el vestir con una educación siempre ultrarrefinada. Es una persona muy moderna.

-No sé si podrá formar parte del grupo, Harry. Quizá tenga que ir a Montecarlo con su padre.

-¡Ah! ¡Qué molestas son las familias! Procura que vaya. Por cierto, Dorian, anoche desapareciste muy pronto. ¿Qué hiciste después? ¿Volver directamente a casa?

Dorian lo miró un momento y frunció el entrecejo. -No, Harry -dijo finalmente-. No volví a casa hasta cerca de las tres.

-¿Fuiste al club?

-Sí -respondió. Luego se mordió los labios-. No; no era eso lo que quería decir. No fui al club. Estuve paseando. No recuerdo lo que hice... ¡Qué inquisitivo eres, Harry! Siempre quieres saber lo que uno hace. Yo siempre quiero olvidarlo. Regresé a casa a las dos y media, si quieres saber la hora exacta. Me había dejado la llave, y Francis tuvo que abrirme la puerta. Si necesitas confirmación sobre ese punto, puedes preguntárselo.

Lord Henry se encogió de hombros.

-¡Mi querido amigo, como si a mí me importara! Subamos al salón. No, muchas gracias, señor Chapman, no quiero jerez. A ti te ha sucedido algo, Dorian. Dime qué ha sido. Te encuentro distinto esta noche.

-No lo tomes a mal, Harry. Estoy nervioso y de mal humor. Iré mañana o pasado mañana a verte. Presenta mis excusas a lady Narborough. No voy a subir a reunirme con las señoras. Tengo que ir a casa. Debo ir a casa.

-Muy bien. Espero verte mañana a la hora del té. Vendrá la duquesa.

-Procuraré estar allí -dijo Dorian Gray, abandonando la habitación. Mientras regresaba a su casa se dio cuenta de que el sentimiento de terror que creía haber sofocado volvía a hacer acto de presencia. Las preguntas intrascendentes de lord Henry le habían hecho perder la calma unos instantes, y debía conservarla a toda costa. Había que destruir objetos peligrosos. Su rostro se crispó. Aborrecía hasta la idea de tocarlos.

Pero había que hacerlo. Lo comprendía perfectamente y, después de cerrar con llave la puerta de la biblioteca, abrió el armario secreto en cuyo interior arrojara el abrigo y el maletín de Basil. En la chimenea ardía un fuego muy vivo. Añadió un tronco más. El olor de la ropa y del cuero al quemarse era horrible. Fueron necesarios tres cuartos de hora para que todo se consumiera. Al acabar se sentía débil y mareado y, después de quemar algunas pastillas argelinas en un pebetero de cobre, se mojó las manos y la frente con vinagre aromatizado al almizcle.

De repente tuvo un sobresalto. Sus ojos se iluminaron extrañamente y empezó a mordisquearse el labio inferior. Entre dos de las ventanas de la biblioteca había un voluminoso bargueño florentino de caoba, con incrustaciones de marfil y lapislázuli. Lo contempló como si fuera algo terrible y fascinante al mismo tiempo, como si contuviera algo que anhelaba y que, sin embargo, casi aborrecía. Su respiración se aceleró. Un deseo furioso se apoderó de él. Encendió un cigarrillo que tiró instantes después. Dejó caer los párpados hasta que las largas pestañas casi le tocaban la mejilla. Pero seguía mirando al bargueño. Finalmente se levantó del sofá donde había estado tumbado, se acercó a él y, después de descorrer el pestillo, tocó un resorte escondido. Lentamente apareció un cajón triangular. Sus dedos se movieron instintivamente hacia su interior y se apoderaron de algo. Era una cajita china de laca negra recubierta de polvo de oro, delicadamente trabajada; sus paredes estaban decoradas con sinuosas ondulaciones, y de los cordoncillos de seda colgaban cristales redondos y borlas tejidas con hilos metálicos. Dorian Gray la abrió. Dentro había una pasta verde que tenía el brillo de la cera y que desprendía un olor peculiar, denso y persistente.

Vaciló unos momentos, con una extraña sonrisa inmóvil en el rostro. Luego, tiritando, aunque en la biblioteca hacía muchísimo calor, se irguió y miró el reloj. Faltaban veinte minutos para las doce. Devolvió la cajita china al bargueño, cerró la puerta y pasó a su dormitorio.

Cuando la medianoche desgranaba doce golpes de bronce en la oscuridad, Dorian Gray, vestido con ropa nada llamativa y una bufanda enrollada al cuello, salió sigilosamente de su casa. En Bond Street encontró un coche de punto con un buen caballo. Lo llamó, pero al dar en voz baja una dirección, el cochero movió la cabeza.

-Es demasiado lejos para mí -murmuró.

-Aquí tiene un soberano -le dijo Dorian Gray-. Le daré otro si va deprisa.

-De acuerdo, señor -respondió el cochero-; estaremos allí dentro de una hora -y después de que su pasajero subiera al vehículo, hizo dar la vuelta al caballo y se dirigió rápidamente hacia el río.

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Mensaje por EURIDICE CANOVA Lun Sep 30, 2013 3:26 am

Capítulo 16


Empezó a caer una lluvia fría, y los faroles desdibujados no lanzaban ya, entre la niebla, más que un resplandor descolorido. Era el momento en que cerraban los establecimientos públicos, y hombres y mujeres todavía reunidos delante de sus puertas empezaban a desperdigarse. Del interior de algunas de las tabernas brotaban aún horribles carcajadas. En otras, los borrachos discutían y gritaban.

Casi tumbado en el coche de punto, el sombrero calado sobre la frente, Dorian Gray contemplaba con indiferencia la sórdida abyección de la gran ciudad, y de cuando en cuando se repetía las palabras que lord Henry le había dicho el día que se conocieron: «Curar el alma por medio de los sentidos, y los sentidos por medio del alma». Sí, ése era el secreto. Dorian Gray lo había probado con frecuencia y se disponía a volver a hacerlo. Había fumaderos de opio donde se podía comprar el olvido, antros espantables donde se podía destruir el recuerdo de los antiguos pecados con el frenesí de los recién cometidos.

La luna, cerca del horizonte, parecía un cráneo amarillo. De cuando en cuando una enorme nube deforme extendía un largo brazo y la ocultaba por completo. Los faroles de gas se fueron distanciando, y las calles se hicieron más estrechas y sombrías. En una ocasión el cochero se equivocó de camino, y tuvo que volver sobre sus pasos casi un kilómetro. El caballo quedaba envuelto en nubes de vapor cuando pisoteaba los charcos. Las ventanas del coche de punto se fueron cubriendo de una película de cieno semejante a franela gris.

«¡Curar el alma por medio de los sentidos y los sentidos por medio del alma!» ¡Cómo resonaban aquellas palabras en sus oídos! Su alma, desde luego, tenía una enfermedad mortal. ¿Sería verdad que los sentidos podían curarla? Se había derramado sangre inocente. ¿Cómo expiarlo? No; no había expiación posible; pero aunque el perdón fuera imposible, el olvido no lo era, y Dorian Gray estaba decidido a olvidar, a pisotear aquel recuerdo, a aplastarlo como aplastamos a la víbora que nos ha inyectado su ponzoña. Después de todo, ¿qué derecho tenía Basil a hablarle como lo había hecho? ¿Quién le había otorgado la potestad de juzgar a otros? Había dicho cosas espantosas, horribles, insoportables.

El coche de punto avanzaba laboriosamente, disminuyendo la velocidad, le parecía a Dorian Gray, con cada paso. Abrió con violencia la trampilla del techo y ordenó al cochero que acelerase la marcha. La terrible ansia del opio empezaba a devorarlo. Le ardía la garganta y sus delicadas manos se habían contagiado de un temblor nervioso. Sacando un brazo por la ventanilla golpeó ferozmente al caballo con su bastón. El cochero se echó a reír y también él utilizó su látigo. Dorian Gray respondió riendo a su vez y el otro guardó silencio.

El trayecto parecía interminable, y las calles se asemejaban a los negros hilos de una inmensa telaraña. La monotonía se hizo insoportable y, al espesarse la niebla, Dorian Gray sintió miedo.

Luego pasaron junto a las solitarias fábricas de ladrillos. La niebla era allí menos densa, y pudo ver los extraños hornos con forma de botella y sus lenguas de fuego anaranjado que se extendían como abanicos. Un perro ladró cuando pasaban y a lo lejos, en la oscuridad, chilló una gaviota vagabunda. El caballo tropezó en un bache del camino, dio un bandazo y empezó a galopar.

Después de algún tiempo dejaron el camino de tierra y volvieron a traquetear por calles mal pavimentadas. La mayoría de las ventanas estaba a oscuras pero, a veces, sombras fantásticas se dibujaban sobre los estores iluminados por alguna lámpara. Dorian Gray las contemplaba con curiosidad. Se movían como marionetas monstruosas y hacían gestos de criaturas vivas. Sintió que las aborrecía. Tenía el corazón dominado por una rabia sorda. Al torcer una esquina, una mujer les gritó algo desde una puerta abierta, y dos hombres corrieron tras el coche de punto por espacio de unos cien metros. El cochero los golpeó con el látigo.

Se dice que la pasión hace que se piense en círculos. Y, ciertamente, los labios que Dorian Gray no cesaba de morderse formaban y volvían a formar, en espantosa repetición, las sutiles palabras que se ocupaban del alma y de los sentidos, hasta encontrar en ellas la plena expresión, por así decirlo, de su estado de ánimo, y justificar así, aprobándolas intelectualmente, pasiones que sin esa justificación habrían dominado su voluntad. De célula en célula aquella idea única se apoderaba de su cerebro; y el arrebatado deseo de vivir, el más terrible de los apetitos humanos, redoblaba el vigor de cada nervio y músculo temblorosos. La fealdad que en otro tiempo le había parecido odiosa porque hacía las cosas reales, le resultaba ahora amable por esa misma razón. La fealdad era la única realidad. La trifulca vulgar, el antro repugnante, la violencia brutal de una vida desordenada, la vileza misma del ladrón y del fuera de la ley, tenían más vida, creaban una impresión de realidad más intensa que todas las elegantes formas del Arte, que las sombras soñadoras de la Canción. Eran lo que necesitaba para alcanzar el olvido. En el espacio de tres días quedaría libre.

De repente, el cochero se detuvo con un movimiento brusco al comienzo de una callejuela en sombras. Sobre los bajos tejados, erizados de chimeneas, se alzaban las negras arboladuras de los barcos. Espirales de niebla blanca se aferraban a las vergas como velas fantasmales.

-Está en algún sitio por estos alrededores, ¿no es cierto, señor? -preguntó el cochero con voz ronca a través de la trampilla.

Dorian, sobresaltado, miró a su alrededor.

-Déjeme aquí -respondió y, después de apearse precipitadamente y de entregar el dinero prometido, se alejó a toda prisa en dirección al muelle. Aquí y allá una linterna brillaba en la proa de algún gigantesco barco mercante. La luz temblaba y se descomponía en los charcos. De un vapor a punto de partir que avivaba el fuego para aumentar la presión de la caldera salía un resplandor rojo. El suelo resbaladizo parecía un impermeable húmedo.

Dorian Gray apresuró el paso hacia la izquierda, volviendo la cabeza de cuando en cuando para comprobar si alguien lo seguía. Siete u ocho minutos después llegó a una casita destartalada, encajonada entre dos lúgubres fábricas. En una de las ventanas del piso superior brillaba una luz. Se detuvo ante la puerta y llamó de una manera peculiar.

