EL AMANECER DE LA POESIA DE EURIDICE CANOVA Y SABRA
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LA DIVINA COMEDIA: EL INFIERNO: CANTO XXIX

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Mensaje por Marcela Noemí Silva Lun 9 Dic 2013 - 23:42

LA DIVINA COMEDIA: EL INFIERNO: CANTO XXIX Divina10



LA DIVINA COMEDIA: EL INFIERNO: CANTO XXIX


La mucha gente y las variadas plagas
habían mis luces tanto embriagado,
que estarse a llorar sólo deseaban.

Pero Virgilio me dijo: ¿qué estás mirando?
¿porqué tu vista está fija allá abajo
entre las sombras tristes mutiladas?

No fuiste así en las otras fosas,
piensa, si tu contarlas quisieras,
que veintidós millas son del valle la vuelta.

Y ya la Luna está bajo nuestros pies;
poco es el tiempo que aún nos conceden,
y hay otras cosas de ver que no has visto.

Si hubieras tú, respondí luego,
atendido a la razón porqué miraba,
quizá quedarme más me habrías dejado.

En tanto mi Conductor se iba y yo detrás
le andaba, y prosiguiendo mi respuesta
le dije: Dentro de aquella cava

en la que tuve entonces fijos los ojos,
creo que un espíritu de mi sangre llora
la culpa que allá bajo tanto importa.

Entonces dijo el Maestro: no se quiebre
tu pensamiento de aquí en más por ello.
Atiende a otras cosas, y aquel allá se quede;

que yo lo vi al pie del puentecillo
señalarte y amenazarte feroz con el dedo,
y oí nombrarlo Geri del Bello.

Tú estabas entonces tan entero distraído
con aquel que Hautefort hubo regido,
que no miraste allí, y así marchóse.

¡Oh Conductor mío, la violenta muerte
que aún no le fue vengada, dije yo,
por ninguno que de la ofensa fue consorte,

lo hace arrogante; por lo que se fue
sin hablarme, como imagino:
y con ello me ha hecho para con él más pío.

Así hablamos hasta el lugar primero,
que desde el puente el otro cerco muestra,
si más luz hubiera, entero hasta la hondura.

Cuando llegamos al último recinto
de Malebolge, de forma que sus transmutados
fueran conspicuos a la vista nuestra,

me alcanzaron las flechas de lamentos varios
que de dolor púas tenían de hierro;
y así tapéme las orejas con las manos.

Cuál dolor era, como si de los hospitales
de Valdichiana de julio a septiembre
y de Marismas y de Cerdeña los enfermos

fueran en una fosa todos reunidos,
tal era aquí, y tal fetidez salía
como suele venir de los miembros muertos.

Descendimos por la final orilla
del largo puente, siempre a la izquierda;
y entonces mi visión fue más viva

hacia el fondo abajo, donde la ministra
del alto Sire, la infalible justicia,
castiga a los falsarios que aquí registra.

No creo que mayor tristeza se viera
en Egina cuando todo el pueblo enfermo,
estuvo, y el aire tan de malicia lleno,

que las bestias, hasta el menor verme
murieron todas, y luego la gente antigua,
como los poetas tienen por cierto,

restauradas fueron de simiente de hormigas;
como era a ver en aquel oscuro valle
languidecer las almas por diversas plagas.

Cual sobre el vientre, y cual de espaldas
uno apoyado en otro yacía, y cual se movía
reptando por la triste calle.

Paso a paso íbamos en silencio
mirando y escuchando a los enfermos
que no podían alzar sus cuerpos.

Yo vi a dos sentados mutuamente apoyados,
como a cocer se pone teja sobre teja,
de pie a cabeza de postillas manchados;

y nunca vi antes pasar la raedera
a un mozo ante el amo que espera,
ni al que de mala gana vela,

como asidua cada uno pasaba la mordida
de las uñas sobre sí por la gran furia
del escozor, que no tiene otro socorro;

y así arrasaban las uñas la sarna,
como cuchillo del escaro las escamas
o de otro pez que más grandes las tenga.

¡Oh tú que con los dedos te descamas,
comenzó el Conductor mío a uno de ellos,
y que quizá los hagas tenazas,

dime si algún Latino hay entre estos
que aquí están, si las uñas te bastan
eternamente para esta tarea!

Latinos somos, los que ves tan devastados,
nosotros ambos, respondió uno llorando;
mas ¿quién eres tú que de nosotros preguntas?

Y el Conductor dijo: Yo soy uno que desciende
con este vivo abajo de giro en giro,
y a quien mostrar pretendo el infierno.

Se rompió entonces la común pareja
y cada uno temblando a mi volvióse
con otros que por cercanos lo oyeron.

El buen maestro se arrimó bien a mi lado
diciendo: Diles pues lo que deseas;
y yo comencé como el quería:

Así vuestra memoria no se borre
en el primer mundo de las humanas mentes,
mas siga viva bajo muchos soles,

decidme quiénes sois y de qué gente;
vuestra lamentable y fastidiosa pena
de conversar conmigo no os espante.

Yo fui de Arezzo, y Alberto de Siena,
respondió uno, me mandó a la hoguera,
mas no vine aquí por lo que fui muerto.

Verdad que yo a él le dije en chanza:
‘Yo sabría cómo elevarme por el aire en vuelo’
y aquel, que tenía el capricho y el seso poco,

quiso que le mostrara el arte; y sólo
porque no lo hice Dédalo, me hizo
arder por quien lo consideraba hijo.

Pero aquí, en el último círculo de los diez,
por la alquimia que en el mundo practiqué
me condenó Minos, quien fallar no puede.

Y le dije al Poeta: ¿Hubo ya nunca
gente tan vana como la de Siena?
¡Ciertamente ni la francesa lo es tanto!

Entonces el otro leproso, que me escuchó,
repuso a lo que dije: Excepto Stricca
que supo hacer tan moderados gastos,

y Nicolo que la costumbre adinerada
del clavo de especia descubrió primero
en el huerto donde tal semilla se planta;

y en la banda en la que dilapidara,
Caccia de Asciano, sus viñas y sus frondas,
y Abbagliato su juicio expresara.

Mas para que sepas quién te secunda
contra los Sieneses, aguza en mi el ojo,
tal que mi cara bien te responda:

así verás que soy la sombra de Capocchio,
que falsifiqué los metales con la alquimia;
y has de recordarte, si bien te advierto,

que yo fui de buena naturaleza simia.


Dante Alighieri


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Mensaje por sabra Miér 20 Abr 2016 - 9:09


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Mensaje por Admin Sáb 25 Nov 2017 - 6:40

Gracias por este aporte tan interesante.
Saludos.

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Mensaje por sabra Jue 20 Abr 2023 - 12:28

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Un gran aporte que se aprecia y se agradece. Gracias por exponerlo aquí.
Un abrazo.

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