EL AMANECER DE LA POESIA DE EURIDICE CANOVA Y SABRA
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Inocentes o culpables de.Antonio Argerich

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Mensaje por EURIDICE CANOVA Dom Oct 06, 2013 1:38 am

Recuerdo del primer mensaje :

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Inocentes o culpables de.Antonio Argerich - Página 2 Empty Re: Inocentes o culpables de.Antonio Argerich

Mensaje por EURIDICE CANOVA Vie Oct 11, 2013 12:22 pm

que lo rodeaba le impedía ver a los hombres probos, que nunca faltan en cualquier sociedad, bien inspirados y de errores sinceros.

Él por su parte, tampoco perdía su tiempo, y el ruido de sus fiestas le atraía algunas valiosas testamentarías y otros asuntos importantes que mandaba luego al estudio de su socio.

-Mi querido amigo -le dijo una voz a la espalda.

Dio vuelta Ferreol y se encontró con un antiguo colega de la cámara, un diputado por una provincia del norte, fatuo y majadero como ninguno. Como alardeaba tener gran influencia en su provincia, los políticos le tenían regular consideración.

-Creía que ya Vd. me haría la rabona por esta noche.

-¡Qué esperanza! Le había dado mi palabra y nunca falto a ella: así, aunque hubiera sido al alba me habría tenido Vd. por aquí. El diputado miró a sus lados y en medio de acciones de mal gusto, continuó con énfasis:

-Hubo sus inconvenientes. Fui a comer con el Presidente y después me instó para que le acompañara al teatro y he corrido con él la tuna.

Era la manía del Diputado: citar el nombre del Presidente en sus conversaciones. En el resto de la noche lo nombró cien veces más y siempre refiriéndose a episodios íntimos, como para demostrar que los unía una relación casi fraternal. Por lo que respecta a su instrucción este arrogante representante del pueblo era de todo punto inofensivo.

D. Guillermo, después de dejar a Ferreol, se dirigió con su aire siempre grave adonde estaba Dorotea.

La saludó y le dijo:

-Señora, si Vd. consiente pasearemos esta pieza -y le ofreció el brazo.

-Con mucho gusto, señor.

Empezaron a andar con dificultad a causa de que bailaban muchas parejas y a cada momento tenían que esquivar algún choque.

-Tengo que hablarla de un asunto algo serio, señora.

Dorotea entró en cuidado y replicó vivamente:

-Hable Vd., señor.

-Aquí no se puede andar: ¿quiere Vd. que pasemos al comedor? Allí estaremos algo más libres.

-Como Vd. disponga.

En el comedor, don Guillermo quiso servir algo a Dorotea, pero esta, que esperaba una desazón, rehusó tomar nada.

D. Guillermo insistió y pidieron dos tazas de té.

Entre tanto se habían sentado.

-¿Qué tiene Vd. que decirme? -preguntó Dorotea.

Señora, tengo que darle muchas quejas de su hijo. Se comporta muy mal, va tarde al registro y hace las cosas allí como si no se lo pagara.

-¡Ah! pobre muchacho: tiene mala cabeza, pero considere Vd. que es joven él; se ha de componer porque tiene buen fondo, se lo aseguro.

-Difícilmente, señora, y perdone que le hable con esta franqueza. Se reúne con jóvenes muy desordenados. Vd. sabe que allí lo hemos tratado siempre con todo género de consideraciones: se le ha aumentado varias veces el sueldo y no por esto se muestra más asiduo en sus tareas. Se lo digo a Vd. para que lo reconvenga y si él no se corrige, aunque me sea sensible, porque estimo a Vd. y veo que José nos ha acompañado algunos años, tendré que verme en la necesidad de despedirlo.

-¡Ah! señor, yo agradezco a Vd. todo lo que hace por José y le juro que haré todo lo que esté de mi parte para que se porte con Vd. como es debido.

-Si él hubiera sido otro a la fecha tendría una habilitación.

-Bien lo veo, señor.

-Otra cosa, señora; porque es preciso que Vd. lo sepa todo: he tenido el gran disgusto de saber que mi hijo con el suyo concurren a parajes que no me es posible nombrar. Yo he castigado severamente a Guillermo y le he prohibido se junte con José. Ruego a Vd. quiera tener la bondad de hacer igual prevención a su hijo. Bajo este concepto y si su comportación es otra quedará en el empleo que tiene en mi casa.

Dorotea, como todas las madres, veía la inocencia de parte de su hijo y creía que Guillermo era el que había inducido a José a dar malos pasos. Iba a hacer esta salvedad, pero se contuvo.

-Está bien, señor -dijo-: lo haré así.

La conferencia había terminado y D. Guillermo condujo a Dorotea nuevamente a la sala.

El baile tocaba a su término. Varias familias se estaban despidiendo y otras habían pasado al tocador de misia Pepita para colocarse sus abrigos y arreglarse.

Dorotea, muy contrariada con lo que le había dicho D. Guillermo, se alegró de poderse retirar también ella, sin despertar atención ya que tantas señoras salían.

Las niñas llamaron a su hermano para que las acompañase a buscar los tapados.

-No, mama, espérame un poco; ¿qué objeto hay en irse tan pronto?

-Si no quieres acompañarme, nos iremos solas -replicó con acritud Dorotea. Estoy descompuesta ¿sabes?

José notó algo en su madre: pocas veces le había hablado con tal sequedad. Aunque deseaba ver hasta el último momento a Carlota, se resignó y dijo:

-Si es así, vamos.

Se despidieron de misia Pepita, de misia Francisca, de misia Carlota, de su hija y de varias otras personas que estaban cercanas. Un apretón de manos, dos besos maquinales y unas cuantas palabras de convención, que se cruzaban sin sentido, las más de las veces, tal era el hábito de repetir siempre las mismas cosas, sin escuchar ni hacer las debidas pausas.

José oprimió fuertemente la mano a Carlota y esta devolvió suavemente la presión como significándole que entendía la clave de ese lenguaje.

Salieron. En la puerta las saludó Ferreol, que había ido despidiendo al nuncio apostólico. Aunque extranjero, lo creía una influencia electoral por sus conexiones con el clero. Víctor, que también se encontraba allí, deslizó estas palabras al oído de José:

-Vuelva cuando deje su familia: lo esperamos en mi cuarto.

Caminaron ligero, porque hacía frío. José y Dorotea iban callados, ensimismados en sus impresiones, mientras que Victoria y María recordaban alegremente los episodios de la reunión.

Al abrir José la puerta de su casa, le dijo Dorotea:

-Tengo que hablarte.

-Más tarde, mama, me espera Víctor.

-¿Qué se me importa a mí de Víctor? Entra, te digo.

-¡Pero, mama!

-¿Quiere decir que ya te crees independiente y no me haces caso?

-No es que no te haga caso, sino que estoy comprometido. Voy a volver muy pronto, y sin esperar contestación se puso en marcha.

Dorotea quedó muy seria, y sus hijas, temerosas de que volviese el enojo contra ellas, penetraron calladas a su habitación.

Muy crueles fueron los pensamientos de Dorotea: su hijo no la hacía caso, era un perdido y ella se sentía impotente para gobernarlo, porque José no sólo era un hombre, sino que desde varios años antes usaba de entera libertad para entrar a su casa a la hora que se le antojaba y aun algunas noches, faltar por completo del hogar: veía que le faltaba una mano de fierro para cortar estos hábitos. En vano se devanaba los sesos: no se le ocurrió medio de hacerlo entrar en vereda, y en su aflicción concluía por echarse la culpa de lo que sucedía y su conciencia de mala madre despertaba al fin con acerbos recuerdos. Ella no lo cuidó como era debido en su infancia, dejándolo en compañía de muchachos vagabundos, y más tarde le había concedido la llave de la puerta de calle. La punzaban extraños recelos y se figuraba a ratos que se lo traían muerto por haber peleado en alguna casa mala.

Quiso esperarlo, pero cuando pasaron dos horas largas, sus hijas, ya recogidas, la decidieron a que se acostara.

José con acelerado paso regresó a lo de Ferreol. La fiesta no había concluido aún. Muchos hombres quedaban todavía, y algunas pocas familias que se preparaban para retirarse.

Misia Francisca, que no perdía oportunidad para hablar de su hijo, se complacía escuchando a don Isidro, que no encontraba palabras suficientes para encomiarlo. El suspicaz farmacéutico pensaba que todo lo que dijera a la excelente señora lo sabría bien pronto Ferreol.

-El doctor -decía a la sazón-, es el hombre más bien preparado que tiene el país para la vida pública y tengo la convicción de que nos mandará a todos desde el puesto más alto.

-Quién sabe -replicaba la madre-, se ven tantas cosas... y no siempre suben los que saben más.

-No tenga duda, señora: es el candidato más simpático al pueblo.

-Pero si todavía falta tanto tiempo: de aquí allá pueden suceder tantas cosas... -y como no creía en estas conjeturas, reía satisfecha la buena señora, muy complacida de poder enseñar sus dientes postizos.

-Sin embargo, señora, en todas partes no se oye hablar sino de política.

-Hay que tener en cuenta que Manuel es sumamente modesto y no es como otros que trabajan para sí: ya ve usted cuando lo nombraron Ministro: aceptó por patriotismo y porque el mismo Presidente de la República vino a esta casa a ofrecerle la cartera.


-Mi tía -dijo Carlota interrumpiéndolos-, nos vamos.

-Qué apuro: nadie nos corre.

D. Isidro aprovechó el momento para despedirse: hacía media hora que no deseaba otra cosa, pero la vieja con su conversación sostenida no le había presentado la oportunidad.

-Voy a buscar a mi mujer, que me espera -exclamo al último.

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Inocentes o culpables de.Antonio Argerich - Página 2 Empty Re: Inocentes o culpables de.Antonio Argerich

Mensaje por EURIDICE CANOVA Sáb Oct 12, 2013 2:30 am

-Dígale a Merceditas que me visite -respondió misia Francisca, encantada del boticario.

Cuando este se hubo alejado le dijo a Carlota:

-Qué hombre tan de buen sentido; da gusto conversar con él, -y como estaban cercanas varias personas se dieron vuelta para mirar al feliz boticario.

-Mamá está apurada, porque ya es muy tarde -dijo Carlota, y vengo a despedirme.

-No, mi hijita, vamos a ir juntas: es casi la misma dirección.

-No se incomode, mi tía, mire que nosotras podemos ir muy bien; Víctor nos va a acompañar.

-Miren el mequetrefe: valiente compaña: si van con él y les sucede algo tú o tu madre tendrían que defenderlo.

La joven rió del excelente humor de la señora.

-Cómo se pondría si la oyera -no pudo menos que decir.

-Déjate de eso: anda y di a Carlota que se tape, que vamos a ir en el carruaje.

-Mamá no va a querer -contestó en voz algo baja Carlota, porque se apercibía que muchos se imponían de la conversación, pues misia Francisca hablaba como si la escucharan sordos.

En el mismo tono continuó la señora:

-Pues no faltaba más: ¿no ves que Manuel tiene tres carruajes y es preciso ocuparlos para que los troncos no se olviden de trotar? hoy me vine en el cupé y ahora ha puesto a mi disposición el landó -y al decir esto paladeaba como si estuviese gustando un caramelo.

-Voy a decirle a mamá, entonces.

-Espera; dame el brazo, voy a despedirme de Pepa.

Se dirigieron al tocador, y cuando pasaron por el comedor, José, que estaba con Víctor, Andrés y Juan Diego, pudo bañarse una vez más en la luz que esparcía la mirada enamorada de Carlota. Esa noche sería inolvidable para ambos. Habían bailado muchas piezas y hecho comunión de ideas y sentimientos.

Carlota era realmente bella. Estatura mediana, un tallo primoroso, ojos de azabache y pelo castaño. Las demás facciones delicadas y bien proporcionadas hacían un conjunto admirable; pero lo que le daba verdadero encanto y una seducción irresistible era su modo de ser, la vivacidad de sus expresiones y su voz de un timbre fresco y sonoro. Podía decirse de sus palabras que eran armonías que exhalaban dos filas de perlas reflejando sus cambiantes nacarados al través de una granada abierta.

Los jóvenes pasaron al cuarto de Víctor y al poco rato sintió José el ruido del carruaje que llevaba a la prenda de su amor.

-Ahora, que estoy en antecedentes -dijo Juan Diego-, puedo, mi querido José, darte mi mayor enhorabuena.

-Déjate de embromar.

-Cuando se quiere bien, uno no debe ocultarlo -observó Andrés.

-Está bien -contestó José, haciendo gran esfuerzo para mantenerse sereno, pero que yo la quiera no significa nada: ella puede preferir a otro; y hay además -agregó desalentado-, que ver la opinión de la madre.

-Eso es lo de menos -exclamó Víctor-: yo me encargo de presentarlo en la casa.

-Ya lo ves -dijo Juan Diego-, se te abre el camino: «gracias, mi querido primo», dile.

Victor y José se miraron y rieron de la ocurrencia.

El hijo de Ferreol simpatizaba en extremo con José: conocía sus calaveradas y su audacia y estaba perfectamente dispuesto a intimar con él y a ayudarlo en todo lo que pudiese.

Así como lo pensaron se hizo, y nuestro joven empezó a visitar en casa de misia Carlota, donde fue bastante bien recibido.

José esa noche parecía que tenía azogue en el cuerpo.

Sus nervios estaban excitados y sentía una necesidad de acción que lo martirizaba.

El soplo confortante de un amor digno y puro había estremecido todo su ser y a su contacto mágico vibraban las cuerdas de su alma modulando plegarias, y resurgiendo en él frescos y lozanos los capullos de nobles sentimientos que guarda siempre el corazón humano como una herencia bendita o imprescriptible.

-Vamos al duerme -dijo Andrés, que era el más juicioso de todos ellos.

-Yo tengo que estudiar la conferencia de mañana -agregó el estudiante-: creo también que es hora.

-¿Cuántos años te faltan? -preguntó Víctor.

-¿Cuantos? Uno no más. En Marzo del que viene presento la tesis.

-Yo no tengo sueño -exclamó José.

Al pobre joven lo conturbaba una ansiedad creciente. Sentía estimulada su actividad por la pasión que le devoraba el pecho y le ponía brillante la mirada. Soñaba con causas generosas, deseaba exponerse a mil peligros y distinguirse para demostrar grandeza de alma.

Pero a esa hora no había para él más que dos caminos: el de su hogar o el de la casa de tolerancia; y optó por la última.

-Vamos un momento a lo de Amalia -dijo Juan Diego.

-Lo que es yo no los acompaño -contestó Andrés.

-Qué diablos, vamos a cualquier parte, pero vamos todos -propuso José.

-Yo siento no poderlos acompañar -dijo Víctor en tono bajo- porque pienso írmele al cuarto a la sirvienta.

-Diablo: eso es más cómodo -contestó Juan Diego.

Entonces los jóvenes se despidieron.

-Hasta el jueves que viene -dijo Victor.

-Bueno.

-Lo que es usted Dagiore, ya sabemos que no vendrá por nosotros.

-¡Cómo no!

-Adiós.

-Adiós.

-Que les vaya muy bien.

-Y a ti con la...

-¡Chist! -y riendo se separaron.

Víctor fue a su cuarto a esperar que todos se recogieran en la casa, mientras su padre, cansado y aturdido con la fiesta, trataba en vano de conciliar el sueño, que ahuyentaba su ambición al forjar alianzas, combinaciones y prestigiosos caudillos catequizados.

José y Juan Diego arrastraron a Andrés, y los tres se dirigieron a lo de Amalia. Allí, como de costumbre, los abrió la puerta Josefina, que sorprendió a los jóvenes a causa de tener puestos unos grandes anteojos oscuros. La infeliz seguía cada vez peor de la vista.

José, tanto en el trayecto como en lo de Amalia, hablaba pronto de Carlota y de sentimientos dignos y elevados, y casi sin transición, al mismo tiempo, descendía a temas licenciosos. ¿Cómo explicar estas aberraciones? ¿Sería que la educación y el medio, lo arrastraban, como las olas de un mar embravecido a una débil nave que hubiera perdido el timón?

A la madrugada penetró a su casa y cuidando de no hacer ruido entró a su cuarto.

Cuando Dorotea se levantó se asomó a la habitación de su hijo y vio que dormía profundamente.

A las nueve se decidió a recordarlo.

-¿No piensas ir hoy al empleo? -le dijo.

-¿Qué hora es? -preguntó José, restregándose los ojos, y levantando la almohada, consultó su reloj.

-Es temprano -dijo.

Dorotea aprovechó la ocasión para decirle el sermón que le tenía preparado.

Ella creía que José quedaría confundido, pero sucedió todo lo contrario. El joven había hecho progresos de dialéctica.

-Mira, mama, te ha mentido miserablemente. Guillermo es el que no tiene ya compostura: debe a todo el mundo y es un sinvergüenza: en cuanto a que no me junte con él, perfectamente, y también encuentro razonable que se me pida vaya más temprano; pero eso de meterse don Guillermo en mi vida privada y calumniarme como lo ha hecho, no lo permitiré y hoy mismo le tiraré su empleo por la cara y me ha de dar una satisfacción: ¡si creerá ese viejo zonzo que me va a asustar!...

Dorotea se desarmó con estas palabras y empezó a rogar: trató de aminorar el alcance de lo dicho por don Guillermo y le pidió continuara en su empleo hasta encontrar otro.

José, que comprendía que en sus circunstancias no le convenía perderlo, se dejó convencer y habló un rato amigablemente con su madre.

Cuando esta hubo salido se empezó a vestir; tomó una bebida preparada con mercurio, y pasó a lavarse los dientes, porque el remedio se los ponía negros.

A las diez probó un bocado, y correctamente vestido salió para el Registro, no sin antes hacer un rodeo con el objeto único de hacer un pasacalle a Carlota.

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Inocentes o culpables de.Antonio Argerich - Página 2 Empty Re: Inocentes o culpables de.Antonio Argerich

Mensaje por EURIDICE CANOVA Sáb Oct 12, 2013 2:32 am

- Capítulo X

Pasaron varios meses. José seguía visitando a Carlota y sus amores marchaban en una inteligencia perfecta. Como la señora y su hija estaban siempre ocupadas se había convenido recibirle los domingos. Allí José averiguaba si irían el jueves a lo de Ferreol, y en caso negativo, él también se abstenía. Cuando quedaban un momento solos, Carlota le informaba la hora en que iría a misa el día festivo más próximo, para hacer en la Iglesia comercio de miradas. Nuestro joven, pues, era feliz y avanzaba confiado hacia el porvenir entreviendo celajes sonrosados.

Pensaba pedir en breve la mano de la niña para formalizar un compromiso, que a la vez de alentarlo lo dejase tranquilo a este respecto. Esperaba solamente la terminación del año, para ver si don Guillermo le aumentaba el sueldo. Entre tanto se curaba, y según la opinión del médico, iba en vías de un restablecimiento completo. Si su sueldo no mejoraba tenía su proyecto: librar una batalla en su casa para que sus padres lo habilitasen y poder abrir un Registro de tienda y mercería.

Así seguía, igual y monótona su existencia, hasta que un día, en el momento de llegar a su acomodo, fue llamado por don Guillermo.

Como no tenía ningún trabajo entre manos se sorprendió.

-¡Bah! se dijo, he venido un poco tarde y el viejo me va a echar una raspa.

Miró a sus compañeros y los encontró tan mustios y silenciosos que comprendió al instante que algo grave sucedía.

José era muy precavido y sintió no haber traído su revólver.

