EL AMANECER DE LA POESIA DE EURIDICE CANOVA Y SABRA
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LA DIVINA COMEDIA: EL INFIERNO: CANTO XVII

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Mensaje por Marcela Noemí Silva el Mar Dic 10, 2013 2:44 am

LA DIVINA COMEDIA: EL INFIERNO: CANTO XVII Divina10



LA DIVINA COMEDIA: EL INFIERNO: CANTO XVII

¡He aquí la fiera de aguzada cola,
que traspasa montes y abate muros y armas!
¡He aquí la que corrompe al mundo entero!

Así empezó a hablarme mi Guía;
y le indicó que se arrimara a la orilla,
donde morían los hollados mármoles.

Y aquella inmunda imagen del engaño
vino, y acercó la testa y el tronco,
pero a la orilla no allegó la cola.

Su rostro era el de un varón justo,
tan benigna era por fuera la piel,
y de serpiente todo el restante cuerpo;

vellosas hasta la axila eran sus zarpas,
la espalda y el pecho y ambos costados
de lazos y escudos salpicados.

De más colores, en fondos y relieves,
no habido nunca tela Turca o Tártara,
ni hubo tal otra que Aracnea preparara.

Como se ven a veces las barcas en la orilla
que en parte sumergidas y en parte están en tierra,
y como allá entre los golosos Tudescos

el castor a lanzar su guerra se apresta,
así la pésima fiera se tenía en el borde
de piedra que al arenal encierra.

En el vacío la entera cola agitaba
curvando en alto la ponzoñosa horca,
que a modo de escorpión la punta armaba.

El Conductor dijo: conviene que se tuerza
nuestro camino un poco hacia esta
fiera malvada que allá se tiende.

Bajamos pues por el lado diestro,
y diez pasos dimos hacia el extremo
borde, para evitar la arena y la hoguera.

Y cuando cerca de la fiera fuimos,
algo alejados del horno, sobre la arena
vimos gente sentada cabe el abismo.

Aquí el maestro: A fin de que plena
experiencia de este recinto obtengas,
me dijo, anda y ve cómo están éstos.

Que sean breves tus parlamentos;
y en tanto vuelves, hablaré con esta
para que nos conceda sus hombros fuertes.

Así entonces sobre la extrema testa
del séptimo círculo muy solo
anduve a donde estaba la gente triste.

De los ojos fuera manaba su dolor;
de aquí, de allá eludiendo con las manos
ya los vapores, ya el ardiente arena;

no de otro modo en el verano hacen los perros
con el hocico o con las zarpas, cuando mordidos
de las pulgas, o de las moscas o de los tábanos.

Mirando atentamente a muchos de ellos
que el doloroso fuego azotaba,
a nadie reconocí; pero advertí entonces

que del cuello les pendía un saquito
de cierto color y signo marcado,
y a sus ojos al parecer deleitoso.

Y cuando vine entre ellos mirando,
en una bolsa amarilla vi un azul
que de león tenía la cara y el aspecto.

Después, prosiguiendo mi encuesta
vi otra bolsa como de sangre roja,
con una oca más que manteca blanca.

Y uno, que de una puerca azul y gruesa
signado tenía su saquito blanco,
me dijo: ¿Qué haces tú en esta fosa?

Ahora vete; y porque aún estás vivo
sabe que mi vecino Vitallano
ha de sentarse aquí a mi siniestro flanco.

Entre estos Florentinos yo soy paduano:
a cada rato me aturden las orejas
gritando: “Venga el caballero soberano,

que en la bolsa lleva tres picos”.
Aquí torció la boca y sacó fuera la lengua,
como el buey cuando se lame el hocico.

Y yo temiendo que el mucho estar ofendiese
al que de poco estar me había advertido,
volví la espalda a esas almas tan miserables.

Hallé a mi Guía trepado
del fiero animal sobre las ancas,
y me dijo: Sé fuerte y osado.

En esta clase de escala bajaremos ahora;
monta delante que quiero estar en el medio
a fin de que la cola no pueda hacerte daño.

Como el que ya cerca el asalto siente
de la cuartana, y yale blanquean las uñas.
y tiembla entero sólo de presentir la fresca,

así estaba yo al oír tales palabras;
pero me avergonzaron sus amenazas,
las que ante un buen señor dan fuerza al siervo.

Tomé asiento sobre aquellas espaldazas;
y quise de decir, pero la voz no me vino
como yo quería: Por favor abrázame.

Pero mi Guía que otras veces me mantuvo
en otros riesgos, así que hube subido
en los brazos me estrechó y me sostuvo;

y dijo: Gerión muévete ya:
la ruta es larga, que sea lento el descenso:
piensa en la nueva carga que llevas.

Como sale el barquito de su lugar
retrocediendo de a poco, así la bestia se apartó;
y cuando sintióse libre del todo

volvió la cola donde antes tenía el pecho,
y movió tensa la cola como una anguila,
y con los brazos se atrajo el aire.

Miedo mayor no tuvo, creo,
Faetón cuando soltó las riendas
por quién el cielo, como aún se ve, se tostó;

ni cuando Ícaro sintió de los riñones
soltarse las plumas de la derretida cera,
y le gritaba el padre: ¡Mal camino llevas!,

cuanto fue el mío, cuando me vi volando
en el inmenso aire, y vi que no veía
ninguna cosa más que la fiera.

Ella se va nadando lenta lenta;
gira y desciende, pero yo nada veo
sino que al rostro y desde abajo me aventa.

Sentía yo el torbellino a la derecha
bramar debajo nuestro un horrible trueno,
por lo que incliné hacia abajo la cabeza.

Entonces más me espantó el precipicio
cuando vi fuegos y sentí llantos,
y me recogí en mí temblando entero.

Y vi después lo que antes no veía
el descender y rodar entre grandes males
aproximándose de todas partes.

Como el halcón que ha volado harto
sin ver reclamo ni ave alguna
hace exclamar al cetrero: "¡Ay! ¿que ya bajas?"

desciende laso de moverse tanto
en rondas ciento, y se posa lejos
de su maestro, desdeñoso y colérico;

así posóse Gerión en el fondo,
justo al pie de una estallada roca,
y, descargadas nuestras personas,

se alejó como se aleja una flecha.

Dante Alighieri


Marcela Noemí Silva
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