EL AMANECER DE LA POESIA DE EURIDICE CANOVA Y SABRA
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LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO V

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Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 1:55 am

LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO V

LIBRO QUINTO

I. En el consulado de Lucio Domicio y Apio Claudio, César, al
partirse de los cuarteles de invierno para Italia,85 como solía todos los
años, da orden a los legados comandantes de las legiones de construir
cuantas naves pudiesen, y de reparar las viejas, dándoles las medidas
y forma de su construcción. Para cargarlas prontamente y tirarlas en
seco hácelas algo más bajas de las que solemos usar en el Mediterráneo,
tanto más que tenía observado que por las continuas mudanzas de la
marea no se hinchan allí tanto las olas, y asimismo un poco más anchas
que las otras para el transporte de los fardos y tantas bestias. Quiere
que las hagan todas muy veleras, a que contribuye mucho el ser chatas,
mandando traer el aparejo86 de España. Él en persona, terminadas las
Cortes de la Galia Citerior, parte para d Ilírico, por entender que los
pirustas 87 con sus correrías infestaban las fronteras de aquella
provincia. Llegado allá, manda que las ciudades acudan con las milicias
a cierto lugar que les señaló. Con esta noticia los pirustas envíanle
embajadores que le informen cómo nada de esto se había ejecutado de
público acuerdo, y que estaban prontos a darle satisfacción entera de
los excesos cometidos. Admitida su disculpa, ordénales dar rellenes,
señalándoles plazo para la entrega; donde no, protesta que les hará la
guerra a fuego y sangre. Presentados los rehenes en el término
asignado, elige jueces árbitros que tasen los daños y prescriban la
multa.

II, Hecho esto, y concluidas las juntas, vuelve a la Galia Citerior y
de allí al ejército. Cuando llegó a él, recorriendo todos los cuarteles,
halló ya fabricados por la singular aplicación de la tropa, sin embargo de
la universal falta de medios, cerca de seiscientos bajeles en la forma
dicha, y veintiocho galeras -que dentro de pocos días se podrían botar
al agua. Dadas las gracias a los soldados y a los sobrestantes,
manifiesta su voluntad, y mándales juntarlas todas en el puerto Icio, de
donde se navega con la mayor comodidad a Bretaña por un estrecho de
treinta millas poco más o menos. Destina a este fin un número
competente de soldados, marchando él con cuatro legiones a la ligera y
ochocientos caballos contra los trevirenses, que ni venían a Cortes, ni
obedecían a los mandados, y aun se decía que andaban solicitando a los
germanos transrenanos.

III. La república de Tréveris es sin comparación la más poderosa
de toda la Galia en caballería; tiene numerosa infantería, y es bañada
del Rin, como arriba declaramos. En ella se disputaban la primacía
Induciomaro y Cingetórige; de los cuales el segundo, al punto que supo
la venida de César y de las legiones, fue a presentársele, asegurando
que así él como los suyos guardarían lealtad y no se apartarían de la
amistad del Pueblo Romano, y le dio cuenta de lo que pasaba en
Tréveris. Mas Induciomaro empezó a reclutar gente de a pie y de a
caballo y a disponerse para la guerra, después de haber puesto en
cobro a los que por su edad no eran para ella, en la selva Ardena, que
desde el Rin con grandes bosques atraviesa por el territorio trevirense
hasta terminar en el de Reims. Con todo eso, después que algunos de
los más principales ciudadanos, no menos movidos de la familiaridad
con Cingetórige que intimidados con la entrada de nuestro ejército,
fueron a César y empezaron a tratar de sus intereses particulares, ya
que no podían mirar por los de la república, Induciomaro, temiendo
quedarse solo, despacha embajadores a César representando «no
haber querido separarse de los suyos por ir a visitarle, con la mira
puesta de mantener mejor al pueblo en su deber, y que no se
desmandase por falta de consejo en ausencia de toda la nobleza; que
en efecto el pueblo estaba a su disposición, y él mismo en persona, si
César se lo permitía, iría luego a ponerse en sus manos con todas sus
cosas y las del Estado».
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Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 1:57 am

IV. César, si bien penetraba el motivo de este lenguaje y de la
mudanza de su primer propósito, a pesar de todo, por no gastar en
Tréveris el verano, hechos ya todos los preparativos para la expedición
de Bretaña, le mandó presentarse con doscientos rehenes. Entregados
juntamente con un hijo suyo y todos sus parientes que los pidió César
expresamente, consoló a Induciomaro exhortándole a perseverar en la
fe prometida; mas no por eso dejó de convocar a los señores
trevirenses, y de recomendar a que sobre ser debido esto a su mérito,
importaba mucho que tuviese la principal autoridad entre los suyos
quien tan fina voluntad le había mostrado. Llevólo muy a mal
Induciomaro, con que su crédito se disminuía entre los suyos, y el que
antes ya nos aborrecía, con este sentimiento quedó mucho más
enconado.

V. Dispuestas así las cosas, en fin llegó César con las legiones al
puerto Icio. Aquí supo que cuarenta naves fabricadas en los meldas88
no pudieron por el viento contrario seguir su viaje, sino que volvieron
de arribada al puerto mismo de donde salieron; las demás halló listas
para navegar y bien surtidas de todo. Juntóse también aquí la caballería
de toda la Galia, compuesta de cuatro mil hombres y la gente más
granada de todas las ciudades, de que César tenía deliberado dejar en
la Galia muy pocos, de fidelidad probada, y llevarse consigo a los demás
como en prendas recelándose en su ausencia de algún levantamiento
en la Galia.

VI. Hallábase con ellos el eduo Dumnórige, de quien ya hemos
hablado, al cual principalmente resolvió llevar consigo, porque sabía
ser amigo de novedades y de mandar, de mucho espíritu y autoridad
entre los galos. A más que él se dejó decir una vez en junta general de
los eduos, «que César le brindaba con el reino», dicho de que se
ofendieron gravemente los eduos, dado que no se atrevían a proponer
a César por medio de una embajada sus representaciones y súplicas en
contrario, lo que César vino a saber por alguno de sus huéspedes. Él al
principio pretendió, a fuerza de instancias y ruegos, que lo dejasen en
la Galia, alegando unas veces que temía al mar, otras que se lo
disuadían ciertos malos agüeros. Visto que absolutamente se le negaba
la licencia, y que por ninguna vía podía recabarla, empezó a ganar a los
nobles, a hablarles a solas y a exhortarles a no embarcarse;
poniéndolos en el recelo de que no en balde se pretendía despojar a la
Galia de toda la nobleza; ser bien manifiesto el intento de César de
conducirlos a Bretaña para degollarlos, no atreviéndose a ejecutarlo a
los ojos de la Galia. Tras esto empeñaba su palabra, y pedía juramento
a los demás, de que practicarían de común acuerdo cuanto juzgasen
conveniente al bien de la patria.
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Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 1:59 am

VII. Eran muchos los que daban parte de estos tratos a César,
quien por la gran estimación que hacía de la nación Edua procuraba
reprimir y enfrenar a Dumnórige por todos los medios posibles; mas
viéndole tan empeñado en sus desvaríos, ya era forzoso precaver que
ni a él ni a la República pudiese acarrear daño. Por eso, cerca de
veinticinco días que se detuvo en el puerto, por impedirle la salida el
cierzo, viento que suele aquí reinar gran parte del año, hacía por tener
a raya a Dumnórige sin descuidarse de velar sobre todas sus tramas. Al
fin, soplando viento favorable, manda embarcar toda la infantería y
caballería. Cuando más ocupados andaban todos en esto, Dumnórige,
sin saber nada César, con la brigada de los eduos empezó a desfilar
hacia su tierra. Avisado César, suspende el embarco, y posponiendo
todo lo demás, destaca un buen trozo de caballería en su alcance con
orden de arrestarle, y en caso de resistencia y porfía, que le maten,
juzgando que no haría en su ausencia cosa a derechas quien,
teniéndole presente, despreciaba su mandamiento. Con efecto,
reconvenido, comenzó a resistir y defenderse a mano armada, y a
implorar el favor de los suyos, repitiendo a voces «que él era libre y
ciudadano de república independiente», a pesar de lo cual, es cercado
según la orden, y muerto. Mas los eduos de su séquito todos se
volvieron a César.

VIII. Hecho esto, dejando a Labieno en el Continente con tres
legiones y dos mil caballos encargado de la defensa de los puertos, del
cuidado de las provisiones, y de observar los movimientos de la Galia,
gobernándose conforme al tiempo y las circunstancias, él con cinco
legiones y otros dos mil caballos, al poner del sol se hizo a la vela.
Navegó a favor de un ábrego fresco, pero a eso de medianoche,
calmado el viento, perdió el rumbo, y llevado de las corrientes un gran
trecho, advirtió a la mañana siguiente que había dejado la Bretaña a la
izquierda. Entonces virando de bordo, a merced del reflujo, y la fuerza
de remos procuró ganar la playa que observó el verano antecedente ser
la más cómoda para el desembarco. Fue mucho de alabar en este lance
el esfuerzo de los soldados, que con tocarles navíos de trasporte y
pesados, no cansándose de remar, corrieron parejas con las veleras.
Arribó toda la armada a la isla casi al hilo del mediodía sin que se dejara
ver enemigo alguno por la costa; y es que, según supo después César
de los prisioneros, habiendo concurrido a ella gran número de tropas,
espantadas de tanta muchedumbre de naves (que con las del año
antecedente, y otras de particulares fletadas para su propia
conveniencia, aparecieron de un golpe más de ochocientas velas), se
habían retirado y metídose tierra adentro.

