EL AMANECER DE LA POESIA DE EURIDICE CANOVA Y SABRA
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SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO. WILLIAM SHAKESPEARE. Segundo Acto

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Mensaje por Armando Lopez Mar Feb 17, 2015 10:28 am

SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO
William Shakespeare


SEGUNDO ACTO



Primera escena

Un bosque cerca de Atenas.

Entran, por distintos lados, un Hada y Puck

PUCK
¡Hola, espíritu! ¿Por dónde vagas?

HADA
Sobre el llano y la colina, entre arbustos y rosales silvestres, sobre el parque y el cercado, por entre el agua y el fuego, por todas partes vago más rápida que la esfera de la luna, y sirvo a la reina de las hadas para empapar de rocío sobre el césped los círculos que dejan sus bailes. Las altas velloritas son sus pasionarias. Verás manchas en sus mantos de oro: son los rubíes, ofrendas de hadas; en sus motas rojizas residen sus perfumes. Allí debo buscar algunas gotas de rocío y prender una perla en la oreja de cada prímula. ¡Adiós, tú, el más serio de los espíritus! Tengo que irme. Nuestra reina y todo su séquito vendrán en unos momentos.

PUCK
El rey celebra aquí sus fiestas esta noche. Cuida de que la reina no se presente ante su vista, pues Oberón está muy enfurecido contra ella porque lleva de paje a un hermoso doncel, robado a un monarca de la India. Nunca había tenido ella un objeto sustraído tan encantador; y el celoso Oberón querría hacer al muchacho caballero de su séquito, para recorrer los bosques inaccesibles; pero ella retiene por la fuerza al amado mozalbete, lo corona de flores y cifra toda su alegría en él. Y por eso ahora no se encuentran en gruta, pradera, clara fuente o a la brillante e indecisa luz de las estrellas, sin que se querellen de modo que todos sus duendes, llenos de miedo, se deslizan dentro de la corteza de las bellotas y se ocultan allí.

HADA
O me engaña completamente tu exterior, o eres ese duende maligno y despabilado que llaman Robín el Buen Chico. ¿No eres aquel que asusta a las mozas aldeanas, espuma la leche, enreda en el molino de mano y, haciendo inútiles todos los esfuerzos del ama de la casa, impide que la manteca se cuaje, y otras veces que fermente la cerveza? ¿No pierdes a las que viajan de noche y te ries de su mal? A los que te llaman Aparición y dulce Puck les adelantas el trabajo y les das buena ventura. ¿No eres tú ese?

PUCK
Hablaste, hada, acertadamente. Soy ese alegre rondador nocturno. Yo divierto a Oberón y lo hago sonreír cuando atraigo algún caballo gordo y bien nutrido de habas imitando el relincha de una yegua joven. Y a veces me acurruco en el tazón de una comadre, en forma de pero cocido, y, cuando va a beber, choco contra sus labios y hago derramarse la cerveza sobre su marchita papada. La prudente tía, refiriendo un cuento triste, suele equivocarse con su banco de tres patas; entonces, resbalo por entre su nalgatorio, ella da de bruces y grita: ¡Sastre!, y cae en un acceso de tos. Y al punto la concurrencia, apretándose los costados, ríe y estornuda, y jura que nunca ha pasado allí una hora más alegre. Pero ¡hazte a un lado, hada, que viene aquí Oberón!

HADA
Y también mi señora. ¡Ojalá él se fuera!

Entran, por un lado, Oberón, con su séquito; y por el otro, Titania, con el suyo.

OBERÓN
Mal encuentro, por la luz de la luna, orgullosa Titania.

TITANIA
¡Cómo! ¡El celoso Oberón! Hadas, saltemos de aquí; he renegado de su lecho y compañía.

OBERÓN
¡Detente, presuntuosa coqueta! ¿No soy tu señor?

