EL AMANECER DE LA POESIA DE EURIDICE CANOVA Y SABRA
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LA DIVINA COMEDIA: EL INFIERNO: CANTO XXI

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Mensaje por Marcela Noemí Silva el Mar Dic 10, 2013 3:22 am

LA DIVINA COMEDIA: EL INFIERNO: CANTO XXI Divina10



LA DIVINA COMEDIA: EL INFIERNO: CANTO XXI

Así de puente en puente, de otras cosas hablando,
que de cantarlas mi comedia no se cuida,
seguimos; y llegamos a la cima, donde

nos detuvimos para ver la otra fisura
del Malebolge, y llantos otros vanos;
y la vi admirablemente oscura.

Como en el arsenal de los Venecianos
hierve en invierno la tenaz pez
para empalmar los leños que no están sanos,

que navegar no pueden - en cuya vez
hay quien hace su nueva nave, y quien de otra,
que muchos viajes hizo, llena los lados de estopa;

hay quien remacha la proa, quien lo hace en la popa;
otro hace remos, otro retuerce maromas;
quien repara el palo de menor o de mesana - ;

así, no por el fuego sino por divino arte
hervía allá abajo una espesa brea
que embadurnaba los orillas por todas partes.

Yo la veía, pero no veía en ella
sino las ampollas que el hervor alzaba,
hinchábase entera, y desplomábase flaca.

Mientras yo fijo hacia abajo miraba,
mi Conductor exclamando ¡Cuidado!¡Cuidado!
me atrajo a sí del lugar donde yo estaba.

Me volví entonces como quien se tarda
en ver lo que le conviene huir
y a quien el miedo súbito acobarda,

que por mirar se demora en partir;
y vi detrás de nosotros un diablo negro
venir corriendo por el puente.

¡Ay! ¡Cuán fiero era su aspecto!
¡Y qué ademanes traía acerbos,
extendidas las alas y el pie ligero!

Su hombro, puntiagudo y soberbio,
cargaba un pecador a horcajadas,
al que tenía por el pie agarrado del jarrete.

Desde nuestro puente dijo: ¡Oh Malebranche!,
¡he aquí uno de los ancianos de santa Zita!
Mételo abajo, que de nuevo vuelvo

a aquella tierra que está tan bien provista:
allí estafadores son todos, menos Bonturo;
que del no, por el dinero, hacen ita.

Abajo lo arrojó, y por el duro puente
se volvió; y nunca hubo mastín suelto
con tanta prisa en perseguir al ladrón.

El otro se hundió, y resurgió curvado;
pero el demonio que en el puente se escondía
gritó: ¡Aquí no ha lugar el Santo Rostro!

¡De otro modo se nada aquí que en el Serchio!
Pero si no quieres sentir nuestros garfios
no te asomes por encima de la brea.

Luego de hincarlo con cien garfios
le dijeron: Conviene que oculto aquí bailes
de modo que, si puedes, ocultamente arrebates.

No de otro modo los cocineros a sus vasallos
hacen que dentro de las ollas hundan
la carne con los tenedores para que no floten.

El buen maestro: Para que no te vean
que estás aquí, me dijo, ocúltate allá
tras esa roca, que algún reparo te otorgue;

y por nada con lo que a mí se ofenda
no temas tú, que yo estoy conciente de todo,
que en tumultos como este ya estuve antes.

Luego de allí pasó a la cabeza del puente;
y llegado arriba sobre la orilla sexta,
menester le fue tener sólida frente.

Con aquel furor y aquel ímpetu
con que los perros salen contra el mendigo,
que se detiene quieto y de lejos pide,

salieron ellos debajo del puentecillo
volviéndose en su contra con todos sus arpones;
mas él gritó: ¡Que ninguno de vosotros se atreva!

Antes que vuestros garfios me hieran,
venga uno de vosotros ante mi a oírme,
y luego que me arpone si su criterio lo aconseja.

Todos gritaron: ¡Que vaya Malacoda!
por lo que uno se movió, los otros quietos,
y acercándose a él le dijo: ¿Qué le aprovecha?

¿Crees tu Malacoda, que ha verme
has venido, dijo mi maestro,
seguro ya de tener la fuerza toda,

sin el acuerdo divino y sin el destino propicio?
Déjame pasar, que es voluntad del cielo
que a otro enseñe yo este salvaje camino.

Entonces su orgullo quedó tan vencido
que dejó ante sus pies caer los garfios
y dijo a los otros: Que no sea herido.

Y mi Conductor a mi: Tú que te escondes
tras de las rocas del puente quieto quieto,
aproxímate a mi desde ahora seguro.

Entonces me moví y a él rápidamente vine;
y los diablos todos se acercaron tanto
que yo temí que no observaran lo pactado;

así una vez vi yo temblar a los infantes
que salían rendidos de Caprona,
viéndose rodeados de enemigos tales.

Me adherí con toda mi persona
junto a mi Conductor , y no apartaba la vista
de la traza de ellos que no era buena.

Bajaron los garfios y ¿Quieres que lo toque?
decían uno al otro, ¿Sobre el lomo?
Y respondían: Sí, haz que se le clave.

Pero el demonio que sostenía la charla
con mi Conductor , volvióse prestamente
y dijo: ¡Quieto! ¡Quieto, Scarmiglione!

Después a nosotros: Ir mas allá por este
puente no se puede, porque yace
destrozado el fondo del sexto recinto.

Mas si proseguir adelante os place
seguid por esta cornisa escarpada;
cerca hay otro puente que el camino abre.

Ayer, cinco horas después que ahora,
mil doscientos con sesenta y seis
años hace que esta ruta fue rota.

Hacia allá envío algunos de los míos
a observar que nadie se tienda;
id con ellos, que no serán malignos.

Adelante, Alichino y Calabrina,
comenzó a decir, y tú Cagnazzo;
y que Barbariccia guíe la decena.

Libicocco venga luego y Draghignazzo,
Ciriatto, colmilludo y Graffiacane
y Farfarello, y el loco de Rubicante.

Buscad en torno de la hirviente brea;
que estos lleguen salvos al siguiente puente
que pasa enteramente sobre el hondo pozo.

¡Ay de mí! ¿Qué es lo que veo?
dije yo, ¡Por Dios! Vayamos sin escolta solos
si sabes ir; que yo a esta no la quiero.

Si te has dado cuenta, como sueles,
¿No ves como rechinan sus dientes
y con el fruncido ceño amenazan duelos?

Y él a mí: No quiero que te espantes;
déjalos que a su antojo rechinen,
que así lo hacen por los que están hirviendo.

Ellos por la izquierda orilla vuelta dieron;
pero antes cada uno se apretó la lengua,
con los dientes, hacia el jefe, haciendo señas;

y este había hecho de su culo una trompeta.



Dante Alighieri


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Mensaje por sabra el Miér Abr 20, 2016 1:44 pm


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Mensaje por Admin el Miér Nov 22, 2017 6:33 pm

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