IX. Desembarcado el ejército, y cogido puesto acomodado para
los reales; informado César de los prisioneros dónde estaban apostadas
las tropas enemigas, dejó diez cohortes con trescientos caballos en la
ribera para resguardo de las naves, de que, por estar ancladas en playa
tan apacible y despejada, temía menos riesgo, y después de
medianoche partió contra el enemigo y nombró comandante del
presidio naval a Quinto Atrio. Habiendo caminado de noche obra de
doce millas, alcanzó a descubrir los enemigos, los cuales, avanzando
con su caballería y carros armados hasta la ría, tentaron de lo alto
estorbar nuestra marcha y trabar batalla. Rechazados por la caballería,
se guarecieron en los bosques dentro de cierto paraje bien pertrechado
por la naturaleza y arte, prevenido de antemano, a lo que parecía, con
ocasión de sus guerras domésticas; pues tenían tomadas todas las
avenidas con árboles cortados, puestos unos sobre otros. Ellos desde
adentro esparcidos a trechos impedían a los nuestros la entrada en las
bardas. Pero los soldados de la legión séptima, empavesados y
levantando terraplén contra el seto, le montaron sin recibir más daño
que algunas heridas. Verdad es que César no permitió seguir el alcance,
así por no tener conocido el terreno, como por ser ya tarde y querer que
le quedase tiempo para fortificar su campo.

X. Al otro día de mañana envió sin equipaje alguno89 tres partidas
de infantes y caballos en seguimiento de los fugitivos. A pocos pasos,
estando todavía los últimos a la vista, vinieron a César mensajeros a
caballo con la noticia de que la noche precedente, con una tempestad
deshecha que se levantó de repente, casi todas las naves habían sido
maltratadas y arrojadas sobre la costa; que ni áncoras ni amarras las
contenían, ni marineros ni pilotos podían resistir a la furia del huracán;
que por consiguiente del golpeo de unas naves con otras había
resultado notable daño.
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Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 2:01 am

XI. Con esta novedad, César manda volver atrás las legiones y la
caballería; él da también la vuelta a las naves, y ve por sus ojos casi lo
mismo que acababa de saber de palabra y por escrito: que
desgraciadas cuarenta, las demás admitían sí composición, pero a gran
costa. Por lo cual saca de las legiones algunos carpinteros, y manda
llamar a otros de tierra firme. Escribe a Labieno que con ayuda de sus
legiones apreste cuantas más naves pueda. Él, por su parte, sin
embargo de la mucha dificultad y trabajos, determinó para mayor
seguridad sacar todas las embarcaciones a tierra, y meterlas con las
tiendas dentro de unas mismas trincheras. En estas maniobras empleó
casi diez días, no cesando los soldados en el trabajo ni aun por la noche.
Sacados a tierra los buques, y fortificados muy bien los reales, deja el
arsenal guarnecido de las mismas tropas que antes, y marcha otra vez
al lugar de donde vino. Al tiempo de su llegada era ya mayor el número
de tropas enemigas que se habían juntado allí de todas partes. Diose de
común consentimiento el mando absoluto y cuidado de esta guerra a
Casivelauno, cuyos Estados separa de los pueblos marítimos el río
Támesis a distancia de unas ochenta millas del mar. De tiempo atrás
andaba éste en continuas guerras con esos pueblos; mas aterrados los
britanos con nuestro arribo, le nombraron desde luego por su general y
caudillo.

XII. La parte interior de Bretaña es habitada de los naturales,
originarios de la misma isla, según cuenta la fama; las costas, de los
belgas, que acá pasaron con ocasión de hacer presas y hostilidades; los
cuales todos conservan los nombres de las ciudades de su origen, de
donde trasmigraron, y fijando su asiento a fuerza de armas, empezaron
a cultivar los campos como propios. Es infinito el gentío, muchísimas las
caserías, y muy parecidas a las de la Galia; hay grandes rebaños de
ganado. Usan por moneda cobre o anillos de hierro de cierto peso. En
medio de la isla se hallan minas de estaño, y en las marinas, de hierro,
aunque poco. El cobre le traen de fuera. Hay todo género de madera
como en la Galia, menos de haya y pinabete. No tienen por lícito el
comer liebre, ni gallina, ni ganso, puesto que los crían para su diversión
y recreo. El clima es más templado que el de la Galia, no siendo los fríos
tan intensos.

XIII. La isla es de figura triangular. Un costado cae enfrente de la
Galia; de este costado el ángulo que forma el promontorio Canelo,
adonde ordinariamente vienen a surgir las naves de la Galia, está
mirando al Oriente; el otro inferior a Mediodía. Este primer costado
tiene casi quinientas millas; el segundo mira a España y al Poniente.
Hacia la misma parte yace la Hibernia,90 que, según se cree, es la mitad
menos que Bretaña, en igual distancia de ella que la Galia. En medio de
este estrecho está una isla llamada Man. Dícese también que más allá
se encuentran varias isletas; de las cuales algunos han escrito que
hacia el solsticio del invierno por treinta días continuos es siempre de
noche. Yo, por más preguntas que hice, no pude averiguar nada de eso,
sino que por las experiencias de los relojes de agua observaba ser aquí
más cortas91 las noches que en el Continente. Tiene de largo este lado,
en opinión de los isleños, setecientas millas. El tercero está
contrapuesto al Norte sin ninguna tierra enfrente, si bien la punta de él
mira especialmente a la Germania. Su longitud es reputada de
ochocientas millas, con que toda la isla viene a tener el ámbito de dos
mil.
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Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 2:03 am

XIV. Entre todos, los más tratables son los habitantes de Kent,
cuyo territorio está todo en la costa del mar, y se diferencian poco en
las costumbres de los galos. Los que viven tierra adentro por lo común
no hacen sementeras, sino que se mantienen de leche y carne, y se
visten de pieles. Pero generalmente todos los britanos se pintan de
color verdinegro con el zumo de gualda,92 y por eso parecen más fieros
en las batallas; dejan crecer el cabello, pelado todo el cuerpo, menos la
cabeza y el bigote. Diez y doce hombres tienen de común las mujeres,
en especial hermanos con hermanos y padres con hijos. Los que nacen
de ellas son reputados hijos de los que primero esposaron las doncellas.

XV. Los caballos enemigos y los carreros trabaron en el camino
un recio choque con nuestra caballería, bien que ésta en todo llevó la
ventaja, forzándolos a retirarse a los bosques y cerros. Mas como los
nuestros, matando a muchos, fuesen tras ellos con demasiado
ardimiento, perdieron algunos. Los enemigos, de allá un rato, cuando
los nuestros estaban descuidados y ocupados en fortificar su campo,
salieron al improviso del bosque, y arremetiendo a los que hacían
guardia delante de los reales pelearon bravamente. Envió entonces
César las dos primeras cohortes de dos legiones en su ayuda y haciendo
éstas alto muy cerca una de otra, asustados los nuestros con tan
extraño género de combate, rompieron ellos por medio de todos con
extremada osadía y se retiraron sin recibir daño. Perdió la vida en esta
jornada el tribuno Quinto Laberio Duro. En fin, con el refuerzo de otras
cohortes fueron rechazados.

XVI. Por toda esta refriega, como que sucedió delante de los
reales y a la vista de todos, se echó de ver que los nuestros, no
pudiendo ir tras ellos cuando cejaban por la pesadez de las armas, ni
atreviéndose a desamparar sus banderas, eran poco expeditos en el
combate con estas gentes; que la caballería tampoco podía obrar sin
gran riesgo, por cuanto ellos muchas veces retrocedían de propósito, y
habiendo apartado a los nuestros algún trecho de las legiones, saltaban
a tierra de sus carros y peleaban a pie con armas desiguales. Así que, o
cediesen o avanzasen los nuestros, con esta forma de pelear daban en
igual, antes en el mismo peligro. Fuera de que ellos nunca combatían
unidos, sino separados y a grandes trechos, teniendo cuerpos de
reserva apostados; con que unos a otros se daban la mano, y los de
fuerzas enteras entraban de refresco a reemplazar los cansados.
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Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 2:05 am

XVII. Al día siguiente se apostaron los enemigos lejos de los
reales en los cerros, y comenzaron a presentarse no tantos, y a
escaramuzar con la caballería más flojamente que el día antes. Pero al
mediodía, habiendo César destacado tres legiones y toda la caballería
con el legado Cayo Trebonio al forraje, de repente se dejaron caer por
todas partes sobre los que andaban muy desviados de las banderas y
legiones. Los nuestros, dándoles una fuerte carga, los rebatieron, y no
cesaron de perseguirlos hasta tanto que la caballería, fiada en el apoyo
de las legiones que venían detrás, los puso en precipitada fuga; y
haciendo en ellos gran riza, no les dio lugar a rehacerse, ni detenerse,
o saltar de los carricoches. Después de esta fuga, las tropas auxiliares,
que concurrieron de todas partes, desaparecieron al punto. Nunca más
de allí adelante pelearon los enemigos de poder a poder con nosotros.