TITANIA
Entonces debo ser tu señora. Pero sé cuántas veces has abandonado el país de las hadas y, bajo la figura de Corino, has permanecido todo el día tocando la zampoña y entonando amantes versos a la amorosa Fílida. ¿Por qué vienes aquí desde las más remotas estepas de la India? Sólo porque, de seguro, la intrépida Amazona, tu dueña en calzas, tu guerrera amante, está próxima a unirse con Teseo, y vienes a colmar su tálamo de dicha y de felicidad.

OBERÓN
¿Cómo puedes tener la insolencia, Titania, de echarme así en cara mi valimiento con Hipólita, conociendo como conozco tu amor por Teseo? ¿No fuiste tú quien, al resplandor incierto de la noche, le arrancó de entre los brazos de Perigona, a la que había raptado, y quien le hizo romper sus votos con la hermosa Egle, con Ariadna y Antíope?

TITANIA
¡Esas son invenciones de los celos! ¡Que jamás, desde los albores de este solsticio de verano, nos vemos en montaña o valle, en bosque o en pradera, junto a la abrupta fuente, en la juncosa margen del arroyo o al borde de la costa marina para bailar nuestros coros al silbido del viento, sin que vengas a turbar nuestros juegos con tus alborotos! Por eso, los aires, llamándonos en vano con su música, han absorbido, como en venganza, las nieblas contagiosas del mar, las cuales, cayendo sobre los campos, han llenado de tanta soberbia a los más humildes ríos, que han rebasado sus riberas. El buey ha jadeado por ellos inútilmente bajo su yugo; el labriego, perdido su sudor, y el verde grano se ha podrido antes de lograr el tierno tallo de su barba. El redil permanece vacío en el campo anegado, y los cuervos se ceban en los rebaños enfermos. La moresca de los nueve se halla cubierta de fango, y por falta de pisadas es imposible distinguir en la lujuriante pradera el singular laberinto. Los mortales reclaman aquí su invierno. Ya no se santifican las noches con cánticos ni villancicos. Por eso, la luna, soberana de las ondas, pálida en su furor, humedece tanto los aires, que abundan las enfermedades reumáticas; y, a favor de tan mala temperatura, vemos alteradas las estaciones. La canosa escarcha cae en el fresco regazo de la encarnada rosa, y sobre la corona de hielo el yerto y vetusto Invierno se pone, como por burla, una guirnalda de olorosos capullos. La Primavera, el Verano, el fértil Otoño, el crudo Invierno, cambian sus acostumbradas libreas; y el mundo, asombrado de esta producción, no distingue una de otra. Y la progenie misma de estos males proviene de nuestras querellas y disensiones. ¡Nosotros somos sus padres y engendradores!

OBERÓN
Entonces ponles tú remedio; de ti depende. ¿Por qué ha de empeñarse Titania en contrariar a su Oberón? Sólo te pido un cautivo y diminuto mozalbete para hacerlo mi paje de honor.

TITANIA
Deja tu pecho en reposo. El país de las hadas sería insuficiente para comprarme ese niño. Su madre era una sacerdotisa de mi orden; y, durante la noche, en el aire aromático de la India, hemos comadreado juntas muchas veces; y sentada a mi lado, en las amarillas arenas de Neptuno, se complacía en señalar sobre las ondas dos traficantes veleros. Mientras nos reíamos al ver hincharse las velas y engrosar como si hubieran concebido al soplo del lascivo viento, ella (cuyo vientre atesoraba a la sazón a mi joven escudero) procuraba imitarlas con donaire y gentil ondulación. Y, flotando sobre la tierra, me traía bagatelas, y tornaba otra vez como de vuelta de un viaje, con rico cargamento. Pero, mortal al fin, al dar a luz al niño sucumbió; y yo, en memoria suya, educo al muchacho y, en memoria de ella, no me separaré de él.

OBERÓN
¿Cuánto tiempo piensas permanecer en esté bosque?

TITANIA
Podría ser hasta después de las bodas de Teseo. Si quieres bailar pacíficamente en nuestro corro y presenciar, a la luz de la luna, nuestras zambras, ven con nosotros; si no, déjame, que yo evitaré tus rondas.

OBERÓN
Dame ese niño, y partiré contigo.

