ODAS DE HORACIO- LIBRO III- XI A MERCURIO

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ODAS DE HORACIO- LIBRO III- XI A MERCURIO

Mensaje por Roana Varela el Lun Dic 23, 2013 5:45 am

XI A MERCURIO

Mercurio, que enseñaste al dócil Anfíon a mover con sus acentos las peñas, y tú, lira de siete cuerdas, que brotas raudales de armonía, en otro tiempo silenciosa y poco apreciada, hoy el encanto de los suntuosos banquetes y las fiestas de los templos, ven y díctame cantos que venzan la obstinación de Lide, que juguetea desatenta a mis súplicas, como salta en libertad por las extendidas vegas una yegua de tres años que aún desconoce por su juventud los placeres del amor y teme el contacto del ardiente marido.
Tú puedes amansar los tigres, remover los árboles, detener la corriente impetuosa de los ríos y acallar con tus acordes los aullidos del Cerbero, guardián del Averno, que agita como las Furias su cabeza erizada por cien serpientes, y despide un aliento inmundo y una ponzoña mortífera por su boca de tres lenguas.
Al oír tus sentidas canciones, Titio e Ixíon sonrieron a pesar de sus tormentos, y las hijas de Dánao cesaron por un instante en su inútil faena.
Sepa Lide los crímenes de estas vírgenes, la pena harto conocida que se les impuso, condenándolas a llenar de agua una urna sin fondo, y la suerte horrenda que aguarda a los culpables en el infierno. Las crueles, ¿qué más podían hacer? <¿qué cosa peor podían hacer?> , se resuelven a asesinar con el duro hierro a sus jóvenes esposos; mas una de ellas, la única digna de la antorcha nupcial, con un hermoso engaño burla a su perjuro padre, mereciendo los loores de los siglos, «Levántate, dice a su tierno marido; levántate, no sea que la mujer de quien menos recelas te sepulte en el eterno sueño; que no te sorprenda un suegro infiel y mis protervas hermanas, que como leonas encarnizadas con los becerros, ¡ay!, despedazan uno por uno a su esposos; yo, más compasiva que ellas, ni clavaré el acero en tus entrañas, ni dejaré de ayudarte en la fuga.
»Que mi padre me cargue de pesadas cadenas por haber tenido compasión de mi dulce esposo, que me embarque y relegue a los postreros confines de Numidia.
»Tú corre adonde te lleven los pies y los vientos. Venus y la noche te favorecen; huye con felices auspicios, acuérdate de mí y esculpe esta hazaña en mi sepulcro.»
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