XVIII. César, calados sus intentos, fuese con el ejército al reino
de Casivelauno en las riberas del Támesis, río que por un solo paraje se
puede vadear, y aun eso trabajosamente. Llegado a él, vio en la orilla
opuesta formadas muchas tropas de los enemigos, y las márgenes
guarnecidas con estacas puntiagudas, y otras semejantes clavadas en
el hondo del río debajo del agua. Enterado César de esto por los
prisioneros y desertores, echando adelante la caballería, mandó que las
legiones le siguiesen inmediatamente. Tanta prisa se dieron los
soldados, y fue tal su coraje, si bien sola la cabeza llevaban fuera del
agua, que no pudiendo los enemigos sufrir el ímpetu de las legiones y
caballos, despejaron la ribera, poniendo pies en polvorosa.

XIX. Casivelauno, como ya insinuamos, perdida toda esperanza
de contrarrestar, y despedida la mayor parte de sus tropas,
quedándose con cuatro mil combatientes de los carros, iba observando
nuestras marchas, tal vez se apartaba un poco del camino, y se
ocultaba en barrancos y breñas. En sabiendo el camino que habíamos
de llevar, hacía recoger hombres y ganados de los campos a las selvas,
y cuando nuestra caballería se tendía por las campiñas a correrlas y
talarlas, por todas las vías y sendas conocidas disparaba de los bosques
los carros armados, y la ponía en gran conflicto, estorbando con esto
que anduviese tan suelta. No había más arbitrios para evitar tales
peligros sino que César no la permitiese alejarse de las legiones, y que
las talas y quemas en daño del enemigo sólo se alargasen cuanto
pudiera llevar el trabajo y la marcha de los soldados legionarios.

XX. A esta sazón, los trinobantes,93 nación la más poderosa de
aquellos países (de donde el joven Mandubracio, abrazando el partido
de César, vino a juntarse con él en la Galia, y cuyo padre Imanuencio,
siendo rey de ella, murió a manos de Casivelauno, y él mismo huyó por
no caer en ellas), despachan embajadores a César, prometiendo
entregársele y prestar obediencia, y le suplican que ampare a
Mandubracio contra la tiranía de Casivelauno, se lo envíe, y restablezca
en el reino. César les manda dar cuarenta rehenes y trigo para el
ejército, y les restituye a Mandubracio. Ellos obedecieron al instante
aprontando los rehenes pedidos y el trigo.

XXI. Protegidos los trinobantes y libres de toda vejación de los
soldados, los cenimaños, segonciacos, ancalites, bibrocos y casos, por
medio de sus diputados, se rindieron a César. Infórmanle estos que no
lejos de allí estaba la corte de Casivelauno, cercada de bosques y
lagunas, donde se había encerrado buen número de hombres y
ganados. Dan los britanos nombre de ciudad a cualquier selva
enmarañada, guarnecida de valla y foso, donde se suelen acoger para
librarse de las irrupciones de los enemigos. César va derecho allá con
las legiones; encuentra el lugar harto bien pertrechado por naturaleza y
arte; con todo, se empeña en asaltarlo por dos partes. Los enemigos,
después de una corta detención, al cabo, no pudiendo resistir el ímpetu
de los nuestros, echaron a huir por otro lado de la ciudad. Hallóse
dentro crecido número de ganados, y en la fuga quedaron muchos
prisioneros y muertos.

XXII. Mientras iban así las cosas en esa parte de la isla, despacha
Casivelauno mensajeros a la provincia de Kent, situada, como se ha
dicho, sobre la costa del mar, cuyas merindades gobernaban cuatro94
régulos. Gingetórige, Carnilio, Taximagulo y Segonacte, y les manda
que con todas sus fuerzas juntas ataquen los atrincheramientos
navales. Venidos que fueron a los reales, los nuestros en una salida que
hicieron matando a muchos de ellos, y prendiendo, entre otros, al noble
caudillo Lugotórige, se restituyeron a las trincheras sin pérdida alguna.
Casivelauno, desalentado con la nueva de esta batalla, por tantos
daños recibidos, por la desolación de su reino, y mayormente por la
rebelión de sus vasallos, valiéndose de la mediación de Comió
Atrebatense, envía sus embajadores a César sobre la entrega. César,
que estaba resuelto a invernar en el continente por temor de los
motines repentinos de la Galia, quedándole ya poco tiempo del estío, y
viendo que sin sentir podía pasársele aún éste, le manda dar rehenes,
y señala el tributo que anualmente debía la Bretaña pechar al Pueblo
Romano. Ordena expresamente y manda a Casivelauno que no moleste
más a Mandubracio ni a los trinobantes.
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Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 2:07 am

XXIII. Recibidos los rehenes, vuelve a la armada, y halla en buen
estado las naves. Botadas éstas al agua, por ser grande el número de
los prisioneros, y haberse perdido algunas embarcaciones en la
borrasca, determinó transportar el ejército en dos convoyes. El caso fue,
que de tantos bajeles y en tantas navegaciones, ninguno de los que
llevaban soldados faltó ni en este año ni en el antecedente, pero de los
que volvían en lastre del Continente hecho el primer desembarco, y de
los sesenta que Labieno había mandado construir, aportaron muy
pocos; los demás casi todos volvieron de arribada. Habiendo César
esperado en vano algún tiempo, temiendo que la estación no le
imposibilitase la navegación por la proximidad del equinoccio, hubo de
estrechar los soldados según los buques, y en la mayor bonanza
zarpando ya bien entrada la noche, al amanecer tomó tierra sin
desgracia en toda la escuadra.

XXIV. Sacadas a tierra las naves, y tenida una junta con los galos
en Samarobriva,95 por haber sido este año corta la cosecha de granos
en la Galia por falta de aguas, le fue forzoso dar otra disposición que los
años precedentes a los invernaderos del ejército, distribuyendo las
legiones en diversos cantones. Una en los morinos, al mando de Cayo
Fabio; la segunda en los nervios, al de Quinto Cicerón; la tercera en los
eduos, al de Lucio Roscio; ordenando que la cuarta con Tito Labieno
invernase en los remenses en la frontera de Tréveris; tres alojó en los
belgas, a cargo del cuestor Marco Craso, y de los delegados Lucio
Munacio Planeo y Cayo Trebonio. Una nuevamente alistada en Italia y
cinco cohortes envió a los eburones, que por la mayor parte habitan
entre el Mosa y el Rin, sujetos al señorío de Ambiórige y Cativulco;
dióles por comandantes a los legados Quinto Titurio Sabino y Lucio
Arunculeyo Cota. Repartidas en esta forma las legiones, juzgó que
podrían proveerse más fácilmente en la carestía. Dispuso, sin embargo,
que los cuarteles de todas estas legiones (salvo la que condujo Lucio
Roscio al país96 más quieto y pacífico) estuviesen comprendidas en
término de cien millas. Él resolvió detenerse en la Galia hasta tener
alojadas las legiones, y certeza de que los cuarteles quedaban
fortificados.

XXV. Florecía, entre los chartreses Tasgecio, persona muy
principal, cuyos antepasados habían sido reyes de su nación. César le
había restituido su Estado en atención al valor y lealtad singularmente
oficiosa de que se había servido en todas las guerras. Este año, que ya
era el tercero de su reinado, sus enemigos le mataron públicamente,
siendo asimismo cómplices muchos de los naturales. Dan parte a César
de este atentado. Receloso él de que por ser tantos los culpados, no se
rebelase a influjo de ellos el pueblo, manda a Lucio Planeo marchar
prontamente con una legión de los belgas a los carnutes, tomar allí
cuarteles de invierno, y remitirle presos a los que hallase reos de la
muerte de Tasgecio. En este entretanto, todos los legados y el cuestor,
encargados del gobierno de las legiones, le avisaron cómo ya estaban
acuartelados y bien atrincherados.
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Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 2:08 am

XXVI. A los quince días de alojados allí dieron principio a un
repentino alboroto y alzamiento Ambiórige y Cativulco, que con haber
salido a recibir a Sabino y a Cota a las fronteras de su reino, y acarreado
trigo a los cuarteles, instigados por los mensajeros del trevirense
Induciomaro, pusieron en armas a los suyos, y sorprendiendo de rebato
a los leñadores, vinieron con gran tropel a forzar las trincheras. Como
los nuestros, cogiendo al punto las armas, montando la línea y
destacada por una banda la caballería española, llevasen con ella la
ventaja en el choque, los enemigos, malogrando el lance, desistieron
del asalto. A luego dieron voces, como acostumbran, que saliesen
algunos de los nuestros a conferencia, que sobre intereses comunes
querían poner ciertas condiciones, con que esperaban se podrían
terminar las diferencias.

