EL AMANECER DE LA POESIA DE EURIDICE CANOVA Y SABRA
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LA DIVINA COMEDIA: EL PURGATORIO: CANTO XXXII

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Mensaje por Marcela Noemí Silva el Vie Mayo 02, 2014 11:47 pm

LA DIVINA COMEDIA: EL PURGATORIO: CANTO  XXXII  Divina10




LA DIVINA COMEDIA: EL PURGATORIO: CANTO XXXII

Canto XXXII
Visión de la decadencia de las dos Romas.

Iban mis ojos tan fijos y atentos
a saciarse de las decenas sedes,
que mis otros sentidos quedaron yertos;

un muro a cada lado tenían
para no atender a nada - ¡así la santa sonrisa
a ella los atraía con la antigua red! -;

luego voces de diosas forzaron
mi rostro a volverse a la izquierda
porque de ellas oí un ¡Demasiado fijo!;

y la disposición de ver que tienen
los ojos cuando el Sol acaba de herirlos,
de la vista un tiempo me dejó privado.

Mas luego que a poco la vista reformóse
( y digo “a poco” por respeto al gran
fulgor del que por fuerza fui apartado),

vi que a la derecha había virado
el glorioso ejército, enfrentando
al Sol con su rostro y a las siete llamas.

Como para salvarse bajo el escudo
cobijase la falange, y con la enseña
vuelve, sin terminar la maniobra entera;

aquella milicia del celeste reino
que precedía, pasó adelante
antes que el carro doblara su timón.

Luego retornaron a las ruedas las damas
y el grifo movió el bendito carro
de forma que no agitó ninguna pluma.

La bella dama que me trajo al vado,
y Estacio y yo acompañamos la rueda
que completó su vuelta en menor arco.

Así paseando por el alta selva vacía
por culpa de quien creyó en la serpiente,
marcaba el paso una angélica melodía.

Quizá en tres vuelos tanto espacio no alcanza
una lanzada saeta, cuanto nos habíamos
alejado, cuando Beatriz descendió.

Y sentí que todos murmuraban “Adán”;
luego rodearon una planta despojada
de hojas y de otras frondas en las ramas.

Su copa, que tanto se dilataba
cuanto más alto iba, fuera de los Indios
en sus bosques por su altura admirada.

Bendito seas, Grifo, que no arrancas nada
con el pico de este tronco dulce al gusto,
pero que luego mal retuerce el vientre.

De este modo en torno al árbol robusto
gritaron los otros; y dijo el animal binado:
Así se guarda la simiente de todo justo.

Y vuelto hacia el timón del que venía tirando
al pie lo trajo de la viuda planta
y lo de ella a ella dejó ligado.

Como nuestras plantas, cuando cae
la gran luz mezclada con aquella
que irradia detrás de los celestes peces,

se abultan, y luego renuevan
cada una su color, antes que el Sol
lleve sus corceles bajo otra estrella;

menos que de rosa y más que de violeta
color tomando, se renovó la planta,
que antes tenía tan solitarias ramas.

Yo no entendí, ni aquí abajo se canta
el himno que aquellas gentes entonces cantaron,
ni el canto llegué a oír por completo.

Si pudiera describir como soñaron
los ojos despiadados oyendo de Siringa,
ojos a los que el tanto vigilar costó tan caro;

como el pintor que el modelo pinta,
yo representaría cómo caí en sueño;
mas sea quien sea quien figurar pueda lo soñado.

Paso, pues, al momento cuando desperté,
y digo que un esplendor desgarró el velo
del sueño, y una llamada: Álzate, ¿qué haces?.

Como a mirar las florecillas del manzano,
cuyo fruto los ángeles codician
y bodas perpetuas se celebran en el cielo,

Pedro y Juan y Santiago conducidos
y vencidos, volvieron en sí a la palabra
por la cual mayores sueños fueron quebrados,

y vieron disminuida su escuela
tanto de Moisés como de Elías,
y de su maestro mudada estola;

así amanecí yo, y vi a aquella piadosa
inclinada sobre mí, la que había guiado
antes mis pasos junto al río.

Y lleno de dudas dije: ¿Dónde está Beatriz?
Y ella: Mírala bajo la fronda
nueva sentada sobre la raíz.

Mira la compañía que la circunda:
los otros detrás del Grifo van subiendo,
con más dulce canción y más profunda.

Y si la respuesta fue más difusa,
no sé, porque ya ante mis ojos era
la que de pensar en otra cosa me impedía.

Sola sentábase sobre la tierra verdadera,
apostada allí como guardián del carruaje
que ligado vi a la doble fiera.

En cerco le hacían claustro
las siete ninfas, con aquellas luces en la mano
que están a salvo del Aquilón y del Austro.

Habitarás aquí poco tiempo esta selva;
y conmigo serás sin fin ciudadano
de aquella Roma donde Cristo es romano,

sin embargo, por el mundo que mal vive,
fija la vista en el carro ahora, y lo que veas,
regresando allá, escribe,

Así Beatriz; y yo, que entero a sus pies
a sus mandatos devoto era,
volví la mente y los ojos a donde ella quería.

No desciende nunca tan velozmente
fuego de espesa nube, cuando llueve
de aquel confín que más va remoto,

como vi yo caer el pájaro de Jove
sobre el árbol, rompiendo cortezas,
no menos que flores y hojas nuevas;

e hirió al carro con toda fuerza;
el cual se dobló como nave en borrasca,
por la ola vencido de proa a popa.

Después vi lanzarse en la cuna
del triunfal coche una zorra
que de todo buen pasto parecía ayuna;

mas, reprendiendo su feas culpas,
mi dama la puso en tan veloz fuga
cuanto sufrir pudieron sus huesos sin pulpa.

Luego, por allí por donde había venido,
vi descender el águila en la caja
del carro y dejarla de plumas llena;

y como sale del corazón que se reprocha,
así unal voz salió del cielo que dijo:
¡Oh navecilla mía, cuán mala carga!

Después me pareció que se abría la tierra
entre las ruedas, y vi salir un dragón
que en el carro hincó la cola;

y como avispa que retira el aguijón,
retrayendo así la púa maligna,
parte se llevó del fondo, y se fue muy lenta.

Lo que quedó, como de gramínea
la vivaz tierra, de la pluma ofrecida
quizá con intención sana y benigna,

se recubrió, y quedaron recubiertas
una y otra rueda y el timón, en lo que
dura un suspiro de boca abierta.

Transformado así el edificio santo
sacó fuera cabezas de sus partes,
tres sobre el timón y una en cada canto.

Las primeras eran cornudas como bueyes,
mas las cuatro un solo cuerno tenían por frente:
jamás tales monstruos no vistos todavía fueron.

Segura, como roca en alto monte,
sentada encima una puta desenvuelta
apareció, los ojos girando en torno;

y a fin de que no le fuese arrebatada,
vi junto a ella de pie un gigante,
y ambos de tanto en tanto se besaban.

Mas porque el ojo ávido y errante
lanzó ella a mí, aquel feroz chulo
la flageló de la cabeza hasta las plantas;

luego, de sospechas lleno y de ira crudo,
desató al monstruo, y lo arrastró por la selva,
tan lejos que la selva fue para mí un escudo

que me ocultó a la puta y a la nueva fiera.






Dante Alighieri


Marcela Noemí Silva
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