EL AMANECER DE LA POESIA DE EURIDICE CANOVA Y SABRA
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LA DIVINA COMEDIA: EL PURGATORIO: CANTO XVII

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Mensaje por Marcela Noemí Silva el Vie Mayo 02, 2014 11:12 pm

 LA DIVINA COMEDIA: EL PURGATORIO: CANTO   XVII  Divina10




LA DIVINA COMEDIA: EL PURGATORIO: CANTO XVII

Canto XVII

Habíamos ya dejado atrás al ángel,
al ángel que al sexto giro nos llevara,
que del rostro una seña me borrara;

y a los que tienen de la justicia el deseo
beatos los llamara, y cuyas voces
“sitiunt”, sin más, nos propusieron.

Y más leve que por las otros huecos
caminaba yo, tal que sin fatiga alguna
seguía a arriba a los espíritus veloces;

entonces Virgilio comenzó: Amor,
de virtud inflamado, siempre a otro inflama,
con tal que la llama se vea afuera;

por eso desde que descendió
a nuestro limbo del infierno Juvenal,
quien tu afecto me hizo patente,

mi benevolencia hacia ti fue tal
como nunca fue hacia ninguna otra persona,
y así ahora me son cortas estas escalas.

Mas dime, y como amigo perdóname,
si la mucha confianza afloja el freno,
y como amigo ahora conmigo razona:

¿cómo pudo hallar en tu seno
lugar la avaricia, en medio de tan buen sentido
del que por tus estudios y cuidados estuviste lleno?

Estas palabras a Estacio mover lo hicieron
un poco a risa primero; luego respondió:
Todos tus dichos de amor me son claro signo.

En verdad muchas veces vienen cosas
que a la duda dan falsa materia
porque esconden la razones veras.

Tu pregunta tu creencia me confirma
de que yo fuera avaro en la otra vida,
tal vez por aquel giro en el que yo era.

Pues bien, sabe que la avaricia lejos
de mi estuvo, y a ésta desmesura
mil lunaciones la han castigado.

Y si no fuera que apliqué pronto la cura
cuando escuché aquello que tú clamas,
fastidiado casi de la humana natura:

“¿A dónde no arrastras tú, oh sacro hambre
del oro, el apetito de los mortales?”,
estaría en las anteriores tristes labores.

Entonces advertí que por abrir demás las alas
podía irse de manos el gasto, y arrepentíme
así de éste como de los otros males.

¡Cuántos resurgirán con rapadas crines
por ignorancia, que a este defecto
priva de penitencia en vida y en los fines!

Y sabe que la culpa que replica
por directa oposición algún pecado,
juntamente con él aquí su verdor seca;

pues, si yo entre la gente me he contado
que llora su avaricia, por purgarme,
en su contrario me he encontrado.

Ahora cuando tú cantaste las crueles armas
de la doble tristeza de Yocasta,
dijo el cantor del bucólico Carmen,

por lo que allí Clio contigo trata,
no parece que entonces te hiciera fiel
la fe, sin la cual hacer bien no basta.

Si así fue, ¿qué Sol o qué candelas
te sacaron de tinieblas tantas que alzaste
luego detrás del pescador las velas?

Y aquel a él: Tú primero me enviaste
al Parnaso a beber en sus grutas,
y el primero junto a Dios me iluminaste.

Hiciste como aquel que va de noche,
que lleva en su detrás la luz y no se ayuda,
mas tras de sí hace a las personas doctas,

cuando dijiste: “El siglo se renueva;
vuelve la justicia y el primer tiempo humano,
y una progenie desciende del cielo nueva”.

Por ti fui poeta, por ti cristiano:
mas porque veas mejor lo que diseño
para colorearlo extenderé la mano.

Ya estaba el mundo preñado
de la vera creencia, sembrada
con los mensajes del eterno reino;

y tu palabra arriba indicada
se armonizaba con los nuevos predicantes;
por donde a visitarlos tomé usanza.

Vinieron luego pareciendo tan santos,
que, cuando Domiciano los perseguía,
de mis lágrimas no carecieron sus llantos;

y mientras que de aquel lado estuve,
los auxilié, y sus derechas costumbres
me llevó al desprecio de todas las demás sectas.

Y antes que condujera a los Griegos a los ríos
de Tebas poetizando, recibí el bautismo;
mas por miedo oculto cristiano estuve

largamente mostrando paganismo;
y esta tibieza en el cuarto círculo
me hizo rodar más de cuatro centésimos.

Tú pues, que alzado has la cubierta
que me escondía todo el bien que digo,
mientras que subiendo tenemos tiempo,

dime dónde está Terencio nuestro antiguo,
Cecilio y Plauto y Varro, si lo sabes;
dime si están condenados y en cuál giro.

Ellos y Persio y yo y otros muchos,
respondió mi guía, estamos con aquel griego
que lactaron las Musas más que a ninguno,

en el primer círculo del penal ciego;
muchas veces hablamos del monte
que tiene siempre a nuestras nodrizas consigo.

Allí Eurípides con nosotros y Anacreonte,
Simónides, Agatón y otros muchos
griegas que ya de laurel ornaron su frente.

Allí se ven de tus gentes
Antígona, Deifila y Argía,
e Ismenea tan triste como siempre.

Vese a aquella que mostró a Langia;
la hija de Tiresia y Tetis
y con sus hermanas Deidamia.

Callaban ya ambos poetas
de nuevo atentos a mirar en torno
libre de escalera y de paredes;

y ya las cuatro esclavas habían del día
quedado atrás, y la quinta al timón
alzaba en alto el ardiente cuerno,

cuando mi conductor: Creo que al extremo
hay que volver la espalda diestra,
girando el monte como hacer solemos.

Así la rutina fue allí nuestra consigna,
y tomamos la vía con menor recelo
por el sentir de aquella alma digna.

Iban ellos delante y yo solito
detrás, y escuchaba su conversa,
que de poetizar me daba intelecto.

Más pronto quebró las dulces razones
un árbol que hallamos en medio de la estrada,
con manzanas de aromas suaves y buenos;

y como el abeto hacia lo alto degrada
de rama en rama, así aquel hacia abajo,
creo yo, para que nadie arriba no vaya.

Del lado donde nuestro camino estaba ocluso,
caía de la alta roca un licor claro
y se expandía por las hojas superiores.

Los dos poetas al árbol se acercaron;
y una voz de adentro de la fronda
gritó: De este fruto careceréis.

Luego dijo: Más pensaba María en
que las bodas honradas fueran y enteras,
que en su propia boca, que ahora os apoya.

Y las Romanas antiguas, para su beber,
contentas estuvieron con agua; y Daniel
despreció comida y adquirió saber.

El primer siglo, como el oro, fue bello,
hizo sabrosas, con hambre, las bellotas,
y fue néctar a la sed todo arroyuelo.

Miel y langostas fueron la vianda
que nutrieron al Bautista en el desierto;
pues él es glorioso y tan grande

cuanto por el Evangelio se os es abierto.



Dante Alighieri


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