XXVII. Va a tratar con ellos Cayo Arpiño, caballero romano
confidente de Quinto Titurio, con cierto español, Quinto Junio, que ya
otras veces por parte de César había ido a verse con Ambiórige, el cual
les habló de esta manera: «Que se confesaba obligadísimo a los
beneficios recibidos de César, cuales eran haberle libertado del tributo
que pagaba a los aduáticos sus confinantes; haberle restituido su hijo y
un sobrino, que siendo enviados entre los rehenes a los aduáticos, los
tuvieron en esclavitud y en cadenas; que en la tentativa de asalto no
había procedido a arbitrio ni voluntad propia, sino compelido de la
nación; ser su señorío de tal calidad, que no era menor la potestad del
pueblo sobre él que la suya sobre el pueble, y que el motivo que tuvo
éste para el rompimiento fue sólo el no poder resistir a la conspiración
repentina de la Galia, cosa bien fácil de probar en vista de su poco
poder; pues no es él tan necio que presuma poder con sus fuerzas
contrastar las del Pueblo Romano. La verdad es ser este el común
acuerdo de la Galia, y el día de hoy el aplazado para el asalto general de
todos los cuarteles de César, para que ninguna legión pueda dar la
mano a la otra. Como galos no pudieron fácilmente negarse a los galos,
mayormente pareciendo ser su fin el recobrar la libertad común; mas
ya que tenía cumplido con ellos por razón de deudo, debía atender
ahora a la ley del agradecimiento. Así que, por respeto a los beneficios
de César y al hospedaje de Titurio, le amonestaba y suplicaba mirase
por su vida y la de sus soldados; que ya un gran cuerpo de germanos
venía a servir a sueldo y había pasado el Rin; que llegaría dentro de dos
días; viesen ellos si sería mejor, antes que lo entendiesen los
comarcanos, sacar de sus cuarteles los soldados y trasladarlos a los de
Cicerón o de Labieno, puesto que el uno distaba menos de cincuenta
millas y el otro poco más. Lo que les prometía y aseguraba con
juramento era darles paso franco por sus Estados; que con eso
procuraba al mismo tiempo el bien del pueblo aliviándolo del
alojamiento y el servicio de César en recompensar de sus mercedes».
Dicho esto, se despide Ambiórige.
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LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO V Empty Re: LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO V

Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 2:09 am

XXVIII. Arpiño y Junio cuentan a los legados lo que acababan de
oír. Ellos, asustados con la impensada nueva, aunque venía de boca del
enemigo, no por eso creían deberla despreciar. Lo que más fuerza le
hacía era no parecerles creíble que los eburones, gente de ningún
nombre y tan para poco, se atreviesen de suyo a mover guerra contra
el Pueblo Romano. Y así ponen la cosa en consejo, donde hubo grandes
debates. Lucio Arunculeyo, con varios de los tribunos y capitanes
principales, era de parecer «que no se debía atropellar ni salir de los
reales sin orden de César; proponían que dentro de las trincheras se
podían defender contra cualesquiera tropas, aun de germanos, por
numerosas que fuesen; ser de esto buena prueba el hecho de haber
resistido con tanto esfuerzo el primer ímpetu del enemigo, rebatiéndole
con gran daño: que pan no les faltaba. Entre tanto vendrían socorros de
los cuarteles vecinos y de César, que en conclusión, ¿puede haber
temeridad ni desdoro mayor que tomar consejo del enemigo en punto
de tanta monta?»

XXIX. Contra esto gritaba Titurio: «Que tarde caerían en la
cuenta, cuando creciese más el número de los enemigos con la unión de
los germanos, o sucediese algún desastre en los cuarteles vecinos; que
el negocio pedía pronta resolución, y creía él que César se hubiese ido
a Italia; si no, ¿cómo era posible que los chartreses conspirasen en
matar a Tasgecio, ni los eburones en asaltar con tanto descaro nuestros
reales?, que no atendía él al dicho del enemigo, sino a la realidad del
hecho: el Rin inmediato; irritados los germanos por la muerte de
Ariovisto y nuestras pasadas victorias; la Galia enconada por verse
después de tantos malos tratamientos sujeta al Pueblo Romano,
obscurecida su antigua gloria en las armas. Por último, ¿quién podrá
persuadirse que Ambiórige se hubiese arriesgado a tomar este consejo
sin tener seguridad de la cosa? En todo caso ser seguro su dictamen: si
no hay algún contraste, se juntarán a su salvo con la legión inmediata;
si la Galia toda se coligare con Germania, el único remedio es no perder
momento. El parecer contrario de Cota y sus parciales ¿qué resultas
tendrá? Cuando de presente no haya peligro, al menos en un largo
asedio el hambre será inevitable».

XXX. En estas reyertas, oponiéndose vivamente Cota y los
primeros oficiales: «Norabuena, dijo Sabino, salid con la vuestra, ya
que así lo queréis», y en voz más alta, de modo que pudiesen oírle
muchos de los soldados, añadió: «Sí, que no soy yo entre vosotros el
que más teme la muerte. Los presentes verán lo que han de hacer, si
acaeciere algún revés, tú sólo les serás responsable; y si los dejas,
pasado mañana se verán juntos con los demás en los cuarteles vecinos
para ser compañeros de su suerte, y no morir a hierro y hambre
abandonados y apartados de los suyos».
XXXI. Levántanse con esto de la junta, y los principales se ponen
de por medio y suplican a entrambos no lo echen todo a perder con su
discordia y empeño; cualquier partido que tomen, o de irse o de
quedarse, saldrá bien, si todos van a una; al contrario, si están
discordes, se dan por perdidos. Durando la disputa hasta medianoche,
al cabo, rendido Cota, cede. Prevalece la opinión de Sabino. Publícase
marcha para el alba. El resto de la noche pasan en vela, registrando
cada uno su mochila, para ver qué podría llevar consigo, qué no de los
utensilios de los cuarteles. No parece sino que se discurren todos los
medios de hacer peligrosa la detención, y aun más la marcha con la
fatiga y el desvelo de los soldados. Venida la mañana, comienzan su
viaje en la persuasión de que no un enemigo, sino el mayor amigo suyo,
Ambiórige, les había dado este consejo, extendidos en filas muy largas
y con mucho equipaje.
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LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO V Empty Re: LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO V

Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 2:11 am

XXXII. Los enemigos, que por la bulla e inquietud de la noche
barruntaron su partida, armadas dos emboscadas en sitio ventajoso y
encubierto entre selvas, a distancia de dos millas estaban acechando el
paso de los romanos; y cuando vieron la mayor parte internada en lo
quebrado de aquel hondo valle, al improviso se, dejaron ver por el
frente y espaldas picando la retaguardia, estorbando a la vanguardia la
subida, y forzando a los nuestros a pelear en el peor paraje.

XXXIII. Aquí vieras a Titurio, que nunca tal pensara, asustarse,
correr acá y allá, desordenadas las filas; pero todo como un hombre
azorado que no sabe la tierra que pisa; que así suele acontecer a los
que no se aconsejan hasta que se hallan metidos en el lance. Por el
contrario Cota, que todo lo tenía previsto y por eso se había opuesto a
la salida, nada omitía de lo conducente al bien común; ya llamando por
su nombre a los soldados, ya esforzándolos, ya peleando, hacía a un
tiempo el oficio de capitán y soldado. Mas visto que, por ser las filas
muy largas, con dificultad podían acudir a todas partes y dar las
órdenes convenientes, publicaron una general para que, soltando las
mochillas, se formasen en rueda, resolución que, si bien no es de tachar
en semejante aprieto, tuvo muy mal efecto; pues cuanto desalentó la
esperanza de los nuestros, tanto mayor denuedo infundió a los
enemigos, por parecerles que no se hacía esto sin extremos de temor y
en caso desesperado. Además que los soldados de tropel, como era
regular, desamparaban sus banderas, y cada cual iba corriendo a su lío
a sacar y recoger las alhajas y preseas más estimadas, y no se oían sino
alaridos y lamentos.

XXXIV. Mejor lo hicieron los bárbaros; porque sus capitanes
intimaron a todo el ejército que ninguno abandonase su puesto; que
contasen por suyo todo el despojo de los romanos, pero entendiesen
que el único medio de conseguirlo era la victoria. Eran los nuestros por
el número y fortaleza capaces de contrarrestar al enemigo, y dado caso
que ni el caudillo ni la fortuna los ayudaba, todavía en su propio valor
libraban la esperanza de la vida; y siempre que alguna cohorte daba un
avance, de aquella banda caía por tierra gran número de enemigos.
Advirtiéndolo Ambiórige, da orden que disparen de lejos, y que nunca
se arrimen mucho, y dondequiera que los romanos arremetan,
retrocedan ellos; que atento el ligero peso de sus armas y su continuo
ejercicio no podían recibir daño, pero en viéndolos que se retiran a su
formación, den tras ellos.

XXXV. Ejecutada puntualísimamente esta orden, cuando una
manga destacada del cerco acometía, los contrarios echaban para atrás
velocísimamente. Con eso era preciso que aquella parte quedase
indefensa, y por un portillo abierto expuesta a los tiros. Después al
querer volver a su puesto, eran cogidos en medio así de los que se
retiraban, como de los que estaban apostados a la espera; y cuando
quisiesen mantenerse a pie firme, ni podían mostrar su valor, ni
estando tan apiñados hurtar el cuerpo a los flechazos de tanta gente.
Con todo eso, a pesar de tantos contrastes y de la mucha sangre
derramada, se tenían fuertes, y pasada gran parte del día, peleando sin
cesar del amanecer hasta las ocho,97 no cometían la menor vileza. En
esto, con un venablo atravesaron de parte a parte ambos muslos de
Tito Balvencio, varón esforzado y de gran cuenta, que desde el año
antecedente mandaba la primera centuria. Quinto Lucanio, centurión
del mismo grado, combatiendo valerosamente, por ir a socorrer a su
hijo rodeado de los enemigos, cae muerto. El comandante Lucio Cota,
mientras va corriendo las líneas y exhortando a los soldados, recibe en
la cara una pedrada de honda.
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LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO V Empty Re: LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO V

Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 2:13 am

XXXVI. Aterrado con estas desgracias Quinto Titurio, como
divisase a lo lejos a Ambiórige que andaba animando a los suyos,
envíale su intérprete Neo Pompeyo a suplicarle les perdone las vidas. Él
respondió a la súplica: «que si quería conferenciar consigo, bien podía,
cuanto a la vida de los soldados, esperaba que se podría recabar de su
gente; tocante al mismo Titurio, empeñaba su palabra que no se le
haría daño ninguno». Titurio lo comunica con Cota herido, diciendo:
«que si tiene por bien salir del combate y abocarse con Ambiórige, hay
esperanza de poder salvar sus vidas y las de los soldados». Cota dice,
que de ningún modo irá al enemigo mientras le vea con las armas en la
mano, y ciérrase en ello.

