La confesión II

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La confesión II

Mensaje por Estrella el Vie Ago 05, 2016 3:32 am

La confesión

Mi madre era una mujer que odiaba ser madre. Acaso solo odiaba ser mi madre. ¿O le habrá costado tanto esa carnicería que es dar a luz, que se dejó llevar por el resentimiento? Ahora que lo pienso: me dio a “luz”, ¿o más bien a sombras? Porque ella tenía muchas sombras. No sé si yo. En la bárbara naturaleza, el día da paso a la noche, pero ésta también es vencida al fin por el sol y acaecen las lindas mañanas. Y los animales traen sus crías al mundo y los alimentan y dejan librados después a su suerte; todo sin dificultad. Quizá esta simplicidad estribe en que las bestias no razonan acerca de la maternidad, no tienen alma. Las cosas dependen de cómo una las mire, ¿no?

Mi madre odiaba ser madre o ser mi madre, ya lo dije. Y odiaba a mi padre, odiaba todo excepto a sí misma. No me tocó la mejor parte en los juegos de la infancia durante mi niñez, como imaginarán. Pero crecí rezando a modo de bálsamo. Me aprendí las oraciones antes que el abecedario y ahora soy monja. Me debo a Dios y en Su palabra encontré un poderoso río que fluye: al ser Él pura bondad y paciencia infinita, desde chica he encontrado el consuelo a la falta de abrazos maternos, los cuales supongo repetidos, incansables. En efecto, cuando mamá destruía mis libros, vaya a saberse si de pura envidia y mi padre se iba consternado para no presenciar tanta maldad, un padrenuestro bastaba para tranquilizarme. El Señor nunca me traicionó. Por el contrario, en misa o rezando en pura soledad, Dios me dejaba hecha armonía porque de solo creerle, las cosas se encaminaban para mí y desaparecían todas mis ansiedades.

Ignoro el motivo por el cual escribo este relato. Me consagré a Jesús, papá no se opuso a que me hiciera monja y mi madre, que todo lo odiaba excepto a sí misma, no dijo ni mu a propósito de mi entrega, si bien vivía opinando sobre todos y contrariando actitudes y vocación ajenas. Nunca me puse a pensar si mis padres creían en Él como yo, ciegamente. Y pese a que leí en la universidad a Nietzsche, nada conmovió mi fe; hay que buscarla en la naturaleza y en todas las cosas. Hasta en la crueldad de mi madre… Existe sobre Nietzsche una vieja anécdota: cuando en Alemania alguien escribió una de sus conocidas expresiones en una pared (“Dios ha muerto”), al rato la inscripción quedó como “Dios ha muerto, Dios”, merced a una intervención anónima. Es decir, dios también es Dios, ningún pensamiento se le opone, eso creo yo y todas, en el convento.

Hoy cumplo 70 y al correr de la escritura, recuerdo los fríos ojos de pez de mamá censurándome: no uses la pollera tan corta. Como si aquellas prendas que yo portaba cuando adolescente hubieran invitado a pecar. A veces, mi madre me colocaba en una situación muy incómoda frente a los demás como cuando decía estas cosas delante del cura en la iglesia, que carraspeaba diciendo “tu mamá tiene razón, no es de buena hija andar con minifalda”, o me asustaba hablando de los muertos: impíos, los que no esperan en vida la muerte, pacientes y en silencio como Dios manda, pues no los salvará en su entierro ni el agua bendita. Mi madre usaba unos vestidos tan horribles como la tierra quebradiza de esos pueblos que solíamos visitar las novicias para conocer la pobreza. ¡Conocer la pobreza!, una ya se la imagina en la palabra, que implica fatal carencia. Pero era tan bella mamá que ni esos vestidos la afeaban. Y a mí me costaba odiarla. ¿Odian las monjas? No lo sé, solo nos juntamos a rezar o compartimos misiones, leemos en grupo algún texto y nos ocupamos de los quehaceres domésticos del convento. Para contestar si odian las monjas, debería ahondar en las profundidades de las demás y hasta de mí misma. Lo que me resultaría difícil, ya que peca quien anda fisgoneando la vida del otro y cada una lleva su cruz como puede.