Así fue que cuando entró al escritorio de D. Guillermo lo primero que hizo fue reconocer los objetos para tener presentes aquellos que pudiesen servir de arma en caso necesario.

-Buenos días, señor -dijo al ver a su patrón.

D. Guillermo lo mira sin contestarle. Estaba tétrico y sombrío. Se conocía que una tormenta moral rugía en su alma. En un rincón se encontraba Guillermo recostado contra el muro y con una mano cubriéndose la frente y parte de los ojos, que estaban rojos, lo que decía que había llorado mucho. Su aspecto revelaba tanta desesperación que movía a lástima.

José comenzó a comprender algo.

-¿Sabe Vd., -dijo al fin D. Guillermo con voz bronca-, de que éste -señalando a su hijo- haya gastado dinero en este tiempo pasado?

-No, señor.

-¡Diga Vd. la verdad, porque es muy posible que salga Vd. de aquí para la Policía!

José perdió su paciencia, y su temperamento nervioso prevaleció a despecho de todos sus deseos de mantenerse prudente.

-¿Yo? ¿yo a la cárcel? Mídase, señor, en lo que dice, porque de lo contrario...

-¡Me amenaza Vd.! -vociferó el comerciante; pero ya contenido algún tanto.

-No, señor; no lo amenazo; pero respeto a condición de que se me respete a mi turno.

-¿Pero cómo me quiere Vd. hacer tan tonto para que lo crea que no sabe nada del dinero que ha derrochado su amigo de parrandas?

-Él no ha tenido ninguna parte -sollozó noblemente Guillermo desde el rincón.

-¡Cállate tú, sinvergüenza! -gritó el padre.

-En fin, puede ser -continuó secamente el dueño del Registro-; pero si no ha sido Vd. cómplice directo, lo ha arrastrado llevándolo a casas de perdición. ¡Ah! Vd. ha sido fatal para mi casa y nadie me quitará que su mala compañía es la que ha corrompido a mi hijo: hemos concluido: ¡puede Vd. retirarse para siempre de esta casa!

José veía en desgracia a Guillermo y quería ser noble; por esto no había interrumpido a su padre; pero cuando vio que se lo arrojaba como a un leproso estalló:

-Usted es un viejo crápula y ladrón. Sépase, roñoso hipócrita, que su hijo ha sido el que me ha enseñado el camino de los burdeles y que cuando yo entré a esta casa apenas si sabía que existieran.

-¡Retírese Vd., insolente!

-¿Vd. cree que le tengo miedo? no quiero retirarme: si Vd. está en su casa, yo tengo el derecho de exigir los días que se me deben y un papel que atestigüe mi honradez, porque no soy un perro para que se me arroje de esta manera a la calle.

El comerciante, furioso, avanzó para tomarlo de un brazo, pero listo como el rayo José alzó una silla por el respaldo y lo ensartó del pecho.

-Modérese, señor, que por la fuerza no va a conseguir nada -dijo el joven en medio de la consiguiente agitación, pero con admirable sangre fría.

Los demás empleados habían oído el altercado y cuando comprendieron por el ruido de los muebles en que tropezaban José y su patrón, que algo más grave sucedía, ocurrieron aceleradamente.

Era tiempo, porque Guillermo viendo mal parado a su padre había querido separarlo a José, pero este que no conoció bien sus intenciones lo rechazó con una patada. El hijo iba a embestir nuevamente, cuando entraron en tropel los empleados.

El dependiente principal se interpuso entre los combatientes abrazando la silla.

-Deje, señor -le dijo a su patrón-, y Vd. también, Dagiore: esto no conduce a nada -y mientras ellos seguían gritando los otros dependientes los separaron.

-Venga Vd. conmigo: se lo pido como un servicio de amistad -dijo el principal a José. Este lo siguió y fue a su sitio habitual, que estaba en los escritorios que daban a la calle.

-¿No ve que no sólo me arroja injustamente de su casa, sino que pretendía darme de empujones? -decía José al principal mientras caminaban por angostos senderos que limitaban hasta el techo las piezas de género superpuestas.

-Está hoy intolerable, y creo que vamos a salir todos.

-¿Pero qué es lo que ha sucedido?

-Ha encontrado un pagaré de dos mil fuertes falsificado por Guillermo: se ha averiguado que hacía mucho de esto, pero renovaba los pagarés. Yo lo había dicho que el día menos pensado iba a hacer una trastada. Se metía en todo, daba órdenes contrarias a las mías y hacía asientos en los libros; pero don Guillermo, que lo consentía, tiene la culpa de lo que pasa.

-¿Y será eso no más?

-Ahí está lo que no se sabe.

-¡Pero yo no lo he visto hacer lo que pudiera llamarse grandes gastos!

-Es que debía en muchas partes y se conoce que ha querido pagar sus trampas, porque muchos de los que le habían prestado dinero, ya cansados, lo amenazaban con cobrarlo al viejo.

José entonces recordó los regalos que había hecho Guillermo a Josefina.

-Vaya una cosa linda; pero yo soy el que paga el pato, dijo.

-Quédese aquí un momento que voy a verlo.

D. Guillermo la había emprendido nuevamente con su hijo y tuvieron que quitárselo, porque en su furor volvía a golpearlo.

Hombre vulgar, no comprendía que podía haber probado, en esta ocasión, con una conducta elevada, la regeneración de su hijo. Ese mismo día llamó urgentemente al mayordomo de la estancia que poseía en Arrecifes, y cuando a los dos días bajó este, le entregó a Guillermo dándole toda clase de poderes para que lo hiciera marchar derecho.

-Señor -le dijo el principal-, es conveniente que arreglemos esto: por Vd. y por todos: es preciso que evitemos incidentes enojosos.

-Dagiore merecería un correctivo: es un insolente.

El principal necesitaba de su puesto, pero apreciaba mucho a José: así es que dijo:

-Es joven, señor, y en este asunto no tiene ninguna culpa.

-¡Lo defiende Vd.!

-Señor, digo lo que hay.

D. Guillermo, que recién había conocido la fibra enérgica de José, deseaba también terminar el asunto, porque no dejaba de pensar con recelo que un joven tan decidido podría vengarse asestándole un mal golpe.

-Arregle Vd. esto entonces: páguele todo el mes y escriba un simple certificado que yo firmaré; pero que no vuelva a presentarse en esta casa.

El principal fue a cumplir esta orden y se la comunicó a José.

-Ponga Vd. bien la palabra honradez, porque mi salida coincide con un robo que ha hecho Guillermo.

-Pierda Vd. cuidado.

Cuando fueron a entregarle el sueldo íntegro, aunque por el Código le correspondía más, no quiso recibir sino los días que iban corridos.

Se despidió cariñosamente de sus compañeros y recién supieron estos la extensión del aprecio que le profesaban.

Sería la una del día cuando salió a la calle. Se encontró perplejo sin saber dónde ir. Con todo se sentía alegre. Al fin decidió ir al Café Tortoni a pasar el tiempo hasta que llegara la hora de costumbre para retirarse a su casa. No encontró ningún amigo entre los pocos parroquianos que estaban en el Café. Pidió un oporto y se puso a hojear las revistas ilustradas que se encontraban sobre la mesa. Luego meditó sobre su situación. Su idea anterior de abrir un registro volvió a ocurrírsele, tomando mayor cuerpo en su mente. Hasta pensó en una competencia con don Guillermo, situando su negocio cercano al de su ex-patrón, y como su imaginación corría y se había emocionado por la afectuosa despedida que le hicieron sus compañeros, veía llegado el momento, en que ofreciéndoles mayor sueldo, lo dejaban a don Guillermo para venirse con él.

Luego bajaba con bastante recelo a la realidad de las cosas y se preguntaba si su padre le facilitaría el dinero necesario.

Así anduvo alimentándose de proyectos e ilusiones dos semanas, hasta que cansado de aburrirse las horas del día en que vagaba sin rumbo ni objeto y mermándosele los pocos pesos que tenía, resolvió participar a su madre lo que pasaba.

Dorotea se puso muy seria, pero cuando José expuso bien los hechos y le mostró el certificado, sintió un gran alivio: al menos su hijo no era ladrón, y convino con él en que don Guillermo era un mal hombre.

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Inocentes o culpables de.Antonio Argerich - Página 2 Empty Re: Inocentes o culpables de.Antonio Argerich

Mensaje por EURIDICE CANOVA Sáb Oct 12, 2013 2:34 am

Pasando luego a la idea acariciada por José de instalar un registro, volvió la madre a ponerse seria y con acento triste dijo:

-Yo no la desapruebo, porque creo que serías juicioso, pero estoy plenamente segura de que tu padre te negará su ayuda. Tú no sabes cómo está. Sería preciso que permanecieses aquí todo el tiempo que lo pasa entre nosotros. ¡Ay! tu padre concluirá mal, y me parece que nos amenaza una desgracia.

-¡Dios mío! ¿y cómo yo no he sabido nada?

-Te hemos ocultado, porque creíamos que pasaría. Anda muy mal de la cabeza.

José quedó profundamente sorprendido, y el noble sentimiento del amor filial se despertó en su pecho brusco y enternecido, colmando por primera vez de secretas simpatías a su desgraciado padre, y un acerbo remordimiento empezó a punzarle las entrañas por su conducta pasada, al recordar que solían trascurrir meses sin verle.

-¡Quién sabe todavía! -dijo-, él tiene rarezas y un genio brusco; puede ser que viendo un médico la cosa pase pronto.

Dorotea se echó a llorar.

-Tú me ocultas algo, mama -gritó perplejo José, abrazándose a Dorotea.

-No hijo: hace varios días que estaba por contarte lo que pasaba; de todos modos habías de saberlo y sólo por una casualidad no te has encontrado en alguna de las escenas que han tenido lugar. Dagiore hacía tiempo que andaba muy fastidioso y lleno de ideas raras, yo lo sufría sin contrariarle, hasta que ahora cinco días se presentó un oficial de Policía al cual él acompañaba. Había ido a llamarlo para que tomara preso al Mayor, diciendo que lo quería asesinar.

José empezó a comprender la gravedad del caso, y se le nublaron los ojos.

-El oficial conocía a Paz -continuó la madre, y empezó recién a dudar del hecho, porque Dagiore había expuesto muy bien toda una historia en la Comisaría, pero sin dar el nombre del que decía premeditaba un crimen contra su persona. Entonces el de la policía le hizo varias preguntas, tu padre se confundió y al fin concluyó por decir que había más de cien que lo querían matar. Comprenderás cómo quedé. El oficial le dio toda la razón y le dijo que le mandara el nombre de los cien para ponerlos presos y salió con Paz. Yo le escribí entonces al Mayor, que se abstuviera de venir, y él me contestó, allí está su carta -dijo Dorotea señalando una cómoda-, que ya en el Café había Dagiore provocado incidentes parecidos, y concluía aconsejándome lo hiciese ver con un médico. Ya había pensado yo esto mismo, y viendo que salía lo hice seguir de lejos con Clara. Vio esta que entró al Café, y me trajo la noticia. Entonces me tapé y fui a ver al doctor R... Quiso la suerte que lo encontrara y consintió en ir a ver a Dagiore al Café sin demostrarle que era médico. Me hizo infinidad de preguntas sobre su vida pasada, si bebía, si había mantenido proyectos y si le iba mal en el negocio o había perdido dinero de cualquier manera. A todo le respondí con los informes que podía darle y nos separamos quedando él en venir a casa a comunicarme el resultado de su reconocimiento. Volvió a la hora y me dijo que sería su cura muy difícil, porque la enfermedad había hecho muchos progresos, pero que con todo, era preciso probar. Recetó una bebida para que tomara por cucharadas y me dijo que hiciera lo posible por impedir que se embriagase y que si ocurría alguna novedad lo mandase llamar.

-¿Y ha tomado tata esa bebida?

-Eso ha sido lo peor. Por la tarde vino muy apesadumbrado, yo lo acaricié, le tomé de las manos y le dije que estaba enfermo y que era preciso curarse y tomar remedios. Trate de infundirle confianza, pero cuando vio la botella y la cuchara se deshizo en gritos e imprecaciones, diciendo que yo trataba de envenenarlo: cogió un palo y yo tuve que abandonarle la botella, la que guardó cuidadosamente en un baúl que cierra con llave y donde mete una porción de porquerías.

-¿Y has vuelto a ver al médico?

-Ayer; le conté lo que había sucedido y me dijo entonces, meneando la cabeza, que no había más que aislarlo en un establecimiento médico para que se sujetase a un régimen.

-¡Dios mío, qué fatalidad! y tan sano y fuerte que ha sido siempre.

-Me dijo, además, el doctor que si no nos decidíamos a dar este paso, estuviésemos prevenidos, porque podría en un momento de exasperación cometer algún acto violento.

-¡Qué desgracia, señor, qué desgracia! -murmuraba, paseándose por la habitación, José.

Una idea generosa cruzó por su imaginación: se figuró que hablando él a su padre le volvería la razón: pensaba llenarlo de consuelos y hablarle de la fundación del Registro, haciéndole ver que ya estaba viejo y que necesitaba descanso. En su noble entusiasmo no dudaba convencerle de que debía dejar el Café y que era a su hijo al que le había llegado el turno de trabajar para toda la familia.

Le participó su propósito a Dorotea.

Esta hizo un movimiento de duda con la cabeza.

-Sin embargo -dijo- es bueno probar todos los medios: es tu padre y debes procurar de llevarle algún consuelo.

José tomó su sombrero y se dirigió al Café.

Entró y se acercó al pequeño mostrador que estaba situado a la derecha de la entrada.

Carlos, el dependiente principal, estaba allí.

El joven preguntó por su padre.

-Está en mi cuarto -contestó Carlos-: allí se lo pasa todo el día: no hace más que pasearse y no quiere que lo hablen.

-Tengo que verle.

¡Ah! no le aconsejo.

No obstante esta prevención, José se dirigió adonde se le había indicado que estaba su padre, una habitación que conocía bien, situada en el fondo de la casa.

Dagiore, fumando un cigarro de la paja y con la vista clavada en el suelo, se paseaba de un extremo a otro. La expresión de su cara era torva y su mirada vaga e indecisa.

No sintió las pisadas de José y recién reparó en él cuando este llegó a los dinteles del cuarto.

Sin embargo, no lo reconoció en el primer instante y al ver a un hombre todo su cuerpo se estremeció.

-Tata... soy yo.

-¡Ah! ¡ah! Buenos días.

-¿Cómo le va, tata? Me habían dicho que estaba un poco enfermo, y venía a verlo.

-Sí, estoy enfermo.

-¿Qué siente?

-Yo no sé: todos me quieren hacer mal.

-No tenga cuidado, tata, aquí estoy yo para defenderlo.

-¡Ah! tú no puedes hacer nada, nada... no sabes... son unos ladrones: ¿no había nadie en el patio cuando entraste?

-Nadie, tata.

-Ah, se esconden, la policía está formada de bandidos: a ellos los ayuda la policía.

Y así siguió en su delirio el pobre Dagiore.

José, con mucho trabajo, consiguió llevarlo a su casa.

Dagiore, tan pronto como entró, se dirigió a la pieza en que estaba el baúl y se sentó en el mismo: en esa postura se entregaba a la meditación, y su cerebro, como reloj descompuesto que marca pleno día cuando nuestro pedazo de tierra esquiva las caricias del sol, empezaba a forjar fantasmas reflejando las impresiones que le enviaban sus sentidos, quebradas o en gibas deformes y amplísimas.

El médico fue llamado varias veces; recetó cloral, porque Dagiore dormía muy poco, y prescribió que se continuase con la anterior bebida.

Dorotea hizo los posibles esfuerzos para que tomara ambas cosas, pero el enfermo se resistía obstinadamente.

Entonces empezaron a vaciarle los remedios en la comida. Esto dio mal resultado, porque Dagiore parece que se apercibió y la idea de que pretendían envenenarlo se robusteció más en él.

La casa, con este motivo, estaba desquiciada y se vivía en un sobresalto continuo, esperando por momentos una catástrofe. Muchas personas aconsejaban a Dorotea que se decidiese a mandarlo al Hospicio, pero ella aceptando la idea, iba dejando pasar los días no resolviéndose a tomar una medida tan extrema, ilusionada con los intervalos de calma que solía presentar el enfermo.

En una de estas circunstancias Dorotea dio un buen consejo a José.

-No puedes estar así -le dijo-, es preciso que trates de acomodarte.

-Yo lo quisiera -respondió el joven-; ¿pero, dónde?

-Hay que hacer la diligencia: ¿por qué no ves al doctor Ferreol?

Todo ese día maduró la idea y se convenció de que no tenía otro camino. Estaba muy abatido por la enfermedad de su padre y su propia situación. La impotencia que lo engrillaba, no pudiendo satisfacer sus necesidades y deseos, hízole ver, por vez primera, pálidas y descarnadas las realidades tristes que en ciertas fases presenta la existencia, y los girones de su orgullo sentíalos caer, como deleznable escoria, al golpe de los desaires que avivaban su despecho. Se sentía humillado y su ánimo desfallecía cada vez más. Desde que salió del Registro no se había animado a volver a casa de su novia. Iba descendiendo por grados, esquivaba a sus antiguos camaradas y experimentaba una vergüenza punzadora al darse cuenta de su falsa posición y de su haraganería, hasta cierto punto obligada, porque habiendo su familia avanzado en rango, los empleos humildes le estaban vedados por la religión de las preocupaciones.

Varias veces salió con la decisión de ver a Ferreol, pero presa de un desaliento melancólico, que le debilitaba las piernas y la cabeza, vagaba como una sombra alrededor de los muros de la casa de gobierno, y se volvía a su casa, sin haber hecho la más leve tentativa por hablarlo. Pensó en interesar a Víctor, pero desechó luego esta idea al recordarle su vanidad ulcerada, que Carlota podría saber que andaba buscando acomodo.

En una de estas veces, se decidió al fin: lo habló y le pidió un empleo.

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Inocentes o culpables de.Antonio Argerich - Página 2 Empty Re: Inocentes o culpables de.Antonio Argerich

Mensaje por EURIDICE CANOVA Sáb Oct 12, 2013 2:35 am

El pobre José quedó lleno de ilusiones con las promesas que le hizo el Ministro: ignoraba que ese mismo día había repetido idéntica cosa a tres o cuatro pretendientes.

-Con el mayor gusto -le dijo-, lo tendré presente en la primera vacante; pero hágame un recuerdito: vuelva de cuando en cuando.

-Si Vd. se digna decirme el día, señor.

-Pásese el lunes que viene.

Fue el lunes y el Ministro le dijo que volviera el miércoles, volvió el miércoles y le dijo que lo viera el sábado, y así lo tuvo por más de un mes.

Muchas veces, no bien lo avisaba, le decía con tono muy amable:

-¿Cómo está, mi amigo? No hay nada todavía para Vd., pero no lo olvido; tenga paciencia y dese una vueltita.

Aquello era una farsa que se le jugaba. En su candidez, José se preguntaba por qué no le diría con franqueza si pensaba no emplearlo.

Cansado de estas dolorosas tentativas que hacía para conseguir un sueldo, resolvió no volver, y desde entonces pasaba los días, con un humor negro, en el Café de su padre. Contribuía a afligirlo más su traje y sus botines, que exigían inmediato relevo. ¡Ah! cuando se veía así crujía de exasperación y maldecía de la vida. Recordaba a sus amigos y los encontraba infames. El infeliz con su criterio desquiciado no pensaba que él era quien se aislaba no concurriendo a los sitios de costumbre: en cuanto a Juan Diego y Andrés se encontraban absorbidos en sus estudios, pues los exámenes se acercaban.