XXXVII. Sabino, vuelto a los tribunos circunstantes y a los
primeros centuriones, manda que le sigan, y llegando cerca de
Ambiórige, intimándole rendir las armas, obedece, ordenando a los
suyos que hagan lo mismo. Durante la conferencia, mientras se trata de
las condiciones, y Ambiórige alarga de propósito la plática, cércanle
poco a poco, y le matan. Entonces fue la grande algazara y el gritar
descompasado a su usanza, apellidando victoria, echarse sobre los
nuestros, y desordenarlos. Allí Lucio Cota pierde combatiendo la vida,
con la mayor parte de los soldados; los demás se refugian a los reales
de donde salieron, entre éstos Lucio Petrosidio, alférez mayor, que,
siendo acosado de un gran tropel de enemigos, tiró dentro del vallado la
insignia del águila, defendiendo a viva fuerza la entrada, hasta que
cayó muerto. Los otros a duras penas sostuvieron el asalto hasta la
noche, durante la cual todos, desesperados, se dieron a sí mismos la
muerte. Los pocos que de la batalla se escaparon, metidos entre los
bosques, por caminos extraviados, llegan a los cuarteles de Tito
Labieno y le cuentan la tragedia.

XXXVIII. Engreído Ambiórige con esta victoria, marcha sin
dilación con su caballería a los aduáticos, confinantes con su reino, sin
parar día y noche, y manda que le siga la infantería. Incitados los
aduáticos con la relación del hecho, al día siguiente pasa a los nervios,
y los exhorta a que no pierdan la ocasión de asegurar para siempre su
libertad y vengarse de los romanos por los ultrajes recibidos. Póneles
delante la muerte de dos legados y la matanza de gran parte del
ejército; ser muy fácil hacer lo mismo de la legión acuartelada con
Cicerón, acogiéndola de sorpresa; él se ofrece por compañero de la
empresa. No le fue muy dificultoso persuadir a los nervios. Así que,
despachando al punto correos a los centrones, grudios, levacos,
pleumosios y gordunos,98 que son todos dependientes suyos, hacen las
mayores levas que pueden, y de improviso vuelan a los cuarteles de
Cicerón, que aun no tenía noticia de la desgracia de Titurio, con que no
pudo precaver el que algunos soldados, esparcidos por las selvas en
busca de leña y fajina, no fuesen sorprendidos con la repentina llegada
de los caballos. Rodeados ésos, una gran turba de eburones, aduáticos
y nervios con todos sus aliados y dependientes empieza a batir la legión.
Los nuestros a toda prisa toman las armas y montan las trincheras.
Costó mucho sostenerse aquel día, porque los enemigos ponían toda su
esperanza en la brevedad, confiando que, ganada esta victoria, para
siempre quedarían vencedores.
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LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO V Empty Re: LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO V

Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 2:17 am

XL. Cicerón al instante despacha cartas a César, ofreciendo
grandes premios a los portadores, que son luego presos por estar
tomadas todas las sendas. Por la noche, del maderaje acarreado para
barrearse, levantan ciento y veinte torres con presteza increíble, y
acaban de fortificar los reales. Los enemigos al otro día los asaltan con
mayor golpe de gente y llenan el foso. Los nuestros resisten como el día
precedente; y así prosiguen en los consecutivos, no cesando de
trabajar noches enteras, hasta los enfermos y heridos. De noche se
apresta todo lo necesario para la defensa del otro día. Se hace
prevención de cantidad de varales tostados a raigón y de garrochones,
fórmanse tablados en las torres, almenas y parapetos de zarzos
entretejidos. El mismo Cicerón, siendo de complexión delicadísima, no
reposaba un punto ni aun de noche; tanto que fue necesario que los
soldados, con instancias y clamores, le obligasen a mirar por sí.

XLI. Entonces los jefes y personas de autoridad entre los nervios,
que tenían alguna cabida y razón de amistad con Cicerón, dicen que
quieren abocarse con él. Habida licencia, repiten la arenga de
Ambiórige a Titurio: «estar armada toda la Galia: los germanos de esta
parte del Rin: los cuarteles de César y de los otros, sitiados. Añaden lo
de la muerte de Sabino. Ponente delante a Ambiórige,
99 para que no
dude de la verdad. Dicen ser gran desatino esperar socorro alguno de
aquellos que no pueden valerse a sí mismos. Protestan, no obstante,
que por el amor que tienen a Cicerón y al Pueblo Romano sólo se
oponen a que invernen dentro de su país, y que no quisieran se
avezasen a eso; que por ellos bien pueden salir libres de los cuarteles,
y marchar seguros a cualquiera otra parte». La única respuesta de
Cicerón a todo esto fue: «no ser costumbre del Pueblo Romano recibir
condiciones del enemigo armado. Si dejan las armas podrán servirse de
su mediación y enviar embajadores a César, que, según es de benigno,
espera lograrán lo que pidieren».

XLII. Los nervios, viendo frustradas sus ideas, cercan los reales
con un bastión de once pies y su foso de quince. Habían aprendido esto
de los nuestros con el trato de los años antecedentes, y no dejaban de
tener soldados prisioneros que los instruyesen. Mas como carecían de
las herramientas necesarias, les era forzoso cortar los céspedes con la
espada, sacar la tierra con las manos y acarrearla en las haldas. De lo
cual se puede colegir el gran gentío de los sitiadores, pues en menos de
tres horas concluyeron una fortificación de diez millas de circuito; y los
días siguientes, mediante la dirección de los mismos prisioneros, fueron
levantando torres de altura igual a nuestras barreras, y fabricando
guadañas y galápagos.

XLIII. Al día séptimo del cerco, soplando un viento recio,
empezaron a tirar con hondas bodoques 100 caldeados y dardos
encendidos a las barracas, que al uso de la Galia eran pajizas. Prendió
al momento en ellas el fuego, que con la violencia del viento se extendió
por todos los reales. Los enemigos cargando con grande algaraza,
como seguros ya de la victoria, van arrimando las torres y galápagos, y
empiezan a escalar el vallado. Mas fue tanto el valor de los soldados, tal
su intrepidez, que sintiéndose chamuscar por todos lados y oprimir de
una horrible lluvia de saetas, viendo arder todos sus ajuares y alhajas,
lejos de abandonar nadie su puesto, ni aun casi quien atrás mirase,
antes por lo mismo peleaban todos con mayor brío y coraje. Penosísimo
sin duda fue este día para los nuestros; bien que se consiguió hacer
grande estrago en los enemigos, por estar apiñados al pie del vallado
mismo, ni dar los últimos, lugar de retirarse a los primeros. Cediendo
un tanto las llamas, como los enemigos arrimasen por cierta parte una
torre hasta pegarla con las trincheras, los oficiales de la tercera cohorte
hicieron lugar retirándose atrás, con todos los suyos, y con ademanes y
voces empezaron a provocarlos a entrar, «si eran hombres»; pero
nadie osó aventurarse. Entonces los romanos, arrojando piedras, los
derrocaron y les quemaron la torre.

XLIV. Había en esta legión dos centuriones muy valerosos, Tito
Pulfion y Lucio Vareno, a punto de ser promovidos al primer grado.
Andaban éstos en continuas competencias sobre quién debía ser
preferido, y cada año, con la mayor emulación, se disputaban la
precedencia. Pulfion, uno de los dos, en el mayor ardor del combate al
borde de las trincheras: « ¿En qué piensas, dice, oh Vareno?, ¿o a
cuándo aguardas a mostrar tu valentía? Este día decidirá nuestras
competencias. » En diciendo esto, salta las barreras y embiste al
enemigo por la parte más fuerte. No se queda atrás Vareno, sino que
temiendo la censura de todos, síguele a corta distancia. Dispara Pulfion
contra los enemigos su lanza, y pasa de parte a parte a uno que se
adelantó de los enemigos; el cual herido y muerto, es amparado con los
escudos de los suyos, y todos revuelven contra Pulfion cerrándole el
paso. Atraviésanle la rodela, y queda clavado el estoque en el tahalí.
Esta desgracia le paró de suerte la vaina que, por mucho que forcejaba,
no podía sacar la espada, y en esta maniobra le cercan los enemigos.
Acude a su defensa el competidor Vareno, y socórrele en el peligro,
punto vuelve contra este otro el escuadrón sus tiros, dando a Pulfion
por muerto de la estocada. Aquí Vareno, espada en mano, arrójase a
ellos, bátese cuerpo a cuerpo, y matando a uno, hace retroceder a los
demás. Yendo tras ellos con demasiado coraje, resbala cuesta abajo, y
da consigo en tierra. Pulfion que lo vio rodeado de enemigos, corre a
librarle, y al fin ambos, sanos y salvos, después de haber muerto a
muchos, se restituyen a los reales cubiertos de gloría. Así la fortuna en
la emulación y en la contienda guío a entrambos, defendiendo el un
émulo la vida del otro, sin que pudiera decirse cuál de los dos mereciese
en el valor la primacía.
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LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO V Empty Re: LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO V

Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 2:20 am

XLV. Cuanto más se agravaba cada día la fiereza del asedio,
principalmente por ser muy pocos los defensores, estando gran parte
de los soldados postrados de las heridas, tanto más se repetían correos
a César, de los cuales algunos eran cogidos y muertos a fuerza de
tormentos a vista de los nuestros. Había en nuestro cuartel un hidalgo
llamado Verticón, que había desertado al primer encuentro, y dado a
Cicerón pruebas de su lealtad. Este tal persuade a un su esclavo,
prometiéndole la libertad y grandes galardones, que lleve una carta a
César. Él la acomoda en su lanza, y como galo, atravesando por entre
los galos sin la menor sospecha, la pone al fin en manos de César, por
donde vino a saber el peligro de Cicerón y de su legión.

