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El sistema de Copérnico.-Einstein

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Mensaje por HORIZONTES el Dom Jul 19, 2020 4:56 am

El sistema de Copérnico.

Es sabido que ya hubo pensadores griegos que descubrieron la forma esférica de la Tierra y se atrevieron a dar los primeros pasos que conducen del sistema ptolemaico, geocéntrico, a abstracciones superiores. Pero fué mucho después de fallecida la cultura griega, fué en otros pueblos y otros países donde el globo terrestre llegó a poseer realidad física. Es ésta la primera gran desviación de la apariencia sensible y, al propio tiempo, la primera gran relativización. Han transcurrido de nuevo varios siglos desde que se dió aquella vuelta, y lo que entonces era un descubrimiento inaudito, es hoy una verdad escolar de niños pequeños. Por eso es difícil representarse con claridad lo que hubo de significar para el pensamiento el que los conceptos de «arriba» y «abajo» perdiesen su sentido absoluto y el que se reconociese a los antípodas el derecho a llamar «arriba» a la dirección en el espacio que nosotros llamamos «abajo». Pero cuando se verificó la primera navegación circunterrestre, hízose la cosa tan patente, que todas las objeciones hubieron de enmudecer. Por el mismo motivo, el descubrimiento del globo no dió en sí mismo ocasión para que hubiese lucha entre la concepción subjetiva y la concepción objetiva del mundo, entre la investigación natural y la Iglesia. La lucha no se desencadenó hasta que Copérnico (1543) le quitó a la Tierra su posición central en el universo y creó el sistema heliocéntrico.

No es que haya en esto una relatividad mucho mayor; pero la importancia del descubrimiento para la evolución del espíritu humano reside en que la Tierra, la humanidad, el yo individual, quedan ahora destronados. La Tierra se torna satélite del Sol y arrastra consigo a la humanidad en el espacio cósmico; junto a ella circulan otros planetas semejantes, de igual valor; el hombre de la astronomía no es ya importante; a lo sumo, lo es para si mismo. Pero hay más aún: todas estas inauditas novedades no se derivan de hechos groseros—como es un viaje de circunvalación—, sino de observaciones que, para aquellos tiempos, eran finas y sutilísimas, de cálculos difíciles sobre trayectorias de planetas; esto es, de pruebas que ni son accesibles a todos, ni tienen importancia alguna para la vida diaria. La apariencia visible, la intuición, la tradición sacra y profana se pronuncian contra la nueva doctrina. En lugar del visible cerco solar, pone ésta un globo de fuego de tamaño gigantesco, irrepresentable; en lugar de las familiares luminarias celestes, pone otros tantos globos de fuego a inconcebibles distancias, o globos como el terráqueo, que reflejan una luz ajena; todas las masas visibles son ahora engaño, y, en cambio, verdad es una serie de lejanías inmensurables, de velocidades tremendas. Y, sin embargo, tenía que vencer la doctrina nueva; porque su fuerza estaba en la cálida voluntad de todo hombre pensante, afanado por comprender en unidad legal todas las cosas del mundo natural, por insignificantes que fueran en la existencia humana, para poderlas determinar en el pensamiento y comunicarlas a los demás.

En el proceso que constituye la esencia de la investigación científica natural, no retrocede el espíritu ante la necesidad de poner en duda los más sensibles hechos de la intuición o de tenerlos por ilusión y engaño; pero acude con preferencia a las más elevadas abstracciones, antes de excluir de la imagen de la naturaleza un hecho seguro, por insignificante que sea. Por eso la Iglesia, que era entonces el representante de la concepción subjetiva dominante, hubo de perseguir la doctrina de Copérnico y llevar a Galileo ante el tribunal de la Inquisición. Y lo que desencadenó la lucha no fué tanto las contradicciones entre la nueva doctrina y los dogmas tradicionales, como la nueva posición con respecto a los procesos anímicos; si la intuición del alma, si la visión de las cosas en la naturaleza no tiene ya valor alguno, puede ser que llegue un día también en que la emoción religiosa se vea contaminada por la duda. Y aun cuando los más audaces pensadores de aquella época estaban muy lejos de ser escépticos en religión, sin embargo, la Iglesia olfateaba en ellos al enemigo.

De la hazaña de Copérnico, de su gran acto de relativización, proceden todas las innumerables relativizaciones semejantes, aunque más pequeñas, que ha venido realizando la ciencia de la naturaleza, hasta la obra de Einstein, que vuelve a ser digna de emparejarse con aquel gran modelo.

Ahora debemos describir, en pocas palabras, el Cosmos, tal como Copérnico lo ha diseñado.

Hay que decir, ante todo, que los conceptos y leyes de la geometría terrestre son trasladados sin más al espacio cósmico. En lugar de los ciclos del mundo ptolemaico, que eran todavía representados a manera de superficies, preséntanse ahora verdaderas trayectorias en el espacio, cuyos planos pueden tener diferentes posiciones. El centro del sistema del mundo es el Sol; alrededor del Sol describen los planetas sus círculos; uno de ellos es la Tierra, que gira sobre su propio eje, y alrededor de la cual la Luna recorre su círculo. Y allá, en las inmensas lejanías, son las estrellas fijas otros tantos soles como el nuestro, inmóviles en el espacio. La labor constructiva de Copérnico consiste en mostrar que, admitiendo todo eso, el aspecto del cielo tiene que presentar todos los fenómenos que el sistema tradicional sólo podía explicar mediante hipótesis complicadas y artificiosas. La sucesión de la noche y el día, las estaciones, las fases de la Luna, las trayectorias complicadas de los planetas, todo se hace de pronto transparente, inteligible y accesible a cálculos relativamente sencillos.

Albert Einstein
De su libro Teoría de la relatividad
GEOMETRIA Y COSMOLOGIA
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