Dagiore seguía de mal en peor. En uno de sus días buenos, Dorotea, por consejo del médico, le instó a que fuese al Café, pues hacía varias semanas que no salía de casa. Carlos estaba prevenido para que lo estimulase a entrar en vida normal, ocupándose de los trabajos que hacía anteriormente. Todo fue inútil: primero quiso arrojar del Café a un parroquiano al cual insultó sin motivo, y si no es Carlos que intercede lo habría pasado mal indudablemente, y después volvió como en tiempos anteriores a buscar la soledad aislándose en el cuarto del dependiente. De allí tenía que sacarlo José para llevarlo a su casa, caminando a su lado en el trayecto, lleno de vergüenza. Carlos le guardaba siempre respeto y obedecía su autoridad. Cada vez que Dagiore le exigía rendimiento de cuentas le entregaba hasta el último peso del cajón.

Poco después ya casi no salía. Con la idea de que lo querían envenenar él mismo se preparaba la comida. La aberración del gusto se había producido y abismaba ver cómo echaba en una cacerola velas de sebo, desperdicios y cáscaras de legumbres que sacaba del cajón de la basura, a lo cual unía pedazos de carne, con la particularidad de que no echaba sal al extraño potaje.

Cuando le parecía que estaba bien cocinado, en vez de comerlo, lo guardaba en el baúl y al cabo de tres o cuatro días lo sacaba y en pocos momentos devoraba la preparación ya podrida.

Dorotea no podía impedir que su marido comiese estas porquerías, porque cuando estaba preparándolas defendía su cacerola con la bravura de un perro a quien se trata de arrebatar el hueso que roe.

A Victoria y María les causaba hilaridad; Clara las acompañaba y aun la misma Dorotea solía participar de estos crueles festejos; que venían a atestiguar la existencia en la naturaleza humana de cosas doblemente dolorosas, porque a su natural tristeza, hay que agregar la tristeza de la risa que inspiran.

Era también digno de notar en Dagiore, cómo sus alucinaciones del oído y de la vista guardaban relación con sus ideas pasadas.

Es sabido que las masas italianas, en su generalidad, han seguido las opiniones anticlericales que triunfaron con el hecho político de la ocupación de Roma y la propaganda ardorosa de sus tribunos, cumpliéndose así, una vez más, la ley histórica de la turnidad en las fases con que se ostenta el espíritu humano al sucederse las generaciones en el dominio de las sociedades.

Dagiore, pues, como la mayoría de sus paisanos, era masón.

De noche se lo pasaba en vela, paseando por el patio y el comedor, cuidando de que la casa permaneciese alumbrada, porque la oscuridad le inspiraba grandísimo terror. La familia se encerraba en sus piezas para poder dormir con alguna tranquilidad, y a la mañana cuando Dorotea y Clara se levantaban, Dagiore, con las facciones alteradas, débil y rendido se dirigía al lado de su baúl y allí se acostaba como un perro receloso. Hacía, por lo menos, tres meses que no se mudaba camisa ni ropa interior y cuando Dorotea le instaba mucho, lo más que concedía el enfermo era colocar la camisa limpia encima de la otra inmunda.

Al preguntarle su esposa o José por qué no dormía de noche, contestaba invariablemente:

-Me persiguen una punta de jesuitas puercos y canallas: no me dejan dormir; abren agujeros en la azotea y me empiezan a hacer burla.

-Pero, tata -le contestaba José-, esos agujeros quedarían.

-Los tapan: son unos bregantes: yo los he visto, pero tienen comprada a la policía.

Carlos iba de cuando en cuando y como no veía las cosas de cerca, creía que la familia exageraba el estado de su patrón, y con la esperanza de que pudiese sanar, en cuyo caso lo premiaría, y también porque lo temía, continuaba haciéndole honrada entrega de las ganancias del Café.

Dagiore no daba, un solo real para los gastos de la familia y Dorotea solía encontrarse en grandes estrecheces. Había pedido dinero a Carlos, pero este sólo lo entregó cantidades insignificantes, contestando a todas las razones que le exponían:

-Pero si yo no quiero la plata para mí. Que me diga él que les dé y yo les entrego todo.

Una mañana, Dorotea lo abordó, con este mismo motivo y por centésima vez:

-Es preciso que me des dinero para el gasto.

-No tengo.

-¡Cómo no vas a tenerlo! ¿Quieres que vea el baúl?

Dagiore rió estúpida y falsamente, como si cediera, a la fuerza de un secreto resorte; una mirada extraviada y de brillo siniestro alumbró su rostro enjuto, y muy despacio, con mucha calma, dijo a su mujer:

-Yo te voy a degollar, no te descuidas.

No era esta la primera vez que la había amenazado, por esto Dorotea continuó:

-Bueno, puedes matarme, pero a tus hijos tienes que darles de comer.

-¿Y por qué no trabajan? ¿Por qué no vendes esos muebles de la sala? ¿Acaso sirven para nada?

Así contestaba todas las objeciones, pero sin desembolsar un solo peso.

Dorotea se encontraba por esta causa con nuevos disgustos, pues las cuentas de los gastos de consumo crecían y a cada momento la importunaban exigiéndole el cobro, porque ella, pensando que Dagiore le suministraría fondos, había ido demorando día por día a sus acreedores con formales promesas de pago.

Al reunirse para almorzar un mal puchero, la madre se quejó desoladamente.

-Esto no es vida -dijo-, y si no quiere darnos dinero no habrá más remedio que hacer lo que él dice y se venderán el piano y los otros muebles.

Los ojos de José se humedecieron. Contuvo sus lágrimas y se levantó de la mesa. En su cuarto la desesperación que le ahogaba hizo crisis, tirando las sillas y accionando presa de un furor convulsivo.

-Sí -se decía, en un monólogo entrecortado-: esto no es vida: aquí no se come, no se duerme, ni se puede tener la menor tranquilidad: ¡y pensar que estamos sufriendo horriblemente cuando tata ha de tener ese baúl lleno de dinero!...

Las angustias porque pasaba la familia Dagiore habrían terminado haciendo llevar el enfermo al Hospicio; pero Dorotea pesaba muchas razones para dilatar este hecho: su sagaz espíritu femenino la hacía adivinar los comentarios del barrio y se figuraba oír que en un círculo de conocidas exclamaba misia Mercedes:

-¿Cómo no va a volverse loco ese pobre hombre con el trato que le dan en su casa? Debe haber sufrido mucho al ver que se derrochaba su dinero y que era siempre pospuesto en las alegrías de la familia. Más parecía un sirviente que el dueño de casa, como que siempre ha andado con el fundillo descosido y no hay ejemplo de que nadie lo haya visto una sola vez en la sala.

José también tenía sus escrúpulos para aconsejar se tomase esa medida: era su padre, y además, podría suponerse que lo inducía lo difícil de su situación.

El día antes, estando en la puerta del Café, había visto pasar por la bocacalle a Carlota, acompañada de la madre y con una china sirvienta que las seguía cargando un gran bulto envuelto en diarios viejos.

Iban a llevar costuras de ropa blanca, que cosían para una tienda del centro y que las pagaban muy bien. Su primer propósito fue seguirlas para tener la dicha de contemplar a Carlota; pero se contuvo, pensando acerbamente, que la joven podría verlo en la mala facha que le comunicaba su traje usado. Por estas vergüenzas que le inspiraba su vanidad, hacía más de tres meses que no visitaba a Carlota y ni siquiera pasaba por cerca de su casa. José no estaba impresentable, pero por no andar como antes, se figuraba que iba peor que un pordiosero. En el Registro sacaba a precio de factura géneros finísimos y se mandaba hacer trajes con sastres que eran clientes de don Guillermo, y que por lo mismo le cobraban barato. Viéndolo, bien, pues, su posición no era extrema; pero se había desalentado de tal modo, que no habría encontrado palabras para solicitar crédito en una sastrería: de pensarlo solamente sentía anudársele la voz en la garganta y como le debía a uno algunos pesos, se sentía violento a cada golpe que oía en la puerta de su casa.

Cuando vio a Carlota y a la madre, pensó que si hubiese seguido visitando y con franqueza las hubiese impuesto de su falta de trabajo, las dos se habrían interesado en su suerte y por sus empeños tendría ya conseguido un empleo dado por Ferreol. Sus ideas iban amoldándose a las difíciles circunstancias que se había creado; pero sus juiciosos proyectos no pasaban de ahí: en esa cabeza de dilettanti no entraba la concepción de la vida práctica, llena de dificultades y con los tenaces esfuerzos que impone, y en la cual hay que seguir... seguir haciendo estaciones, hasta llegar a la tumba, y hollando las marchitas flores de la ilusión que caen de la frente del pobre viajero de la vida junto con los jirones de su orgullo. El recuerdo fresco que tenía de Carlota y la escena del comedor le inspiraron la idea de ver nuevamente a Ferreol.

Se arregló lo mejor que pudo, y muy triste, pensando que se humillaba mucho, se dirigió a la casa del Ministro. Al llegar, su decisión le abandonó y siguió de largo hasta la bocacalle. Después volvió, algo más tranquilo, y haciendo un gran esfuerzo penetró al zaguán. Agitó, sin resultado, varias veces la campanilla. Nadie acudía al llamado. Sin embargo, José veía pasar por el segundo patio a la mucama y a varios sirvientes. Al fin, uno de estos

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Inocentes o culpables de.Antonio Argerich - Página 2 Empty Re: Inocentes o culpables de.Antonio Argerich

Mensaje por EURIDICE CANOVA Sáb Oct 12, 2013 2:35 am

se decidió a venir, con un paso lerdo y revelando mal modo en su aspecto de bruto taimado.

-¿Qué se le ofrecía?

-¿Está el doctor? -preguntó José.

-No recibe.

-¿Tendría la bondad de entregarle esta tarjeta?

-Es inútil; vuelva más tarde; ha dicho que no recibe.

-Llévesela, sin embargo; nada se pierde.

Al rato volvió la mucama, la misma pretendida de Víctor:

-Dice el señor que lo vea en el Ministerio.

José, decidido a verlo y exasperado con su mala suerte, olvidó sus comezones de vanidad y preguntó a la mucama:

-¿Víctor está?

-Sí.

-Hágame el gusto de llamarlo un momento.

El pobre joven quedó en el zaguán, violento, mortificado, y sin saber qué postura adoptar ni qué le diría a su amigo.

Salió Víctor y dándolo la mano lo saludó.

-Me va a hacer Vd. un servicio -dijo José-: tengo necesidad de ver al doctor y si Vd. pudiese pedirle que me recibiese, le agradecería infinito.

-Estamos almorzando: si Vd. quiere esperar que concluya, creo que no habrá inconveniente.

-Esperaré; sí.

-Venga; le voy a abrir la puerta de su escritorio para que se siente.

-No; puedo quedar aquí.

-De ningún modo, y al caminar juntos Víctor agregó:

-Pero, qué perdido anda Vd. ¿ha estado enfermo? lo noto más flaco.

-Sí; es verdad: no sólo yo he estado mal, sino que he tenido enfermos de gravedad en mi familia.

Víctor lo dejó en el escritorio y nuestro joven quedó intimidado: a cualquier ruido que sentía hacia la puerta de comunicación su corazón se sobresaltaba: cuarenta minutos mortales estuvo allí esperando, y apenas si su impaciencia se calmó entreviendo esperanzas que su deseo excitado le hacía soñar.

Al principio, un olor delicado de comida llegó como una ráfaga confortante a herir su olfato. Su estómago joven se sintió estimulado y como no había almorzado ese día, se puso muy triste. Miró el lujoso mueblaje de la habitación y recordó que muchas veces había pasado por allí llevando del brazo a Carlota. Su pensamiento se volvía lúcido por momentos. ¿Por qué serían unos desgraciados y otros tan felices? Su espíritu rechazaba esas injusticias absurdas del éxito y no se las explicaba: la lógica fatal del pensamiento se desenvolvía en su cerebro, paralelamente, a impulso de la acción refleja de su traje pobre y sus bolsillos vacíos: en otra situación las ideas que la asaltaran habrían sido bien distintas. Entonces todo lo esperaba del Ministro: si le daba un buen empleo, se casaría con Carlota y lo nombrarían padrino a Ferreol. Insiguiendo la corriente dulce de estas esperanzas, se enternecía por grados, veía en el Ministro un generoso protector y pensaba, dominado por las preocupaciones del momento, agradecerle toda la vida.

Luego la idea de su pequeñez lo asaltaba: ¿qué sabía? nada simplemente; pero el orgullo no tardaba de nuevo en apoderarse de su cabeza de chorlito y resurgía en él la audacia y la altanería: ¿por qué no podía él llegar a Ministro alguna vez? Se comparaba con Ferreol y le tenía lástima: ¿qué sabía el doctor? Y ¿qué había hecho? ¡Bah! un rutinero a quien sólo valía el título. Pensó en seguir sus estudios y hubo un momento en que se creyó ya Ministro y que su casa era tan lujosa como la de Ferreol y que un buen cocinero le preparaba platos exquisitos.

La puerta se abrió y apareció el Ministro; plácido, rejuvenecido por el éxito y las adulaciones: correctamente vestido y restregándose las manos cuidadas avanzó con su pedante paso de costumbre.

Las ideas de José emigraron muy lejos: se paró y el corazón empezó a latirle con fuerza:

-¿Cómo está, mi amigo?

-Mal, señor -empezó el joven tragando saliva, y como viera que el Ministro lo escuchaba callado, se decidió a decirlo todo de una vez.

-Señor. -continuó con voz emocionada-, tengo a mi padre demente, mi madre está desesperada, y yo me encuentro en una posición insostenible; vengo, señor, a suplicarle me dé la mano; debería a Vd. mi porvenir...

Creyó con esto enternecer al Ministro, pero Ferreol quedó impasible; a fuerza de oír cosas semejantes todos los días, se le habían endurecido las entrañas y creía que todos exageraban sus males.

-Haré lo posible, mi amigo, no hay vacantes ahora, y las que ocurren las provee el señor Presidente, pero yo veré a este por Vd.

-Gracias, señor, -contestó José desalentado. Todas sus esperanzas se habían disuelto como un copo de nieve expuesto a los rayos del sol.

-No crea que lo olvido. Hay que tener paciencia. Hágame un recuerdito y véame uno de estos días en el Ministerio.

Las mismas palabras de antes. El joven todavía balbuceó algunos saludos y Ferreol lo despidió con una sonrisa sin darle la mano.

Ya en la calle, una desesperación sollozante avasalló todo su ser. Pensaba en su mala suerte y se le humedecían los ojos. De pronto sus nervios se crispaban al ver lo inútil que había sido humillarse ante el Ministro. Todo el esfuerzo hecho, el desgarramiento de su pudor imponiéndolo de cosas íntimas y dolorosas hacía más grande su desencanto, porque había supuesto que Ferreol le infundiría fuerzas condolido de su desgracia y lo llevaría ese mismo día al Ministerio.

Creyó que todas las puertas se le cerraban y que no había asiento para él en el banquete de la vida. Este razonamiento acabó por completar su evolución y sobre su frente mustia vino a posarse la negra idea del suicidio.

Lo tenía resuelto y bastaría un disgusto, la menor contrariedad que irritase sus nervios para decidir la oportunidad o acelerar la hora de la catástrofe.

Una cosa le hacía esperar, sin embargo, consiguiendo que se mantuviese alentado y con esperanzas: era esto el juego de la lotería. Seguía la corriente, el ejemplo general de la sociedad, que se había acostumbrado a la lotería con un apasionamiento digno de mejor causa. Por otra parte, no era este más que un signo de la perversión moral reinante, porque el juego, con cualquier barniz que se le disfrace, es y será siempre un gran robo y una práctica inmoral, que relaja las buenas costumbres, y a cuya atracción el artesano seducido empieza por olvidar la práctica del ahorro, que significa el capital futuro: la lotería, si es cierto que enriquece a unos pocos, aunque la más de las veces favorece a los que no necesitan, arruina a muchos en cambio y lleva el desaliento al último del trabajador cuando brinda sus favores al haragán.

José compraba billetes que guardaba sigilosamente en sus bolsillos. De vez en cuando llevaba allí la mano para cerciorarse de que no los había perdido. En otras ocasiones los estrujaba de la manera más tierna y enamorada, y cuando tenía seguridad de que nadie le veía consultaba las suertes con extraña voluptuosidad.

Entonces forjaba verdaderos castillos en el aire.

Era de todo punto feliz en el intervalo que paladeaba estas dulcísimas ilusiones.

Con febril impaciencia esperaba la hora de ver el extracto. Su vista se enturbiaba entonces y el corazón le latía fuertemente. Emocionado, consultaba las suertes y como no le tocara ninguna quedaba el infeliz mustio y cariacontecido, postrado y deshecho por el derroche de esperanza que había malgastado junto con su dinero.

Pero la esperanza, que es como una tenia que se rehace de un pequeño fragmento, volvía a seducirlo. En todo el tiempo que jugó la lotería, apenas sacó tres o cuatro suertes de diez patacones.

No era él sólo el iluso mal aconsejado: toda una población le acompañaba contagiada por el mal ejemplo de las alturas, y sin fuerzas en su instrucción para resistir la extraña avalancha que llevaba el descontento a todas partes; de ahí esa pugna cruel por mejorar de posición, esperando que un golpe de azar improvise recursos para poder pasear la vanidad vergonzante con atavíos de lujo, y ostentar triunfantes, predilecciones ociosas.

Como no tenía dinero le había pedido prestado a Carlos; después su reloj fue al Montepío por una bagatela y finalmente se decidió a vender sus libros.

No tenía de quien valerse y tuvo que ir personalmente. Esperó la noche, y con su carga debajo del brazo paseó como una sombra en las cercanías de la librería de viejo, esperando el momento que no hubiese gente. Entró, al cabo, con paso ligero, hizo su negocio y salió indignado estrujando unos pocos pesos sucios. Recién entonces comprendió cómo era posible comprar buenos libros por un precio ínfimo: él, que en otras ocasiones había imaginado que continuamente se equivocaban los revendedores de libros y que no conocían el precio o la importancia de las obras.

Dejaba allí su pequeña biblioteca; pero como ciertas petrificaciones que guardan el remedo de su forma anterior, su cerebro llevaba en ondulaciones confusas las especulaciones de sus autores predilectos.

Una decrepitud precoz carcomía la energía de sus ideas, y su cerebro se asemejaba a una máquina cuyos engranajes estuvieran gastados.

Era un autómata sin fuerza moral y que sólo alcanzaba a reconcentrar cierta vivacidad para derrocharla en vanas lamentaciones.

Todo esto era bien lógico y concordaba con sus antecedentes. Pertenecía a una generación, educada para la fortuna, y que el primer embate de la adversa suerte desencuaderna y aniquila.

La manera como se había modelado su ser moral, concurría también a echar su palada de sepulturero en esta triste desaparición de una energía moribunda.

Ya no tenía libros; pero la esencia de ellos mal asimilada confundía su cerebro.

La filosofía le había mostrado una humanidad de convención reglada por resortes extraños a la naturaleza, y la literatura había avivado con estopa sus pasiones inculcándole una noción falsa del amor.