XLVI. Recibida esta carta a las once del día, despacha luego aviso
al cuestor Marco Craso que tenía sus cuarteles en los belovacos, a
distancia de veinticinco millas, mandándole que se ponga en camino a
medianoche con su legión y venga a toda prisa. Pártese Craso al aviso.
Envía otro al legado Cayo Fabio, que conduzca la suya a la frontera de
Artois, por donde pensaba él hacer su marcha. Escribe a Labieno, que,
si puede buenamente, se acerque con su legión a los nervios. No le
pareció aguardar lo restante del ejército, por hallarse más distante.
Saca de los cuarteles inmediatos hasta cuatrocientos caballos.

XLVII. A las tres de la mañana supo de los batidores la venida de
Craso. Este día caminó veinte millas. Da el gobierno de Samarobriva
con una legión a Craso, porque allí quedaba todo el bagaje, los rehenes,
las escrituras públicas, y todo el trigo acopiado para el invierno. Fabio,
conforme a la orden recibida, sin detenerse mucho, sale al encuentro
en el camino. Labieno, entendida la muerte de Sabino y el destrozo de
sus cohortes, viéndose rodeado de todas las tropas trevirenses,
temeroso de que, si salía como huyendo de los cuarteles, no podía
sostener la carga del enemigo, especialmente sabiendo que se
mostraba orgulloso con la recién ganada victoria, responde a César,
representando el gran riesgo que correrá la legión si se movía. Escríbele
por menor lo acaecido en los eburones, y añade que a tres millas de su
cuartel estaban acampados los trevirenses con toda la infantería y
caballería.

XLVIII. César, pareciéndole bien esta resolución, dado que de
tres legiones con que contaba se veía reducido a dos, sin embargo, en
la presteza ponía todo el buen éxito. Entra, pues, a marchas forzadas
por tierras de los nervios. Aquí le informan los prisioneros del estado de
Cicerón y del aprieto en que se halla. Sin perder tiempo, con grandes
promesas persuade a uno de la caballería galicana que lleve a Cicerón
una carta. Iba ésta escrita en griego, con el fin de que, si la
interceptaban los enemigos, no pudiesen entender nuestros designios;
previénele, que si no puede dársela en su mano, la tire dentro del
campo atada con la coleta de un dardo. El contenido era: «que presto le
vería con sus legiones», animándole a perseverar en su primera
constancia. El galo, temiendo ser descubierto, tira el dardo según la
instrucción. Éste, por desgracia, quedó clavado en un cubo, sin
advertirlo los nuestros por dos días. Al tercero reparó en él un soldado,
que lo alcanzó, y trajo a Cicerón, quien después de leída, la publicó a
todos, llenándolos de grandísimo consuelo. En eso se divisaban ya las
humaredas a lo lejos, con que se aseguraron totalmente de la cercanía
de las legiones.

XLIX. Los galos, sabida esta novedad por sus espías, levantan el
cerco, y con todas sus tropas, que se componían de sesenta mil
hombres, van sobre César. Cicerón, valiéndose de esta coyuntura, pide
a Verticón, aquel galo arriba dicho, para remitir con él otra carta a
César, encargándole haga el viaje con toda cautela y diligencia; decía
en la carta, cómo los enemigos, alzando el sitio, habían revuelto contra
él todas las tropas. Recibida esta carta cerca de la medianoche, la
participa César a los suyos y los esfuerza para la pelea.
Al día siguiente muy temprano mueve su campo, y a cuatro días
de marcha descubre la gente del enemigo que asomaba por detrás de
un valle y de un arroyo. Era cosa muy arriesgada combatir con tantos
en paraje menos ventajoso; no obstante, certificado ya de que Cicerón
estaba libre del asedio, y por tanto no era menester apresurarse, hizo
alto, atrincherándose lo mejor que pudo, según la calidad del terreno; y
aunque su ejército ocupaban bien poco, que apenas era de siete mil
hombres, y ésos sin ningún equipaje, todavía lo reduce a menor espacio,
estrechando Lodo lo posible las calles de entre las tiendas101 con la mira
de hacerse más y más despreciable al enemigo. Entre tanto despacha
por todas partes batidores a descubrir el sendero más seguro por donde
pasar aquel valle.
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LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO V Empty Re: LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO V

Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 2:23 am

L. Este día, sin hacer más que tal cual ligera escaramuza de los
caballos junto al arroyo, unos y otros se estuvieron quedos en sus
puestos: los galos, porque aguardaban mayores refuerzos, que aun no
se habían juntado; César, por si pudiese con muestras de temor atraer
al enemigo a esta banda del valle, y darle la batalla sin mudar de
terreno delante de las trincheras, donde no, sendereada la ruta, pasar
el valle y el arroyo con menos riesgo. La mañana siguiente, la caballería
enemiga se acerca a los reales, y trábase con la nuestra. César de
intento la manda cejar y retirarse adentro, y manda juntamente alzar
más la estacada, tapiar las puertas, y ejecutar todo esto con grandísimo
atropellamiento y apariencias de miedo.

LI. Cebados con eso los enemigos, pasan su ejército, y se
apuestan en mal sitio; y viendo a los nuestros retirarse aun de las
mismas barreras, dan un avance, y arrojando de todas partes dardos
dentro de las trincheras, a voz de pregonero publican por todos los
cantones: «que cualquiera sea galo, sea romano, tiene libertad antes
de la hora tercia102 para pasarse a su campo; después de este plazo no
habrá más recurso». Y llegó a tanto su menosprecio que, creyendo no
poder forzar las puertas, tapiadas sólo en la apariencia con una somera
capa de adobes, empezaron unos a querer aportillar el cercado con las
manos, otros a llenar los fosos. Entonces César, abiertas todas las
puertas, hace una salida y soltando a la caballería, al punto pone en
fuga a los enemigos, de suerte que ni uno solo hizo la menor resistencia,
con que mató a muchos de ellos y desarmó a todos.

LII. No se atrevió a seguir el alcance por los bosques y pantanos
intermedios, viendo que el sitio quedaba señalado103 con no pequeña
pérdida del enemigo. En fin, sin daño alguno de sus tropas, el mismo
día se juntó con Cicerón. Ve con asombro los torreones, galápagos y
fortificaciones de los enemigos. Y hecha la revista de la legión, halla que
ni de diez uno estaba sin herida, de lo cual infiere en qué conflicto se
vieron y con qué valor se portaron. A Cicerón y a sus soldados hace los
merecidos elogios; saluda por su nombre uno a uno a los centuriones y
tribunos, de cuyo singular valor estaba bien informado por Cicerón.
Cerciórase por los prisioneros de la desgracia de Sabino y Cota. El día
inmediato, en presencia del ejército, la cuenta por extenso, consolando
y animando a los soldados con decirles: que deben sufrir con paciencia
este descalabro únicamente ocasionado por culpa y temeridad del
comandante, ya que quedaba vengado por beneficio de los dioses
inmortales y su propio valor, aguándoseles tan presto a los enemigos el
gozo, como quedaba remediado para ellos el motivo de sentimiento.