TITANIA
¡Ni por todo tu reino encantado! ¡Alejémonos, hadas! Si me quedo más tiempo, vamos a pelear de veras. (Sale Titania con su séquito).

OBERÓN
Bien; sigue tu camino. No saldrás de este bosque sin que te castigue por la ofensa. Ven acá, gentil Puck. ¿Te acuerdas de cuando me senté en un promontorio y oí a una sirena, sobre el dorso de un delfín, entonar un aire tan armonioso y dulce que el turbulento océano se apaciguó a sU canto y determinadas estrellas se apartaron bruscamente de sus órbitas para escuchar la música de la virgen de los mares?

PUCK
Me acuerdo.

OBERÓN
En aquel mismo momento vi, sólo que tú no pudiste, que Cupido, completamente armado, volaba entre la fría luna y la tierra. Apuntó a cierta hermosa vestal, entronizada al Occidente, y desató tan aguda su flecha amorosa de su arco, como si hubiera querido atravesar cien mil corazones; pero pude advertir que la saeta furiosa del joven Cupido se extinguía en los húmedos rayos de la casta luna, y pasó la imperial sacerdotisa en virginal meditación, libre y absorta. Sin embargo, observé dónde cayó el dardo de Cupido: sobre una florecilla occidental, blanca ayer como la leche, ahora purpúrea con la amorosa herida, y a la que llaman las doncellas Pensamiento. Tráeme esa flor; yo te mostré una vez la planta. Su jugo, exprimido en los dormidos párpados, basta para que una persona, hombre o mujer, se enamore perdidamente de la primera criatura viviente que vea. Tráeme esa planta y regresa aquí antes que el leviatán nade una legua.

PUCK
Puedo poner un cinturón a la Tierra en cuarenta minutos. (Sale).

OBERÓN
Ya que tenga en mi poder este jugo, acecharé el momento en que Titania esté dormida, y verteré el licor sobre sus ojos. Entonces, el primer objeto que se ofrezca a su vista, ya sea un león, un oso, un lobo o un buey, un mico travieso o un atareado mono, lo perseguirá con el alma enamorada, y antes que yo libre sus ojos de encanto, como puedo hacerlo con otra hierba, la obligaré a que me entregue su paje. Pero ¿quién viene? Soy invisible y puedo escuchar su conversación.

Entra Demetrio, siguiéndolo Elena.

DEMETRIO
No te quiero; así que no me sigas. ¿Dónde están Lisandro y la hermosa Hermia? Mataré al uno; la otra me mata a mí. Me has dicho que se habían refugiado en este bosque, y aquí estoy, tronco entre troncos, porque no puedo hallar a mi Hermia. ¡Vaya, márchate, y no me sigas más!

ELENA
Tú me atraes, imán de corazón empedernido; pero no es hierro lo que atraes, pues mi corazón es fiel como el acero. Deja tu poder de atracción, y no tendré poder para seguirte.

DEMETRIO
¿Te pretendo yo? ¿Te llamo hermosa? 0, por el contrario, ¿no te digo claramente que no te amo ni puedo amarte?

ELENA
Pues hasta por eso te amo más. Soy tu lebrel, y mientras más me pegues, Demetrio, más te acariciaré. trátame como a tu lebrel: recházame, golpéame, olvídame, piérdeme; pero, por indigna que sea, déjame siquiera que te siga. ¿Qué lugar más humilde puedo implorar en tu amor, y, sin embargo, lo estimo muy alto, que el de ser tratada como tratas a tu perro?

DEMETRIO
¡No exasperes demasiado el odio de mi alma, pues me pongo enfermo cuando te miro!

ELENA
¡Y yo estoy enferma de no mirarte!

DEMETRIO
Arriesgas demasiado tu pudor al abandonar la ciudad y entregarte a merced de quien no te ama, exponiéndote a la oportunidad de la noche y a la mala inspiración de un lugar solitario con el rico tesoro de tu castidad.