También le habían imbuido desde la niñez ideas de religión que se hermanaban con el fanatismo y la superstición, y al llegar a la pubertad, no estando sus facultades bien desarrolladas, ya fue dueño de infinidad de libros que imprimieron dirección opuesta a sus pensamientos. Las ideas ultra-liberales se apoderaron luego de él y vinieron a desalojar las creencias

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Mensaje por EURIDICE CANOVA Sáb Oct 12, 2013 2:36 am

de la infancia; Cristo dejaba de ser Dios, pero el cerebro se resentía con este salto brusco y peligroso, verdadero desgarramiento de creencias adheridas al corazón.

¡Los extremos!... ¿Puede llegar a puerto de verdad un cerebro atenaceado por todos los sistemas y todos los delirios?

Luego el estudio excesivo, una meditación continua y la amalgama de materias difíciles. Basta esto para desequilibrar una cabeza o volver idiota a un joven; porque el cerebro es como una máquina a vapor: no puede llegar sino hasta cierto grado de presión: si se ultrapasa ese límite la explosión se produce y se llama entonces divagación, monomanía o demencia.

Así se explican las aberraciones de la inteligencia y se concibe la creencia en el infierno y las ilusiones de los espiritistas, porque entonces el cerebro oscila como brújula que ha perdido el imán.

De aquí resultan las vocaciones falsas, llenando con plétora de fantaseos y esperanzas la inocente cabeza de los niños.

Había algo más aún, que contribuía a explicar el desesperante estado de José, y era la herencia fisiológica recibida de sus padres.

Tanto Dorotea y Dagiore como sus respectivas familias no habían ejercitado sus cerebros en muchas generaciones, y por lo tanto, no podían transmitir ninguna buena predisposición para el franco vuelo del pensamiento.

La naturaleza no da saltos. Es preciso repetirlo una vez más. Todo se produce por eslabones graduales. La historia misma del hombre comprueba esta verdad. Por esto, un cretino nunca procreará un ser inteligente. Cuando se ha dicho que de las clases inferiores han surgido muchos grandes hombres, ha sucedido indubitablemente que los progenitores han trabajado sus cerebros aplicando su fuerza a investigaciones humildes, pero no por eso menos fecundas para el progreso físico-moral de la especie humana. En la familia de José no existía hábito del pensamiento, y para que nuestro joven hubiera podido entrar sin peligro en ciertas especulaciones del saber humano era menester que varias generaciones de los Dagiore hubieran pensado, ejercitando sus facultades intelectuales.

También hay otra observación a hacer: si recordamos cuando se casó Dagiore, en que cada noche se retiraba al tálamo postrado por el trabajo que le demandaba la Fonda y su avaricia, tendremos más luz para darnos cuenta de la apatía horrible que dominaba a José, analizando los antecedentes de su venida al mundo en el instante mismo que fue concebido.

Aceptamos con un filósofo que no produce el hombre manifestaciones puramente físicas ni puramente morales, pero en un ejercicio manual -el de un lustrabotas, por ejemplo-, se puede cansar la cabeza, más este ejercicio no deja ni puede dejar huellas benéficas en el cerebro, porque no cultiva la inteligencia; el cerebro se cansa por acción refleja y porque es parte integrante del organismo.

Dagiore, lo recordamos una vez más, se retiraba al tálamo postrado de cansancio, y como hemos apuntado, no eran solamente sus miembros los fatigados, porque los centros nerviosos, irradiando al cerebro esa postración, hacían que el cansancio se comunicara a su alma, por decirlo así.

Ahora bien: ¿no está perfectamente comprobado que los hijos se resienten de la situación en que se encuentran sus padres en el momento de concebirlos? Si el temor domina a los progenitores en ese instante o uno de ellos se encuentra borracho, resultará seguramente un ser débil y predispuesto a infinidad de enfermedades.

Dorotea asustada y Dagiore rendido por la fatiga, al darle la vida a José, le trasmitieron esa debilidad que podríamos llamar del momento funcional, agregada a la debilidad congénita de sus cerebros toscos.

¿Qué extraño, pues, que José, mientras no sintió penas ni privaciones viviera como una planta de invernáculo? Su energía anterior era producida por el calor del medio ambiente y podría compararse con el primer efecto de la embriaguez, en que el beodo se siente alegre o inteligente a la primera copa y apurando otras -valdría decir en nuestro caso, entrando a lo hondo de los conocimientos humanos o a etapas dolorosas de la vida- se turba y pierde la razón.

Así continuó el infeliz: pensando en la lotería para salir de su situación y acariciando a ratos la idea del suicidio: se había colocado en la pendiente funesta y muy poco le faltaba para caer en una degradación física y moral de la cual ya no sería posible libertarse.

El carácter de Dorotea se había vuelto insoportable y por la menor cosa se encolerizaba.

De todo sacaba pretexto para renegar media hora.

Cuando golpeaban la puerta de calle era un fandango la casa: corrían todas de un lado para otro, cerraban postigos, se asomaban y volvían a esconderse, mientras Dorotea chillaba:

-Vds. nunca están vestidas y yo tengo que ser para todo.

José se iba al Café, y empezó un día por comer con Carlos, hasta que se quedó a dormir una noche allí; después pasaron semanas sin que se le viese por su casa.

Dagiore seguía mal. Ahora le había dado por subir a la azotea, desde donde insultaba a los vecinos diciendo que le hacían agujeros en el techo de su cuarto.

En vano Dorotea escondía la escalera. La pared de la letrina era baja y él subía por ella haciendo escala con un cajón y una silla.

Una de estas ocasiones la aprovechó Dorotea para limpiarle el cuarto, que estaba inmundo, a tal punto, que de la puerta se percibía mal olor.

Victoria y Clara se encargaron de barrerlo y Dorotea con su otra hija pasaron a las primeras piezas.

Estaban las dos jóvenes terminando la tarea, cuando sintieron una voz desabrida que gritaba:

-¡No les he dicho que no tienen que entrar! Yo les he de dar que obedezcan a los jesuitas -y con las facciones alteradas y presa sus miembros de una agitación convulsiva, no aunaba a bajarse.

-¡Salgan, les digo! -volvió a gritar.

Victoria salió al patio y le replicó de mal modo.

-¿No ves que es para tu bien? tienes el cuarto peor que un chiquero.

Dagiore, descompuesto, no oyó más: apuntó con un revólver Bulldog que nadie en la casa sabía que tenía e hizo fuego, disparando sus cinco tiros.

Victoria corrió, pero ya tarde: una bala la había rozado el brazo izquierdo. En la puerta del comedor encontró a su madre y a su hermana, allí confundieron sus gritos de espanto y la joven se desvaneció al ver sangre en la manga de su bata.

La casa se llenó de gente y acudieron vigilantes atraídos por las detonaciones. Dagiore ya había bajado y estaba golpeando a Clara, que de miedo no se decidió a salir de la pieza. Les fue fácil tomar a Dagiore, aunque él hacía grandes esfuerzos por desasirse de los brazos que lo sujetaban.

Lo llevaron a la Comisaría; un vecino fue por médico y volvió con Catay, por ser el primero que encontró: la herida felizmente no era de gravedad; fue fácil contener la sangre y vendaron el brazo a la joven. El susto le había movido el vientre, lo que prueba una vez más que en la pobre naturaleza humana andan muy cercanas las cosas trágicas con las ridículas.

Cuando se serenaron un poco los ánimos, Clara, ostentando todavía algunos moretones en la cara, fue al Café a buscar a José. Le impuso de lo que sucedía y este llegó corriendo.

Se determinó llevar al Manicomio a Dagiore. El mismo Catay expidió el certificado; y José, con dos vigilantes, lo acompañó hasta el Hospicio. Allí al antiguo fondero tal vez encontraría a su ex-socio Vincenzo Petrelli.

Al poco tiempo, confundiéndose más sus ideas, al pensar que lo habían robado, deliraba con el objeto a que destinaba su dinero y reclamaba en todos los tonos aquel famoso hotel, que sólo estaba en su cabeza.

Catay, hablando esa tarde con don Isidro, decía

-Esto es efecto del golpe que le dio el Mayor Paz, -demostrando con tales palabras sus escasas dotes de observación.

La familia Dagiore fue entrando poco a poco en vida normal, ya repuesta de sus intranquilidades anteriores.

El misterioso baúl fue abierto: contenía alguna ropa, pedazos durísimos de pan, manojos de lana, cascotes, y muchas otras cosas que había juntado su dueño por la calle: después, en un rincón, envueltos en fragmentos de diario, trece mil y pico de pesos papel, junto con una libreta del Banco de la Provincia, que acreditaba setenta y dos mil pesos de igual moneda.

Fue una decepción para toda la familia, porque creían a Dagiore más rico.

Dorotea vio a un abogado, y se dictó la declaratoria judicial de demencia, nombrándola a ella curadora de los bienes; porque de otra manera no hubiera podido sacar el dinero del Banco.

José vigilaba el Café y manejaba el dinero que entraba.

Su energía reaccionó por esta causa. Dagiore alquilaba a una familia los altos del Café: tres piezas muy hermosas: José hizo desalojar a los inquilinos y se instaló en ellas.

A Dorotea le agradó esto: quería estar sola a su vez y desquitarse con sus hijas de las privaciones anteriores.



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Inocentes o culpables de.Antonio Argerich - Página 2 Empty Re: Inocentes o culpables de.Antonio Argerich

Mensaje por EURIDICE CANOVA Sáb Oct 12, 2013 2:37 am

- Capítulo XI

Hacía pocos días que Dagiore estaba en el Manicomio, y ya su familia parecía resignada de semejante desgracia.

Los primeros días Dorotea y sus hijas sólo hablaban de él, pero luego perspectivas más risueñas dieron rumbo opuesto a sus pensamientos.

José se había mandado confeccionar un traje de yaquet. Dominado por una fiebre loca de derrocho no reparaba en precio para las compras que hacía. Amuebló regularmente las piezas y volvió a llenarse de libros.

Parece que deseaba desquitarse de las privaciones sufridas anteriormente.

Ahora satisfacía su pasión por la lotería de una manera inconsiderada.

Vigilaba mucho a Carlos, y al principio pensó en despedirlo para vengarse de las veces que le había negado dinero, pero encontró dificultades al buscar quien lo reemplazara. No se le ocultaba tampoco, que el dependiente de Dagiore conocía a la clientela, y que por lo tanto, sabía a qué personas se podía fiar, pues el consumo dado al crédito importaba casi la mitad de las utilidades que dejaba el Café. No hubo pues innovación en esta parte, y el negocio siguió su marcha de costumbre.

La mayor parte del día la pasaba José en sus habitaciones, acompañado de sus libros, de buenos licores y mejores cigarros.

Meditaba muchas cosas y la idea del Registro venía de vez en cuando a halagarlo dulcemente.

Luego pensaba que era poco el dinero de que podía disponer, pero se aquietaba creando en su imaginación un socio con mayor capital.

Todos eran sueños y proyectos sin arribar a nada práctico y concluyente.

La imagen risueña de Carlota se asomaba también a sus recuerdos y entonces se devanaba la cabeza por encontrar un medio fácil para regularizar su vida y reconquistar su posición anterior.

Tan pronto ideaba escribir a la madre como presentarse de nuevo en la casa.

Borroneaba papel y luego rompía lo escrito.

No encontraba una excusa que lo satisficiera, y en el mayor desconsuelo, concluía por pensar que misia Carlota le impediría ya para siempre que visitase a su hija.

Entonces se paseaba a grandes pasos por la habitación. Se confundía y aturdido salía a la calle. Vagaba, se aburría, entraba a comer a algún Restaurant de moda, pedía los mejores vinos, daba una exorbitante propina al mozo y volvía a salir con una ansiedad loca, sintiendo un vacío en el alma, rabioso de no encontrar un conocido. Pasaba por lo de Carlota, iba a la iglesia, a todas las partes en que suponía podría encontrar a la joven, y nada; parecía que a Carlota se la hubiese tragado la tierra. De nuevo tornaba a sus habitaciones, disgustado de encontrarse solo.

La vida civil moderna es monótona y de una disciplina de cuartel, y es el trabajo el único agente que puede moderar los espasmos de una actividad que desborda sin aplicación útil.

La ociosidad de José era la causa del cansancio que sentía. Ya no alcanzaba a leer una página de cualquier libro sin bostezar.

Como de costumbre, se paseaba intranquilo y febriciente por la habitación; cuando sintió que golpeaban la puerta.

-¡Adelante! -dijo.

Era Clara que venía a traerle una carta que habían llevado para él a casa de Dorotea.

La tomó, y despidió a su antigua niñera.

José rasgó el sobre y se puso a leer. A medida que fue recorriendo las líneas sus ojos recobraban cierta animación.

Al concluir de leerla, puede decirse que se sentía alegre.

Se restregó las manos y exclamó:

-¡Vaya! esta noche sabré muchas cosas.

La carta decía así:

Señor don José Dagiore.

Mi querido José: Al fin pasé el rubicón. Este año, los exámenes han principiado muy temprano a causa de que había muchos estudiantes y los viejos parece que quieren salir al campo. No ha sido poco el susto, pero pasé perfectamente. Dentro de quince días mi tesis estará impresa.

Andrés también está de plácemes. Se ha recibido de farmacéutico y don Isidro, que está por abrir una Botica muy lujosa en la calle de Victoria, le ha dejado a partir de utilidades la que tú conoces en la calle de Cuyo.

Festejamos estos dos acontecimientos esta noche con un peludo y otras yerbas.

Espero que no dejarás de venir con eso celebramos la despedida que hacemos a la vida de estudiantes. Será la última, porque ya vamos a entrar a la vida seria. No te rías.

Si nuestros quehaceres nos han tenido alejados estos últimos meses es preciso que nos reconozcamos esta noche amigos hasta la muerte. Seremos cuatro no más, Andrés, tú y Víctor: al pobre Guillermo lo extrañaremos, pero qué vamos a hacerle.

Punto de reunión: Café Tortoni, a las ocho.

Te abraza:

Juan Diego.

Cosa extraña. José al imponerse de esta carta no pensó más que en Carlota. Hablaría de ella con Víctor. Ya antes había cruzado esta idea por su mente, pero lo incomodaba ir a buscar al hijo de Ferreol. Así es, que ahora que se presentaba espontánea la oportunidad, quedó lleno de alegría.

Comió temprano y se echó al bolsillo todo el dinero que tenía: cerca de diez mil pesos. Consultó el reloj y vio que todavía no era hora de acudir a la cita. Fue a hacerse afeitar y compró en la Peluquería una corbata, que estrenó, tirando la que llevaba puesta.

Al salir de aquí se dirigió al Café Tortoni. Habría andado una cuadra cuando se cruzó con una mujer que pasó por su lado como una sombra. Se dio vuelta el joven y reparó que la misma cosa había hecho ella. Avanzó entonces y con alguna dificultad reconoció a Amalia.

Tanto esta como él estaban muy cambiados.

José no era el de antes: la fiebre de las pasiones había impreso huellas profundas en su rostro: tenía ahora un color amarillo y los ojos lánguidos y marchitos; estaba, además, muy flaco. Amalia notó esto último.

-Qué delgado estás, pichón -le dijo.

-Sí: he estado enfermo.

-Se conoce.

-¿Y tú qué haces?

-También he andado de desgracias: vivo sola ahora; pero siempre puedo servir a los amigos.

-¿Ya no tienes la casa?

-¡Qué tiempo! Hace ya más de dos meses.

-¿Y Josefina?

-La pobre ya está dada de baja.

-¿Cómo?

-Ha seguido muy enferma de la vista: no quería escuchar mis consejos: últimamente se agravó mucho y como todos se le iban retirando empezó a beber como una bárbara: es cierto que siempre le había gustado el trago; esto no es malo, pero no hasta caerse y hacer escándalos como le había dado. En conclusión, te diré que tuvimos que reñir. Nos separamos, el peluquerito no la socorrió y fue a curarse al Hospital. Me han dicho que los médicos la operaron, pero no sé más.

-¡Pobre Josefina! -balbuceó José conmovido. Miró con desprecio a Amalia y abrevió palabras para cortar el diálogo.

-Si me necesitas, ya sabes, vivo ahora en la calle de Tucumán Nº...

-Bueno, adiós.

A José no le fue fácil reconocer a Amalia porque andaba bastante bien arreglada: llevaba un vestido de satiné negro muy rico, que se confundía con la seda: la bata era muy adornada con buches y puntillas; pero se comprendía que deseaba engañar, pues ocultaba las espaldas y el talle con un pañuelo grande de merino.

Cuando se separó de José entró a la primera casa de buena apariencia que encontró. Con inaudita audacia pegó dos fuertes golpes al llamador.

Era la sexta u octava vez que repetía esta escena en ese día.

Preguntaba por la dueña de casa y al aparecer ésta sacaba varias alhajas, y con tono compungido decía:

-Señora: una pobre viuda que tiene siete hijos me ha encargado que le venda estas prendas: las da regaladas por la necesidad que tiene, si a Vd. le interesa alguna hará una buena compra y una obra de caridad.

La señora, mujer al fin, se entusiasmaba, iba con las consultas adentro y compraba algo; la más de las veces sucedía esto, porque Amalia tenía buena vista para abordar las casas; sin embargo, en los casos negativos la astuta mujerzuela no se desconcertaba y con palabras muy comedidas emprendía la retirada e iba con la oferta a otra parte.

Todas estas alhajas que estaba vendiendo, procedían de robos efectuados por su querido y garantías dejadas por muchos jóvenes cuando ella estaba al frente de la casa de tolerancia.

A las ocho y media entraba José al Café Tortoni.

Juan Diego y Andrés, que ocupaban una mesa, lo llamaron.

-Así me gusta -dijo el primero: no te hubiera hablado más si dejabas de venir.

-Aquí estoy a las órdenes de Vds.: hagan de mí lo que mejor quieran; soy materia dispuesta.

-¿Qué vas a tomar?

-Una goma con soda.

-Estás muy flaco -le observó Andrés.

-Hombre, debe ser cierto, pues todos me lo dicen. Sin ir muy lejos, acabo de encontrar a Amalia y me dijo lo mismo.

-Hace tiempo que ha cerrado la casa -dijo Andrés.

-Esta tarde recién lo he sabido. Me dio muy malas noticias de la pobre Josefina: la han operado en el Hospital.

-Pues sabes poco -replicó Juan Diego-; ha salido del Hospital completamente ciega.

-¿Estás seguro?

-Hablé de ella el otro día con el practicante interno del Hospital, la conocía de tiempo atrás, y según parece, Josefina no le había dejado muy gratos recuerdos.

-¡Pobre! no pueden figurarse la impresión que me causa su desgracia. Desearía llevarle algún socorro. ¿No saben Vds. dónde la encontraría?

-Es difícil.

-Por Amalia tal vez se sepa algo.

-No es el asunto para afligirse tanto, también, -exclamó Juan Diego.

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Inocentes o culpables de.Antonio Argerich - Página 2 Empty Re: Inocentes o culpables de.Antonio Argerich

Mensaje por EURIDICE CANOVA Sáb Oct 12, 2013 2:37 am

-No debe ser uno así -contestó José-, algo le debemos viendo bien las cosas.

-Sí, algunas reliquias.

-Te acepto, pero no me negarás que uno de nosotros, es decir, de los muchachos que solicitaban sus favores, alguno la clavó a ella primero.

-¿Y tengo yo la culpa de que se haya expuesto de esa manera?

-No, pero nada perderías compadeciéndola.

-Dejen de disentir -dijo Andrés- y consultando su reloj, agregó: las nueve menos doce; caramba; tarda Víctor.

