LA DIVINA COMEDIA: EL PURGATORIO: CANTO IV

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Mensaje por Marcela Noemí Silva el Miér Feb 05, 2014 8:25 pm





LA DIVINA COMEDIA: EL PURGATORIO: CANTO  IV Divina10



LA DIVINA COMEDIA: EL PURGATORIO: CANTO IV


Cuando por un placer o por un dolor,
que alguna virtud nuestra comprenda,
el alma fuertemente a ella se recoge,

parece que ya a otra potencia no atienda;
y ésto va contra aquel error que cree
que un alma sobre otra en nosotros se encienda.

Por éso, cuando algo se oye o mira
que con fuerza tenga a sí el alma vuelta,
el tiempo pasa y el hombre no lo observa;

que una es la potencia que escucha,
y otra la que subyuga el alma entera:
ésta está como atada, y la otra está suelta.

De lo que tuve experiencia verdadera
oyendo aquel espíritu y admirando;
que bien cincuenta grados salido había

el Sol, sin que lo advirtiera, cuando
llegamos a donde aquellas almas acordes
nos gritaron: Aquí está vuestra respuesta.

Mayor portillo con frecuencia obtura
con un manojo de espinas
el aldeano cuando la uva madura,

que no la senda por donde subimos
mi conductor, y yo detrás, solos,
cuando se nos separó la turba.

Súbase a San Leo y bájese en Noli,
móntese en Bismantua y en Cacume
bastan los pies; pero aquí se precisa el vuelo;

digo con las ligeras alas y con las plumas
del gran deseo, siguiendo al que conduce
que me daba esperanza y me brindaba lumbre.

Subimos por una quebrada senda
cuyos costados me apretujaban entero
mientras abajo el suelo pies y manos requería.

Cuando llegamos al borde supremo
de la barrera a una abierta meseta,
Maestro mío, dije, ¿por dónde iremos?

Y él a mi: Ningún paso tuyo descienda:
arriba, hacia el monte detrás de mi, trepa,
hasta que hallemos una sabia escolta.

Tan alta era la cumbre que la vista
no alcanzaba, y la ladera empinaba tanto
como de medio cuadrante la línea al centro.

Yo estaba agotado cuando comencé:
¡Oh dulce padre! vuélvete y mira
cómo solo me quedo si no te aquietas.

Hijito mío, dijo, súbete hasta este punto,
mostrándome arriba un descanso
desplegado de aquel lado del monte.

Me animaron tanto sus dichos,
que esforzándome hacia él trepé
hasta que el ámbito quedó bajo mis pies.

En ese lugar los dos nos sentamos,
mirando a levante por donde subimos:
que agradar suele contemplar lo andado.

Primero incliné la vista a los lugares de abajo,
luego la alcé al Sol, y me admiraba
que por la izquierda me hería.

Bien advirtió el poeta que atónito
estaba yo ante el carro de la luz,
que entre nos y el Aquilón entraba.

Entonces él: Si Castor y Pólux
estuvieran en compañía del aquel espejo
que arriba y abajo su luz conduce,

verías el Zodíaco rojizo
girar todavía muy junto a la Osa,
si afuera no se saliera del camino antiguo.

Y cómo ésto ser pueda, si elaborarlo quieres,
recogido en ti mismo, imagina a Sion
y a este monte estar en la Tierra

de forma que ambos un solo horizonte
y distinto hemisferio tengan; así la ruta
que mal supo carretear Faetón,

verás como a éste es necesario que vaya
por un lado, cuando por otro va aquel,
si tu intelecto bien claramente mira.

Cierto, maestro mío, dije, nunca
había visto tan claro como entiendo ahora
en lo que mi ingenio antes parecía manco,

porque el círculo medio del motor superno
que se llama Ecuador, en alguna ciencia,
y que permanece siempre entre Sol e invierno,

por la razón que dices, de aquí se marcha
hacia el Septentrión, mientras los Hebreos
lo ven hacia la ardiente parte.

Mas si te place, quisiera saber
cuánto hemos de andar; pues el monte asciende
mas de lo que alcanzar mis ojos pueden.

Y él a mi: Esta montaña es tal
que siempre el comenzar de abajo es duro;
y cuando se sube más, menor es el mal.

Mas cuando te parezca suave
tanto, que el andar por ello te será ligero,
como boga a favor de la corriente la nave,

estarás entonces al fin de este sendero;
por tanto a reposar la pena espera.
Más no respondo, sólo ésto sé de cierto.

Y así que hubo sus palabras dicho
sonó una voz muy cerca: Tal vez
antes te verás forzado a sentarte.

A tal sonido ambos torcimos,
y a la izquierda una gran peña vimos,
de la que él ni yo nos dimos cuenta.

Allá nos fuimos: y allí había personas
que a la sombra estaban tras la roca
como indolentes que a estar se sientan.

Y uno de ellos, que parecía cansado,
sentado se abrazaba las rodillas,
teniendo entre ellas el rostro bajo.

¡Oh dulce señor mío!, dije, contempla
a éste que se muestra más negligente
como si hermana suya fuera la pereza.

Volvióse entonces a mirarnos
y alzando el rostro de entre las piernas
dijo: ¡Sube tú, que eres valiente!

Supe quien era entonces, y aquella angustia
que me exigía aún algo de aliento,
no me impidió acercarme; y luego

que junto a él estuve, alzó apenas la testa
y dijo: ¿Has comprendido bien cómo el Sol
por el dorso siniestro el carro lleva?

Sus perezosas señas y su palabra escasa
pusieron en mis labios algo de risa;
luego empecé: Belacqua, ya más de ti

no me conduelo; pero dime, ¿porqué sentado
aquí mismo estás? ¿Esperas escolta
o a la vieja costumbre has retornado?

Y él: ¡Oh hermano! subir ¿qué me aprovecha?
porque no me dejaría ir al martirio
el Ángel de Dios que está en la puerta.

Antes preciso es que dé tantos giros el cielo
y yo afuera de ella, cuantos giró en mi vida,
pues aplacé hasta el final el buen suspiro,

si no hay oración que auxilie
que surja de un alma que en gracia viva;
pues ¿qué valdría de otra si en el cielo no es oída?

Y ya el poeta delante precedía
y decía: Ven ahora; mira que toca
el Sol el meridiano y la orilla

cubre la noche ya junto a Marruecos.



Dante Alighieri


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