ELENA
Tu honradez es mi escudo; porque para mí no es de noche cuando contemplo tu cara, y, por tanto, no pienso que estoy en la noche. Ni falta a este bosque un mundo de sociedad, pues para mí eres el mundo entero. ¿Cómo, entonces, puede decirse que estoy sola, cuando todo el mundo está aquí para mirarme?

DEMETRIO
Escaparé de ti y me ocultaré en las matas, dejándote al arbitrio de las fieras.

ELENA
La más cruel no tiene un corazón como el tuyo. Vete cuando quieras; se cambiará la leyenda: Apolo huye y Dafne le da caza; la paloma persigue al gavilán; la mansa cierva se apresura a cazar al tigre. ¡Inútil prisa cuando la cobardía persigue y el valor escapa!

DEMETRIO
No quiero discusiones contigo; déjame ir; o, si me sigues, ten la seguridad que te ofenderé en el bosque.

ELENA
Sí; en el templo, en el campo y en la ciudad me ofendes. ¡Qué vergüenza, Demetrio! Tus afrentas son un oprobio a mi sexo. Nosotras no disponemos de iguales armas que los hombres cuando luchamos por amor. No fuimos hechas para conquistar, sino para ser conquistadas. (Sale Demetrio). Te seguiré y, haciendo un cielo de un infierno, moriré a manos de quien amo tanto. (Sale).

OBERÓN
Adiós, ninfa; antes que salgas de esta espesura, tú huirás de él y él buscará tu amor. (Vuelve a entrar Puck) ¿Traes ahí la flor? ¡Bienvenido, espíritu errante!

PUCK
Sí, aquí está.

OBERÓN
Dámela, te lo ruego. Sé de un lindero donde crece el tomillo silvestre, donde se balancean las violetas y las primuláceas, doselado completamente por olorosas madreselvas, por fragantes rosas de almizcle y lindos escaramujos. Allí duerme Titania una parte de la noche, reclinada al arrullo de estas flores, entre danzas y regocijos, y allí se despoja la serpiente de su piel de esmalte, de medida suficiente para envolver a una hada. Y con el jugo de esta flor restregaré sus ojos y quedará llena de repugnantes fantasías. Agarra tú un poco e internate en la espesura. Una bella dama ateniense está enamorada de un desdeñoso joven; unta sus ojos; pero hazlo de modo que sea la señora el primer objeto que haya de ver al despertar. Conocerás al hombre por el traje ateniense que lleva. Realízalo con el oportuno cuidado, a fin de que resulte quedar él más apasionado de ella que ella lo está de él. Y procura encontrarme antes del primer canto del gallo.

PUCK
Quédate tranquilo, señor. Tu súbdito lo hará así. (Sale).
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SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO. WILLIAM SHAKESPEARE. Segundo Acto Empty Re: SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO. WILLIAM SHAKESPEARE. Segundo Acto

Mensaje por Armando Lopez Mar Feb 17, 2015 10:29 am

SEGUNDA ESCENA


Otra parte del bosque.

Entra Titania con su séquito.

TITANIA
Vamos: ahora una redondela y un canto hechizador; después, aléjense durante el tercio de un minuto; unas a matar los gusanos de los olorosos capullos de las rosas; otras, a guerrear contra los murciélagos, a fin de conseguir sus alas de cuero para hacer con ellas capisayos a mis pequeños duendes, y otras, a mantener alejado al clamoroso búho, que lanza sus gritos en la noche y sobrecoge a nuestros vaporosos espíritus. Cántenme mientras me duermo; después, a sus quehaceres, y déjenme descansar.

LAS HADAS CANTAN

Manchadas sierpes de doble lengua,
espinosos erizos, no se dejen ver;
orvetos y lagartijas, no ofendan;
no se acerquen a la reina de las hadas.

Ruiseñor, con suave acento,
canta nuestro dulce lullaby.
Lulla, lulla, lullaby, lulla, lulla, lullaby.

Ningún perjuicio,
encanto o maleficio
a nuestra amada dueña se acercará
así, pues, buenas noches con lullaby.