José volvió a la carga con nuevos argumentos. Recordó un pasaje de Rolla y comparó a Josefina con María; después agregó con énfasis:

-Te diré con Víctor Hugo: ¡no insultéis a la mujer caída!

-Basta, por Dios -interrumpía a ratos Andrés-: que se dé el asunto por suficientemente discutido.

En esto apareció Víctor, acompañado de un abogado calavera que conocían bastante nuestros jóvenes.

-Hola, doctor: ¿Vd. por acá?

Cambiaron saludos y los recién llegados tomaron asiento alrededor de la mesa.

José se puso a hablar con Víctor.

Preparó el camino: le siguió en una conversación sin interés, hasta que al fin, preguntó por Carlota.

-Hace tiempo que no la veo, pero sé que está buena. ¿Vd. todavía tiene interés por ella?

José se puso muy pálido y maquinalmente se le salieron estas palabras de la boca:

-¡Oh! ¡siempre, siempre!

-¿Cómo me habían dicho que Vd. ya no visitaba?

-¡Ah! sería preciso que le contara muchas cosas: he tenido a mi padre muy enfermo y yo mismo... después le contaré a Vd. todo.

-Puedo darle una buena noticia entonces. Carlota fue a varios de los recibos que se dieron en casa, y cómo Vd. no estaba, otros se aprovechaban; porque parece que la prenda es muy codiciada: entre estos, Burgos era el más entusiasta; la pidió formalmente y sé que lo desahuciaron de la manera más fea, aunque con bonitas palabras.

-¿De veras? -preguntaba José, no dando crédito a lo que oía.

Después se franqueó más y le expuso su perplejidad de volver a la casa.

-Eso es lo de menos -dijo Víctor siento que se hayan suspendido los recibos en casa porque allí se presentaría la oportunidad para que Vd. se disculpase con mi tía, pero no nos hemos de ahogar en tan poca agua: yo lo acompañaré y le haremos una visita a mi tía.

José quedó enajenado: de buena gana hubiera ahogado con un fuerte abrazo a Víctor.

¡Y cosa extraña! Pensaba en la desgracia de Josefina, se llenaba de júbilo al ver cercano el momento de reanudar sus relaciones con Carlota, y estas dos cosas, que podrían haberle inspirado la idea de separarse de sus compañeros, le producía una fiebre nerviosa, ansias de embriagarse y de hacer locuras en las casas de tolerancia.

Esta aberración se producía también en los otros jóvenes.

-¿Qué hacemos aquí? -dijo Juan Diego.

-Salgamos, entonces -contestó José.

-Yo los dejo -exclamó el abogado.

-De ninguna manera -replicó Juan Diego. Vd. viene con nosotros.

-Es que tenía que esperar aquí a un cliente.

-Déjese de eso: mañana tendrá tiempo para atenderlo.

-Pero vamos a ver; yo no me entrego así no más: explíquenme su programa.

-En dos palabras: recorrer la costa: cenar donde diga la mayoría y llenar los claros imprevistos del modo mejor que se pueda.

-Bueno; los acompañaré, pero no toda la noche: pasaremos primero por casa, no los detendré un instante; tengo que cerrar allí mis piezas y apagar la luz que había dejado encendida.

Salieron los cuatro y se dirigieron a la casa del abogado, que estaba cercana.

No quisieron entrar los jóvenes y esperaron en el zaguán.

El doctor entró, arregló algunas cosas, tomó su revólver y todo el dinero que había en uno de los cajones de su escritorio.

Volvió a reunirse a la pandilla y siguieron calles abajo.

-Si Vds. quieren -dijo el abogado-, yo los guiaré.

Convinieron y poco después se encontraban en una casa clandestina de tolerancia.

Salieron de esta y fueron a otra, y así recorrieron en poco más de dos horas cuatro o cinco casas.

En la última que entraron produjeron un pequeño barullo y el rufián, por mandato de la madama, fue a desatar el perro.

En muchas casas de tolerancia tienen un mastín de aspecto poco tranquilizador, escondido en el fondo, y que desatan en momentos de conflicto para intimidar a los barulleros.

El que nos ocupa estaba muy enseñado: olfateaba como un tigre y no cesaba de gruñir.

El rufián lo entró a la sala, reteniéndolo con sus dos manos de la cadena.

-Hagan barullo y verán -gritaba la madama encolerizada.

Nuestros jóvenes, que ya habían apurado algunas copas, no revelaban el menor asomo de temor. Sin embargo, obedeciendo a un impulso instintivo de propia conservación, treparon a las mesas.

El abogado así trepado parecía un orador de plaza pública o más bien un rematador, porque para mayor semejanza sacó su revólver.

-Suelta el perro, roñoso innoble -le gritó con voz tremenda, o te parto el cráneo.

Se convenció la madama que no le sería posible imponerse a los jóvenes, y entonces empezó a tocar el pito llamando a la policía.

El rufián se llevó el perro. Entonces Andrés se acercó a la madama y pidió que les abriera la puerta.

-¿Y el gasto? ¿Quién lo paga?

José y el abogado se precipitaron furiosos.

-¿Qué se ha creído Vd.?

-¿Por quién nos ha tomado?

-Ahí tiene plata, cóbrese.

-Déjeme a mí, a mí me toca.

Todos peleaban por pagar y al fin venció el abogado.

Cuando salieron de aquí fueron a cenar. Pidieron los mejores vinos y un poco después de la una, habiendo pagado José una cuenta exorbitante, decidieron ir a tomar más Champagne a lo de Luisa.

-Vamos, entonces -dijo Víctor.

-No, espera -replicó José, mordiendo un habano-: mandemos al mozo que nos traiga un carruaje.

La idea fue aprobada y cuando llegó el vehículo subieron los cuatro y dieron la dirección al cochero, que ya se la presumía.

La casa de Luisa estaba como de costumbre con bastante concurrencia.

Juan Diego tomó a María, la húngara, y Víctor, estragado de placeres, optó por conversar con Irene.

El abogado y José continuaron una célebre discusión filosófica que habían iniciado mientras cenaban.

El doctor defendía a Schopenhauer y José a Leopardi, dando cada uno más mérito a sus respectivas simpatías, pero conviniendo en las conclusiones a que arribaron ambos.

-¿Pero cómo me quiera comparar Vd. a un poeta con un filósofo?

-Ahí está -objetaba José-: Leopardi tiene más mérito porque ha cantado al dolor humano sin pretender hacer sistema.

-Luego eso no es filosófico, ni científico: es, se puede decir, acertar por carambola -y en su entusiasmo puso su flamante galera sobre la mesa, dejando ver una calvicie prematura. Cosas de la vida: Venus y las Pandectas lo habían rapado un poco.

Enseguida, agregó:

-Pero precisemos: ¿ha leído Vd. las obras de Arturo?

-¿De quién?

-De Arturo Schopenahuer; yo lo llamó así.

-Hombre, no le conocía el nombre de pila: he leído extractos y después la Filosofía de lo inconsciente de su discípulo Hartman.

-Es preciso que Vd. lo lea: ahí aprenderá la ciencia de refutar, porque Arturo deshizo con su talento las teorías de Fichte, Schelling y Hegel. Su mejor obra es «La raíz cuadrada de la proposición de la razón suficiente».

-¿Cómo? -dijo Juan Diego, que había oído algo.

El doctor volvió a repetir el título.

-Hijito, se me erizan los cabellos: madama, que me traigan una copa de la proposición de raíz cuadrada.

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Inocentes o culpables de.Antonio Argerich - Página 2 Empty Re: Inocentes o culpables de.Antonio Argerich

Mensaje por EURIDICE CANOVA Sáb Oct 12, 2013 2:38 am

José mismo tuvo que reír.

Entonces Andrés dijo terciando:

-Dejen esas discusiones para otra oportunidad.

-Para ninguna -repuso el abogado: con Vds. no se puede discutir seriamente: a ver una lora que quiera venir conmigo -agregó, dirigiéndose a las mujeres que había en la sala.

-Eso es lo mejor -replicó José, llamando a la galleguita.

Había una nueva mujer en este serrallo público, una lindísima joven alemana; era muy preferida y acertó a entrar en ese instante.

El doctor, que ya tenía noticia de ella, se adelantó y la tomó del brazo, chasqueando de esta manera a otros más tímidos que la esperaban desde horas antes.

La sentó en sus rodillas y empezó a conversarla pero aquí surgió una dificultad: la alemana no poseía el español.

Con una sonrisa amanerada se limitaba a decir:

-¿Pagas cerveza?

No sabía más.

El abogado no se acobardó: recordó sus locuras de estudiante parrandero e hizo un esfuerzo para rememorar unas cuantas palabras en alemán que había estudiado, y que en otros tiempos eran su caballo de batalla en las casas de tolerancia y con las cuales despertaba la hilaridad general.

Así es que contestó con una voz precipitada:

-¿Cerveza? Maerz august eins vier sontag montag dinstag domerstag neun zhen sieben acht!

Esto quería decir: marzo, agosto, uno, cuatro, domingo, lunes, martes, miércoles, nueve, diez, siete, ocho.

El doctor se excedía a sí mismo: de todas partes le saludaban con aclamaciones de risa.

Él entonces volvía a vomitar una nueva combinación de meses y de fechas, recorriendo las diversas escalas de la entonación.

Usando las mismas voces hablaba melifluamente o se hacía el irritado, con la sola diferencia de que cuando se resolvía a elevar el tono se acompañaba de frecuentes estornudos, por lo cual usaba entonces con mayor frecuencia la palabra acht.

La misma alemana reía de la ocurrencia.

En esto fue llamada desde el patio por Luisa.

El abogado creyó que sería para advertirle cualquier bagatela o darle una lata, pero al poco rato la madama llamó a la galleguita, la cual estaba con José.

Nuestros jóvenes se alarmaron entonces y Andrés, que se asomó a la puerta que daba al patio, dijo:

-Los han fumado.

-¿Por qué?

-Han entrado a la sala reservada.

-Eso no podemos consentirlo -gritó el abogado.

-Lo que es yo -agregó José muy pálido- voy a sacarla de allí.

-Bien, hermano, yo te acompaño -le contestó Juan Diego.

-Es claro, eso debemos hacer -opinó Víctor-, ¿qué acaso pueden ser mejores que nosotros los que están en la sala? ¡Bah! me parece que los veo; algunos viejos eunucos y crápulas.

Bastante marcados por la bebida salieron al patio.

En él encontraron a Luisa

-¿Qué es eso? se van.

-Oiga, madama -dijo el abogado-: hemos recibido un gran desaire y Vd. lo va a pagar.

Quiso Luisa aplacarlos, pero todo fue en vano.

Entonces puso en práctica su conocido recurso, haciéndose la enérgica.

-Pues yo mando aquí y si no les gusta, ahí está la puerta.

No bien acabó Luisa de decir estas palabras el abogado la derribó de una bofetada.

-¡Adelante, muchachos! -dijo, y atropelló la puerta de la sala reservada.

Los cuatro se precipitaron por ella.

Luisa entro tanto se había levantado furiosa y gritaba:

-Bautista, toca el pito; fuerte, fuerte -y con gran arrojo siguió a los jóvenes.

En la puerta chocó con Víctor que salía con la cara muy asustada.

Irene, que estaba en los cuartos de arriba, oyó el alboroto y las voces, y práctica en estos casos comprendió que algo grave sucedía y corriendo a un balcón de la calla empezó a llamar con un pito a la autoridad.

Veamos lo que pasaba en la sala reservada.

El abogado había entrado con su revólver en mano y lo mismo le sucedió a José que enseñaba el Bulldog que ahora le pertenecía, el mismo con que Dagiore hirió a Victoria.

Pensaban pelear y dar algunos mojicones a la galleguita y a la bella alemana, pero cuál no sería la gran sorpresa que los sobrecogió cuando se encontraron con el doctor Ferreol, Catay y dos diputados por provincias, siendo uno de estos aquel pedante que en todo metía al Presidente.

Los jóvenes contuvieron sus bríos, y Víctor al reconocer a su padre no pensó más que en disparar.

El Ministro, Catay y los diputados se asustaron al principio, pero el primero que se repuso fue Ferreol al reconocer a los jóvenes.

-¡Víctor! -gritó; pero su hijo sólo pensó en desaparecer.

El abogado se acercó a Ferreol y le explicó el desaire que les habían hecho.

-Señor -le dijo el Ministro, ya con su sangre fría habitual-: no pido explicaciones.

-Pues nosotros tampoco las damos-, replicó encolerizado José, mortificado de ver que ni en ese trance perdía Ferreol su altanería-: y Vd., caballero -agregó dirigiéndose al diputado que siempre hablaba del Presidente-, me dará una satisfacción, porque esa mujer que está con Vd. estaba comprometida conmigo.

-Llévesela, señor, yo no tengo que ver nada con ella: aquí la han traído sin yo saber-, contestó el diputado con voz insegura.

-Dagiore -dijo Catay-, como amigo le pido que sea prudente: mire que va a comprometernos.

Un vigilante ya estaba en la ventana, y como no se atrevía a entrar solo, llamaba a otros tocando furiosamente su pito.

-Muchachos -dijo José-, de todas maneras vamos a ir a la Comisaría, pues que nos lleven entonces con razón -y uniendo la acción a la palabra tomó de un brazo a la galleguita.

-Yo te voy a enseñar, loca del diablo -le dijo.

Luisa se abrazó de él pretendiendo quitarle el revólver, pero Juan Diego le dio una patada feroz que obligó a la madama a dejarle.

El abogado por su parte arrastraba a la alemana. Ferreol sumamente disgustado se apartó con su grupo a un extremo de la sala.

Nuestros jóvenes por cierto rumor que oían comprendieron que los agentes de la policía se acercaban y pretendieron ponerse en salvo.

Era ya tarde. Salieron al patio con girones de vestidos en las manos.

Se dirigieron a la sala general, que estaba solitaria. Al principio del barullo los que se encontraban allí habían ido a ocultarse en los dormitorios.

-Estamos perdidos -dijo Juan Diego.

-Hagamos zafarrancho -entonces, propuso el abogado.

José empezó: volcó la mesa: Juan Diego abrió la tapa superior del piano y arrojó allí varias copas y botellas.

El abogado, no queriendo ser menos, cogió otra botella y la apuntó al gran espejo que al quebrarse en varios pedazos produjo un gran estrépito.

El rufián se había escondido y Luisa no se animaba a abrir la puerta de fierro temiendo que alguno de los jóvenes le disparase un balazo.

Los agentes de la policía empujaron con violencia la puerta, pero no les fue posible abrirla. Entraron entonces por la casa del lado seis vigilantes con un oficial.

Los barulleros se encerraron en un cuarto y cuando bajaron los vigilantes ganaron las azoteas vecinas. Ponían en práctica el sálvese quien pueda. Un vigilante que había quedado de centinela los vio y les dio el grito de ¡alto!

Como no obedecieran hizo un disparo al aire para contenerlos.

-¡Eh! no sea bárbaro -gritó el abogado deteniéndose.

-¡Alto o lo mato! -volvió a gritar el agente.

Vinieron otros a los gritos y consiguieron tomar al abogado, a Andrés y a José.

Luisa entre tanto, llegaba con tres vigilantes de los que habían bajado al patio.

A Juan Diego no se le encontró.

Resultó para los tres presos una coincidencia feliz: el oficial de Policía era íntimo amigo del abogado y habría por él perdido hasta su empleo.

-¿Qué es lo que ha pasado? -le preguntó.

El abogado empezó a hablar, pero Luisa lo interrumpía a cada momento: todavía se resentía dolorosamente de la bofetada, del puntapié y de sus muebles rotos.
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Inocentes o culpables de.Antonio Argerich - Página 2 Empty Re: Inocentes o culpables de.Antonio Argerich

Mensaje por EURIDICE CANOVA Sáb Oct 12, 2013 2:40 am

-Cállese, señora -decía el oficial-: no puedo atender a dos a la vez.

Pero esto era imposible para Luisa. Entonces el oficial llevó aparte al abogado.

-Tienes que venir a la Comisaría; ¡caramba! se precisa no tener el menor juicio para hacer esto.

El abogado le impuso, al fin de todo.

-¡El doctor Ferreol! -dijo.

-Sí, ahí está o ha estado -agregó el abogado-: él ha sido el causante de este alboroto, porque por él se llamaron a nuestras compañeras: es preciso que nos acompañe a la Comisaría lo mismo que la madama y las loras.

-Estas últimas irán, pero ¡un Ministro!

-Y dos diputados nacionales.

-¡Sopla!

El oficial se acercó a la madama y le preguntó si estaban los otros señores en la sala.

-Sí -contestó Luisa-, pero ellos no tienen ninguna culpa.

-Voy a verlos.

Ferreol no temía que lo viese la policía, pero si hubiera podido evitarla le habría agradado más.

Así es que cuando entró el oficial, lo llevó aparte y le dijo:

-Usted ya sabrá el escándalo que acaba de pasar: es inaudito y haré valer mi influencia para que se castigue a los promotores. La policía también tiene su parte y no cumple con su deber.

-¡Señor! -exclamó el oficial al ver la arrogancia de aquel magnate, que no reparaba en su crítica posición para hablar tan soberbiamente.

-Sí -continuó Ferreol, que antes que todo era abogado y sabía encontrar una puerta de escape en los trances más difíciles-, ¿sabe Vd. por qué me encuentro aquí?

El oficial no pudo menos que sonreír y contestó por contestar:

-No, señor.

-Pues sepa que he venido tras de un hijo mío, menor de edad y que la policía debía impedir la entrada a estas casas.

-Señor -dijo el oficial-: el Reglamento de la Prostitución permite la entrada a los jóvenes desde la edad de dieciséis años: no es, pues, que la policía falte a su deber.

-Está bien -contestó Ferreol-, lleve Vd. presos a esos tres individuos: faltan dos más que yo mañana los haré prender.

Luisa le había noticiado que a Víctor y a Juan Diego no había sido posible tomarlos.

El oficial salió y volvió a conferenciar con su amigo el abogado.

-¡Ah! -decía este-, él no va, pues bien, yo me resisto y tendrás tú que ordenar que me den de sablazos.

-Sé sensato: yo tengo que respetarlo porque es un Ministro.

-Te equivocas; todos somos iguales ante la ley y él no tiene inmunidades y aunque las tuviera ha provocado un escándalo y ha incurrido en delito que merece pena corporal.

-Además, alega que ha venido para sacar a su hijo.

-¡Qué cinismo! Vaya un lindo modo de buscar a su hijo, haciendo sentar en sus faldas a una ramera como yo lo he visto.

-Bueno: hagamos de esta manera: yo hago despejar en la calle que hay algunos curiosos y tú me acompañas enseguida con tus compañeros y en la bocacalle los abandonó.

-Aceptado.

-Pero con la formal promesa de no volver aquí y de que si mañana los llama el Comisario concurrirán.

-Perfectamente, hermano, y te lo agradezco... ya sabes.

-Lo que sé es que hago esto bajo mi sola responsabilidad.

-No tengas cuidado.

Ordenó el oficial a dos vigilantes que hicieran despejar y al rato salió con su amigo, José y Andrés.

En la bocacalle los despidió volviendo a recomendarles mucho juicio y aconsejándoles fuesen a sus casas.

Volvió a la casa de tolerancia y entró a la sala.

Durante su ausencia había sucedido lo siguiente:

María, la húngara, llegó a medio vestir buscando a la madama.

Le habló en alemán, pero por el modo como lo hacía comprendió Ferreol que estaba asustada.