Al cabo de algún tiempo oyó pasos en el corredor y luego el deslizarse de un cerrojo. La puerta se abrió sin ruido y Dorian Gray entró sin decir una sola palabra a la deforme criatura rechoncha que se aplastó contra la pared

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El retrato de Dorian Gray - Página 2 Empty Re: El retrato de Dorian Gray

Mensaje por EURIDICE CANOVA Lun Sep 30, 2013 3:26 am

en sombra para darle paso. Al final del vestíbulo colgaba una andrajosa cortina verde, agitada y estremecida por el golpe de viento que siguió a Dorian Gray desde la calle. Apartándola, penetró en una habitación alargada y de techo bajo que daba la impresión de haber sido en otro tiempo una sala de baile de tercera categoría. Sobre las paredes ardían, sibilantes, mecheros de gas, cuya imagen, apagada y deforme, reproducían otros tantos espejos, negros de manchas de moscas. Los reflectores grasientos de estaño ondulado, colocados detrás, los convertían en temblorosos discos de luz. El suelo estaba cubierto de serrín ocre, que, a fuerza de pisarlo, se había transformado en barro, manchado, además, por oscuros redondeles de bebidas derramadas. Algunos malayos, acurrucados junto a una pequeña estufa de carbón de leña, jugaban con fichas de hueso y enseñaban unos dientes muy blancos al hablar. En un rincón, la cabeza escondida entre los brazos, un marinero se había derrumbado sobre una mesa, y junto al bar chillonamente pintado, que ocupaba uno de los laterales de la habitación, dos mujeres ojerosas se burlaban de un anciano que se sacudía las mangas de la chaqueta con expresión de repugnancia.

-Cree que le atacan hormigas rojas -rió una de ellas cuando Dorian Gray pasó a su lado.

El anciano la miró aterrorizado y empezó a gemir.

Al fondo de la habitación, una escalerita conducía a una habitación oscura. Mientras Dorian se apresuraba a ascender los tres desvencijados escalones, el denso olor del opio le asaltó. Respiró hondo y las aletas de la nariz se le estremecieron de placer. Al entrar, un joven de lisos cabellos rubios que, inclinado sobre una lámpara, encendía una larga pipa muy fina, miró en su dirección y le saludó, titubeante, con una inclinación de cabeza.

-¿Tú aquí, Adrian? -murmuró Dorian.

-¿Dónde quieres que esté? -respondió el otro apáticamente-. Todos mis amigos me han retirado el saludo. -Creía que habías dejado Inglaterra.

-Darlington no hará nada contra mí. Mi hermano acabó por pagar la deuda. George tampoco me dirige la palabra... Me tiene sin cuidado -añadió con un suspiro-. Mientras esto no falte no se necesitan amigos. Creo que tenía demasiados.

El rostro de Dorian Gray se crispó un instante; luego contempló las grotescas figuras que yacían sobre los mugrientos colchones en extrañas posturas. Los miembros contorsionados, las bocas abiertas, las miradas perdidas y los ojos vidriosos le fascinaban. Sabía en qué extraños paraísos se dedicaban al sufrimiento y qué tristes infiernos les enseñaban el secreto de alguna nueva alegría. Eran más afortunados que él, prisionero de sus pensamientos. La memoria, como una horrible enfermedad, le devoraba el alma. De cuando en cuando le parecía ver los ojos de Basil Hallward que lo miraban. Comprendió, sin embargo, que no podía quedarse allí. La presencia de Adrian Singleton le perturbaba. Quería estar en un lugar donde nadie supiera quién era. Quería huir de sí mismo.

-Me voy al otro sitio -dijo, después de una pausa.

-¿En el muelle?

-Sí.

-Esa gata loca estará allí con toda seguridad. Aquí ya no la admiten.

Dorian se encogió de hombros.

-Estoy harto de mujeres que me quieren. Las mujeres que odian son mucho más interesantes. Además, la mercancía es allí mejor.

-Más o menos la misma cosa.

-Yo la prefiero. Ven a beber algo. Necesito una copa.

-No quiero nada -murmuró el joven.

-Da lo mismo.

Adrian Singleton se levantó con aire cansado y siguió a Dorian Gray hasta el bar. Un mulato, con un turbante hecho jirones y un largo abrigo mugriento, les obsequió con una mueca espantosa a manera de saludo mientras colocaba ante ellos una botella de brandy y dos vasos. Las mujeres se acercaron y empezaron a parlotear. Dorian les volvió la espalda y dijo algo en voz baja a su acompañante.

Una sonrisa tan retorcida como un cris malayo se paseó por el rostro de una de las mujeres.

-¡Qué orgullosos estamos esta noche! -fueron sus burlonas palabras.

-Por el amor de Dios, no me dirijas la palabra -exclamó Dorian, golpeando el suelo con el pie-. ¿Qué es lo que quieres? ¿Dinero? Aquí lo tienes. Pero no vuelvas a dirigirme la palabra.

En los ojos de la mujer, embrutecidos por el alcohol, aparecieron por un momento dos destellos rojos, pero volvieron a apagarse enseguida, dejándolos otra vez muertos y vidriosos. Luego sacudió la cabeza y con dedos avarientos recogió las monedas del mostrador. Su compañera la contempló con envidia.

-Es inútil -suspiró Adrian Singleton-. No tengo ganas de volver. ¿Qué más da? Estoy muy bien aquí.

-Me escribirás si necesitas algo, ¿de acuerdo? -dijo Dorian después de una pausa.

-Quizá.

-Buenas noches, entonces.

-Buenas noches -respondió el joven, volviendo a subir los escalones mientras se limpiaba la boca reseca con un pañuelo.

Dorian se dirigió hacia la puerta con una expresión dolorida en el rostro. Cuando apartaba la cortina verde, una risa espantosa salió de los labios pintados de la mujer que había recogido las monedas.

-¡Ahí va el protegido del diablo! -exclamó con voz ronca entre dos ataques de hipo.

-¡Maldita seas! -respondió Dorian-, ¡no me llames eso!

La mujer chasqueó los dedos.

-Príncipe azul es lo que te gusta que te llamen, ¿no es eso? -le gritó mientras salía.

El marinero adormilado se levantó de un salto al oír a la mujer, y miró con ojos enloquecidos a su alrededor. El sonido de la puerta al cerrarse llegó hasta sus oídos, y salió precipitadamente, como en persecución de alguien.

Dorian Gray avanzaba a buen paso por el muelle sin importarle la lluvia. Su encuentro con Adrian Singleton le había emocionado extrañamente, y se preguntaba si aquel desastre era responsabilidad suya, tal como Basil Hallward le había dicho de manera tan insultante. Se mordió los labios y por unos instantes sus ojos se llenaron de tristeza. Aunque, después de todo, ¿a él qué más le daba? La vida es demasiado corta para cargar con el peso de los errores ajenos. Cada persona gastaba su propia vida y pagaba su precio por vivirla. Lo único lamentable era que por una sola falta hubiera que pagar tantas veces. Que hubiera, efectivamente, que pagar y volver a pagar y seguir pagando. En sus tratos con los seres humanos, el Destino nunca cerraba las cuentas.

Hay momentos, nos dicen los psicólogos, en los que la pasión por el pecado, o por lo que el mundo llama pecado, domina hasta tal punto nuestro ser, que todas las fibras del cuerpo, al igual que las células del cerebro, no son más que instinto con espantosos impulsos. En tales momentos hombres y mujeres dejan de ser libres. Se dirigen hacia su terrible objetivo como autómatas. Pierden la capacidad de elección, y la conciencia queda aplastada o, si vive, lo hace para llenar de fascinación la rebeldía y dar encanto a la desobediencia. Cuando aquel espíritu poderoso, aquella perversa estrella de la mañana cayó del cielo, lo hizo como rebelde.

Insensible, sin otra meta que el mal, contaminado el espíritu y el alma hambrienta de rebeldía, Dorian Gray se apresuró, acelerando el paso a medida que avanzaba. Pero en el momento en que se desviaba con el fin de penetrar por un pasaje oscuro que con frecuencia le había servido de atajo para llegar al lugar adonde se dirigía, sintió que lo sujetaban por detrás y, antes de que tuviera tiempo para defenderse, se vio arrojado contra el muro, con una mano brutal apretándole la garganta.

Luchó desesperadamente y, con un terrible esfuerzo, logró librarse de la creciente presión de los dedos. Pero un segundo después oyó el chasquido de un revólver y vio el brillo de un cañón que le apuntaba directamente a la cabeza, así como la silueta imprecisa del individuo bajo y robusto que le hacía frente.

-¿Qué quiere? -jadeó.

-Estese quieto -dijo el otro-. Si se mueve, disparo. -Ha perdido el juicio. ¿Qué tiene contra mí?

-Usted destrozó la vida de Sibyl Vane -fue la respuesta-. Y Sibyl Vane era mi hermana. Se suicidó. Lo sé. Usted es el responsable. Juré matarlo. Llevo años buscándolo. No tenía ninguna pista ni el menor rastro. Las dos personas que podían darme una descripción suya han muerto. Sólo sabía el nombre cariñoso que Sibyl utilizaba. Hace un momento lo he oído por casualidad. Póngase a bien con Dios, porque va a morir esta noche.

Dorian Gray se sintió enfermar de miedo.

-No sé de qué me habla -tartamudeó-. Nunca he oído ese nombre. Está usted loco.

-Más le vale confesar su pecado, porque va a morir, tan cierto como que me llamo James Vane.

Durante un terrible momento, Dorian no supo qué hacer ni qué decir.

-¡De rodillas! -gruñó su agresor-. Le doy un minuto para que se arrepienta, nada más. Me embarco para la India, pero antes he de cumplir mi promesa. Un minuto. Eso es todo.

Dorian dejó caer los brazos. Paralizado por el terror, no sabía qué hacer. De repente sé le pasó por la cabeza una loca esperanza.

-Espere -exclamó-. ¿Cuánto hace que murió su hermana? ¡Deprisa, dígamelo!

-Dieciocho años -respondió el marinero-. ¿Por qué me lo pregunta? ¿Qué importancia tiene?

-Dieciocho años -rió Dorian Gray, con acento triunfal en la voz-. ¡Dieciocho años! ¡Lléveme bajo la luz y míreme la cara!

James Vane vaciló un momento, sin entender de qué se trataba. Luego sujetó a Dorian Gray para sacarlo de los soportales.

Si bien la luz, por la violencia del viento, era débil y temblorosa, le permitió de todos modos comprobar el espantoso error que, al parecer, había cometido, porque el rostro de su víctima poseía todo el frescor de la adolescencia, la pureza sin mancha de la juventud. Apenas parecía superar las veinte primaveras; la edad que tenía su hermana, si es que llegaba, cuando él se embarcó por vez primera, hacía ya tantos años. Sin duda no era aquél el hombre que había destrozado la vida de Sibyl.

James Vane aflojó la presión de la mano y dio un paso atrás.


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Mensaje por EURIDICE CANOVA Lun Sep 30, 2013 3:27 am

-¡Dios mío! -exclamó-. ¡Y me disponía a matarlo! Dorian Gray respiró hondamente.

-Ha estado usted a punto de cometer una terrible equivocación -dijo, mirándolo con severidad-. Que le sirva de escarmiento para no tomarse la justicia por su mano.

-Perdóneme -murmuró el otro-. Estaba equivocado. Una palabra oída en ese maldito antro ha hecho que me confundiera.

