EL AMANECER DE LA POESIA DE EURIDICE CANOVA Y SABRA
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LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO VI

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Mensaje por Galius el Dom Abr 17, 2016 12:47 am

LA GUERRA DE LAS GALIAS-LIBRO VI

I. Recelándose César por varios indicios de mayor revolución en
la Galia, trata de reclutar nuevas tropas por medio de sus legados
Marco Silano, Cayo Antistio Regino y Tito Sertio; pide asimismo al
procónsul Cneo Pompeyo, pues que por negocios de la república se
hallaba mandando cerca de Roma, ordenase a los soldados que en la
Galia Cicalpina había alistado siendo cónsul, acudiesen a sus banderas
y viniesen a juntarse con él; juzgando importar mucho, aun para en
adelante, que la Galia entendiese ser tanto el poder de Italia, que si
alguna pérdida padecía en la guerra, no sólo era capaz de resarcirla
presto, sino también de sobreponerse a ella. En efecto, satisfaciendo
Pompeyo a la petición de César como celoso del bien público y buen
amigo, llenando su comisión prontamente los legados, completas tres
legiones y conducidas antes de acabarse el invierno, doblado el número
de las cohortes que perecieron con Titurio, hizo ver no menos por la
presteza que por los refuerzos hasta dónde llegaban los fondos de la
disciplina y potencia del Pueblo Romano.
II. Muerto Induciomaro, como se ha dicho, los trevirenses dan el
mando a sus parientes. Éstos no pierden ocasión de solicitar a los
germanos y ofrecer dineros.108 No pudiendo persuadir a los vecinos,
van tierra adentro; ganados algunos, hacen que los pueblos presten
juramento, y para seguridad de la paga les dan fiadores, haciendo liga
con Ambiórige. Sabido esto, César, viendo por todas partes aparatos de
guerra; a los nervios, aduáticos y menapios juntamente con todos los
germanos de esta parte del Rin, armados; no venir los de Sens al
emplazamiento, sino coligarse con los chartreses y rayanos, y a los
germanos instigados con repetidos mensajes de los trevirenses,
determinó salir cuanto antes a campaña. En consecuencia, sin esperar
al fin del invierno, al frente de cuatro legiones las más inmediatas,
entra por tierras de los nervios, y antes que pudiesen o apercibirse o
escapar, habiendo tomado gran cantidad de ganados y personas, y
repartido entre los soldados, gastados sus campos, los obligó a
entregarse y darle rehenes. Concluido con brevedad este negocio,
remitió las legiones a sus cuarteles de invierno.
III. En la primavera llamando a Cortes de la Galia, según lo tenía
pensado, y asistiendo todos menos los de Sens, de Chartres y Tréveris,
persuadido de que tal proceder era lo mismo que rebelarse y declarar la
guerra, para mostrar que todo lo posponía a esto, trasladó las Cortes a
París. Su distrito confinaba con el de Sens, y en tiempos pasados
estaban unidos los dos, pero se creía que no había tenido parte en esta
conjuración. Intimidada la traslación desde el solio, en el mismo día se
puso en camino para Sens acompañado de las legiones, y a grandes
jornadas llegó allá.
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Mensaje por Galius el Dom Abr 17, 2016 12:50 am