Preguntó qué había y Luisa le dijo que un hombre que estaba en el cuarto de María, al saber que en la casa había acudido la policía quería darla mucha plata si lo escondía o lograba hacerlo salir sin ser visto.

La pobre húngara se figuraba que era un asesino, revuelta su cabeza con la vista de tanto vigilante, y por esto le había hecho muchas promesas con tal de separarse de él. Agregaba que por nada volvería a su cuarto.

Ferreol, suponiendo que fuese Juan Diego o Víctor y no cayendo en cuenta que María los conocía bien, llamó un vigilante, pero como entrara en ese momento el oficial le pidió que trajese al hombre que tanto había asustado a la húngara.

Fue este y encontró a un ser inofensivo: le clamó por el cielo y la tierra que lo dejara; por último se dio a conocer. Con todo, el oficial fue inexorable: quería en algo quedar bien con el Ministro.

¡Cuál no sería la sorpresa de Ferreol al ver entrar al oficial acompañado de un sacerdote muy conocido en Buenos Aires y que se distinguía por la ampulosa retórica de sus sermones!

El Ministro del Señor bajaba los ojos confundido.

Luisa lo reconoció en el acto por uno de sus buenos marchantes: ese sí que no hacía barullo y pagaba bien: todo lo que sabía de él era que entraba bastante tarde y conforme le abrían la puerta de fierro disparaba a uno de los primeros cuartos: desde allí se entendía con el rufián o con Luisa; pagaba adelantado y doblando el estipendio de costumbre: después esperaba la compañera que le deparaba la casualidad. Iba tan bien vestido de particular que ocultaba perfectamente su profesión.

Ferreol se compadeció de él y dijo al oficial que lo dejase partir.

Enseguida salió él con Catay, que reía a mandíbula batiente, y los dos diputados que no se fueron satisfechos sin ver los destrozos de la sala general.

El carruaje partió para la casa de Catay. Era de alquiler y el Ministro se bajó allí para continuar a pie hasta su casa. Los diputados siguieron en él hasta el Hotel en que paraban.

Catay acompañó al doctor Ferreol hasta su domicilio.

El Ministro estaba por demás incomodado. Se arrepentía bien de veras de haber cedido a las instancias de los diputados, que fueron los que le arrastraron a dar ese paso.

A las once y media de esa noche se encontraba el Ministro muy afanoso consultando enciclopedias, a causa de haberse embarullado en un capítulo de la Memoria que estaba concluyendo para presentar al Congreso.

En esas circunstancias entraron a visitarlo los dos Diputados.

Ferreol estaba solo. A Esteban lo había tenido enfermo quince días antes y por consejo de los médicos fue a convalecer a Flores. Misia Pepita, acompañada de su suegra, se encontraba allí y Ferreol iba dos o tres veces por semana.

Esa noche estaba mal; no podía dominar bien la cuestión que trataba y se confundía en la redacción, a punto de volverse torpe, y lo mucho que había leído lo tenía febriciente.

Así es, que cuando lo convidaron para correr un poco la tuna, se defendió débilmente, forjándose la ilusión de que si conseguía distraerse se le refrescarían las ideas.

Uno de los Diputados habló con grandes ponderaciones de la belleza de la alemana.

-No; ahí podríamos comprometernos -objetó el Ministro-: vamos a cualquiera otra casa que no sea tan pública.

Sus amigos insistieron y él entonces mandó buscar a Catay. Este estaba por recogerse, pero cuando supo que era el Ministro quien lo llamaba acudió apresuradamente.

-¿No ve lo que pretende esta gente? -dijo, después de informarlo de los proyectos de los Diputados.

Catay vislumbró que el Ministro quería que lo obligasen, y así fue que contestó:

-No hay más, entonces, que condescender con los amigos.

Salieron inmediatamente y en la plaza más cercana tomaron un carruaje. Lo demás ya lo sabe el lector.

Al día siguiente, Ferreol fue muy temprano a visitar a su colega de la Guerra y Marina y arregló con él en que ese mismo día ingresaría Víctor a la armada sin permiso para bajar a tierra. Lo demás no tuvo ulterioridades. El Comisario aprobó la conducta del oficial y le pidió que silenciara el suceso. Ferreol, con más calma después no dio ningún paso. Luisa fue a la Comisaría, pero allí no se le oyó en sus pretensiones.

Volvamos ahora a nuestros jóvenes.

Cuando los dejó el oficial serían más o menos las tres y media de la madrugada.

En vez de seguir el juicioso consejo de retirarse a sus casas determinaron ir a un Café. Habrían andado media cuadra cuando se les unió Juan Diego.
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Inocentes o culpables de.Antonio Argerich - Página 2 Empty Re: Inocentes o culpables de.Antonio Argerich

Mensaje por EURIDICE CANOVA Sáb Oct 12, 2013 2:41 am

Celebraron el encuentro con grandes carcajadas.

-¿Cómo es esto? -preguntó Andrés.

-Muy sencillo, bajé por la casa de al lado. Lo más lindo del caso es que ni me notaron, porque muchos jóvenes que habían oído el barullo estaban encaramados a la pared deseosos de ver lo que sucedía. Cuando bajé por la escalera les dije que había conseguido presenciar algo. Abulté, largué algunos canards y con el primer grupo que pudo salir me escabullí, porque al principio los vigilantes no permitían que se abriese la puerta. Después me puse a esperar aquí para saber en qué paraba la tanda. Me figuraba que los llevarían a la Comisaría y por aquí tenían que pasar necesariamente. Ahora, ¿cuéntenme Vds. cómo no están presos?

Andrés explicó el caso.

-¿Entonces el Ministro pagará las averías? -dijo Juan Diego-. Qué lindo está esto.

-¿Y el espejo?

-¿Di tú el piano?

Y aquellos calaveras reían desaforadamente. De pronto José se sintió descompuesto. Tuvo un mareo, luego una ansiedad cruel.

Andrés lo sostuvo.

Al poco rato empezó a vomitar el champagne y la cena al borde de la vereda.

-Vamos a tomar un café -dijo Andrés-, nos hará bien a todos.

Un vigilante gallego se acercó y les dijo:

-Es prohibido detenerse en las veredas.

-Pues bien -contestó el abogado-, nos pararemos en el medio de la calle.

-En ninguna parte: sigan su camino o pito llamada.

-No ha de ser mal cigarro ese. ¿Qué dice?

-Mire, vigilante, yo voy a probarle que Vd. es un pobre diablo que tiene que tocar el pito por setecientos pesos al mes.

-Van a ver cómo los hago llevar a la Comisaría -replicó el agente incomodado-, y se dirigió a la bocacalle con intención de pedir auxilio.

-Doctor -dijo Andrés-, sigamos: no vamos ahora a comprometernos por una pavada: no toque, vigilante -gritó.

Siguieron entonces: dos cuadras más adelante el abogado volvió a detenerse.

-A Dagiore -dijo-, le llamó por arriba y a mí me llama ahora por abajo.

-Ya vamos a llegar a un Café -dijo Andrés-: sigamos, doctor.

-¡Ah! no: es un artículo de previo y especial pronunciamiento-, y sin decir más se acomodó de cuclillas en el umbral de una casa.

-No sea bárbaro -decía Andrés-; José y Juan Diego no podían contener la risa al ver aquel joven de galera y anteojos en una postura tan poco académica.

Lo esperaron en la bocacalle, donde llegó al rato el abogado arreglándose unos tiradores de seda.

-¿Usted usa eso? -preguntó Andrés.

-¡Oh! es muy cómodo y muy higiénico: así uno puede comer sin desabrocharse la hebilla del pantalón: además es un recuerdo: un regalo que me hizo una querida: un obsequio que me ha venido a costar cerca de cien mil pesos.

Así conversando de aventuras galantes se acercaron a un Café de la calle de Maipú que permanecía abierto toda la noche.

Allí jugaban muchos rezagados de las prácticas honestas al billar y a los naipes.

Tomaron café y charlaron de todo, recordando a cada momento las peripecias de aquella noche famosa.

Cuando abandonaron el Café era día claro.

Acompañaron al abogado hasta su casa y aquí hicieron otra parada.

Serían las siete y media en el momento que decidieron separarse.

Juan Diego, Andrés y José tornaron el mismo camino, pues sus domicilios quedaban hacia el mismo rumbo.

Parecía que los vapores de los espirituosos cargaban todavía sus cabezas, pues iban cometiendo locuras y riendo de los transeúntes.

Decían cosas feas a las sirvientas que encontraban al paso y a veces descendían hasta cometer la vileza de manosearlas.

Iban confiados, sin temor a nada, en un aturdimiento estúpido que les hacía olvidar toda conveniencia.

Al pasar un grupo de jornaleros vieron unas polleras y nada más.

Era Carlota y su madre con la china que las seguía a pocos pasos cargando un envoltorio de costuras. José sin reconocerla le arrojó un piropo grosero. Ella se limitó a alzar su frente con un mohín altanero y le envió una mirada triste y de reproche que asesinó al joven: la palidez que había conseguido en la orgía, desapareció ante el rojo de la vergüenza que vino a inflamar su cara como si hubiese recibido un bofetón.

Misia Carlota indignada apresuró la marcha.

Andrés y Juan Diego, que se apercibieron primero de este paso en falso, pasaron bajando la vista y sin darse por entendidos.

Cuando alcanzaron a José le dijeron a un tiempo:

-¡Mira que eres bárbaro!

El joven estaba consternado y su semblante revelaba una gran angustia.

-¿Y Vds., cómo no me avisaron? -balbuceó.

-¿Si las hemos conocido recién cuando tú pasaste?

Casi sin hablar llegaron al Café de Dagiore.

-¿Vds. siguen? -les dijo con encono o indiferencia-: yo me quedo: vivo aquí ahora.

Se despidieron y José subió a sus piezas.

Misia Carlota al seguir con su hija, le dijo:

-Ya ves qué clase de hombre había sido. Es preciso que lo olvides para siempre.

Carlota hizo un gesto de dolor. Tenía ganas de llorar y se creía muy desgraciada.

-¿Que le quieres todavía? -insistió la madre.

-Sí, mamá: ¿en caso que él hubiera seguido visitando y se hubiese conducido bien, qué mérito habría en serle consecuente? Pero ahora que lo veo desgraciado no puedo quitarle mi cariño. Si de las relaciones que teníamos resulta algo malo, que sea culpa de él y no mía.

La joven estaba apasionada de José: lo creía pobre y en su amor ardiente inventaba mil causas atenuantes para disculparlo; concluyendo siempre todos sus proyectos viéndose casada con Dagiore. La vivacidad de su deseo se daba el placer de crear obstáculos para allanarlos triunfalmente con una idea feliz. ¿Era pobre su novio? Pues ella trabajaría; sabía coser y podía ganar cuarenta pesos al día.

La ardorosa joven sólo pesaba las ventajas, y el candor de su poca práctica de la vida le velaba los inconvenientes de que está preñado el porvenir.

No era tampoco posible, que viese a su edad, el reverso del prisma de la vida.

Ahora ganaba fácilmente cuarenta pesos al día, pero su madre arreglaba las costuras y la china se ocupaba de limpiar la casa y hacer la comida. ¿Cómo pues, iba a pensar, que una vez casada vendría el embarazo, los hijos y otros cuidados del hogar que la impedirían dedicar su tiempo a las costuras?

Carlota y su madre volvieron cerca de las nueve. Se habían detenido en una iglesia, donde quiso entrar la joven a desahogar su tristeza, elevando una plegaria a la Virgen María, que era la imagen de su devoción.

Almorzó muy poco, limpió después la máquina de coser y se puso a trabajar.

José, entre tanto, había tenido momentos furiosos en su cuarto: estaba sumamente nervioso y cuando recordaba el suceso de la mañana se avergonzaba y le venían ganas de golpearse.

Ahora Carlota era dueña de todo su ser. No podía, no quería perderla. Pensaba en vano un medio para desagraviarla. Luego al recordar a la madre caía en un desaliento grandísimo. Si se figuraba por momentos que Carlota podría perdonarlo, creía también que la señora sería inexorable.

Su excitación crecía, como un río que avanza desbordado. Estaba febriciente, y esta angustia que sufría su organismo tenía necesariamente que despejarse en una crisis.

Volvió a la idea que había abrigado anteriormente; pero con el mismo resultado. Pensaba escribir dos cartas, una para Carlota y otra para la madre. Descontento de la redacción y enojado de sí mismo rompió infinidad de pliegos de papel.

Entonces se puso a pasear por la habitación, y de pronto, golpeándose la frente, exclamó:

-Sí; no hay más remedio: es lo mejor que puedo hacer, y más calmado, casi alegre, empezó a mudarse camisa.

He aquí lo que había pensado: presentarse solo a la casa, implorar a la madre, ver si conseguía hablar con Carlota, y si era despedido, lo tenía resuelto, volvería a su cuarto y se haría saltar la tapa de los sesos.

José aquí era el mismo de siempre: a la primera contrariedad ya pensaba en un medio extremo y vedado a espíritus de temple verdaderamente humano.

Su naturaleza desequilibrada no le permitía concebir, que en caso de ser despedido le quedaba el camino amplio del deber para rehabilitarse con una conducta digna y volver a merecer la estimación perdida.

Se arregló lo mejor que pudo y a eso de las dos de la tarde se dirigió, fluctuando entre esperanzas y zozobras, a la casa de su novia.
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Inocentes o culpables de.Antonio Argerich - Página 2 Empty Re: Inocentes o culpables de.Antonio Argerich

Mensaje por EURIDICE CANOVA Sáb Oct 12, 2013 2:41 am

Cuando golpeó la puerta y la china vino a anunciarles que era José, las dos mujeres se impresionaron fuertemente, pero de bien distinta manera. A Carlota se le enredó la costura y la madre se paró abandonando la silla en que estaba:

-¡Yo no lo recibo! -dijo-: es demasiado atrevimiento después de lo que ha sucedido hoy.

-Pero, mamá -imploró Carlota-, tú debes ver lo que quiere; velo, no hay por qué hacerle este desaire; al menos, lo que yo quiero es que nos conduzcamos bien.

Misia Carlota se ablandó: quería demasiado a su hija para dejar de hacer lo que le pedía, y aunque con tristeza, porque veía el capricho de la joven que ya no era posible torcer, contestó:

-Está bien; lo recibiré; ¿pero qué le digo? Yo estoy muy enojada con él. Lo hemos tratado con mil consideraciones y no ha correspondido como caballero.

-Lo que tú hagas, mamá, estará bien hecho: pero ve pronto, que ha esperado bastante.

-Que espere; creo que le das mucho valor.

Fue misia Carlota a la sala y su hija se colocó detrás de la puerta de comunicación para poder oír lo que hablasen.

La señora abrió la puerta que daba al zaguán y pronunció la palabra consagrada:

-¡Adelante!

José avanzó con timidez; casi tambaleaba, dominado por la emoción.

-Señora -dijo con voz entrecortada y balbuciente-, vengo a implorar su generosidad y a pedirle humildemente perdón de mi grosería de esta mañana.

-Usted no nos ha ofendido, Dagiore, porque no ofende todo el que quiere, y además podía Vd. habernos evitado esta visita: con lo que ha sucedido, nuestras pocas relaciones con Vd. han acabado.

El resentimiento de la señora despedazaba el corazón del joven: no creyó que se le tratara tan cruelmente.

-Señora: Vd. tiene derecho a arrojarme como un perro de su casa, pero por lo que Vd. más quiera en el mundo le suplico me escuche un momento.

-Hable Vd.

José entonces hizo su defensa; habló de la enfermedad de su padre, que no los dejaba ni dormir; dijo que él también había estado muy enfermo; y que después, no habiendo recibos en lo de Ferreol, no se animó a volver a la casa por haber trascurrido tanto tiempo, pero que esperaba sólo para hacerlo la apertura de un Registro que iba a establecer, con eso entonces, ya instalado y con medios seguros de vida poder pedir a Carlota, que era el compendio de su reposo y felicidad.

-Todo lo que me dice no da la razón de que se haya retirado sin decir una palabra; podía haber Vd. escrito...

-Señora, en esos momentos creo que estaba trastornado; puedo jurarle que jamás he dejado de pensar en Carlota; y aquel joven altanero, vencido por la pasión, desesperado, viendo a la madre con las entrañas tan frías, se echó a llorar, desbordando su incertidumbre y todo lo bueno que le quedaba en el alma, en sollozos tenaces que no podía contener, y en el hipo de su llanto quería hablar y no podía, porque su aflicción, demasiado intensa, lo ahogaba.

Misia Carlota se apiadó al fin.

-No se aflija así, Dagiore: lo volveremos a recibir; creo que su llanto me responde de que será siempre más juicioso, y diciendo esto, la señora lo dejó solo. En la pieza siguiente no vio a Carlota. Siguió al comedor para buscarla y la encontró anegada en llanto.

-Hijita: ¿qué te sucede?

-Nada, mamá; había estado oyendo... ¡Dios mío!... no había necesidad de decirle tantas cosas: ya ves, él es bueno. Si no hubiera temido que te enojaras habría entrado; pero mejor es que no lo haya hecho, porque tenía tantas ganas de llorar...

-Ahora es preciso que salgas un momento.

-Bueno; pero no lo dejes solo; yo tengo que lavarme los ojos; ¡ah! ¿por qué no le llevas la palangana?

-Quita allá, lloran tan pocas veces los hombres... ya que lo ha hecho que se le conozca.

La madre tornó a salir y tuvo esta vez la suficiente delicadeza para no volver sobre el mismo asunto.

Cuando entró Carlota, sonriente y bella, José ya se había calmado.

Se dieron un estrecho apretón de manos y la joven se sentó a su lado. Entonces la madre, revelando un tacto verdaderamente humano, los dejó solos.

-¿Me perdona Vd., Carlota? -la dijo José.

-No hablemos más de lo pasado.

-Qué buena es Vd., -replicó el joven-; crea que le debo más que la vida; sin Vd. no sé qué sería ahora le mí: sus virtudes y su pureza me alientan, me llenan de fe y harán que nunca pueda ser un hombre malo.

Muchas más cosas se dijeron y lo que callaban, la indiscreción de los ojos lo revelaba con sobrada elocuencia. Al poco rato volvió la madre y José pidió la mano de Carlota, la señora los bendijo invocando a Dios y la boda quedó concertada para dentro de dos meses.

José se despidió esa tarde enajenado: de todos sus poros sentía resurgir los entusiasmos generosos y el amor a la vida.

Decididamente no era el joven de la víspera que de acuerdo con el abogado proclamaba la filosofía del escepticismo.

Estaba regenerado y no se le ocurrían más que ideas nobles y dignas.

Seis días pasaron, y cada noche había ido José a hacer su visita, lleno de ilusiones y confianza en el porvenir, que tan risueño se presentaba para él. De la casa de su novia partía directamente a su alojamiento y allí se acostaba con un contento indecible. La cama le parecía mejor que nunca y con la dulce voluptuosidad que trasmite el amor correspondido su espíritu arrobado veía todo color de cielo. Cogía un libro y le era imposible leer; entonces, pensando en su novia, cerraba los párpados, recogiendo en ellos para recordarla en su sueño feliz, la imagen gentil de Carlota, que sentía vagar en formas seductoras sobre su frente de venturoso enamorado.


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Inocentes o culpables de.Antonio Argerich - Página 2 Empty Re: Inocentes o culpables de.Antonio Argerich

Mensaje por EURIDICE CANOVA Sáb Oct 12, 2013 2:42 am

- Capítulo XII

Al día siguiente se levantó José con alguna incomodidad en la garganta. No le dio valor y lo atribuyó a un resfrío que tenía. Con todo, después de tomar un café, se dirigió a la Botica de Andrés.