-Será mejor que vuelva a casa y abandone esa arma. De lo contrario, tendrá problemas -dijo Dorian Gray, dándose la vuelta y alejándose lentamente calle abajo.

James Vane, horrorizado, inmóvil en mitad de la calzada, empezó a temblar de pies a cabeza. Poco después, una sombra oscura que se había ido acercando sigilosamente pegada a la pared, salió a la luz y se le acercó con pasos furtivos. El marinero sintió una mano en el brazo y se volvió a mirar sobresaltado. Era una de las mujeres que bebían en el bar.

-¿Por qué no lo has matado? -le susurró, acercando mucho el rostro ojeroso al de James-. Me di cuenta de que lo seguías cuando saliste corriendo de casa de Daly. ¡Pobre imbécil! Tendrías que haberlo matado. Tiene mucho dinero y es lo peor de lo peor.

-No es el hombre que busco -respondió James Vane-, y no me interesa el dinero de nadie. Quiero una vida. Quien yo busco anda cerca de los cuarenta. Ese que he dejado ir es poco más que un niño. Gracias a Dios no me he manchado las manos con su sangre.

La mujer dejó escapar una risa amarga.

-¡Poco más que un niño! -repitió con voz burlona-. Pobrecito mío, hace casi dieciocho años que el Príncipe Azul hizo de mí lo que soy.

-¡Mientes! -exclamó el marinero.

La mujer levantó los brazos al cielo.

-¡Juro ante Dios que te digo la verdad! -exclamó.

-¿Ante Dios?

-Que me quede muda si no es cierto. Es el peor de toda la canalla que viene por aquí. Dicen que vendió el alma al diablo por una cara bonita. Hace casi dieciocho años que lo conozco. No ha cambiado mucho desde entonces. Yo, en cambio, sí -añadió con una horrible mueca.

-¿Me juras que es cierto?

-Lo juro -las dos palabras salieron como un eco ronco de su boca hundida-. Pero no le digas que lo he denunciado -gimió-. Le tengo miedo. Dame algo para pagarme una cama esta noche.

James Vane se apartó de ella con una imprecación y corrió hasta la esquina de la calle, pero Dorian Gray había desaparecido. Cuando volvió la vista, tampoco encontró a la mujer.



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Mensaje por EURIDICE CANOVA Lun Sep 30, 2013 3:27 am

Capítulo 17


Una semana después, Dorian Gray, en el invernadero de Selby Royal, hablaba con la duquesa de Monmouth, una mujer muy hermosa que, junto con su marido, sexagenario de aspecto fatigado, figuraba entre sus invitados. Era la hora del té y, sobre la mesa, la suave luz de la gran lámpara cubierta de encaje iluminaba la delicada porcelana y la plata repujada del servicio. La duquesa hacía los honores: sus manos blancas se movían armoniosamente entre las tazas, y sus encendidos labios sensuales sonreían escuchando las palabras que Dorian le susurraba al oído. Lord Henry, recostado en un sillón de mimbre cubierto con un paño de seda, los contemplaba. Sentada en un diván color melocotón, lady Narborough fingía escuchar la descripción que le hacía el duque del último escarabajo brasileño que acababa de añadir a su colección. Tres jóvenes elegantemente vestidos de esmoquin ofrecían pastas para el té a algunas de las señoras. Los invitados formaban un grupo de doce personas, y se esperaba que llegaran algunos más al día siguiente.

-¿De qué estáis hablando? -preguntó lord Henry, acercándose a la mesa y dejando la taza-. Confío en que Dorian te haya hablado de mi plan para rebautizarlo todo, Gladys. Es una idea deliciosa.

-Pero yo no quiero cambiar de nombre, Harry -replicó la duquesa, obsequiándole con una maravillosa mirada de reproche-. Me gusta mucho el que tengo, y estoy seguro de que al señor Gray también le satisface el suyo.

-Mi querida Gladys, no os cambiaría el nombre por nada del mundo a ninguno de los dos. Ambos son perfectos. Pensaba sobre todo en las flores. Ayer corté una orquídea para ponérmela en el ojal. Era una pequeña maravilla jaspeada, tan eficaz como los siete pecados capitales. En un momento de inconsciencia le pregunté a uno de los jardineros cómo se llamaba. Me dijo que era un hermoso ejemplar de Robinsoniana o algún otro espanto parecido. Es una triste verdad, pero hemos perdido la capacidad de poner nombres agradables a las cosas. Los nombres lo son todo. Nunca me quejo de las acciones, sólo de las palabras. Ése es el motivo de que aborrezca el realismo vulgar en literatura. A la persona capaz de llamar pala a una pala se la debería forzar a usarla. Es la única cosa para la que sirve.

-Y a ti, Harry, ¿cómo deberíamos llamarte? -preguntó la duquesa.

-Se llama Príncipe Paradoja -dijo Dorian.

-¡No cabe duda de que es él! -exclamó la duquesa.

-De ninguna de las maneras -rió lord Henry, dejándose caer en una silla-. ¡No hay forma de escapar a una etiqueta! Rechazo ese título.

-La realeza no debe abdicar -fue la advertencia que lanzaron unos hermosos labios.

-¿Deseas, entonces, que defienda mi trono?

-Sí.

-Ofrezco las verdades de mañana.

-Prefiero las equivocaciones de hoy -respondió ella. -Me desarmas, Gladys -exclamó lord Henry, advirtiendo lo obstinado de su actitud.

-De tu escudo, pero no de tu lanza.

-Nunca arremeto contra la belleza -dijo él, haciendo un gesto de sumisión con la mano.

-Ése es tu error, Harry, créeme. Valoras demasiado la belleza.

-¿Cómo puedes decir eso? Reconozco que, en mi opinión, es mejor ser hermoso que bueno. Pero, por otra parte, nadie está más dispuesto que yo a admitir que es mejor ser bueno que feo.

-En ese caso, ¿la fealdad es uno de los siete pecados capitales? -exclamó la duquesa-. ¿Y qué sucede con tu metáfora sobre la orquídea?

-La fealdad es una de las siete virtudes capitales, Gladys. Tú, como buena tory, no debes subestimarlas. La cerveza, la Biblia y las siete virtudes capitales han hecho de nuestra Inglaterra lo que es.

-¿Quiere eso decir que no te gusta tu país? -preguntó la duquesa.

-Vivo en él.

-Para poder censurarlo mejor.

-¿Prefieres que acepte el veredicto de Europa? -quiso saber lord Henry.

-¿Qué dicen de nosotros?

-Que Tartufo ha emigrado a Inglaterra y ha abierto una tienda.

-¿Es eso de tu cosecha, Harry?

-Te lo regalo.

-No podría utilizarlo. Es demasiado cierto.

-No tienes por qué asustarte. Nuestros compatriotas nunca reconocen una descripción.

-Son gente práctica.

-Son más astutos que prácticos. A la hora de la contabilidad, compensan estupidez con riqueza y vicio con hipocresía.

-Hemos hecho grandes cosas, de todos modos.

-Grandes cosas se nos han venido encima, Gladys.

-Hemos cargado con su peso.

-Sólo hasta el edificio de la Bolsa.

La duquesa movió la cabeza.

-Creo en la raza -exclamó.

-La raza representa el triunfo de los arribistas.

-Eso significa progreso.

-La decadencia me fascina más.

-¿Y dónde dejas el arte? -preguntó ella.

-Es una enfermedad.

-¿El amor?

-Una ilusión.

-¿La religión?

-El sucedáneo elegante de la fe.

-Eres un escéptico.

-¡Jamás! El escepticismo es el comienzo de la fe.

-¿Qué eres entonces?

-Definir es limitar.

-Dame una pista.

-Los hilos se rompen. Te perderías en el laberinto.

-Me desconciertas. Hablemos de otras personas.

-Nuestro anfitrión es un tema inmejorable. Hace años le pusieron el nombre de Príncipe Azul.

-¡Ah! No me lo recuerdes -exclamó Dorian Gray.

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Mensaje por EURIDICE CANOVA Lun Sep 30, 2013 3:28 am

-Nuestro anfitrión no está hoy demasiado amable -respondió la duquesa, ruborizándose-. En mi opinión, cree que Monmouth se casó conmigo por razones puramente científicas, por ser el mejor ejemplar disponible de la mariposa moderna.

-Espero que no la retenga clavándole alfileres, duquesa -rió Dorian.

-Eso ya lo hace mi doncella, señor Gray, cuando está enfadada conmigo.

-Y, ¿qué motivos tiene para enfadarse con usted, duquesa?

-Las cosas más triviales, señor Gray, se lo aseguro. De ordinario me presento a las nueve menos diez y le digo que debo estar vestida para las ocho y media.

-¡Qué poco razonable por su parte! Debería usted despedirla.

-No me atrevo, señor Gray. Inventa sombreros para mí, sin ir más lejos. ¿Recuerda el que me puse para la fiesta al aire libre de lady Hilstone? Claro que no, pero es usted muy amable fingiendo lo contrario. Bien: me lo hizo ella de nada. Todos los buenos sombreros están hechos de nada.

-Como todas las buenas reputaciones, Gladys -le interrumpió lord Henry-. Cada efecto que uno produce le crea un enemigo. Para conseguir la popularidad hay que ser mediocre.

-No en el caso de las mujeres -dijo la duquesa agitando la cabeza-; y las mujeres gobiernan el mundo. Te aseguro que no soportan a los mediocres. Nosotras las mujeres, como dice alguien, amamos con los oídos, igual que vosotros, los hombres, amáis con los ojos, si es que amáis alguna vez.

-Yo diría que apenas hacemos otra cosa -murmuró Dorian.

-En ese caso, señor Gray, usted nunca ama de verdad -dijo la duquesa con fingida tristeza.

-¡Mi querida Gladys! -exclamó lord Henry-. ¿Cómo puedes decir eso? El sentimiento romántico se alimenta de la repetición, y la repetición convierte un apetito en arte. Además, cada vez que se ama es la única vez que se ha amado nunca. La diversidad del objeto no altera la unicidad de la pasión. Tan sólo la intensifica. En el mejor de los casos, sólo podemos tener una experiencia en la vida, y el secreto es reproducirla con la mayor frecuencia posible.

-¿Incluso cuando se ha quedado herido por ella, Harry? -preguntó la duquesa después de una pausa. -Sobre todo cuando uno ha quedado herido -respondió lord Henry.

La duquesa se volvió a mirar a Dorian Gray con una curiosa expresión en los ojos.

-¿Qué dice usted a eso, señor Gray? -quiso saber. Dorian vaciló un momento. Luego echó la cabeza hacia atrás y rió.

-Siempre estoy de acuerdo con Harry, duquesa. -¿Incluso cuando se equivoca?

-Harry nunca se equivoca, duquesa.

-Y, ¿le hace feliz su filosofía?

-La felicidad no ha sido nunca mi objetivo. ¿Quién quiere felicidad? Siempre he buscado el placer.

-¿Y lo ha encontrado, señor Gray?

-Con frecuencia. Con demasiada frecuencia.

La duquesa suspiró.

-Mi objetivo es la paz -dijo-. Y si no me marcho y me visto no tendré ninguna esta noche.

-Permítame traerle unas orquídeas, duquesa -exclamó Dorian, poniéndose en pie y alejándose hacia el fondo del invernadero.

-Coqueteas desaforadamente con él -le dijo lord Henry a su prima-. Te aconsejo prudencia. Es una criatura fascinante.

-Si no lo fuera, no habría lucha.