LIII. La fama en tanto de la victoria de César vuela con increíble
velocidad por los remenses a Labieno; pues distando cincuenta millas
de los cuarteles de Cicerón, donde César entró después de las nueve del
día, se oyó antes de medianoche a la puerta de los reales el alborozo de
los remenses, que aclamaban la victoria con parabienes a Labieno.
Divulgada esta noticia entre los trevirenses, Induciomaro, que había
resuelto asaltar el día siguiente los reales de Labieno, huye aquella
noche con todas sus tropas a Tréveris. César hace que Fabio con la
legión vuelva a sus cuarteles de invierno; él con tres de ellas determina
invernar en las inmediaciones de Samarobriva en tres distintos
alojamientos; y a causa de tantas sublevaciones de la Galia,
mantenerse al frente del ejército todo aquel invierno, porque con la
nueva del desastre de Sabino, casi todos los pueblos de la Galia
trataban de guerra despachando mensajes y embajadas por todas
partes, con el fin de averiguar cómo pensaban los otros, y por dónde se
daría principio al rompimiento. Tenían sus juntas a deshoras de noche y
en parajes ocultos, y no hubo día en todo aquel invierno que no fuese
de algún cuidado para César, recibiendo continuos avisos de los
proyectos y alborotos de los galos. Uno de ellos le comunicó el legado
Lucio Roscio, a quien había dado el mando de la legión decimotercia; y
fue que los pueblos llamados armóricos104 habían levantado un grueso
ejército con el fin de atacarle, y ya no distaba de sus cuarteles sino
solas ocho millas, pero sabida la noticia de la victoria de César, se
retiraron tan apresuradamente que más parecía fuga que retirada.
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LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO V Empty Re: LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO V

Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 2:29 am

LIV. Sin embargo, César, llamando ante sí los principales de cada
nación, metiendo a unos miedo con darles a entender que sabía todas
sus tramas, y amonestando a otros, tuvo a raya gran parte de la Galia.
Todavía los de Sens, república de las primeras entre los galos en poder
y autoridad, intentaron unidos matar a Cavarino, que César les había
dado por rey, cuyo hermano Moritasgo lo era cuando César vino a la
Galia, como lo habían sido antes sus abuelos. Como él lo barruntase y
escapase, lo fueron persiguiendo hasta echarle de su casa y reino, y
enviando embajada a César a fin de disculparse, mandando éste
comparecer ante sí el Senado, no le obedecieron. Tanta impresión hizo
en estos bárbaros el ejemplo de los autores de la rebelión, y trocó tanto
sus voluntades, que fuera de los eduos y remenses, a quienes César
trató siempre con distinción, a aquéllos por su antigua y constante
fidelidad al Pueblo Romano, a éstos por sus buenos oficios en la guerra
presente, casi no quedó ciudad de quien podernos fiar. Lo que bien
mirado quizá no debe causar maravilla, así por otros varios motivos,
como principalmente porque una nación tenida por superior a todas en
la gloria militar, a más de haberla perdido, sentía en el alma verse
súbdita de los romanos.

LV. Lo cierto es que Induciomaro y los trevirenses emplearon
todo el invierno en despachar embajadas a la otra parte del Rin, ganar
los pueblos y prometer dineros, asegurándoles ser poquísimos los
nuestros, destrozada ya la mayor parte del ejército. Mas no por eso
pudieron persuadir a ninguno a pasar el Rin, respondiendo todos, que
habiéndoles ya salido mal dos veces, en la guerra de Ariovisto y en la
trasmigración de los feneceros, no querían aventurarse la tercera. Sin
embargo de estas repulsas, Induciomaro empezó a juntar gente de los
suyos y de los confinantes, aparejar caballos y enganchar con grandes
promesas a los bandidos y proscritos de la Galia; y con estas artes se
había granjeado tanto crédito en la nación, que le venían embajadas de
todas partes a nombre de comunidades y particulares solicitando su
gracia y amistad.

LVI. Cuando él se vio buscado, y que por una parte los de Sens y
de Chartres andaban despechados por el remordimiento de su atentado;
que por otra los nervios y aduáticos se armaban contra los romanos, y
que no le faltaría tampoco cohortes de voluntarios, si una vez salía a
campaña, convoca una junta general de gente armada. Tal es la usanza
de los galos en orden a emprender la guerra: obligan por ley a todos los
mozos a que se presenten armados, y al que llega el último, a la vista
de todo el concurso, descuartízanlo. En esta junta Induciomaro hace
declarar enemigo de la patria y confiscar los bienes a Cingetórige su
yerno, cabeza del bando contrario, el cual, como se ha dicho, siempre
se mantuvo fiel a César. Concluido este auto, publica en la junta cómo
venía llamado de los de Sens y Chartres, y de otras varias ciudades de
la Galia; que pensaba dirigir allá su marcha por el territorio remense
talando sus campos, y antes de esto forzar las trincheras de Labieno,
para lo cual da sus órdenes.

LVII. A Labieno, estando como estaba en puesto muy bien
fortificado por naturaleza y arte, ninguna pena le daba el peligro de su
persona y de la legión; andaba sí cuidadoso de no perder ocasión de
algún buen lance. En consecuencia, informado por Cingetórige y sus
allegados del discurso de Induciomaro en el congreso, envía
mensajeros a los pueblos comarcanos pidiendo soldados de a caballo, y
que vengan sin falta para tal día. Entre tanto Induciomaro casi
diariamente andaba girando alrededor de los reales con toda su
caballería, ya para observar el sitio, ya para trabar conversación, o
poner espanto. Los soldados, al pasar, todos de ordinario tiraban sus
dardos dentro del cercado. Labieno tenía a los suyos encerrados en las
trincheras, y procuraba por todos los medios aumentar en el enemigo el
concepto de su miedo.

LVIII. Mientras de día en día prosigue con mayor avilantez
Induciomaro insultando al campo, una noche Labieno, introducido todo
el cuerpo de caballería congregado de la comarca, dispuso con tanta
cautela las guardias para tener quietos dentro a los suyos, que por
ninguna vía pudo traslucirse ni llegar a los trevirenses la noticia de este
refuerzo. Induciomaro en tanto viene a los reales como solía todos los
días, y gasta en eso gran parte del día. La caballería hizo su descarga de
flechas, y con grandes baldones desafían a nuestro campo. Callando los
nuestros a todo, ellos, cuando les pareció, al caer del día se van
desparramados y sin orden. Entonces Labieno suelta toda la caballería
por dos puertas, mandando expresamente que, al ver asustados y
puestos en huida los enemigos, lo que sucedería infaliblemente como
sucedió, todos asestasen a solo Induciomaro, sin herir a nadie hasta ver
a éste muerto; que no quería que deteniéndose con otros, él
aprovechándose de la ocasión, escapase. Promete grandes premios al
que le mate, y destaca parte de la legión para sostener a la caballería.
La fortuna favorece la traza de Labieno; pues yendo todos tras de solo
Induciomaro, preso al vadear un río,105 es muerto, y su cabeza traída
en triunfo a los reales. La caballería de vuelta persigue y mata a
cuantos puede. Con esta noticia todas las tropas armadas de eburones
y nervios se disipan; y después de este suceso, logró César tener más
sosegada la Galia.
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Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 2:31 am

NOTAS DE NAPOLEÓN AL LIBRO V
1. La segunda expedición de César a Inglaterra no tuvo mejor fin
que la primera, ya que no dejó en ella ninguna guarnición ni
establecimiento, y los romanos quedaron entonces tan poco dueños del
país como antes. Cap. XXIII.
2. La destrucción de las legiones de Sabino es el primer revés de
consideración que sufrió César en la Galia. Capítulo XXXVII.
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LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO V Empty Re: LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO V