Tejedoras arañas, no vengan aquí.
¡Fuera sus largas patas, fuera!
Escarabajos negros, no permanezcan cerca;
gusanos y caracoles, no dañen.

Ruiseñor, con suave acento, etc.

HADA
¡Escapemos lejos! Ya está todo bien. Sólo una quedará a distancia, de guardia. (Salen las Hadas, Titania se queda dormida).

Entra Oberón y frota la flor sobre los párpados de Titania.

OBERÓN
Lo que mires cuando despiertes, eso tendrás por verdadero amor. Ama y languidece por ello. Ya sea onza, gato, oso, leopardo o jabalí de cerdas erizadas, ha de aparecer a tus ojos, cuando despiertes, como amante tuyo. Despierta cuando algo vil se acerque. (Sale).

Entran Lisandro y Hermia.

LISANDRO
Amada, estás a punto de perder el sentido a fuerza de vagar por el bosque; y, a decir verdad, he perdido el sendero. Si te parece bien, Hermia, descansaremos, aguardando la bienhechora luz del día.

HERMIA
Bien, Lisandro; busca un lecho para ti, que yo reclinaré mi cabeza sobre este lugar.

LISANDRO
Un mismo césped servirá a los dos de almohada. Un corazón, un lecho, dos pechos y una fe.

HERMIA
No, buen Lisandro; por favor, por afecto, acomódate a más distancia; no te acuestes tan cerca.

LISANDRO
¡Oh! Comprende, vida mía, el sentido inocente de mis palabras. Las pláticas de amor deben interpretarse amorosamente. Quiero decir que mi corazón está enlazado al tuyo de manera que los dos sólo forman uno: dos pechos unidos por un mismo juramento; que es tanto como decir dos almas en una simple fe. Así que no me niegues lecho a tu lado, Hermia, pues no ofenderé tu lecho con mis acciones.

HERMIA
Lisandro juega el vocablo ingeniosamente. Hermia hubiera ofendido su educación y orgullo de haber pensado mal de Lisandro. Pero, querido amigo, por cariño y cortesía, acuéstate un poco más lejos. El pudor exige esta separación, que tan bien cuadra a un honrado soltero y a una doncella. Por tanto, aléjate, y buenas noches, dulce amigo. ¡Que tu amor no se entibie hasta el fin de tu estimada vida!

LISANDRO
Amén, amén, contesto a esa bella oración. y que acabe, por tanto, mi vida donde concluye mi lealtad. (Se retira a poca distancia). Aquí está mi lecho. El sueño te brinde su completo reposo.

HERMIA
Que tome la mitad de ese deseo para con él cerrar los ojos del que me lo dirige. (Duermen).

Entra Puck

PUCK
He recorrido la selva, pero no he encontrado ningún ateniense en cuyos ojos pueda probar la eficacia de esta flor para suscitar una pasión amorosa. ¡Noche y silencio! ... ¿Quién está aquí? Lleva traje de Atenas. Este es el que, según dijo mi señor, desdeña a la virgen ateniense. Y he aquí a la doncella, profundamente dormida en la fangosa y húmeda tierra. ¡Alma encantadora! No se ha atrevido a reposar junto al desalmado y descortés caballero. (Frota la flor sobre los párpados de Lisandro). Insolente, en tus ojos exprimo todo el poder de este encanto; cuando despiertes, que el amor impida al sueño sentarse sobre tus párpados. Despierta en cuanto me haya ido, pues ahora debo ir en busca de Oberón. (Sale).

Entran Demetrio y Elena, corriendo.

ELENA
¡Detente, aunque me mates, querido Demetrio!

DEMETRIO
Te suplico que te quedes y no me molestes así.

ELENA
¡Oh! ¿Quieres abandonarme en medio de la oscuridad? No lo hagas.

DEMETRIO
¡Detente, por tu bien! Quiero ir solo. (Sale).