-¿Se trata entonces de un griego contra otro?

-Yo estoy de parte de los troyanos. Lucharon por una mujer.

-Fueron derrotados.

-Hay cosas peores que ser capturado -respondió ella.

-Te lanzas al galope y sueltas las riendas.

-La velocidad es vida -fue su respuesta.

-Lo anotaré esta noche en mi diario.

-¿Qué anotarás?

-Que a un niño con quemaduras le gusta el fuego.

-Ni siquiera me he chamuscado. Tengo las alas intactas.

-Las usas para todo menos para volar.

-El valor ha pasado de los hombres a las mujeres. Es una nueva experiencia para nosotras.

-Tienes una rival. -¿Quién?

Su primo se echó a reír.

-Lady Narborough-susurró-. Lo adora.

-Me llenas de aprensión. Las románticas no podemos competir con el atractivo de la Antigüedad.

-¡Románticas! Empleáis todos los métodos de la ciencia.

-Los hombres nos han educado.

-Pero no os han explicado.

-Describe a las mujeres -fue su desafío.

-Esfinges sin secretos.

Lo miró, sonriendo.

-¡Cuánto tarda el señor Gray! -dijo-. Vayamos a ayudarle. No le he dicho el color de mi vestido.

-¡Ah! tendrás que elegir el vestido de acuerdo con sus flores, Gladys.

-Eso sería una rendición prematura.

-El arte romántico empieza en el momento culminante.

-He de reservarme una posibilidad de retirada.

-¿A la manera de los partos?

-Encontraron la salvación en el desierto. Eso no está a mi alcance.

-A las mujeres no siempre se les permite escoger -respondió lord Henry.

Pero apenas terminada la frase, del extremo más alejado del invernadero llegó un gemido ahogado, seguido del ruido sordo de una caída. Todo el mundo se sobresaltó. La duquesa permaneció inmóvil, horrorizada. Y lord Henry, el miedo en los ojos, corrió entre palmeras agitadas hasta encontrar a Dorian Gray tumbado boca abajo sobre el suelo enlosado, víctima de un desvanecimiento semejante a la muerte.

Se le transportó al instante al salón azul, colocándolo sobre uno de los sofás. Poco después recobró el conocimiento y miró a su alrededor con aire desconcertado.

-¿Qué ha sucedido? -preguntó-. ¡Ah! Ya recuerdo. ¿Estoy a salvo aquí, Harry? -y empezó a temblar.

-Mi querido Dorian -respondió lord Henry-, no has hecho más que desmayarte. Eso ha sido todo. Debes de haberte fatigado más de la cuenta. Será mejor que no bajes a cenar. Yo haré tus veces.

-No; bajaré -dijo, poniéndose en pie con algún esfuerzo-. Prefiero hacerlo. No debo quedarme solo.

Fue a su habitación para vestirse. Cuando se sentó a la mesa, había en su actitud una extraña alegría temeraria, aunque, de cuando en cuando, le recorría un estremecimiento al recordar que, aplastado, como un pañuelo blanco, contra el cristal del invernadero, había visto el rostro de James Vane que lo vigilaba.


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Mensaje por EURIDICE CANOVA Lun Sep 30, 2013 3:29 am

Capítulo 18


Al día siguiente Dorian Gray no salió de la casa y, de hecho, pasó la mayor parte del tiempo en su habitación, presa de un loco miedo a morir y, sin embargo, indiferente a la vida. El convencimiento de ser perseguido, de que se le tendían trampas, de estar acorralado, empezaba a dominarlo. Si el viento agitaba ligeramente los tapices, se echaba a temblar. Las hojas secas arrojadas contra las vidrieras le parecían la imagen de sus resoluciones abandonadas y de sus vanos remordimientos. Cuando cerraba los ojos, veía de nuevo el rostro del marinero mirando a través del cristal empañado por la niebla, y creía sentir una vez más cómo el horror le oprimía el corazón.

Aunque quizás sólo su imaginación hubiera hecho surgir la venganza de la noche, colocando ante sus ojos las formas horribles del castigo. La vida real era caótica, pero la imaginación seguía una lógica terrible. La imaginación enviaba al remordimiento tras las huellas del pecado. La imaginación hacía que cada delito concibiera su monstruosa progenie. En el universo ordinario de los hechos no se castigaba a los malvados ni se recompensaba a los buenos. El éxito correspondía a los fuertes y el fracaso recaía sobre los débiles. Eso era todo. Además, si algún desconocido hubiera merodeado por los alrededores de la casa, los criados o los guardas lo hubieran visto. Si se hubieran encontrado huellas en los arriates, los jardineros habrían informado de ello. Sin duda se trataba sólo de su imaginación. El hermano de Sibyl Vane no había venido hasta Selby Royal para matarlo. Se había hecho a la mar en su barco para irse finalmente a pique en algún mar invernal. De él, al menos, nada tenía que temer. Aquel pobre desgraciado ni siquiera sabía quién era, no podía saber quién era. La máscara de la juventud lo había salvado.

Pero si sólo había sido una ilusión, ¡qué terrible pensar que la conciencia pudiera engendrar fantasmas tan temerosos, dándoles forma visible, haciendo que se movieran como seres reales! ¿Qué clase de vida sería la suya si, de día y de noche, sombras de su crimen le observaban desde rincones silenciosos, se burlaban de él desde lugares secretos, le susurraban al oído en medio de un banquete, lo despertaban con dedos helados mientras dormía? Al presentársele aquella idea en el cerebro, palideció de terror y tuvo la impresión de que el aire se había enfriado de repente. ¡En qué espantosa hora de locura había asesinado a su amigo! ¡Qué atroz el simple recuerdo de la escena! Volvía a verlo todo. Cada odioso detalle se le aparecía con renovado horror. De la negra caverna del tiempo, terrible y envuelva en escarlata, se alzaba la imagen de su pecado. Cuando lord Henry se presentó a las seis en punto, lo encontró llorando como alguien a quien está a punto de rompérsele el corazón.

Tan sólo al tercer día se aventuró a salir. Había algo en el aire límpido de aquella mañana de invierno, en la que flotaba el aroma de los pinos, que pareció devolverle la alegría y el ansia de vivir. Pero no sólo las condiciones exteriores habían provocado el cambio. Su propia naturaleza se rebelaba contra el exceso de angustia que había tratado de alterar, de mutilar, su serenidad perfecta. Siempre es así con temperamentos sutiles y delicados. Sus pasiones ardientes hieren o ceden. Matan o mueren. Los sufrimientos y los amores superficiales viven largamente. A los grandes amores y sufrimientos los destruye su propia plenitud. Dorian Gray estaba convencido además de haber sido víctima de una imaginación aterrorizada, y veía ya los temores de ayer con un poco de compasión y una buena dosis de desprecio.

Después del desayuno paseó con la duquesa por el jardín durante una hora, y luego atravesó el parque en coche para reunirse con la partida de caza. La escarcha matinal recubría la hierba como un manto de sal. El cielo era una copa invertida de metal azul. Una delgada capa de hielo bordeaba el lago inmóvil donde crecían los juncos.

En el límite del pinar reconoció a sir Geoffrey Clouston, el hermano de la duquesa, que expulsaba dos cartuchos vacíos de su escopeta de caza. Apeándose del vehículo, después de decirle al palafrenero que regresara con la yegua, se abrió camino hacia su invitado entre los helechos secos y la espesa maleza.

-¿Buena caza, Geoffrey? -preguntó.

-No demasiado buena, Dorian. Me parece que la mayoría de las aves han salido ya a cielo abierto. Espero que tengamos más suerte después del almuerzo, cuando iniciemos otra batida.

Dorian caminó a su lado. El aire intensamente aromático, los resplandores marrones y rojos que aparecían momentáneamente en el pinar, los gritos roncos de los ojeadores que resonaban de cuando en cuando y el ruido seco de las detonaciones que los seguían eran para él motivo de fascinación, y lo llenaban de un delicioso sentimiento de libertad. Le dominaba la despreocupación de la felicidad, la suprema indiferencia de la alegría.

De repente, de una espesa mata de hierbas amarillentas, a unos veinte metros de donde ellos se encontraban, erguidas las orejas de puntas negras, avanzando a saltos sobre sus largas patas traseras, salió una liebre, que se dirigió de inmediato hacia un grupo de alisos. Sir Geoffrey se llevó la escopeta al hombro, pero algo en los ágiles movimientos del animal cautivó extrañamente a Dorian Gray, quien gritó de inmediato:

-¡No dispares, Geoffrey! Déjala vivir.

-¡Qué absurdo, Dorian! -rió Clouston, disparando cuando la liebre entraba de un salto en la espesura. Se, oyeron dos gritos: el de la liebre herida de muerte, que es terrible, y el de un ser humano agonizante, que es todavía peor.

-¡Cielo santo! ¡He alcanzado a un ojeador! -exclamó sir Geoffrey-. ¡Qué estupidez ponerse delante de las escopetas! ¡Dejen de disparar! -gritó con todas sus fuerzas-. Hay un herido.

El guarda mayor llegó corriendo con un bastón en la mano.

-¿Dónde, señor? ¿Dónde está? -gritó. Al mismo tiempo cesó el fuego en toda la línea.

-Ahí -respondió muy irritado sir Geoffrey, acercándose al bosquecillo-. ¿Por qué demonios no controla a sus hombres? Me han echado a perder toda una jornada de caza.

Dorian los contempló mientras penetraban en el alisal, apartando las delgadas ramas flexibles. Al verlos reaparecer a los pocos momentos, arrastrando un cuerpo sin vida que llevaron hasta el sol, se dio la vuelta horrorizado. Le pareció que las desgracias lo seguían dondequiera que iba. Oyó preguntar a sir Geoffrey si aquel hombre estaba realmente muerto, y la respuesta afirmativa del guarda mayor. Tuvo de pronto la impresión de que el bosque se había llenado de rostros. Oía los pasos de miles de pies y un murmullo confuso de voces. Un gran faisán de pecho cobrizo pasó aleteando entre las ramas más altas.

Después de unos momentos que fueron para él, dada la agitación de su espíritu, como interminables horas de dolor, sintió que una mano se posaba en su hombro. Sobresaltado, volvió la vista.

-Dorian -dijo lord Henry-. Será mejor decirles que por hoy se ha terminado la caza. No parecería bien seguir adelante.

-Me gustaría detenerla para siempre, Harry -respondió amargamente-. Todo es horrible y cruel. ¿Está...?

No pudo terminar la frase.

-Mucho me temo -replicó lord Henry-. La descarga le alcanzó de lleno en el pecho. Debe de haber muerto de manera casi instantánea. Ven; volvamos a casa.

Echaron a andar, uno al lado del otro, en dirección al paseo, y recorrieron casi cincuenta metros sin hablar. Luego Dorian miró a lord Henry y dijo, con un hondo suspiro:

-Es un mal presagio, Harry; un pésimo presagio.

-¿A qué te refieres? -preguntó lord Henry-. Ah, hablas del accidente, imagino. Pero, ¿quién podía preverlo? La culpa ha sido suya. ¿Qué hacía por delante de la línea de fuego? En cualquier caso no es asunto nuestro. Molesto para Geoffrey, sin duda. No está bien visto agujerear ojeadores. Hace pensar a la gente que uno no sabe dónde tira. Y Geoffrey lo sabe perfectamente; donde pone el ojo pone la bala. Pero no sirve de nada hablar de este asunto.

Dorian hizo un gesto negativo con la cabeza.