Le pidió algo, y el joven farmacéutico le llenó un cartuchito con pastillas de clorato de potasa.

Luego, olvidando la causa que le había llevado allí, se puso a conversar alegremente de temas generales.

-¡Ah! ¿sabes una cosa? -dijo de pronto su amigo: por poco no se me pasa, y es lo que más tenía presente para decirte.

-¿Qué?

-¡Hombre! esa pobre de Josefina.

-¿La has visto?

-Sí; anteanoche hablaron aquí de ella varios jóvenes, y si después no hubiera visto lo que decían, no lo habría creído.

-¿Pero qué es lo que hay?

-La pobre, completamente ciega y con pústulas en la cara, pide ahora limosna en el atrio de San Nicolás.

-¡De veras!

-Yo no lo creía y fui ayer a cerciorarme: era la misma, la acompaña una chiquita que ignoro de dónde la habrá sacado: los ojos no se le ven, porque están ocultos con un pañuelo que tiene atado por detrás de la nuca.

-¡Pobre Josefina!

-La pobreza debe haberla resuelto a dar ese paso; ella que era tan orgullosa; si vieras con qué vestido anda. No puedo negarte que a mí me hizo su efecto: estaba tan acostumbrado a verla de terciopelo y llena de alhajas, que no era para menos.

-Es nuestro deber socorrerla.

-También lo pensé: ¿pero quién nos garante que el miserable de su querido no la sigue explotando?

-Eso se averiguará.

-Difícil, muy difícil me parece.

-En fin, yo tengo muchas cosas encima, y cuando pueda, trataré de hablar con ella.

Conversó de otras cosas y al poco rato se despidió.

Había hecho grandes esfuerzos para no descubrir ante Andrés toda la pena que sentía.

Fue a su casa, sacó un papel de cinco mil pesos, y se dirigió enseguida a la iglesia de San Nicolás. Serían las nueve y cuarto de la mañana. En la puerta del atrio estaban varios pobres: dos viejos italianos, mugrientos y de barba crecida, dos mulatas que en su pereza, invocaban la caridad de los fieles, sentadas; y de pie, con la mano extendida, la desdichada ramera.

Josefina estaba tan cambiada, que José tuvo que adivinarla, y ¡cosa extraña! el joven no se conmovió y la miró fríamente. No era esa la Josefina que tenía en la cabeza, y al acercársele, comprendió que estaba muy lejos de ella. Su entusiasmo enfermizo se disolvió prontamente, como una bola de jabón. Un resto de compasión, sin embargo, pugnaba por ablandarle las entrañas, pero se defendió a sí mismo haciendo razonamientos mentales y ahogó su enternecimiento. Acabó por pensar que nada había de común entre él y Josefina. Entró al templo, entonces, fluctuando sobre lo que debía hacer y salió al momento. Al pasar por el lado de la ciega le dejó caer en la diestra extendida, un billete de cien pesos moneda corriente, bien convencido ahora, que habría cometido un disparate dándole cinco mil como fue su primera intención.

Fue a su casa; almorzó, y ya olvidado de Josefina, se puso a consultar un presupuesto que había confeccionado de lo necesario para fundar un
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Inocentes o culpables de.Antonio Argerich - Página 2 Empty Re: Inocentes o culpables de.Antonio Argerich

Mensaje por EURIDICE CANOVA Sáb Oct 12, 2013 2:43 am

Registro, pues esta idea no le abandonaba y quería realizarla, tanto más cuanto así lo tenían entendido en casa de misia Carlota.

Tenía poder general de Dorotea, y aun cuando se opusiera esta, pensaba ir adelante y aun vender el Café en caso necesario.

La libreta del Banco había descendido a cincuenta mil pesos: en menos de un mes llevaban gastados casi treinta mil. Dorotea se excusaba con las deudas pagadas, sin embargo de que estas nunca ascendieron a más de cinco mil pesos.

¿En qué se había gastado tanto dinero? En nuevos muebles para la sala, en trajes para Victoria y María y en un préstamo de diez mil pesos que había hecho Dorotea al Mayor Paz.

José se había puesto al habla con el dependiente principal de don Guillermo, el cual le comunicaba datos y aun le dio esperanzas de ser su socio. Bastante versado en esta clase de negocio comprendía que el capital era pequeño y pensaba solicitar dinero del Banco de la Provincia. Esperaba para esto la llegada de un tío que estaba en Montevideo, al cual iba a pedirle la firma. Si conseguía el descuento harían sociedad, pero como estaban ya entusiasmados empezaban a discutir puntos generales.

Estando don Guillermo en su estancia, José iba todos los días a hablar con el dependiente.

Ese día cuando José entró le enseñó lleno de alegría una carta de su tío. Celebraba la idea y le decía que contara con su firma para dentro de ocho o doce días, en que regresaría a Buenos Aires.

José con excelente humor se retiró a comer y por la noche habló de todos estos proyectos en casa de misia Carlota.

Después conversó con su novia de la instalación.

Carlota le dijo, con mucha franqueza, que ella lo seguiría a cualquier parte, pero que si se resolvía a vivir con su madre la daría un gran contento.

-¡Oh! -contestó el joven, en nuestra casa mandará Vd.; podrá hacer y deshacer como mejor le parezca.

-¡Ah! Vd. no sabe cómo le agradezco. Mamá me pedía que no le hablara de esto, pero se lo pasaba llorando al pensar que tal vez tendríamos que vivir separadas. Vd. le encontrará razón; hágase cargo que no tiene más familia que yo, y a su edad, sola... bastante motivo tenía la pobre para entristecerse.

-Debo confesarle que soy un gran egoísta. No había pensado en esto, pero Vd. debió decírmelo antes.

-¿Qué quiere Vd.?...

-Ahí viene su mamá: dígale que en vez de uno, tendrá dos hijos.

Carlota lo hizo así y la buena señora lloró de alegría, y como la casa en que vivían era demasiado reducida, tres piezas solamente, se pusieron de acuerdo para buscar una algo más espaciosa.

El joven se despidió hasta la noche siguiente, y se acostó, como de costumbre, acariciando risueñas perspectivas para el porvenir.

Esa noche tuvo algún insomnio; a las doce, mas o menos, consiguió dormir, pero su sueño fue intranquilo. Despertó dos hora después, ya con alguna fiebre; encendió luz y se sentó en la cama. La garganta le picaba un poco, y como comprendiendo algo, muy pálido y haciendo un gesto desesperado, se tiró del lecho, y desalado, lleno de angustia, abrió el cajón del lavatorio, tomó de allí un espejito de mano y poniéndolo muy cerca de la vela empezó a examinarse la boca.

Descubrió su desgracia. ¡Eran llagas las que tenía!

La orgía a que había asistido siete noches antes empezaba a dar sus tristes frutos.

El joven, consternado, no pudiendo aún medir el alcance de su enfermedad, se vistió silenciosamente, y hasta que llegó el día no hizo otra cosa que consultar al pequeño espejo. De pronto una acerba desesperación le punzaba las entrañas y crispando los puños maldecía de la vida y de su horrible suerte; luego se calmaba y el bálsamo de la esperanza descendía a endulzar su corazón ulcerado: se entregaba a la ilusión y creía entonces que sanaría pronto. Tenía tan turbadas las ideas que casi sin transición, después de una blasfemia, se ponía a orar o invocaba al buen Dios de su infancia, que hacía años lo había olvidado, prometiéndole adorarlo por toda la vida y ser siempre bueno si lo salvaba de aquel trance.

A las seis y media fue a buscar a Andrés. Estaba todavía en cama y tuvo que despertarlo.

El boticario lo reconoció y le dijo que esperase que fuesen las diez, hora en que acostumbraba pasar por la Botica el Dr. Catay.

-Pero, ¿qué crees tú?

-Tal vez sean las antiguas, y si son reliquias de la otra noche, puede que sean benignas: no te asustes y espera a Catay como te digo.

-¿Crees tú que puedo entregarme a sus manos?

-¡Cómo no! Tiene mucha práctica en estas enfermedades.

Andrés tenía por Catay el mismo entusiasmo que don Isidro.

José estaba muy nervioso. Se cansó pronto de esperar y demostró a Andrés su impaciencia. Este le dio un diario del día, pero el joven apenas lo hojeó: su situación lo aislaba del mundo y le hacía mirar desganadamente todo lo que no se relacionaba con su enfermedad. Se empezó a pasear; parecía que tenía azogue en el cuerpo. Al fin le fastidió la calma con que Andrés arreglaba las cosas de la Botica. Su cerebro loco no podía comprender la vida regular. Le pareció eso demasiado estúpido y que Andrés no se preocupaba como era debido de su situación. Salió a dar una vuelta prometiendo regresar antes de las diez.

Vagó por las cercanías, anduvo por el Mercedo del Plata, y de pronto, sin quererlo, se encontró frente al atrio de San Nicolás. En su sitio de costumbre, como una figura de cera, rígida, quieta, con la mano extendida, divisó a Josefina; inválida de la crápula, reducida al triste estado de pedir a la caridad pública el pan de su sustento, después de haber dejado en los lodazales del vicio su juventud, los sentimientos de su alma y la luz de su mirada. José tuvo horror, y febriciente, zumbándole los oídos, con un turbión de ideas lúgubres, se dirigió a la Botica cabizbajo y alimentando los más tristes presentimientos.6

Tuvo que esperar más de media hora a Catay. Este llegó, al fin, en su tílburi, algo apurado, porque ahora tenía más clientela y se daba mayor importancia. En lo de Andrés estaba todos los días un momento; veía si había alguna novedad y seguía: la noche la reservaba para la nueva Botica de don Isidro.

Andrés lo impuso de la novedad que sentía José, y entonces Catay lo llamó:

-Pase para acá, Dagiore.

Fue el joven a la habitación en que jugaban al mus en otro tiempo los contertulios de don Isidro; Catay lo llevó a la puerta que daba al patiecito para tener mayor luz y le hizo abrir la boca.

-¿No ha tenido otra manifestación? -preguntó.

-No, señor.

-Es lo más probable que tenga. Voy a recetarle -y mientras escribía, seguía diciendo-: de esta bebida tomará tres cucharadas al día y con la otra preparación hará gárgaras, con tanta frecuencia como le sea posible. Cuídese y no haga desarreglos.

-Ah, doctor, si salgo de esta todo eso habrá concluido.

-Así dicen todos cuando caen; pero después que pasa el susto, se olvidan de la lección y vuelven a las andadas. Había sido Vd. muy calavera. Caramba, que le dio buen susto la otra noche a mi amigo el diputado.

José ni siquiera sonrió: maldecía esa noche desde lo más íntimo de su alma, pero ya tarde.

Catay se despidió:

-Véame mañana a esta misma hora, y tenga ánimo que lo hemos de remendar, porque en estas enfermedades no se cura nunca radicalmente.

El pobre joven quedó abismado con ese equívoco consuelo.

Con todo, esperaba que no serían más que las llagas: una voz secreta, la eterna sirena de la esperanza, lo alentaba y le decía que era imposible una desgracia mayor.

Llevó los remedios y con cierta unción, lleno de fe, se curó todo el día: a la noche fue a hacer su visita de costumbre: la idea de que no pudiera realizar su matrimonio en la época concertada abatía su ánimo y lo ensimismaba cretinamente.

Carlota le notó algo extraño. Pensó que José podría haber tomado a mal algún dicho suyo y en vano se devanaba la cabeza, porque no recordaba la menor palabra que pudiera haberlo resentido.

El joven estaba sombrío, y su silencio de esa noche contrastaba con la alegre verbosidad de que había hecho gala en las visitas anteriores.

Carlota había entrado en cuidado, pero no se animaba a preguntarle nada.

De pronto José lanzó un triste ¡ay! suspirando; fue aquello impensado, sin creer que pudiera ser oído.

-¿Está Vd. enfermo? -preguntó entonces Carlota con el más vivo interés.

José tardó en contestar.

-Sí, tengo un dolor de cabeza horrible, lo he tenido todo el día.

La joven se levantó y fue a buscar un poco de agua de colonia.

-Póngase un poco en las sienes -dijo-, presentándole el frasco: eso le hará bien.

La madre vino después y le dio tres o cuatro recetas infalibles para el dolor de cabeza.

Todas estas atenciones ponían más triste al joven porque si bien lo hacían comprender los mimos y el cariño que le esperaban, estaba también seguro que el casamiento ya no podría tener efecto en el plazo convenido. Ciertas punzadas que estaba sintiendo y que le auguraban muchos dolores le hacían creer que Catay no se había equivocado. Se levantó mucho más temprano de lo que acostumbraba y se despidió:

-Hasta mañana -le dijo su novia-: cúrese.

-¡Ah! esos dolores de cabeza hacen sufrir mucho, pero tienen de bueno que pasan pronto-, agregó la señora.

-Hasta mañana -repitió José, haciendo un soberano esfuerzo: el gran desaliento que ya había sufrido otra vez se estaba apoderando nuevamente de todo su ser.

Esa noche tuvo mucha fiebre y durmió muy poco. A eso de las doce de la noche empezó a sentir una dolorosa retención de orina que se acentuó mucho más, después.
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Inocentes o culpables de.Antonio Argerich - Página 2 Empty Re: Inocentes o culpables de.Antonio Argerich

Mensaje por EURIDICE CANOVA Sáb Oct 12, 2013 2:43 am

A la madrugada escribió unas líneas llamando a Andrés. Este acudió en el acto y le recetó algunas cataplasmas y remedios sencillos como para calmar los dolores, y prometió volver a las diez con Catay.

Cuando entró el doctor, le tomó el pulso y se asustó.

-¡Ah! mi amigo -dijo-, Vd. se ha asustado y así no es fácil que lo sanemos. Es preciso valor.

-Lo tengo, doctor.

-Así me gustan los hombres; veamos lo que hay.

-Hum, en fin, no es nada, podría ser más: ¿y las llagas cómo van?

-Lo mismo, doctor.

-Bueno, Andrés, tú le vas a poner doce sanguijuelas y antes una sonda. Por hoy basta. No desmaye, mi amigo, y hemos de salir adelante. Trate sobre todo de no moverse mucho en la cama.

Andrés dejó la Botica en manos de su dependiente y acompañó todo el día a su amigo enfermo.

Serían las dos de la tarde cuando golpeó la puerta un muchacho que traía muchos folletos debajo del brazo.

-¿Está el señor Dagiore? -preguntó.

-¿Qué se te ofrece? -le dijo Andrés.

-Traía esto para él -contestó el muchacho, entregando uno de los folletos.

-Está bien.

Andrés miró la carátula y vio que era la tesis de Juan Diego, que antes de presentarla a la mesa examinadora ya la estaba repartiendo entre sus relaciones.

José la reclamó, vio que trataba sobre enfermedades del corazón; dobló luego la carátula, varias páginas más en que se dedicaba la obra al abuelo, al padre, a los vivos y a los muertos, y antes de comenzar el texto verdadero de la obra, descubrió una dedicatoria escrita. Decía así: A mi querido amigo José Dagiore en recuerdo de la soberana tranca de la otra noche.

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Inocentes o culpables de.Antonio Argerich - Página 2 Empty Re: Inocentes o culpables de.Antonio Argerich

Mensaje por EURIDICE CANOVA Sáb Oct 12, 2013 2:45 am

EL AUTOR.


José se puso muy serio al leer estas líneas. Culpaba a Juan Diego de su enfermedad, pero no se atrevió a comunicárselo a Andrés, porque como también el boticario había tenido su parte, temía que se resintiese.

A la tarde se fue Andrés. José le rogó se pasara por lo de Carlota y anunciase que estaba enfermo en cama.

-Mira -le dijo-, hazme este servicio, pero con mucha cautela: diles allí que tengo una fiebre muy fuerte.

Entonces subió Carlos a hacerle compañía.

El rudo italiano, en vez de consolarle lo afligió, refiriendo enfermedades que había padecido, cuando lo que necesitaba el pobre joven eran distracciones y que su espíritu se alejara de las negras ideas que su situación le inspiraba.

-Lo que es Vd., no tiene nada -decía Carlos-: ¡ah! si me hubiera visto a mí cuando ahora dos años tuve que entrar a curarme al Hospital: allí me daban una servilleta a morder con eso uno bufa y no grita. Entonces el médico con tijeras y bisturí corta la carne como podría hacerlo un carnicero: ¡ah, diablo! allí sí que se sufre.

José le oía estremeciéndose.

Al día siguiente Catay volvió a examinarlo. Lo encontró mal y le recetó un ungüento mercurial.

Andrés y el dependiente principal de don Guillermo lo acompañaron hasta hora avanzada.

A eso de las dos de la tarde, entró la china de misia Carlota.

José compuso la cama y ocultó varios frascos y dos sondas que estaban encima de la mesita de noche y la recibió entonces.

La china dio su recado y le entregó un fragante ramito de flores de parte de Carlota.

Cuando salió la sirvienta, José muy enternecido, no pudo contener las lágrimas, y con ese llanto, se escapaba también de su alma la energía que le quedaba.

Andrés trató en vano de consolarlo.

-¡Ah! soy muy desgraciado-, decía sollozando: la felicidad no se ha hecho para mí.

-Si vas a sanar: ten valor y paciencia.

-¡Ah! es que si la madre llega a descubrir algo hará que su hija me desprecie.

-Si vas a hacer tantas suposiciones es claro que has de encontrar algún lado malo: no exageres tu situación.

Así pasaron varios días, y más que la enfermedad, puede decirse que lo aniquilaba su preocupación moral. No había ya resistencia en aquel cuerpo trabajado por las pasiones.

Hacía tres años que seguía impávido el curso de una corriente de cieno. Varias veces fue salpicado y en cada enfermedad se había curado a la ligera. Creía que sanaba, y era su naturaleza joven que ocultaba el mal. Todas estas heridas mal curadas se habían abierto con los excesos que cometió la noche de la orgía.

Ahora tenía una cruel orquitis y se le habían formado dos abscesos.

Juan Diego al saber su enfermedad ocurrió inmediatamente y ayudaba al médico de cabecera.

Los abscesos supuraban mucho y Catay comprendió que había llegado el momento de abrirlos.

Participó esta opinión Juan Diego y le pidió que lo preparara. José al saber lo que le esperaba recordó asustado los cuentos de Carlos.

Se sobrepuso y dijo a su amigo:

-Mira: antes de eso quiero saber una cosa: invoco para ello la amistad que nos une.

-Lo que quieras... di.

-Tú sabes que estoy comprometido a casarme: he fijado el plazo y sólo falta para que se cumpla casi un mes y medio: para dejarme operar y estar tranquilo quiero arreglar esto antes: lo que te pido pues, es que hables con Catay y me digas en qué tiempo podré estar en condiciones de cumplir mi compromiso: así, yo escribiría a la madre de Carlota y veré de arreglarme.

Juan Diego lo escuchó muy serio y contestó después:

-Voy a hablar con Catay.

Pasó a la otra pieza y comunicó al doctor lo que José quería.

-Es preciso mentirle -dijo Catay-: se requiere estar loco o muy enamorado para ponerse a pensar en casamiento en este estado.

-¡Ah! no, doctor; hagámonos ilusiones, si usted quiere; pero yo tengo que darle una contestación aproximada a la verdad: lo quiero mucho y así se lo he prometido.

-Vamos a ver: ¿qué piensa Vd.?

