EL AMANECER DE LA POESIA DE EURIDICE CANOVA Y SABRA
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KYBALIÓN-LOS TRES INICIADOS-INTRODUCCIÓN

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Mensaje por Armando Lopez Mar Mar 05, 2024 4:38 am



KYBALIÓN-LOS TRES INICIADOS-INTRODUCCIÓN

Mucho placer nos causa el poder presentar este trabajo a la atención de
los estudiantes e investigadores de las Doctrinas Secretas, obra que está
basada en las antiquísimas enseñanzas herméticas. Se ha escrito tan poca
cosa sobre este asunto, a pesar de las innumerables referencias que se han
hecho de estas enseñanzas en muchos de los trabajos sobre ocultismo, que
los investigadores de las verdades arcanas habrán, sin dudas, presentido la
aparición de este libro.
El propósito de éste no es la enunciación de una filosofía o doctrina especial, sino más bien el de dar al estudiante una exégesis de la verdad, que le
sirva para conciliar los muchos tópicos de los conocimientos ocultos que
puede ya haber adquirido, pero que, aparentemente, son contradictorios y
paradójicos, lo que a menudo desanima y disgusta al principiante. Nuestro
intento no es el de erigir un nuevo templo de sabiduría, sino el de colocar en
manos del investigador una clave maestra con la cual pueda abrir las numerosas puertas internas que conducen al Templo del Misterio.
Ningún conocimiento oculto ha sido tan celosamente guardado como los
fragmentos de las enseñanzas herméticas, los que han llegado hasta
nosotros a través de las centurias transcurridas desde los tiempos del Gran
Fundador, Hermes Trismegisto, «el elegido de los dioses», quien murió en
el antiguo Egipto, cuando la raza actual estaba en su infancia.
Contemporáneo de Abraham, y, si la leyenda no miente, instructor de
aquel venerable sabio, Hermes fue y es el Gran Sol Central del Ocultismo,
cuyos rayos han iluminado todos los conocimientos que han sido impartidos
desde entonces. Todas las bases fundamentales de las enseñanzas esotéricas
que en cualquier tiempo han sido impartidas a la raza son originarias, en esencia, de las formuladas por Hermes. Aun las más antiguas doctrinas de la
India han tenido su fuente en las enseñanzas herméticas.
Desde la tierra del Ganges muchos ocultistas avanzados se dirigieron hacia el Egipto para postrarse a los pies del Maestro. De él obtuvieron la clave
maestra, que, al par que explicaba, reconciliaba sus diferentes
puntos de vista, estableciéndose así firmemente la Doctrina Secreta. De
todas partes del globo vinieron discípulos y neófitos que miraban a Hermes
como el Maestro de los Maestros, y su influencia fue tan grande que, a pesar de las negativas de los centenares de instructores que había en los diferentes países, se puede fácilmente encontrar en las enseñanzas de estos últimos las bases fundamentales en las que se asentaban las doctrinas herméticas. El estudiante de religiones comparadas puede fácilmente percibir la influencia tan grande que las enseñanzas herméticas han ejercido en todas las
religiones, sea cual fuere el nombre con que se les conozca ahora, bien en
las religiones muertas o bien en las actualmente existentes. La analogía
salta a la vista, a pesar de los puntos aparentemente contradictorios, y las
enseñanzas herméticas son como un conciliador de ellas.
La obra de Hermes parece haberse dirigido en el sentido de sembrar la
gran verdad que se ha desarrollado y germinado en tantas y tan extrañas formas, más bien que en el de establecer una escuela de la filosofía que dominara el pensamiento del mundo. Sin embargo, la verdad original enseñada
por él ha sido guardada intacta, en su pureza primitiva, por un reducido
número de hombres en cada época, los cuales, rehusando gran número de
aficionados y de estudiantes poco desarrollados, siguieron el proceder hermético y reservaron su conocimiento para los pocos que estaban prontos
