ODAS DE HORACIO- LIBRO III- I SOBRE LA TRANQUILIDAD DEL ÁNIMO

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ODAS DE HORACIO- LIBRO III- I SOBRE LA TRANQUILIDAD DEL ÁNIMO

Mensaje por Roana Varela el Lun Dic 23, 2013 5:24 am

LIBRO III

I SOBRE LA TRANQUILIDAD DEL ÁNIMO


Odio al vulgo profano, y lo rechazo. Favorecedme con vuestro silencio; sacerdote de las Musas, canto versos nunca oídos a las vírgenes y los mancebos.
Los rebaños de pueblos tiemblan ante sus propios reyes; los reyes, a su vez, tiemblan ante el imperio de Jove, que, esclarecido por su triunfo sobre los Titanes, conmueve los mundos al fruncir el entrecejo.
Uno extiende, más que el vecino, en los surcos las filas de árboles; éste, de sangre más generosa, baja al campo de Marte a caza de honores; esotro lucha confiado en su buen nombre y sus virtudes cívicas; aquél se autoriza con la turba numerosa de sus clientes, pero la necesidad iguala altos y bajos con la misma ley, y en la vasta urna se revuelven los nombres de todos.
Al que ve pendiente la espada amenazadora sobre su impía cabeza, ni los manjares de Sicilia le regalan con su dulce sabor, ni los sonidos de la cítara o los gorjeos de las aves le incitan al sueño. EI blando sueño de los pobres labriegos se concilia mejor en las humildes cabañas, en las riberas sombreadas por el ramaje o en el valle de Tempe que los Céfiros acarician.
Quien limita sus deseos a lo necesario, no se intimida por las borrascas de los mares , y desafía los ímpetus violentos del Arturo en su ocaso o del aparecer de las Cabrillas.
No se queja de sus viñas azotadas por el granizo, ni de su heredad improductiva, ya culpen los árboles a las lluvias insistentes, ya al crudo rigor del invierno o al estío que abrasa los campos.
Los peces se sienten estrechados por las moles que se alzan en el líquido elemento, y los ricos, cansados de habitar la tierra, traen aquí sus numerosos contratistas con carros de materiales y falanges de obreros; mas el temor y la zozobra los siguen, tenaces, adondequier, montan con ellos en la trirreme guarnecida de bronce, y cabalgan a sus grupas, oprimiéndolos con sombríos cuidados.
Pues si los mármoles de Frigia, los mantos de púrpura más resplandecientes que la luz, las copas de Falerno o los perfumes de Aquémenes no libran de angustias al poderoso, ¿a qué someterme a las exigencias del fausto y edificar atrios suntuosos con pórticos que exciten la envidia? ¿A qué iré a trocar el valle de Sabina por riquezas que sean mi tormento?
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