-Es un mal presagio, Harry. Siento como si algo horrible nos fuese a suceder a alguno de nosotros. A mí, tal vez -añadió, pasándose las manos por los ojos, con un gesto de dolor.

Su amigo de más edad se echó a reír.

-Lo único horrible en el mundo es el ennui, Dorian. Ése es el único pecado que no tiene perdón. Pero no es probable que lo padezcamos, a no ser que nuestros amigos sigan hablando durante la cena de lo sucedido. He de decirles que es un tema tabú. En cuanto a presagios, no existe nada semejante. El destino no nos envía heraldos. Es demasiado prudente o demasiado cruel para eso. Además, ¿qué demonios podría sucederte? Tienes todo lo que un hombre puede desear. Cualquiera se cambiaría por ti.

-No hay nadie con quien yo no estaría dispuesto a cambiarme, Harry. No te rías así. Te estoy diciendo la verdad. Ese pobre campesino que acaba de morir es más afortunado que yo. No le tengo miedo a la muerte. Es su forma de llegar lo que me aterroriza. Sus alas monstruosas parecen girar en el aire plomizo a mi alrededor. ¡Dios del cielo! ¿No has visto a un hombre moviéndose detrás de aquellos árboles, un individuo que me vigila, que me está esperando?

Lord Henry miró en la dirección que señalaba la temblorosa mano enguantada.

-Sí -dijo sonriendo-; veo un jardinero que te espera. Imagino que desea preguntarte qué flores quieres esta noche en la mesa. ¡Qué increíblemente nervioso estás, mi querido amigo! Has de ir a ver a mi médico cuando vuelvas a Londres.

Dorian dejó escapar un suspiro de alivio al ver acercarse al jardinero, quien, llevándose la mano al sombrero, miró un momento a lord Henry, como dubitativo, y luego sacó una carta, que entregó a su amo.

-Su gracia me ha dicho que esperase la respuesta -murmuró.

Dorian se guardó la carta en el bolsillo.

-Dígale a su gracia que llegaré enseguida -respondió con frialdad. El mensajero se dio la vuelta, regresando rápidamente hacia la casa.

-¡Cuánto les gusta a las mujeres hacer cosas peligrosas! -rió lord Henry-. Es una de las cualidades que más admiro en ellas. Una mujer puede coquetear con cualquiera con tal de que haya otras personas mirando.

-¡Cuánto te gusta decir cosas peligrosas, Harry! En este caso te equivocas por completo. Me gusta mucho la duquesa, pero no estoy enamorado de ella.

-Y la duquesa te quiere más de lo que le gustas, de manera que estáis perfectamente emparejados.

-¡Eso es difamación, Harry, y nunca hay motivo alguno para la difamación!

-El fundamento de toda difamación es una certeza inmoral -dijo lord Henry encendiendo un cigarrillo. -Sacrificarías a cualquiera por un epigrama.

-El mundo camina hacia el ara por decisión propia -fue la respuesta.

-Me gustaría ser capaz de amar -exclamó Dorian Gray con una nota de profundo patetismo en la voz-. Pero se diría que he perdido la pasión y olvidado el deseo. Estoy demasiado centrado en mí mismo. Mi personalidad se ha convertido en una carga. Quiero escapar, alejarme, olvidar. Ha sido una tontería volver aquí. Creo que voy a telegrafiar a Harvey para que prepare el yate. En el yate estaré a salvo.

-¿A salvo de qué, Dorian? Tienes algún problema. ¿Por qué no me dices de qué se trata? Sabes que te ayudaría. -No te lo puedo decir, Harry-respondió con tristeza-. Y supongo que sólo se trata de mi imaginación. Ese desgraciado accidente me ha trastornado. Tengo un horrible presentimiento de que algo parecido puede sucederme a mí.

-¡Qué absurdo!

-Espero que tengas razón, pero así es como lo siento. ¡Ah! Ahí está la duquesa, que parece Artemisa en traje sastre. Ya ve que estamos de regreso, duquesa.

-Me han informado de todo, señor Gray -respondió ella-. El pobre Geoffrey está terriblemente afectado. Y al parecer usted le había pedido que no disparase contra la liebre. ¡Qué curioso!

-Sí; muy curioso. No sé qué fue lo que me empujó a decirlo. Un impulso repentino, supongo. Me pareció una bestiecilla encantadora. Siento que le hayan hablado del ojeador. Es una cosa lamentable.

-Es un tema molesto -intervino lord Henry-. Carece de valor psicológico. En cambio, si Geoffrey lo hubiera hecho aposta, ¡qué interesante sería! Me gustaría conocer a un verdadero asesino.

-¡Qué desagradable eres, Harry! -exclamó la duquesa-. ¿No le parece, señor Gray? Harry, el señor Gray vuelve a no encontrarse bien. Me parece que se va a desmayar. Dorian hizo un esfuerzo para reponerse y sonrió.

-No es nada, duquesa -murmuró-; tan sólo que estoy muy nervioso. Nada más que eso. Me temo que he caminado demasiado esta mañana. No he oído lo que ha dicho Harry. ¿Algo muy inconveniente? Me lo tendrá que contar en otra ocasión. Creo que voy a ir a tumbarme un rato. Me disculpará usted, ¿no es cierto?

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Mensaje por EURIDICE CANOVA Lun Sep 30, 2013 3:31 am

Habían llegado ya a la gran escalera que llevaba desde el invernadero hasta la terraza. Mientras la puerta de cristal se cerraba detrás de Dorian, lord Henry se volvió y miró a su prima con ojos lánguidos.

-¿Estás muy enamorada de él? -preguntó.

La duquesa tardó algún tiempo en contestar, contemplando, inmóvil, el paisaje.

-Me gustaría saberlo -dijo, finalmente.

Lord Henry movió la cabeza.

-Saberlo sería fatal. Es la incertidumbre lo que nos atrae. Un poco de niebla mejora mucho las cosas.

-Se puede perder el camino.

-Todos los caminos llevan al mismo sitio, mi querida Gladys.

-¿Que es...?

-La desilusión.

-Fue mi debut en la vida -suspiró la duquesa.

-Pero llegó con la corona ducal.

-Estoy harta de hojas de fresa.

-Te sientan bien.

-Sólo en público.

-Las echarías de menos -dijo lord Henry.

-No renunciaría ni a un pétalo.

-Monmouth tiene oídos.

-Los ancianos son duros de oído.

-¿No ha tenido nunca celos?

-Ojalá los hubiera tenido.

Lord Henry miró a su alrededor como si buscara algo.

-¿Qué estás buscando? -preguntó ella.

-El botón de tu florete -respondió él-. Se te acaba de caer.

La duquesa se echó a reír.

-Todavía me queda la máscara.

-Hace que tus ojos parezcan todavía más hermosos -fue su respuesta.

Su prima volvió a reír. Sus dientes brillaron como simientes blancas en un fruto escarlata.

En el piso alto, Dorian Gray estaba tumbado en un sofá de su cuarto, sintiendo vibrar de terror todas las fibras de su cuerpo. De repente la vida se había convertido en un peso insoportable. La horrible muerte del desdichado ojeador, derribado entre la maleza como un animal salvaje, le había parecido una prefiguración de su propia muerte. Casi se había desmayado al oír la broma cínica que lord Henry había lanzado al azar.

A las cinco llamó a su criado y le ordenó que le preparase una maleta para regresar a Londres en el expreso de la noche, y que la berlina estuviera delante de la puerta a las ocho y media. Había decidido no dormir una noche más en Selby Royal. Era un lugar de malos augurios. La muerte se paseaba por allí a la luz del día. La hierba del bosque se había manchado de sangre.

Luego escribió una nota para lord Henry, diciéndole que regresaba a Londres para consultar a su médico, y pidiéndole que distrajera a sus huéspedes durante su ausencia. Cuando la estaba metiendo en el sobre, oyó llamar a la puerta, y su ayuda de cámara le informó de que el guarda mayor quería verlo.

Dorian Gray frunció el ceño y se mordió los labios. -Dígale que pase -murmuró, después de una breve vacilación.

Tan pronto como entró su visitante, Dorian sacó de un cajón el talonario de cheques y lo abrió.

-Imagino, Thornton, que viene para hablarme del desafortunado accidente de esta mañana -dijo, empuñando la pluma.

-Así es, señor -respondió el guardabosque.

-¿Estaba casado ese pobre infeliz? ¿Tenía personas a su cargo? -preguntó Dorian, con aire aburrido-. Si es así, no quisiera que pasaran necesidades, y estoy dispuesto a enviarles la cantidad que usted considere necesaria.

-No sabemos quién es, señor. Eso es lo que me he tomado la libertad de venir a decirle.

-¿No saben quién es? -preguntó Dorian distraídamente-. ¿Qué quiere decir? ¿No era uno de sus hombres?

-No, señor. No lo había visto nunca. Parece un marinero, señor.

A Dorian Gray se le cayó la pluma de la mano, y tuvo la sensación de que el corazón dejaba de latirle.

-¿Un marinero? -exclamó-. ¿Ha dicho un marinero? -Sí, señor. Parece como si hubiera sido marinero o algo parecido; tatuajes en los dos brazos y otras cosas por el estilo.

-¿Llevaba algo encima? -preguntó Dorian, inclinándose hacia adelante y mirando al guardabosque con ojos llenos de sobresalto-. ¿Algo que nos permita saber su nombre?

-Algo de dinero, señor, no mucho, y un revólver de seis tiros. Nada que lo identifique. Aspecto de persona decente, sin ser un caballero. Algo así como un marinero, creemos nosotros.

Dorian se puso en pie. Una imposible esperanza le rozó con su ala y se agarró a ella con frenesí.

-¿Dónde está el cadáver? -exclamó-. ¡Deprisa! He de verlo cuanto antes.

-En un establo vacío de la granja, señor. Nadie quiere tener una cosa así en su casa. Dicen que un cadáver trae mala suerte.

-¡La granja! Vaya inmediatamente allí y espéreme. Diga a uno de los mozos de cuadra que me traiga el caballo. No. No se preocupe. Iré yo al establo. Ahorraremos tiempo.

En menos de un cuarto de hora Dorian Gray galopaba por la gran avenida. Los árboles parecían desfilar a ambos lados como un cortejo de fantasmas, y sombras extrañas se arrojaban furiosamente en su camino. En una ocasión la yegua hizo un extraño ante un poste blanco y estuvo a punto de derribarlo. Dorian le golpeó el cuello con la fusta. El animal se adentró en la oscuridad como una flecha. Sus cascos hacían volar los guijarros.

Finalmente llegó a la granja y encontró a dos hombres ociosos en el patio. Dorian saltó de la silla y le arrojó a uno de ellos las riendas. En el establo más distante parpadeaba una luz. Algo le dijo que allí se hallaba el cadáver. Corrió hacia la puerta y puso la mano en el picaporte.

Luego se detuvo un momento, sintiendo que estaba a punto de hacer un descubrimiento que haría renacer su vida o la destruiría. A continuación abrió la puerta de golpe y entró.

Sobre un montón de sacos vacíos, y en el rincón más alejado de la puerta, yacía el cadáver de un hombre vestido con una camisa de tela basta y unos pantalones azules. Sobre el rostro le habían colocado un pañuelo de lunares. Una vela de mala calidad, hundida en el cuello de una botella, chisporroteaba a su lado.

Dorian Gray se estremeció. Sintió que no podía ser su mano la que retirase el pañuelo, y pidió a uno de los gañanes que se acercara.