para comprenderlo y dominarlo. De los labios a los oídos fue transmitido
este conocimiento entre esos pocos. Siempre han existido en cada generación y en los diversos países de la tierra algunos iniciados que conservaron viva la sagrada llama de las enseñanzas herméticas, y que siempre
han deseado emplear sus lámparas para encender las lámparas menores de
los del mundo profano, cuando la luz de la verdad languidecía y se anublaba por su negligencia, o cuando su pabilo se ensuciaba con materias extrañas. Han existido siempre los pocos que cuidaron el altar de la verdad,
sobre el cual conservaron siempre ardiendo la lámpara perpetua de la
Sabiduría. Esos hombres dedicaron su vida a esa labor de amor que el poeta
describiera en estas líneas:
«¡Oh, no dejes extinguirse la llama! Sustentada por generación tras generación en su oscura caverna —en sus templos sagrados sustentada.
Nutrida por puros sacerdotes de amor— ¡no dejes extinguirse la llama!»
Estos hombres no buscaron nunca ni la aprobación popular ni acaparar
gran número de prosélitos. Son indiferentes a esas cosas, pues saben de sobra cuán pocos hay en cada generación, capaces de recibir la verdad,
o de reconocerla si se les presentara. Ellos «reservan la carne para los
hombres», mientras que los demás «dan leche a los niños», conservan sus
perlas de sabiduría para los pocos elegidos capaces de apreciar su valor y de
llevarlas en sus coronas, en vez de echárselas a los cerdos que las mancillarían y pisotearían en el cieno de sus chiqueros. Mas estos hombres no han
olvidado aún los preceptos de Hermes respecto a la transmisión de estas enseñanzas a los que estén preparados para recibirlas, acerca de lo cual dice El
Kybalion: «Dondequiera que estén las huellas del Maestro, allí, los oídos
del que está pronto para recibir sus enseñanzas se abren de par en par». Y
además: «Cuando el oído es capaz de oír, entonces vienen los labios que
han de llenarlos con sabiduría». Pero su actitud habitual ha estado siempre
estrictamente de acuerdo con otro aforismo, de El Kybalion también, que
dice que «los labios de la Sabiduría permanecen cerrados, excepto para el
oído capaz de comprender.»
Y esos oídos incapaces de comprender son los que han criticado esta actitud de los hermetistas y los que se han lamentado públicamente de que
aquellos no hayan expresado nunca claramente el verdadero espíritu de sus
enseñanzas, sin reservas ni reticencias. Pero una mirada retrospectiva en las
páginas de la historia demostrará la sabiduría de los maestros, quienes
conocían la locura que era intentar enseñar al mundo lo que éste no deseaba
ni estaba preparado para recibir. Los hermetistas nunca han deseado ser
mártires, sino que, por el contrario, han permanecido retirados, silenciosos
y sonrientes ante los esfuerzos de algunos que se imaginaban, en su ardiente
entusiasmo, que podían forzar a una raza de bárbaros a admitir verdades
que sólo pueden comprender los que han avanzado mucho en el Sendero.
El espíritu de persecución no ha muerto aún en la tierra. Hay ciertas enseñanzas herméticas que, si se divulgaran, atraerían sobre sus divulgadores
un griterío de odio y el desprecio de las multitudes, las que volverían a gritar de nuevo: ¡Crucificadlo!… ¡Crucificadlo!…
En esta obrita hemos tratado de daros una idea de las enseñanzas fundamentales de El Kybalion, indicando todo cuanto se refiere a los principios
actuales, dejándoos el trabajo de estudiarlos, más bien que el de tratarlos
nosotros mismos en detalle. Si sois verdaderos estudiantes o discípulos,
comprenderéis y podréis aplicar estos principios; si no, debéis desarrollarlos, pues de otra manera las enseñanzas herméticas no serán para vosotros
sino «palabras, palabras, palabras».



Armando Lopez
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