Mensaje por Galius el Lun Abr 11, 2016 2:33 am

3. Cicerón defendió durante más de un mes con 5.000 hombres,
contra un ejército diez veces más fuerte, un campo atrincherado
ocupado por él desde hacia quince días. ¿Sería posible conseguir en
nuestros días un resultado semejante?
Los brazos de nuestros soldados carecen de la fuerza y robustez
de los de los antiguos romanos; nuestros útiles para el trabajo son los
mismos, pero nosotros tenemos un agente más: la pólvora. Podemos,
pues, levantar murallas, abrir fosos, cortar árboles, construir torres en
tan breve tiempo y tan bien como ellos, pero las armas ofensivas de hoy
poseen un poder muy diferente de las de los antiguos, como diferentes
son sus efectos.
Los romanos deben la persistencia de sus triunfos a un método
que no abandonaron jamás y que consiste en acampar invariablemente
por las noches en un campamento fortificado, en no dar nunca una
batalla sin tener a sus espaldas un campo atrincherado que les sirviese
de refugio y donde encerrar sus víveres, sus bagajes y sus heridos. La
naturaleza de las armas en esos tiempos era tal, que en tales
campamentos se sentían no sólo al abrigo de los ataques de un ejército
igual, sino incluso superior; eran dueños de combatir o de esperar una
ocasión favorable. Mario106 es atacado por una nube de cinabrios y
teutones; se encierra en campamento y permanece en él hasta el día en
que la ocasión se le presenta favorable; cuando sale de allí lo hace ya
precedido por la victoria. César llega a las cercanías del campamento de
Cicerón; los galos abandonan a éste y marchan al encuentro del
primero; su número es cuatro veces superior. César toma en pocas
horas posición; atrinchera su campamento y soporta pacientemente los
insultos y las provocaciones de un enemigo a quien no quiere aún
atacar; pero la espléndida ocasión no tarda en presentarse; sale
entonces por todas las puertas; los galos son vencidos.
¿Por qué, pues, una regla tan sabia, tan fecunda en grandes
resultados, ha sido abandonada por los generales modernos? Porque
las armas ofensivas han cambiado de naturaleza. Las armas de mano
eran las armas principales de los antiguos; con su corta espada el
legionario conquistó el mundo; con la pica macedonia Alejandro
conquistó el Asia. El arma principal de los ejércitos modernos es la de
fuego, el fusil, esta arma superior a cuanto los hombres han inventado
jamás; ninguna arma defensiva puede contrarrestar su efecto. Los
escudos, las cotas de malla, las corazas, reconocidos como impotentes,
han sido abandonados. Con ese terrible artefacto un soldado puede en
un cuarto de hora herir o dar muerte a sesenta hombres. No le faltan
nunca balas, pues pesan sólo seis gros; 107 el proyectil tiene quinientas
toesas de alcance; es peligroso a ciento veinte, y causa la muerte a
noventa.
El hecho de que el arma principal de los antiguos fuese la espada
o la pica determinó que su formación habitual se estableciese en
profundidad. La legión y la falange, en cualquier situación en que se
viesen atacadas, ya fuera de frente, ya por cualquiera de ambos flancos,
hacían frente a todos lados sin desventaja alguna y podían acampar en
superficies reducidas, que podían fortificar más fácil y rápidamente y
guardar con menor destacamento. Un ejército consular reforzado con
tropas ligeras y auxiliares, compuesto de 24.000 hombres de infantería
y 1.800 caballos, cerca de 30.000 en total, acampaba en un cuadro de
1.344 de circuito, o sea 21 hombres por toesa; cada hombre llevaba
tres estacas, lo que hacia 63 estacas por toesa corriente. La superficie
del campo era de 11.000 toesas cuadradas; tres toesas y media por
hombre contando sólo dos terceras partes de los hombres, ya que en el
trabajo esto daba catorce trabajadores por toesa corriente; trabajando
cada uno treinta minutos a lo sumo, fortificaban su campamento y lo
ponían al abrigo de cualquier ataque.
Del hecho de que el arma principal de los modernos sea el arma
de fuego, proviene que el orden habitual de sus tropas ha debido
establecerse en líneas alargadas, el único que les permite poner en
juego todas sus armas de fuego. Alcanzando éstas a distancias
considerables, los modernos obtienen su ventaja principal de la
posición que ocupan. Si dominan, si tienen a su alcance, si rebasan al
ejército enemigo, tanto más efecto se alcanza con ellas. Un ejército
moderno ha de evitar, por consiguiente, ser desbordado, rodeado,
sitiado; debe ocupar una posición que tenga un frente tan extendido
como su misma línea de batalla, pues si ocupara una superficie
cuadrada y un frente insuficiente para su despliegue, se verla sitiado
por un ejército de igual fuerza y expuesto por todas partes a los
disparos de las armas de fuego que convergerían sobre él y alcanzarían
todos los puntos de la posición, sin que él pudiese contestar a un fuego
tan peligroso sino con una reducida parte del suyo. En esta posición se
vería atacada con ventaja a pesar de sus atrincheramientos; no sólo
por un ejército igual, sino incluso por uno inferior. El campamento
moderno no puede ser defendido sino por el propio ejército, y en
ausencia de él, no podría ser mantenido con un simple destacamento.
Ni el ejército de Milciades en Maratón, ni el de Alejandro en
Arbelas, ni el de César en Farsalia, podrían sostenerse contra un
ejército moderno, de fuerza igual; dispuesto éste en orden de batalla
extendido, desbordaría las dos alas del ejército griego, o romano; sus
fusileros le atacarían a la vez de frente y por ambos flancos; pues los
armados a la ligera, viendo la insuficiencia de sus flechas y de sus
hondas, se darían a la fuga para refugiarse detrás de los más
sólidamente armados. Éstos, entonces, con la pica o la espada,
avanzarían a paso de carga, para luchar cuerpo a cuerpo con los
fusileros; pero llegados a ciento veinte toesas, serían atacados por tres
lados por un fuego de línea que sembraría el desorden y debilitaría de
tal modo a estos bravos e intrépidos legionarios, que no podrían
sostener la carga de algunos batallones en columna cerrada, los cuales
se lanzarían entonces contra ellos con la bayoneta calada. Si en el
campo de batalla se encontrase por ventura un bosque, una montaña,
¿cómo la legión o la falange podrían resistir a esa nube de fusileros
instalados en ellos? En los llanos mismos existen aldeas, caseríos,
granjas, cementerios, muros, fosos, setos, y si no los hay no se
necesitaría gran esfuerzo para levantar obstáculos y detener a la legión
o a la falange con un fuego mortífero que no tardará en destruirla. No se
ha hecho mención de las sesenta u ochenta bocas de fuego que
componen la artillería de un ejército moderno y que enfilando a las
legiones o falanges de la derecha a la izquierda del frente a la
retaguardia, vomitarían la muerte a quinientas toesas de distancia. Los
soldados, de Alejandro, de César, los héroes de la libertad de Atenas y
de Roma, huirían en desorden, abandonando el campo de batalla a esos
semidioses armados con el rayo de Júpiter. Si los romanos fueron casi
constantemente batidos por los partos, débese a que los partos estaban
provistos de una arma arrojadiza, superior a la de las tropas ligeras del
ejército romano, de la que los escudos de las legiones no podían
defender. Los legionarios armados de sus cortas espadas sucumbían
bajo una lluvia de flechas, a la cual nada podían oponer, pues todas sus
armas consistían en lanzas (o pilum). Por esto, tras estas funestas
experiencias romanas, dieron cinco dardos (o hastes) de tres pies de
longitud a cada legionario, que los colocaba en la concavidad de su
escudo.
Un ejército consular encerrado en su atrincheramiento, atacado
por un ejército moderno, de fuerza igual, sería echado de él sin asalto y
sin llegar al arma blanca; no haría falta cegar sus fosos ni escalar sus
muros: rodeada por todos lados por los asaltantes, envuelta, enfilada
por los fuegos, la posición sería el centro de todos los golpes, de todas
las balas de fusil y de cañón. El incendio, la destrucción y la muerte
abrirían las puertas y harían que se hundieran los atrincheramientos.
Un ejército moderno, situado en un campo atrincherado romano, podría
en un principio poner en juego toda su artillería; pero aun contando con
artillería igual a la del asaltante, sería batida y reducida muy pronto al
silencio; sólo una parte de la infantería podría servirse de sus fusiles;
pero dispararía en una línea menos extendida y que estaría lejos de
producir un efecto equivalente al daño que recibiría. El fuego del centro
a la circunferencia es ineficaz; el de la circunferencia al centro es
irresistible.
Un ejército moderno de fuerza igual a un ejército consular estaría
compuesto de 28 batallones de 840 hombres, que sumarían 22.840
hombres de infantería; 42 escuadrones de caballería con 5.040
hombres; 90 piezas de artillería servidas por 2.500 hombres. El orden
de batalla moderno, siendo más extenso, exige mayores fuerzas de
caballería para apoyar las alas y explorar el frente. Este ejército en
batalla, ordenado en tres líneas, la primera de las cuales sería igual a
las otras dos juntas, ocuparía un frente de 1.500 toesas por 500 toesas
de profundidad; el campo tendría un circuito de 4.500 toesas, es decir,
el triple del ejército consular; no tendría más que siete hombres por
toesa de recinto; pero tendría veinticuatro toesas cuadradas por
hombre. Para defenderlo se necesitaría el concurso de todo el ejército.
Una extensión tan considerable difícilmente se conseguiría sin que
estuviera dominada a alcance de cañón por alguna altura y la reunión
de la mayor parte de la artillería del ejército sitiador sobre ese punto de
ataque destruiría sin tardar las obras de defensa que formasen el
campamento. Todas estas consideraciones han decidido a los generales
modernos a renunciar al sistema de campos atrincherados, para
suplirlos por el de posiciones naturales bien escogidas.
Un campamento romano estaba instalado independientemente
del lugar, pues todos eran buenos para ejércitos cuya fuerza se
apoyaba exclusivamente en el arma blanca; no hacia falta ni golpe de
vista ni genio militar para acampar bien; al paso que la elección de las
posiciones, la manera de ocuparlas y de disponer en ellas las diferentes
armas, aprovechando las circunstancias del terreno, es un arte que no
pueden descuidar los capitanes modernos.
La táctica de los ejércitos modernos está fundada en dos
principios: 1. °, que deben ocupar un frente que les permita poner en
acción con ventaja todas las armas de fuego; 2. °, que deben preferir,
ante todo, la ventaja de ocupar posiciones que dominen, desborden o
enfilen las líneas enemigas, a la ventaja de verse defendidos por un
foso, un parapeto, a todo otro sistema de fortificación de campaña.
La naturaleza de las armas determina la composición de los
ejércitos, las plazas de campaña, las marchas, las posiciones, el
campamento, el orden de batalla, el trazado y forma de las plazas
fortificadas, lo cual determina una oposición constante entre el sistema
de guerra de los antiguos y el de los modernos. Los ejércitos antiguos
exigirían la ordenación en profundidad; los modernos la ordenación en
extensión; aquéllos, plazas fuertes elevadas defendidas por torres y
altas murallas; éstos, plazas bajas, cubiertos por glacis de tierras, que
ocultan las obras de defensa; los primeros, campamentos cerrados,
donde los hombres, los animales y el bagaje estaban reunidos como en
vecindad; los otros, posiciones extendidas.
Si se le dice hoy a un general: Tendréis, como Cicerón, a vuestras
órdenes, 5.000 hombres, 16 piezas de artillería, 5.000 útiles de trabajo,
5.000 sacos terreros; estaréis cerca de un bosque, en un terreno sin
accidentes; dentro de quince días os veréis atacado por un ejército de
60.000 hombres, con 120 piezas de artillería; no recibiréis ayuda sino
ochenta o noventa y seis horas después de haber sido atacado, ¿cuáles
son las obras, los trazados, los perfiles que el arte le prescribe? ¿Posee
el arte del ingeniero secretos que pueden dar la solución a este
problema? Cap. XLVIII.
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LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO V Empty Re: LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO V

Mensaje por Admin el Miér Nov 22, 2017 6:15 pm

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