EL AMANECER DE LA POESIA DE EURIDICE CANOVA Y SABRA
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LA DIVINA COMEDIA: EL INFIERNO: CANTO XVI

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Mensaje por Marcela Noemí Silva el Mar Dic 10, 2013 2:42 am

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LA DIVINA COMEDIA: EL INFIERNO: CANTO XVI

Estaba ya donde se oía el estruendo
del agua que caía en el siguiente giro
semejante al rumor de las colmenas,

cuando juntas tres sombras se apartaron,
corriendo, de un tropel que pasaba
bajo la lluvia del áspero martirio.

Venían a nosotros, y cada una gritaba:
Detente, tú, que por el ropaje pareces
ser uno de nuestra tierra depravada.

¡Ay de mi! Qué plagas vi en sus miembros,
recientes y viejas, producidas por las llamas!
Todavía me duele de solo recordarlas.

A sus gritos mi doctor se detuvo:
Volvió su rostro a mi y: Ahora espera,
dijo, con estos corresponde ser cortés.

Y si no fuera el fuego que asaeta
la naturaleza del lugar, yo diría
que más a ti que a ellos valdría la prisa.

Así que nos detuvimos, recomenzaron ellos
el anterior verso; y cuando a nosotros llegaron
entre los tres formaron una ronda.

Como los campeones solían hacer, nudos y untos,
sondear la presa y buscar ventaja,
antes de entrar al castigo y al combate,

así rondando, cada uno el visaje
me dirigía, de modo que contrario al pie
el cuello hacía continuo viaje.

Si la miseria de este arenoso sitio
torna en desprecio a nos y a nuestros ruegos,
comenzó uno, y el negro aspecto y lo desnudo,

que nuestra fama pliegue tu alma
para decirnos quien eres, que los pies vivos
por el infierno friegas tan seguro.

Este, cuyas huellas perseguir me ves,
por más que desnudo y excoriado vaya
fue de mayor rango de lo que creyeras:

fue nieto de la buena Gualdrada,
Guido Guerra tuvo por nombre, y en su vida
con su talento hizo mucho y con su espada.

El otro, que junto a mi la arena pisa,
es Tegghiajo Aldobrandini, cuya voz
allá en el mundo debería ser agradecida.

Y yo, que en cruz con ellos estoy puesto,
Jacobo Rusticucci fui, y por cierto
mi fiera esposa me dañó más que nadie.

Si hubiera estado a cubierto del fuego,
abajo me hubiera lanzado entre ellos,
y creo que el doctor lo habría sufrido;

mas, como yo sería quemado y cocido,
venció en mi el miedo al buen anhelo
que de abrazarlos me tenía tenso.

Después comencé: No desprecio sino pena
vuestra condición dentro de mi provoca,
tanta que tarde se desvanecerá toda,

luego que este mi señor me dijo
palabras por las que yo comprendí
que tal cual sois, tal era la gente que venía.

De vuestra tierra soy, y siempre siempre
vuestra obra y los honrosos nombres
he retenido y escuchado con afecto.

Dejo las hieles y voy por las dulces pomas
que mi veraz Conductor me ha prometido;
pero antes es preciso descender hasta el centro.

Así largamente porte tu alma
sus miembros, continuó aquel todavía,
y así después brille tu fama,

dinos si cortesía y valor aún moran
en nuestra ciudad como solían,
o si del todo han sido echadas fuera;

porque Guillermo Borsiere, que con nosotros
sufre desde hace poco, y va con los otros,
tanto con sus historias nos tortura.

La nueva gente y las súbitas ganancias
orgullo y desmesura han engendrado,
Florencia, en ti, tanto que ya te plañes.

Así grité con el rostro alzado;
y los tres, que la respuesta entendieron,
miráronse uno al otro como quien se asombra.

Si en ocasiones com ésta tan poco te cuesta,
respondieron todos, satisfacer preguntas,
¡Feliz de ti, que dices lo que sientes!

Pero, si sales de este lugar oscuro,
y a ver las bellas estrellas vuelves,
cuanto te plazca decir ¡Allí estuve!

haz que de nosotros los hombres hablen.
De allí, quebraron la ronda, y huyeron
tan velozmente, que alas parecían sus piernas.

Un amén no hubiera podido decirse
en el breve tiempo en que se fueron,
por lo que al maestro pareció bien irnos.

Yo lo seguía, y poco habíamos ido,
cuando el fragor del agua fue tan vecino
que de hablar apenas nos oiríamos.

Como aquel río que hace camino
del Monte Viso hacia el levante,
en la siniestra costa del Apenino,

que se llama Acquacheta arriba, que antes
de derramarse allá en el bajo lecho,
y en Forli de ese nombre quedar vacante,

allá atruena sobre San Benedetto
y de los Alpes cae en un solo rugiente salto
en vez de un millar de cascadas quietas;

así, por abajo de un risco quebrado,
hallamos tronando aquella teñida agua,
tanto que en poco tiempo el oído nos hiriera.

Tenía yo en torno ceñida una cuerda,
con la que alguna vez hube pensado
atar la pantera de la manchada piel.

Una vez que desatada la tuve,
como mi Conductor me había ordenado,
se la alcancé arrollada y replegada.

Entonces él volviéndose al derecho lado,
y algo alejado de la orilla
la arrojó abajo en aquel profundo abismo.

Preciso es que a novedad convenga,
dije entre mi, un nuevo signo
que el maestro con ojo atento espera.

¡Ay! ¡Cuán cautos debieran ser los hombres
con los que no sólo ven los actos externos,
sino que por dentro la mente ven con el intelecto!

Y me dijo: Pronto vendrá aquí arriba
lo que yo espero y tu mente sueña;
pronto conviene que a tu vista se descubra.

Siempre ante la verdad que cara tiene de mentira,
debe el hombre sellar sus labios tanto como pueda,
de modo de no pasar sin culpa vergüenza;

pero aquí callar no puedo; y por las líneas
de esta comedia, lector, te juro,
si ellas no fueran de larga fama privadas,

que vi por aquel aire grueso y oscuro
venir por la alto una figura nadando,
maravillosa aún para el corazón seguro,

como del fondo regresa el marinero
tal vez de soltar el atrapada ancla
de un escollo o de otra cosa en la mar trabada,

que extiende el brazo y la pierna encoge.


Dante Alighieri


Marcela Noemí Silva
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