-Quítenle eso que tiene sobre la cara. Quiero verlo -dijo, agarrándose a la jamba de la puerta para no caer.

Cuando el gañán hizo lo que le pedían, Dorian Gray se adelantó. De sus labios escapó un grito de alegría. El hombre muerto entre la maleza era James Vane.

Permaneció allí unos minutos contemplando el cadáver. Luego regresó a la casa principal con los ojos llenos de lágrimas, sabiendo que estaba, a salvo.
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Mensaje por EURIDICE CANOVA Lun Sep 30, 2013 3:32 am

Capítulo 19


-No me digas que vas a ser bueno -exclamó lord Henry, sumergiendo los dedos en un cuenco de cobre rojo lleno de agua de rosas-. Eres absolutamente perfecto. Haz el favor de no cambiar.

Dorian Gray movió la cabeza.

-No, Harry, no. He hecho demasiadas cosas horribles en mi vida. No voy a hacer ninguna más. Ayer empecé con las buenas acciones.

-¿Dónde estuviste ayer?

-En el campo, Harry. Solo, en una humilde posada. -Mi querido muchacho -dijo lord Henry sonriendo-, cualquiera puede ser bueno en el campo, donde no existen tentaciones. Ése es el motivo de que las personas que no habitan en ciudades vivan todavía en estado de barbarie. La civilización no es algo que se consiga fácilmente. Sólo hay dos maneras. O se es culto o se está corrompido. La gente del campo carece de ocasiones para ambas cosas, de manera que sólo conocen el estancamiento. -Cultura y corrupción -repitió Dorian-. Sé algo acerca de esas dos cosas. Ahora me parece terrible que vayan alguna vez unidas. Porque tengo un nuevo ideal, Harry. Voy a cambiar. Creo que ya he cambiado.

-No me has contado cuál ha sido tu buena acción de ayer. ¿O fue más de una? -preguntó su interlocutor, mientras vertía sobre su plato una pequeña pirámide carmesí de fresas maduras, blanqueándolas luego con azúcar mediante una cuchara perforada en forma de concha.

-Te lo puedo contar a ti, Harry, aunque a nadie más. Renuncié a perjudicar a una persona. Parece pretencioso, pero ya entiendes lo que quiero decir. Era muy hermosa, y extraordinariamente parecida a Sibyl Vane. Creo que fue eso lo primero que me atrajo de ella. Te acuerdas de Sibyl, ¿no es cierto? ¡Cuánto tiempo parece que ha pasado! Hetty, por supuesto, no es una persona de nuestra posición, tan sólo una chica de pueblo. Pero me había enamorado. Estoy completamente seguro de que la quería. Durante todo este mes de mayo tan maravilloso que hemos disfrutado iba a verla dos o tres veces por semana. Ayer se reunió conmigo en un huerto. Las flores de los manzanos le caían sobre el pelo y se reía mucho. Íbamos a escaparnos juntos hoy por la mañana al amanecer. De repente decidí que no cambiara por mi culpa.

-Imagino que la novedad de ese sentimiento te habrá proporcionado un estremecimiento de auténtico placer -le interrumpió lord Henry-. Pero estoy
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Mensaje por EURIDICE CANOVA Lun Sep 30, 2013 3:32 am

en condiciones de contarte el final de tu idilio. Le diste buenos consejos y le rompiste el corazón. Ése ha sido el comienzo de tu enmienda.

-¡Qué desagradable eres, Harry! No debes decir cosas tan espantosas. A Hetty no se le ha roto el corazón. Lloró, por supuesto, y todo lo demás. Pero no ha perdido la honra. Puede vivir, como Perdita, [18] en su jardín de menta y caléndulas.

[18] La protagonista, junto con el príncipe Florisel, de El cuento de invierno, de Shakespeare.

-Y llorar por la infidelidad de Florisel -dijo lord Henry, riendo, mientras se inclinaba hacia atrás en la silla-. Mi querido Dorian, tienes curiosas ideas de adolescente. ¿De verdad crees que esa muchacha se contentará ahora con alguien de su posición? Imagino que algún día la casarán con un carretero mal hablado o con un labrador chistoso. Y el hecho de haberte conocido, y de haberte amado, le permitirá despreciar a su marido, lo que la hará perfectamente desgraciada. Desde el punto de vista de la moral, no puedo decir que tu gran renuncia me impresione demasiado. Incluso como modesto principio es muy poquita cosa. Además, ¿quién te dice que en este momento Hetty no flota en algún estanque iluminado por las estrellas y rodeada de lirios, como Ofelia?

-¡Eres insoportable, Harry! Te burlas de todo y acto seguido imaginas las tragedias más espantosas. Siento habértelo contado. Me tiene sin cuidado lo que digas. Sé que he actuado bien. ¡Pobre Hetty! Cuando pasé a caballo esta mañana por delante de su granja, vi su rostro en la ventana, como un ramillete de jazmines. Vamos a no hablar más de ello, y no trates de convencerme de que mi primera buena acción en muchos años, el primer intento de autosacrificio de toda mi vida es en realidad otro pecado más. Quiero ser mejor. Voy a ser mejor. Cuéntame algo sobre ti. ¿Qué está pasando en Londres? Hace días que no voy por el club.

-La gente sigue hablando de la desaparición del pobre Basil.

-Yo pensaba que ya se habrían cansado después de tanto tiempo -exclamó Dorian, sirviéndose un poco más de vino y frunciendo ligeramente el ceño.

-Mi querido muchacho, sólo llevan seis semanas hablando de ello, y el público británico necesita tres meses para soportar la tensión mental que requiere un cambio de tema. De todos modos, ha tenido bastante suerte en estos últimos tiempos. Primero fue el caso de mi divorcio y el suicidio de Alan Campbell. Ahora se les ofrece la misteriosa desaparición de un artista. Scotland Yard sigue insistiendo en que la persona con un abrigo gris que el nueve de noviembre tomó el tren de medianoche camino de Francia era el pobre Basil, y la policía gala afirma que Hallward nunca llegó a París. Supongo que dentro de un par de semanas se nos dirá que lo han visto en San Francisco. Es una cosa extraña, pero de todas las personas que desaparecen acaba diciéndose que las han visto en San Francisco. Debe de ser una ciudad encantadora, y posee todos los atractivos del mundo venidero.

-¿Qué crees tú que le ha sucedido a Basil? -preguntó Dorian, colocando la copa de borgoña a contraluz, y preguntándose cómo era posible que hablara de aquel asunto con tanta calma.

-No tengo ni la más remota idea. Si Basil decide esconderse no es asunto mío. Si ha muerto, no quiero pensar en él. La muerte es la única cosa que de verdad me aterra. La aborrezco.

-¿Por qué? -preguntó el más joven con tono cansado.

-Porque -respondió lord Henry, llevándose a la nariz una vinagrera dorada y aspirando el olor- en la actualidad se puede sobrevivir a todo, pero no a eso. La muerte y la vulgaridad son los dos hechos del siglo XIX que carecen de explicación. El café lo tomaremos en la sala de música, Dorian. Has de tocar a Chopin en mi honor. El individuo con quien se escapó mi mujer tocaba Chopin de manera verdaderamente exquisita. ¡Pobre Victoria! Le tenía mucho cariño. La casa se ha quedado muy sola sin ella. Por supuesto la vida matrimonial no es más que una costumbre, una mala costumbre. Pero la verdad es que lamentamos la pérdida incluso de nuestras peores costumbres. Quizá sean las que más lamentamos. Son una parte demasiado esencial de nuestra personalidad.

Dorian no dijo nada, pero se levantó de la mesa y, pasando a la habitación vecina, se sentó ante el piano y dejó que sus dedos se perdieran sobre el marfil blanco y negro de las teclas. Cuando trajeron el café dejó de tocar y, volviéndose hacia lord Henry, dijo:

-Harry, ¿se te ha ocurrido pensar alguna vez que quizá Basil Hallward haya muerto asesinado?

Lord Henry bostezó.

-Basil era muy popular, y siempre llevaba un reloj Waterbury. [19] ¿Por qué tendrían que haberlo asesinado? No era lo bastante inteligente como para hacerse enemigos. Es cierto que poseía un gran talento para la pintura. Pero una persona puede pintar como Velázquez y ser perfectamente aburrido. Basil lo era. Sólo me interesó una vez, y fue cuando me dijo, hace años, que te adoraba locamente, y que eras el motivo dominante de su arte.

[19] Waterbury es una ciudad de Connecticut, famosa por entonces debido a los relojes baratos que fabricaba.

-Yo le tenía mucho cariño -dijo Dorian con una nota de tristeza en la voz-. Pero, ¿no dice la gente que lo han asesinado?

-Lo dicen algunos periódicos, pero a mí no me parece nada probable. Sé que hay lugares terribles en París, pero Basil no era el tipo de persona que va a esos sitios. No tenía curiosidad. Era su principal defecto.

-¿Qué dirías, Harry, si te confesara que había asesinado a Basil? -dijo el más joven. Luego se lo quedó mirando fijamente.

-Diría, mi querido amigo, que tratas de representar un papel que no te va en absoluto. Todo delito es vulgar, de la misma manera que todo lo vulgar es delito. No está en tu naturaleza, Dorian, cometer un asesinato. Siento herir tu vanidad diciéndolo, pero te aseguro que es verdad. El crimen pertenece en exclusiva a las clases bajas. No se lo censuro ni por lo más remoto. Imagino que para ellos es como el arte para nosotros, una manera de procurarse sensaciones extraordinarias.

-¿Una manera de procurarse sensaciones? ¿Crees, entonces, que una persona que una vez ha cometido un asesinato podría reincidir en el mismo delito? No me digas que eso es cierto.

-Cualquier cosa se convierte en placer si se hace con suficiente frecuencia -exclamó lord Henry, riendo-. Ése es uno de los secretos más importantes de la vida. Pero me parece, de todos modos, que el asesinato es siempre una equivocación. Nunca se debe hacer nada de lo que no se pueda hablar después de cenar. Pero vamos a olvidarnos del pobre Basil. Me gustaría poder creer que ha terminado de una manera tan romántica como tú sugieres, pero no puedo. Mi opinión, más bien, es que se cayó en el Sena desde la victoria de un autobús, y que el conductor echó tierra sobre el asunto para evitar el escándalo. Sí; imagino que fue así como acabó. Lo veo tumbado de espaldas bajo esas aguas de color verde mate con las pesadas barcazas pasándole por encima y con las algas enganchadas en el pelo. ¿Sabes? No creo que hubiera hecho en el futuro nada que mereciera la pena. Durante los últimos diez años su pintura había caído mucho.

Dorian dejó escapar un suspiro, y lord Henry cruzó la habitación y empezó a acariciar la cabeza de un curioso loro de Java, un ave de gran tamaño y plumaje gris, cresta y cola rojas, que se mantenía en equilibrio sobre una percha de bambú. Al tocarle aquellos dedos afilados, dejó caer la blanca espuma de sus párpados arrugados sobre ojos semejantes a cristales negros, y empezó a mecerse.