-Pienso que dentro de seis u ocho meses podría casarse.

-Es mucho decir: lo que es yo no quisiera ser la novia: al abrirlo los abscesos... ¿ha visto Vd. cómo son?... al abrirlos, digo, se herirán necesariamente las túnicas albugíneas, y sanará por ese lado, pero después de producida la atrofia de los órganos, con lo cual quedará como Abelardo el desdichado amante de Eloísa.

-¡No vaya Vd. a decirle eso, por Dios!

-Es que hay más: ¿le ha reconocido Vd. bien el paladar? Ya eso no se detiene: ese joven se ha curado muy mal sus enfermedades anteriores: tiempo más, tiempo menos, póngale Vd. un año, habrá que colocarle un paladar artificial.

Juan Diego estaba consternado.

Volvió a la pieza del enfermo y le dijo:

-Debes tener valor: tu enfermedad te ha agarrado fuerte, pero podrás casarte antes de un año.

-¡Un año! -repitió José-, eso no tiene nombre, ¡Dios mío! y con un inmenso desaliento dejó caer su cabeza sobre la almohada.

Juan Diego comprendió que lo asesinaba y trató de corregir su falta.

-Sí, pero esa es la opinión de Catay, lo que es yo, creo que dentro de seis meses...

-Eso es peor: no me engañes, te conozco que tratas de tranquilizarme: tu misma cara me está diciendo que estoy muy grave.

-Si lo quieres tomar así, es claro: ¿acaso podría estarme riendo aunque lo que tuvieses fuese un simple resfrío? Siento de veras tu enfermedad, pero esto no implica que ella sea muy grave. Te diré todo: tu mejoría depende más de lo que tú hagas que de la ciencia de los médicos: debes tratar de tranquilizarte y estar bien para que te operemos mañana. Será cosa de un momento, nada más, un dolor pasajero.

-¡Ay! -contestó el enfermo; si ahora sufro tanto, ¡qué será después de eso!

-Sufrirá menos entonces: es preciso que te decidas: Catay acaba de retirarse y yo he quedado en buscarle mañana para venir juntos.

-Hagan lo que quieran.

-Bueno, queda resuelto: ¿no es verdad?

-Sí.

Serían las doce del día próximamente. Juan Diego se despidió hasta la tarde y José quedó con Andrés.

Una hora después entró la china de misia Carlota a informarse de la salud del enfermo, trayendo el ramito de flores que le enviaba su novia. Esta cariñosa prueba de simpatía le hacía mucho mal. Lo desesperaba horriblemente, pensando que no merecía a Carlota. Cada momento que pasaba era un tormento para él y no encontraba excusas ni palabras; algún medio, en fin, razonable, que explicase el pedido de un plazo más largo, y
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Inocentes o culpables de.Antonio Argerich - Página 2 Empty Re: Inocentes o culpables de.Antonio Argerich

Mensaje por EURIDICE CANOVA Sáb Oct 12, 2013 2:46 am

luego, ¿qué enfermedad simular, si dentro de uno o dos meses lo verían en pie? Concluía en lo mismo; viéndose despreciado y rechazado por misia Carlota y su hija.

Fueron horas tremendas para el joven. Tomó entonces su resolución y se convenció a sí mismo con razones que le parecían de una lógica terrible, de que debía darse la muerte.

Pensaba en medio de una angustia suprema, que Catay debía haber dado un pronóstico horrible, cuando Juan Diego se había decidido a decirle que recién sanaría dentro de un año. Los agudos dolores que sufría contribuían a afirmar en él esta idea. Proyectó escribir, pero su desaliento y su resolución le habían infiltrado una indiferencia desesperante. La idea que genera siempre el orgullo en estos trances y que hace pensar en un mañana que no se verá, no alcanzaba a irritar su pobre espíritu languidecente.

Andrés lo estorbaba. Leía un libro cerca del balcón, esperando así que su amigo lo llamara o que llegara la hora de darle un remedio.

-Andrés -dijo-, yo estoy abusando de ti, eras muy buen amigo, te estoy demasiado agradecido, pero no quiero que desatiendas tanto la Botica.

-¡Qué ocurrencia! Si no lo hiciera con gusto, pase.

-Ya sé, pero no es necesario que te incomodes tanto: ¿por qué no te vas ahora y vuelves a la noche a acompañarme otro poco?

-A la noche vendrá Juan Diego: si me voy vas a quedar solo.

-No, de día no quiero que te embromes, así: tu presencia es necesaria en la Botica; mira, puedes irte, y llamarlo a Carlos de paso para que se quede conmigo.

Andrés convino en esto, sin sospechar ni remotamente las intenciones de su amigo.

Se despidió y fue a llamar a Carlos.

Cuando salía, José le gritó:

-No dejes de venir luego: adiós.

-Adiós, hasta luego -contestó Andrés.

Entonces José abrió el cajón de la mesita de noche y sacó su revólver Bulldog. Lo examinó fríamente y viendo que tenía sus cinco balas lo puso debajo de la almohada.

Al poco rato entró Carlos.

-¿Cómo se siente? -dijo.

-Mejor, pero muy cansado: todo el día me han estado embromando las visitas y tengo sueño: voy a ver si duermo un poco: déjame solo y entorna la puerta: si viene alguien di que no puedo recibir.

Carlos salió, y entonces José volvió a apoderarse del arma: tuvo un desfallecimiento: el recuerdo de Carlota y de su familia lo enternecieron, pero fue un breve rato: secó sus lágrimas y en medio de una turbadora zozobra llevó el revólver a su sien derecha: al sentir el frío del cañón volvió a desmayar. En una de estas angustiosas tentativas creyó oír pasos en la escalera, escondió el arma y escuchó: nada, se había equivocado.

Pensó entonces, en que si venía alguno de sus amigos, tal vez quisiese pasar allí la noche, recordó después la operación que le esperaba al siguiente día, volvió a turbarse, todo lo vio negro en su porvenir. Su naturaleza gastada no fue capaz de una reacción violenta y sus ideas tétricas impidieron que sonriera en su espíritu la acariciadora luz de la esperanza, siempre lejana y siempre brillante, como los astros de primera magnitud. Se precipitó al arma, y tomando con la izquierda el cañón, afirmó el puño sobre el ángulo facial y con la otra mano completó de arreglar la dirección a la sien, y apretó entonces el gatillo: antes de disparar el tiro hizo un movimiento instintivo que no consiguió desviar la bala. El cuerpo del suicida se sacudió violentamente un instante para quedar casi boca abajo reposando sobre el costado izquierdo. La mano crispada había abandonado el revólver en una de las convulsiones de la agonía y estaba completamente manchado de sangre su pecho. La bala perforó el cráneo y fue a detenerse en el parietal izquierdo. De la herida manaba copiosa la sangre; se mancharon todas las ropas del lecho y después empezó a caer por uno de los bordes de la cama.

Nadie en la casa sintió la detonación.

Una hora después, al caer la tarde, se presentó el dependiente principal de D. Guillermo: venía a anunciarle que ese día había presentado la solicitud al Banco, la cual sería considerada al siguiente.

Carlos le dijo que estaba durmiendo, pero como la visita insistía se decidió a acompañarlo. Entró al cuarto, y aunque no había mucha luz, vio la sangre. Dio un grito y el dependiente de D. Guillermo se precipitó a la habitación. Los dos hombres quedaron mudos y sintieron calambres en las piernas. Retrocedieron espantados ante aquel cuadro de horror.

Sin saber lo que hacían bajaron nuevamente la escalera. A los gritos y los comentarios, acudió un vigilante, el cual llamó a otro.

Subieron, miraron el cadáver y quedó uno de ellos de guardia en la puerta mientras el otro fue a dar cuenta de lo sucedido.

Andrés llegó luego y le comunicaron la noticia. No daba crédito a lo que oía, se turbó y dijo con voz idiota:

-Para chanza es muy pesada: ¿se quieren burlar de mí?

Cuando se convenció de que era cierto y vio al vigilante que no dejaba entrar se le nublaron los ojos y hubiera caído si no lo sostienen.

Después vino Juan Diego. Quería morirse, y se puso a llorar como un niño.

A las ocho de la noche el médico de policía lo había reconocido y la autoridad dio permiso para que la familia se hiciera cargo del cadáver.

Dorotea estaba ya preparada y había intentado varias veces salir para ver a su hijo muerto; pero algunas personas que la acompañaban se lo impidieron.

Para que no fuera tan violenta la escena de la traslación, el Mayor Paz, que andaba en todo esto, decidió que se arreglara antes la mesa mortuoria y se prendiesen los cirios en la sala de la casa de Dorotea.

Después algunos changadores trajeron el cadáver de José colocado ya en el cajón.

Juan Diego y Andrés lo vistieron, y la cara, más que con agua se la habían lavado con lágrimas.

Dorotea y sus hijas, a quienes retenían varias personas en las piezas interiores, se abrieron paso y como unas locas se precipitaron en la sala. D. Juan y Dª Margarita las seguían. Allí rodearon el cajón y cubrieron de besos y de lágrimas el rostro macilento del pobre muerto.

Cuando se desahogaron un poco las sacaron en brazos, porque se resistían a salir.

Más tarde llegó el abogado, y conversando, dijo que ese día había hablado de José con Víctor.

-¿Dónde? -preguntó Andrés.

-En la calle de la Florida: anda ahora de guarda-marina y el padre le ha permitido bajar a tierra por ruegos de la abuela.

-Pues voy a escribirle dos líneas -dijo Juan Diego-: si no puede venir esta noche estoy seguro que nos acompañará mañana al cementerio.

-¡Qué noche fatal aquella! -dijo el abogado.

-Pobre José: quién lo hubiera dicho entonces -agregó Juan Diego.

-¿Y a Vds. no los ha sucedido nada? -preguntó el abogado.

-Nada: parece que el pobre José fue el solo desgraciado.

-No tanto. A mí y a Víctor también nos pringaron.

-¡Qué barbaridad! -replicó Andrés, por decir algo.

-¿Qué le vamos a hacer? Así es el mundo.

Media hora después llegó Víctor.

Se acercó silenciosamente al cadáver y le tomó una mano.

Después salieron al patio.

Allí conversaron tristemente. De cuando en cuando veían al Mayor Paz pasar por entre los grupos de los conocidos o amigos de la familia, grave, pero siempre haciendo conocer las dotes que poseía de adaptarse a las circunstancias: convidaba con coñac a unos, hacía dar mate a otros y no olvidaba que cada cuarto de hora era necesario despabilar las velas. Parecía un pariente lejano de la familia, pero muy comedido. Él había dado la noticia a Dorotea, contrató el precio del servicio fúnebre y mandó los avisos de invitación a los diarios y se prometía conseguir temprano, al siguiente día, el certificado de la parroquia y el permiso de la Municipalidad.

Victor se despidió, porque su padre tomaría a mal que pasase fuera la noche, pero prometiendo al otro día.

A media noche el Mayor Paz llamó al abogado, y le dijo:

-Me han dicho que Vd. conoce al Cura de la Recoleta.

-Es cierto.

-Pues Vd. va a hacer un favor a la familia. La madre de José está temiendo con que no lo van a enterrar en tierra santa: ¿podría Vd. arreglar esto?

-Es muy fácil: la iglesia es cierto que niega la tierra en sagrado a los suicidas, pero se hacen muchas excepciones: por ejemplo, tratando de probar que estaba trastornado cuando se quitó la vida: no le diga esto último a la señora, pero puede garantirle de mi parte que no habrá en esto ningún entorpecimiento y que se le aplicará el responso de costumbre: para mayor seguridad mañana temprano iré yo a la Recoleta.

-Mil gracias, voy a decírselo.

La noche se pasó sin ninguna novedad, salvo los sollozos intermitentes de la madre y las hermanas de José, que más de una vez insistieron en volver a la sala, pero se las contuvo.

A la mañana volvieron algunos que se habían retirado temprano para descansar unas horas. Quedaron estos y entonces se fueron otros que habían velado toda la noche.

Poco después el Mayor salió a despachar las diligencias que tenía que hacer; el abogado fue a la Recoleta y Andrés y Juan Diego quedaron al lado del pobre amigo muerto.

En las piezas interiores estaba Dorotea, acompañada de su madre. D. Juan, vencido por el sueño, se había dormido en un viejo confidente.

Hacía algunas horas que doña Margarita y Dorotea habían conseguido que las niñas se acostaran. Allí quedaban, sin misión que cumplir sobre la
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Inocentes o culpables de.Antonio Argerich - Página 2 Empty Re: Inocentes o culpables de.Antonio Argerich

Mensaje por EURIDICE CANOVA Sáb Oct 12, 2013 2:46 am

tierra, esperando un marido que nunca llegaría. Ignoraban que el brusco ascenso en el rango social que había dado la madre, equivalía a haber quemado las naves a este respecto, pues sin fortuna nadie las pretendía, y con sus humos de princesas oponían un cordón sanitario a sus naturales pretendientes: Carlos, el dependiente del Café, los puesteros del Mercado y otros mozos por el estilo: dormían quietamente debido a su temperamento linfático, soñando con novios que nunca vendrían, estas pobres vestales contra su voluntad y por arte de un sistema social imperfecto.

A las tres de la tarde se soldó la caja y se clavó el cajón.

Dorotea quiso despedirse por última vez de su hijo, pero no la consintieron; toda deshecha en su cuarto contenía los sollozos para no despertar a sus hijas. Dª Margarita la acariciaba en vano.

En el patio se hicieron a un lado los acompañantes todos vestidos de negro, y D. Juan, Andrés, Juan Diego, Víctor, el Mayor y el abogado, sacaron el cajón.

El convoy fúnebre partió con dirección al Cementerio del Norte.

En los primeros coches iban nuestros jóvenes, pálidos, tristes y reconcentrados.

Llegaron a la Recoleta. Allí bajaron el cajón los mismos que lo subieron conduciéndolo a la mesa mortuoria de la capilla del Cementerio.

Vino un sacerdote y le echó el responso de costumbre.

Volvieron los amigos de José, y su abuelo, a tomar la carga, y se perdieron con el séquito en una de las callejuelas: se dirigían a la bóveda de la familia de Juan Diego, que es donde iba a reposar el infeliz suicida.

Llegaron; Juan Diego abrió el sepulcro, un peón bajó con unas sogas y otros dos que retenían los extremos precipitaron el cajón, el cual corrió sobre la puerta del sótano produciendo un chirrido destemplado; el sepulturero lo acomodó en uno de los catres y los otros recogieron las sogas.

Cuando salió el que había descendido cerró el sepulcro y Juan Diego tomó las llaves.

¡Todo había concluido!

Volvieron tristemente. D. Juan, que era el único pariente de José, se adelantó, porque le había enseñado Dorotea que tenía que despedir el duelo en la puerta del Cementerio.

El pobre hombre estaba ya muy viejo y se encontraba incómodo entre los elegantes jóvenes que habían sido amigos de su nieto. Hacía, también, mucho tiempo que no vestía de negro y la levita arrugada que llevaba puesta le sentaba desastrosamente.

Carlos se puso a su lado.

Al llegar el grupo de los acompañantes, el abogado, que recién la noche anterior había hecho relación con D. Juan, dijo:

-Bueno, viejo, estamos despedidos: todos nosotros nos reputamos amigos y hermanos del pobre José: váyase a descansar.

Sin embargo, se cruzaron algunos apretones de mano.

Después la pequeña concurrencia fue a buscar sus carruajes.

Al salir en grupo nuestros jóvenes, se encontraron con el cura de la Recoleta.

-¡Ah! -dijo, divisando al abogado-: ¿ya cumplió Vd. con su deber de amigo?

-De eso venimos.

Algunos coches partían.

-Esperen, muchachos -dijo el abogado.

Los presentó al cura.

Unos cuantos mendigos italianos de cara torva y frente deprimida, que habían salido del asilo contiguo les trababa el paso.

-Una limosna.

-Estamos muy pobres.

-Un cigarrito.

-Vayan; vayan para allá -dijo el cura apartándolos-, estas hermanas se descuidan y los dejan salir -agregó.

Caminando volvieron a entrar al Cementerio.

-Me han dicho que era muy buen joven el amigo de Vds.

-Ah, señor; puede creerlo Vd. -contestó Andrés con sentido tono.

-¿Pero nosotros tal vez lo interrumpimos? -dijo el abogado.

-De ninguna manera: venía a ver al Administrador del Cementerio por una cosa de escaso interés: al contrario, me hacen Vds. favor.

Entonces se hizo referir la muerte de José.

-¡Ah! caramba, caramba -murmuraba el sacerdote, y luego como todas las personas imbuidas en una sola idea que la generalizan para todos los casos, agregó-: ¿saben Vds., mis jóvenes amigos, por qué suceden estas cosas? Se los diré: por la falta de fe, porque ahora en la escuela se descuida la enseñanza religiosa.

-Pues yo creo -replicó Juan Diego-, que eso sucede porque sucede, y el pobre José tiene tanta culpa de lo que le ha sucedido como el transeúnte a quien aplasta un ladrillo que cae de un andamio.

-Ah, señor -contestó el sacerdote-, eso es blasfemar: Dios ha hecho libre al hombre, y por lo tanto es responsable de sus actos; de lo contrario se debería abrir las puertas de las cárceles.

-No -dijo el abogado, al cual le chispeaban los ojos-: eso se hace porque la sociedad forja un sofisma: no venga a nadie ni reparte justicia, sino que se resguarda de un mal por el instinto de su egoísmo: es lo mismo que cuando aísla a un enfermo contagioso.

El sacerdote estaba escandalizado.

Incidentalmente habían caído en una de las cuestiones más grandes del Derecho y la Filosofía.

-Pero, señor -respondió-, advierta que Vd. me niega que haya hechos malos y buenos.

-Precisamente: un deseo es lógico; es, más bien dicho, con prescindencia de todo; pero son las circunstancias tales, que al satisfacerse hiere otras ideas, otros intereses y ciertas bases establecidas, y de aquí, el criterio que se forma para calificar un hecho de bueno o malo; no siendo nada bueno ni malo en absoluto: estas ideas las desarrolla de otro modo y mucho mejor Schopenahuer...

-Siempre Vds. con esos autores extranjeros.

-Vamos al caso -dijo Juan Diego-, y dejemos a Schopenahuer: yo lo nombro a Vd. juez: ahora bien, ¿condenaría Vd. a José?

-Eso -respondió el cura-, sólo corresponde a Dios.

-Pues yo digo que es inocente -exclamó el abogado.

-Y yo que es culpable, aunque la misericordia del Ser Supremo es infinita.

-Es preciso distinguir -dijo Andrés-: en mi opinión se es inocente de aquellos actos en que se incurre por ignorancia, y culpable, cuando se cometen teniendo experiencia y pudiéndose prever los resultados.

-No -contestó el abogado-, hay imanes fatales en la vida y cosas irresistibles.

-Para eso está el deber y la religión -respondió el sacerdote, que ya se sentía cansado de la discusión.

-Hay pasiones que arrastran todos los diques, y vuelvo a decir que los que se encuentran en el caso de nuestro pobre amigo son inocentes.

-Culpables -replicó suave pero tercamente el buen cura.

Se despidieron.

Desde la verja aún se dio vuelta el abogado y agitando su mano en ademán de saludo, gritó:

-¡Inocentes!

-¡Culpables! -respondió el sacerdote.

Los sauces y los cipreses del Cementerio, agitados por la brisa, detuvieron un momento estas palabras, y al rato volvieron a repercutir, devueltas por el eco de las tumbas...

FIN
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