Amar a Dios por sobre todas las cosas, entregársele en la oración a diario, dedicar tiempo a ofrecer alegría en los corazones, todo esto constituye apenas una porción pequeña de la mirada que Él nos reclama como feligreses. Mi dedicación religiosa es total. Y leo y también escribo. He podido superar ratos amargos de la mano de la fe. Así han transcurrido mis años y hoy me siento bien de cumplir mis setenta, la edad que tenía mamá al morir. Porque aunque a papá y a mí nos parecía eterna, ella fue envejeciendo. Todo pasa. Recuerdo que su cara había registrado hondos surcos desde temprano, huella de su rabia y de esa habitual crueldad, en fin, a la que nosotros temíamos. Sin embargo, murió. Y tan linda estaba a los setenta, que ni apagada dejamos de apreciar su belleza.

Mi vida monacal transcurre a gusto. Nunca me han embargado la tristeza o el encono, esos sentimientos que conocían, en cambio, mis padres. Será que rezo y dedicada a Dios, me siento como los cipreses, alzados al cielo hasta la altura de alguna estrella preciosa, apenas agitada por el viento de los recuerdos. Desconozco la razón de este relato, que acaso parezca estúpido, pues lo escribe una monja que reza por el bien del prójimo en un mundo que suele premiar la indiferencia y le da letra al odio. Claro que escribiendo se suelen sacar afuera las emociones. Y no sé si porque cumplo años o solo porque escribo este relato, que me viene a la memoria mi primera confesión. Yo tendría entonces unos ocho años. Había salido de la casa, harta de oír los gritos de mi madre. Llegué hasta la plaza y me froté con un viejo pañuelo los ojos inundados por el llanto para no exponer mi furia, algo que no había experimentado hasta entonces. Intenté subirme a un árbol para atrapar al gato que se había asomado a una de las añosas ramas. Quería agarrarlo, no sé si ganarle en astucia y velocidad, pero mi bronca se entrometió y enseguida le grité “gato estúpido”. El pobre quedó mirándome con sus ojos hechos lucernas por un instante, me pareció en forma burlona, y desapareció, sigiloso, como lo habría hecho cualquier felino. Yo había alcanzado a treparme hasta una altura considerable del árbol, pero me caí y se me rasgó el ruedo de la pollera. Sentí el rubor en mis mejillas, avergonzada de mi torpeza. Y, ya en tierra firme, me sacudí el barro como pude (mi vestimenta se había arruinado sin remedio). Fue un momento fugaz el que recuerdo: un joven, sentado a la vera de un pequeño jardín en flor, me estaba mirando con atención. Y después se levantó para acercarse, no sé si por ayudarme. Pero, eso lo sé muy bien, me dio tanto miedo el muchacho, que hui lejos. Me vi amenazada y regresé a casa. No pude dormir esa noche: entre el griterío de mamá y de alguna lechuza molesta y la imagen reproducida del rostro extraño de aquel chico, no logré conciliar el sueño ni rezando todos los glorias.

A la mañana siguiente fui en busca del cura para confesarle mi pecado con bastante desespero: yo le había gritado a un gato que vagabundeaba, tranquilo, entre los árboles. ¡Quería presionarle el cogote, matarlo! (Omití hablar del joven.) El cura le restó importancia al hecho, se rió y me encomendó rezar tres padrenuestros y dos avemarías. Así lo hice enseguida, aunque el castigo me pareció insuficiente. Tan es así que fui a contárselo a mis padres. Papá quedó conforme pese a que insistí en la ligereza con que el cura había decidido mi penitencia. Después de todo, los sacerdotes saben más que uno, se justificó. Pero mamá, lo recuerdo como si lo estuviera viviendo ahora, enmudeció. El aire que respirábamos se hubiera podido cortar entonces con un cuchillo sin filo. En efecto, ni chistó, ningún reproche ni grito. El silencio se agrandó del todo entre mi madre y yo durante ese relato sobre mi confesión.

Y ese abismo implacable se iría a instalar de por vida entre nosotras como un hecho evidente. Pero también, el desdén, un gran desprecio de mamá hacia mí; eso registré esa mañana y se me localizó en el cuerpo y el alma cuando vi sus habituales ojos fríos transformarse en dos volcanes, dispuestos a derramarme la lava de todas sus frustraciones.

Todavía no puedo comprender a mi madre y mucho menos, aquel incidente con el gato. ¿Estaré pecando?

Paula Winkler
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Re: La confesión II

Mensaje por Estrella el Vie Ago 05, 2016 3:35 am

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