-Sí -continuó lord Henry, volviéndose y sacando un pañuelo del bolsillo-, pintaba cada vez peor. Era como si hubiera perdido algo. Probablemente un ideal. Cuando dejasteis de ser grandes amigos, Basil dejó de ser un gran artista. ¿Qué fue lo que os separó? Imagino que te aburría soberanamente. Si es así, nunca te lo perdonó. Es una costumbre que tienen las personas aburridas. Por cierto, ¿qué ha sido de aquel maravilloso retrato que te hizo? No creo haber vuelto a verlo desde que lo terminó. ¡Sí, claro! Hace años me dijiste, ahora lo recuerdo, que lo habías enviado a Selby y que se perdió o lo robaron por el camino. ¿Nunca lo recuperaste? ¡Qué lástima! Era realmente una obra maestra. Recuerdo que quise comprarlo. Ojalá lo hubiera hecho. Pertenecía al mejor periodo de Basil. Desde entonces, su obra ha tenido esa mezcla curiosa de mala pintura y buenas intenciones que siempre da derecho a decir de alguien que es un artista británico representativo. ¿No publicaste anuncios para intentar recuperarlo? Deberías haberlo hecho.

-No lo recuerdo -dijo Dorian-. Supongo que lo hice. Pero lo cierto es que nunca me gustó de verdad. Siento haber posado para él. Su recuerdo me resulta odioso. ¿Por qué hablas de aquel retrato? Siempre me recordaba esos curiosos versos de alguna obra, creo que Hamlet... ¿cómo son, exactamente?

¿O eres como imagen de dolor,
como un rostro sin alma?

Sí: eso es lo que era.

Lord Henry se echó a reír.

-Si una persona trata la vida artísticamente, su cerebro es su alma -respondió, hundiéndose en un sillón. Dorian Gray movió la cabeza y extrajo del piano algunos acordes melancólicos.

-«Imagen de dolor» -repitió-, «rostro sin alma».

Su amigo de más edad se recostó en el sillón y lo contempló con los ojos medio cerrados.

-Por cierto, Dorian -dijo, después de una pausa-, «¿y qué aprovecha al hombre»..., ¿cómo acaba exactamente la cita?, «ganar todo el mundo y perder su alma [20] ?»

[20] San Marcos 16, 34. Traducción de Nácar y Colunga.

El piano dejó escapar una nota desafinada y Dorian Gray, sobresaltado, se volvió a mirar a lord Henry. -¿Por qué me preguntas eso, Harry?

-Mi querido amigo -dijo lord Henry, alzando las cejas en un gesto de sorpresa-, te lo preguntaba porque te creía capaz de darme una respuesta. Eso es todo. Cuando iba por el Parque este último domingo, me encontré, cerca de Marble Arch, un grupito de gente mal vestida escuchando a un vulgar predicador callejero. Cuando pasaba por delante, oí cómo aquel hombre le gritaba esa pregunta a su público. Todo ello me pareció bastante dramático. En Londres abundan los efectos curiosos como ése. Un domingo lluvioso, un vulgar cristiano con un impermeable, un círculo de blancos rostros enfermizos bajo un techo desigual de paraguas goteantes, y una frase maravillosa lanzada al aire por unos labios histéricos y una voz chillona..., estuvo bastante bien, a su manera: toda una sugerencia. Se me ocurrió decirle al profeta que el Arte sí tiene un alma, pero no el ser humano. Mucho me temo, de todos modos, que no me hubiera entendido.

-No digas eso, Harry. El alma es una terrible realidad. Se puede comprar y vender, y hasta hacer trueques con ella. Se la puede envenenar o alcanzar la perfección. Todos y cada uno de nosotros tenemos un alma. Lo sé muy bien.

-¿Estás seguro, Dorian?

-Completamente seguro.

-¡Ah! entonces tiene que ser una ilusión. Las cosas de las que uno está completamente seguro nunca son verdad. Ésa es la fatalidad de la fe y la lección del romanticismo. ¡Qué aire más solemne! No te pongas tan serio. ¿Qué tenemos tú y yo que ver con las supersticiones de nuestra época? No; nosotros hemos renunciado a creer en el alma. Toca un nocturno para mí, Dorian, y, mientras tocas, dime, en voz baja, cómo has hecho para conservar la juventud. Has de tener algún secreto. Sólo te llevo diez años, pero tengo arrugas y estoy gastado y amarillo. Tú eres realmente admirable,
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El retrato de Dorian Gray - Página 2 Empty Re: El retrato de Dorian Gray

Mensaje por EURIDICE CANOVA Lun Sep 30, 2013 3:33 am

Dorian. Nunca me has parecido tan encantador como esta noche. Haces que recuerde el día en que te conocí. Eras bastante impertinente, muy tímido y absolutamente extraordinario. Has cambiado, por supuesto, pero tu aspecto no. Me gustaría que me dijeras tu secreto. Haría cualquier cosa para recuperar la juventud, excepto ejercicio, levantarme pronto o ser respetable... ¡Juventud! No hay nada como la juventud. Es absurdo hablar de la ignorancia de la juventud. Las únicas personas cuyas opiniones escucho con respeto son las de personas mucho más jóvenes que yo. Parecen ir por delante de mí. La vida les ha revelado sus maravillas más recientes. En cuanto a las personas de edad, siempre les llevo la contraria. Lo hago por principio. Si les pides su opinión sobre algo que sucedió ayer, te dan con toda solemnidad las opiniones que corrían en 1820, cuando la gente llevaba medias altas, creía en todo y no sabían absolutamente nada. ¡Qué hermoso es eso que estás tocando! Me pregunto si Chopin lo escribió en Mallorca, con el mar llorando alrededor de la villa donde vivía, y con gotas de agua salada golpeando los cristales. ¡Maravillosamente romántico! ¡Es una bendición que todavía nos quede un arte no imitativo! No te detengas. Esta noche necesito música. Me pareces el joven Apolo, y yo soy Marsias, escuchándote. Tengo mis propios sufrimientos, Dorian, de los que ni siquiera tú estás enterado. La tragedia de la ancianidad no es ser viejo, sino joven. A veces me sorprende mi propia sinceridad. ¡Ah, Dorian, qué feliz eres! ¡Qué vida tan exquisita la tuya! Has bebido hasta saciarte de todos los placeres. Has saboreado las uvas más maduras. Nada se te ha ocultado. Y todo ello no ha sido para ti más que unos compases musicales. Nada te ha echado a perder. Sigues siendo el mismo.

-No soy el mismo, Harry.

-Sí que lo eres. Me pregunto cómo será el resto de tu vida. No la estropees con renunciaciones. En el momento presente eres la perfección misma. No te hagas voluntariamente incompleto. No te falta nada. No muevas la cabeza: sabes que es así. Además, Dorian, no te engañes. La vida no se gobierna ni con la voluntad ni con la intención. La vida es una cuestión de nervios, de fibras, y de células lentamente elaboradas en las que el pensamiento se esconde y la pasión tiene sus sueños. Quizá te imaginas que estás a salvo y crees que eres fuerte. Pero un cambio casual de color en una habitación o en el color del cielo matutino, un determinado perfume que te gustó en una ocasión y que te trae recuerdos sutiles, un verso de un poema olvidado con el que te tropiezas de nuevo, una cadencia de una composición musical que has dejado de tocar... Te aseguro, Dorian, que la vida depende de cosas como ésas. Browning escribe acerca de ello en algún sitio, pero nuestros propios sentidos lo inventan para nosotros. Hay momentos en los que el olor a lilas blancas me domina de repente, y tengo que vivir de nuevo el mes más extraño de mi vida. Bien quisiera cambiarme contigo, Dorian. El mundo no se cansa de denunciarnos a los dos, pero a ti siempre te ha rendido culto. Y siempre lo hará. Eres el prototipo de lo que busca esta época nuestra y tiene miedo de haber encontrado. ¡Me alegro muchísimo de que nunca hayas hecho nada, de que nunca hayas tallado una estatua, ni pintado un cuadro, ni producido nada distinto de tu persona! La vida ha sido tu arte. Has hecho música de ti mismo. Tus días son tus sonetos.

Dorian se levantó del piano y se pasó la mano por el cabello.

-Sí; la vida me ha dado placeres exquisitos -murmuró-, pero voy a cambiar, Harry. Y no debes hacerme esos elogios tan excesivos. No lo sabes todo. Creo que si lo supieras, también tú te alejarías de mí. Ríes. No debieras hacerlo.

-¿Por qué has dejado de tocar, Dorian? Vuelve al piano y obséquiame otra vez con ese nocturno. Contempla la enorme luna color de miel que cuelga en la oscuridad. Está esperando a que la encandiles, y si tocas se acercará más a la tierra. ¿No quieres? Vayámonos entonces al club. Ha sido una velada deliciosa y debemos acabarla de la misma manera. Hay alguien en el White que tiene un deseo inmenso de conocerte: se trata del joven lord Poole, el hijo mayor de Bournemouth. Ya te ha copiado las corbatas, y ahora me suplica que te lo presente. Es un muchacho encantador y me recuerda mucho a ti.

-Espero que no -dijo Dorian, con una expresión triste en los ojos-. Lo cierto es que esta noche estoy cansado, Harry. No voy a ir al club. Son casi las once y quiero acostarme pronto.

-Quédate, por favor. Nunca habías tocado tan bien como esta noche. Había algo maravilloso en tu estilo. Resultaba más expresivo que nunca.

-Eso se debe a que voy a ser bueno -respondió él, sonriendo-. Ya he cambiado un poco.

-Para mí no puedes cambiar -dijo lord Henry-. Tú y yo siempre seremos amigos.

-En una ocasión, sin embargo, me envenenaste con un libro. Eso no lo olvidaré. Harry, prométeme que nunca le prestarás ese libro a nadie. Hace daño.

-Mi querido muchacho, es cierto que estás empezando a moralizar. Muy pronto saldrás por ahí como los conversos y los evangelistas, poniendo a la gente en guardia contra todos los pecados de los que ya te has cansado. Eres demasiado encantador para hacer una cosa así. Además, no sirve de nada. Tú y yo somos lo que somos, y seremos lo que seremos. En cuanto a ser envenenado por un libro, no existe semejante cosa. El arte no tiene influencia sobre la acción. Aniquila el deseo de actuar. Es magníficamente estéril. Los libros que el mundo llama inmorales son libros que muestran al mundo su propia vergüenza. Eso es todo. Pero no vamos a discutir sobre literatura. Ven a verme mañana. Iré a montar a caballo a las once. Podemos hacerlo juntos y luego te llevaré a almorzar con lady Branksome. Es una mujer encantadora, y quiere hacerte una consulta sobre ciertos tapices que piensa comprar. No te olvides de venir. ¿O te parece mejor que almorcemos con nuestra duquesita? Dice que ahora no te ve nunca. ¿Acaso te has cansado de Gladys? Ya pensaba yo que terminaría por sucederte. Esa lengua suya tan inteligente acaba por exasperar a cualquiera. De todos modos, no dejes de estar aquí a las once.

-¿Es necesario que venga, Harry?

-Por supuesto. Ahora el Parque está maravilloso. Creo que no ha habido nunca unas lilas tan hermosas desde el año en que te conocí.

-Muy bien. Estaré aquí a las once -dijo Dorian-. Buenas noches, Harry.

Al llegar a la puerta, vaciló un momento, como si tuviera algo más que decir. Luego dejó escapar un suspiro y abandonó la habitación.