ELENA
¡Oh! Estoy sin aliento bajo está caza amorosa. Cuanto más ardiente es mi súplica, menos merced alcanza. Dichosa Hermia, dondequiera que esté, porque posee benditos y seductores ojos. ¿Qué es lo que los hace tan brillantes? No las acerbas lágrimas. De ser así, más lo estarían los míos, que se bañan más frecuentemente que los suyos. No, no; yo soy tan fea como un oso, pues las fieras que me encuentran huyen atemorizadas. Por consiguiente, no es extraño que Demetrio huya de mi presencia como de la de un monstruo. ¿Qué pérfido espejo engañador puede hacer que me compare con las refulgentes esferas de Hermia? Pero ¿quién está aquí? ¡Lisandro! ¡Y en tierra! ¿Muerto, o dormido? No veo sangre ni herida. ¡Lisandro, buen caballero, si vives, despierta!

LISANDRO
(Despertando) ¡Y me arrojaré al fuego por tu dulce amor! ¡Diáfana Elena! La Naturaleza ha desplegado en ti sus perfecciones, pues a través de tu pecho me deja ver tu corazón. ¿Dónde está Demetrio? ¡Oh! ¡Qué bien hacer que sucumba ese vil hombre al filo de mi espada!

ELENA
No digas eso, Lisandro, no lo digas. ¿Qué importa que él ame a tu Hermia? ¡Señor! ¿Qué importa, mientras Hermia te ame a ti? Debes estar alegre.

LISANDRO
¡Alegre, con Hermia! No; me arrepiento de los fastidiosos minutos que he pasado con ella. A Hermia, no, sino a Elena es a quien adoro. ¿Quién no cambiaría un cuervo por una paloma? La voluntad del hombre se gobierna por la razón, y la razón me dice que tú eres la más digna doncella. Las cosas no maduran hasta su estación; así, yo, que era joven, hasta ahora no he tenido madura la razón. Desde ahora, que toco el punto culminante de la excelencia humana, someto a la razón mi voluntad, que me guía hacia tus ojos, donde leo amorosas leyendas escritas en el más rico libro de amor.

ELENA
¿Y he podido nacer para sufrir esta cruel burla? ¿Cuándo he merecido de ti semejantes ironías? ¿No es bastante, joven, no es bastante, que no haya obtenido jamás, no, ni pueda obtener de los ojos de Demetrio una dulce mirada, sino que, además, has de escarnecer mi insuficiencia? En verdad, me haces agravio, a fe que me lo haces, al cortejarme en tan desdeñosa forma. Pero adiós en buena hora. Confieso que te creí un caballero dotado de más franca gentileza. ¡Oh! ¡Que una mujer rechazada por un hombre tenga que ser insultada por otro! (Sale).

LISANDRO
No ve a Hermia. Duerme tú ahí, Hermia, y jamás te acerques a Lisandro. Pues así como el exceso de golosinas causa al estómago la más invencible repugnancia, y así como las herejías que los hombres abjuran por nadie son tan odiadas como por aquellos a quienes tanto engañaron, así tú, exceso y herejía mía, sé odiada por todos; pero más que de ninguno de mí. Y que todas mis facultades consagren su poder y su amor a honrar a Elena y a ser su caballero. (Sale).

HERMIA
(Despertando) ¡Ayúdame, Lisandro, ayúdame! ¡Haz cuanto puedas por arrancar esta serpiente que se desliza sobre mi seno! ¡Ay de mí! ¡Por piedad! ¡Qué pesadilla he tenido! ¡Mira, Lisandro, cómo tiemblo de espanto! ¡Soñé que una serpiente me devoraba el corazón, y que tú sonreías, sentado, complaciéndote en su cruel presa! ... ¡Lisandro! ... ¡Cómo! ¿Desaparecido? ... ¡Lisandro! ... ¡Dios mío! ... ¡Cómo! ... ¿Fuera del alcance de la voz? ¿Se ha ido? ... ¿Ni un rumor? ¿Ni una palabra? ... ¡Ay! ¡Habla, si me escuchas! ¡Habla, amor de los amores! ¡Casi me desmayo de terror! ¡No! Luego bien comprendo que no estás cerca. ¡La muerte en seguida, o que te halle inmediatamente! (Sale).
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