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Mensaje por EURIDICE CANOVA Lun Sep 30, 2013 3:34 am

Capítulo 20


El aire de la noche era una delicia, tan tibio que Dorian Gray se colocó el abrigo sobre el brazo y ni siquiera se anudó en torno a la garganta la bufanda de seda. Mientras se dirigía hacia su casa, fumando un cigarrillo, dos jóvenes vestidos de etiqueta se cruzaron con él, y oyó cómo uno le susurraba al otro: «Ése es Dorian Gray». Recordó cuánto solía agradarle que alguien lo señalara con el dedo o se le quedara mirando y hablara de él. Ahora le cansaba oír su nombre. Buena parte del encanto del pueblecito adonde había ido con tanta frecuencia últimamente era que nadie lo conocía. A la muchacha a la que cortejó hasta enamorarla le había dicho que era pobre, y Hetty le había creído. En otra ocasión le dijo que era una persona malvada, y ella se echó a reír, respondiéndole que los malvados eran siempre muy viejos y muy feos. ¡Ah, su manera de reírse! Era como el canto de la alondra. Y ¡qué bonita estaba con sus vestidos de algodón y sus sombreros de ala ancha! Hetty no sabía nada de nada, pero poseía todo lo que él había perdido.

Al llegar a su casa, encontró al ayuda de cámara esperándolo. Le dijo que se acostara, se dejó caer en un sofá de la biblioteca y empezó a pensar en las cosas que lord Henry le había dicho.

¿Era realmente cierto que no se cambia? Sentía un deseo loco de recobrar la pureza sin mancha de su adolescencia; su adolescencia rosa y blanca, como lord Henry la había llamado en una ocasión. Sabía que estaba manchado, que había llenado su espíritu de corrupción y alimentado de horrores su imaginación; que había ejercido una influencia nefasta sobre otros, y que había experimentado, al hacerlo, un júbilo incalificable; y que, de todas las vidas que se habían cruzado con la suya, había hundido en el deshonor precisamente las más bellas, las más prometedoras. Pero, ¿era todo ello irremediable? ¿No le quedaba ninguna esperanza?

¡Ah, en qué monstruoso momento de orgullo y de ceguera había rezado para que el retrato cargara con la pesadumbre de sus días y él conservara el esplendor, eternamente intacto, de la juventud! Su fracaso procedía de ahí. Hubiera sido mucho mejor para él que a cada pecado cometido le hubiera acompañado su inevitable e inmediato castigo. En lugar de «perdónanos nuestros pecados», la plegaria de los hombres a un Dios de justicia debería ser «castíganos por nuestras iniquidades».

El curioso espejo tallado que lord Henry le regalara hacía ya tantos años se hallaba sobre la mesa, y los cupidos de marfileñas extremidades seguían, como antaño, rodeándolo con sus risas. Lo cogió, como había hecho en aquella noche de horror, cuando por primera vez advirtiera un cambio en el retrato fatal, y con ojos desencajados, enturbiados por las lágrimas, contempló su superficie pulimentada. En una ocasión, alguien que le había amado apasionadamente le escribió una carta que concluía con esta manifestación de idolatría: «El mundo ha cambiado porque tú estás hecho de marfil y oro. La curva de tus labios vuelve a escribir la historia». Aquellas frases le volvieron a la memoria, y las repitió una y otra vez. Luego su belleza le inspiró una infinita repugnancia y, arrojando el espejo al suelo, lo aplastó con el talón hasta reducirlo a astillas de plata. Su belleza le había perdido, su belleza y la juventud por la que había rezado. Sin la una y sin la otra, quizá su vida hubiera quedado libre de mancha. La belleza sólo había sido una máscara, y su juventud, una burla. ¿Qué era la juventud en el mejor de los casos? Una época de inexperiencia, de inmadurez, un tiempo de estados de ánimo pasajeros y de pensamientos morbosos. ¿Por qué se había empeñado en vestir su uniforme? La juventud lo había echado a perder.

Era mejor no pensar en el pasado. Nada podía cambiarlo. Tenía que pensar en sí mismo, en su futuro. A James Vane lo habían enterrado en una tumba anónima en el cementerio de Selby. Alan Campbell se había suicidado una noche en su laboratorio, pero sin revelar el secreto que le había sido impuesto. La emoción, o la curiosidad, suscitada por la desaparición de Basil Hallward pronto se desvanecería. Ya empezaba a pasar. Por ese lado no tenía nada que temer. Y, de hecho, no era la muerte de Basil Hallward lo que más le abrumaba. Le obsesionaba la muerte en vida de su propia alma. Basil había pintado el retrato que echó a perder su vida. Eso no se lo podía perdonar. El retrato tenía la culpa de todo. Basil le dijo cosas intolerables que él, sin embargo, soportó con paciencia. El asesinato fue obra, sencillamente, de una locura momentánea. En cuanto a Alan Campbell, el suicidio había sido su decisión personal. Había elegido actuar así. Nada tenía que ver con él.

¡Una vida nueva! Eso era lo que necesitaba. Eso era lo que estaba esperando. Sin duda la había empezado ya. Había evitado, al menos, la perdición de una criatura inocente. Nunca volvería a poner la tentación en el camino de la inocencia. Sería bueno.

Al pensar en Hetty Merton, empezó a preguntarse si el retrato habría cambiado. Sin duda no sería ya tan horrible como antes. Quizá, si su vida recobraba la pureza, expulsaría de su rostro hasta el último resto de las malas pasiones. Quizás, incluso, habían desaparecido ya. Iría a verlo.

Tomó la lámpara y subió sigilosamente las escaleras. Al descorrer el cerrojo, una sonrisa de alegría iluminó por un instante el rostro extrañamente joven y se prolongó unos momentos más en torno a los labios. Sí, practicaría el bien, y aquel retrato espantoso que llevaba tanto tiempo escondido dejaría de aterrorizarlo. Sintió que ya se le había quitado un peso de encima.

Entró sin hacer el menor ruido, volviendo a cerrar la puerta con llave, como tenía por costumbre, y retiró la tela morada que cubría el cuadro. Un grito de dolor e indignación se le escapó de los labios. No se notaba cambio alguno, con la excepción de un brillo de astucia en la mirada y en la boca las arrugas sinuosas de la hipocresía. El lienzo seguía siendo tan odioso como siempre, más, si es que eso era posible; y el rocío escarlata que le
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Mensaje por EURIDICE CANOVA Lun Sep 30, 2013 3:34 am

manchaba la mano parecía más brillante, con más aspecto de sangre recién derramada. Dorian Gray empezó entonces a temblar. ¿Le había empujado únicamente la vanidad a llevar a cabo su única obra buena? ¿O había sido el deseo de una nueva sensación, como apuntara lord Henry, con su risa burlona? ¿O tal vez el deseo apasionado de representar un papel que nos empuja a hacer cosas mejores de lo que nos corresponde por naturaleza? ¿O, quizá, todo aquello al mismo tiempo? Pero, ¿por qué era más grande la mancha roja? Parecía haberse extendido como una horrible enfermedad sobre los dedos cubiertos de arrugas. Había sangre en los pies pintados, como si aquella cosa hubiera goteado..., sangre incluso en la mano que no había empuñado el cuchillo. ¿Una confesión? ¿Quería aquello decir que iba a confesar su crimen? ¿Qué iba a entregarse para que lo ejecutaran? Se echó a reír. La idea le pareció monstruosa. Además, aunque confesara, ¿quién iba a creerlo? No había en ninguna parte resto alguno del pintor asesinado. Todas sus pertenencias habían sido destruidas. Él mismo había quemado maletín y abrigo. El mundo diría simplemente que estaba loco. Lo encerrarían en un manicomio si se empeñaba en repetir la misma historia... Sin embargo, era obligación suya confesar, soportar públicamente la vergüenza y expiar la culpa de manera igualmente pública. Había un Dios que exigía a los seres humanos confesar sus pecados en la tierra así como en el cielo. Nada de lo que hiciera le purificaría si no confesaba su pecado. ¿Su pecado? Se encogió de hombros. La muerte de Basil Hallward le parecía muy poca cosa. Pensaba en Hetty Merton. Porque aquel espejo de su alma que estaba contemplando era un espejo injusto. ¿Vanidad? ¿Curiosidad? ¿Hipocresía? ¿No había habido más que eso en su renuncia? Había habido algo más. Al menos así lo creía él. Pero, ¿cómo saberlo...? No. No hubo nada más. Sólo renunció a la muchacha por vanidad. La hipocresía le había llevado a colocarse la máscara de la bondad. Había ensayado la abnegación por curiosidad. Ahora lo reconocía.

Pero aquel asesinato..., ¿iba a perseguirlo toda su vida? ¿Siempre tendría que soportar el peso de su pasado?

¿Tendría que confesar? Nunca. No había más que una prueba en contra suya. El cuadro mismo: ésa era la prueba. Lo destruiría. ¿Por qué lo había conservado tanto tiempo? Años atrás le proporcionaba el placer de contemplar cómo cambiaba y se hacía viejo. En los últimos tiempos ese placer había desaparecido. El cuadro le impedía dormir. Cuando salía de viaje, le horrorizaba la posibilidad de que lo contemplasen otros ojos. Teñía de melancolía sus pasiones. Su simple recuerdo echaba a perder muchos momentos de alegría. Había sido para él algo así como su conciencia. Sí. Había sido su conciencia. Lo destruiría.

Miró a su alrededor, y vio el cuchillo con el que apuñaló a Basil Hallward. Lo había limpiado muchas veces, hasta que desaparecieron todas las manchas. Brillaba, lanzaba destellos. De la misma manera que había matado al pintor, mataría su obra y todo lo que significaba. Mataría el pasado y, cuando estuviera muerto, él recobraría la libertad. Acabaría con aquella monstruosa vida del alma y, sin sus odiosas advertencias, recobraría la paz. Empuñó el arma y con ella apuñaló el retrato.

Se oyó un grito y el golpe de una caída. El grito puso de manifiesto un sufrimiento tan espantoso que los criados despertaron asustados y salieron en silencio de sus habitaciones. Dos caballeros que pasaban por la plaza se detuvieron y alzaron los ojos hacia la gran casa. Luego siguieron caminando hasta encontrar a un policía y regresar con él. Llamaron varias veces al timbre, pero sin recibir respuesta. Con la excepción de una luz en uno de los balcones del piso alto, todo estaba a oscuras. Al cabo de un rato, el policía se trasladó hasta un portal vecino para contemplar desde allí el edificio.

-¿Quién vive en esa casa? -le preguntó el caballero de más edad.

-El señor Dorian Gray-respondió el policía.

Las dos personas que le escuchaban intercambiaron una mirada de inteligencia y, mientras se alejaban, había en su rostro una mueca de desprecio. Uno de ellos era tío de sir Henry Ashton.

Dentro de la casa, en la zona donde vivía la servidumbre, los criados a medio vestir hablaban en voz baja. La anciana señora Leaf lloraba y se retorcía las manos. Francis estaba tan pálido como un muerto.

Transcurrido un cuarto de hora aproximadamente, el ayuda de cámara tomó consigo al cochero y a uno de los lacayos y subió en silencio las escaleras. Los golpes en la puerta no obtuvieron contestación. Y todo siguió en silencio cuando llamaron a su amo de viva voz. Finalmente, después de tratar en vano de forzar la puerta, salieron al tejado y descendieron hasta el balcón. Una vez allí entraron sin dificultad: los pestillos eran muy antiguos.

En el interior encontraron, colgado de la pared, un espléndido retrato de su señor tal como lo habían visto por última vez, en todo el esplendor de su juventud y singular belleza. En el suelo, vestido de etiqueta, y con un cuchillo clavado en el corazón, hallaron el cadáver de un hombre mayor, muy consumido, lleno de arrugas y con un rostro repugnante. Sólo lo reconocieron cuando examinaron las sortijas que llevaba en los dedos.



FIN
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Mensaje por Rosko Dom Oct 24, 2021 5:45 am

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