IV. Luego que Acón, autor de la conjura, supo su venida, manda
que todos se recojan a las fortalezas. Mientras se disponen, antes de
poderlo ejecutar, viene la noticia de la llegada de los romanos; con que
por fuerza mudan de parecer, envían diputados a excusarse con César,
y ponen por mediadores a los eduos, sus antiguos protectores. César, a
petición de dios, les perdona de buena gana, y admite sus disculpas,
atento que se debía emplear el verano en la guerra inminente y no en
pleitos. Multándolos en cien rehenes, se los entrega a los eduos en
custodia. También los de Chartres envían allá embajadores y rehenes
valiéndose de la intercesión de los remenses sus patronos, y reciben la
misma respuesta de César, que cierra las Cortes, mandando a las
ciudades contribuir con gente de a caballo.
V. Sosegada esta parte de la Galia, todas sus miras v atenciones
se dirigen a la expedición contra los trevirenses y Ambiórige. Da orden
a Cavarino 109 que le siga con la brigada de Sens para evitar las
pendencias que podrían originarse o del enojo de éste, o del odio que se
había acarreado de sus ciudadanos. Arreglado esto, teniendo por cierto
que Ambiórige no se arriesgaría a una batalla, andaba indagando
cuáles eran sus ideas. Los menapios, vecinos a los eburones, cercados
de lagunas y bosques eran los únicos que nunca trataron de paz con
César. No ignoraba tener con ellos Ambiórige derecho de hospedaje, y
haber también contraído amistad con los germanos por medio le los
trevirenses. Parecióle por tanto privarle ante todas cosas de estos
recursos, no fuese que o desesperado se guareciese entre los menapios,
o se viese obligado a unirse con los germanos de la otra parte del Rin.
Con este fin remite a Labieno los bagajes de todo el ejército con la
escolta de dos legiones, y él con cinco a la ligera marcha contra los
menapios. Éstos, sin hacer gente alguna, fiados en la fortaleza del sitio,
se refugian entre los sotos y lagos con todos sus haberes.
VI. César, repartiendo sus tropas con el legado Cayo Fabio y el
cuestor Marco Craso, formados de pronto unos pontones, acomete por
tres partes, quema caserías y aldeas, y coge gran porción de ganado y
gente. Con cuya pérdida forzados los menapios, le despachan
embajadores pidiendo paz. Él, recibidos rehenes en prendas, protesta
que los tratará como a enemigos si dan acogida en su país a la persona
de Ambiórige, o a sus legados. Ajustadas estas cosas, deja en los
menapios a Comió el de Artois con su caballería para tenerlos a raya, y
él toma el camino de Tréveris.
VII. En esto los trevirenses, con un grueso ejército de infantes y
caballos se disponían a atacar por sorpresa a Labieno, que con una
legión sola invernaba en su comarca. Y ya estaban a dos jornadas no
más de él, cuando tienen noticia de las dos legiones enviadas por César.
Con eso, acampándose a quince millas de distancia, determinan
aguardar los socorros de Germania. Labieno, calado el intento de los
enemigos, esperando que el arrojo de ellos le presentaría ocasión de
pelear con ventaja, dejadas cinco cohortes en guardia de los bagajes, él
con veinticinco y buen golpe de caballería marcha contra el enemigo, y
a una milla de distancia fortifica su campo. Mediaba entre Labieno y el
enemigo un río110 de difícil paso y de riberas escarpadas. Ni él pensaba
en atravesarlo, ni creía tampoco que los enemigos lo pasasen.
Creciendo en éstos cada día la esperanza de pronto socorro, dice
Labieno en público, «que supuesto corren voces de que los germanos
están cerca, no quiere aventurar su persona ni el ejército, y que al
amanecer del día siguiente alzará el campo». Al punto dan parte de
esto al enemigo; que como había tantos galos en la caballería, algunos,
llevados del afecto nacional, favorecían su partido. Labieno, por la
noche, llamando a los tribunos y centuriones principales, les descubre
lo que pensaba hacer, y a fin de confirmar a los enemigos en la
sospecha de su miedo, manda mover las tropas con mayor estruendo y
batahola de lo que ordinariamente se usa entre los romanos. Así hace
que la marcha tenga apariencias de huida. También de esto avisan sus
espías a los enemigos antes del alba, estando como estaban cercanos a
nuestras tiendas.
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Mensaje por Galius el Dom Abr 17, 2016 12:55 am

VIII. No bien nuestra retaguardia había desfilado de las
trincheras, cuando los galos unos a otros se convidan a no soltar la
presa de las manos: ser por demás, estando intimidados los romanos,
esperar el socorro de los germanos, y contra su decoro, no atreverse
con tanta gente a batir un puñado de hombres, y esos fugitivos y
embarazados. En resolución, atraviesan el río, y traban batalla en lugar
harto incómodo. Labieno, que lo había adivinado, llevando adelante su
estratagema, caminaba lentamente hasta tenerlos a todos de esta
parte del río. Entonces, enviando algún trecho adelante los bagajes, y
colocándolos en un ribazo: «He aquí, dice, oh soldados, la ocasión que
tanto habéis deseado: tenéis al enemigo empeñado en paraje donde no
puede revolverse; mostrad ahora bajo mis órdenes el esfuerzo de que
habéis dado ya tantas pruebas a nuestro jefe; haced cuenta que se
halla él aquí presente y os está mirando. » Dicho esto, manda volver las
armas contra el enemigo, y destacando algunos caballos para
resguardo del bagaje, con los demás cubre los flancos. Los nuestros
súbitamente, alzando un grande alarido, disparan sus dardos contra los
enemigos; los cuales, cuando impensadamente vieron venir contra sí a
banderas desplegadas a los que suponían fugitivos, ni aun sufrir
pudieron su carga, y vueltas al primer choque las espaldas, huyeron a
los bosques cercanos; mas alcanzándolos Labieno con su caballería,
mató a muchos, prendió a varios, y en pocos días recobró todo el país.
Porque los germanos que venían de socorro, sabida la desgracia, se
volvieron a sus casas, yendo tras ellos los parientes de Induciomaro,
que como autores de la rebelión abandonaron su patria, y cuyo señorío
y gobierno recayó en Cingetórige111 que, según va declarado, siempre
se mantuvo leal a los romanos.
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Mensaje por Galius el Dom Abr 17, 2016 1:00 am

IX. César, llegado a Tréveris después de la expedición de los
menapios, determinó pasar el Rin, por dos razones: la primera, porque
los germanos habían enviado socorros a los trevirenses; la segunda,
porque Ambiórige no hallase acogida en sus tierras. Con esta resolución
da orden de lanzar un puente poco más arriba del sitio por donde la otra
vez transportó el ejército. Instruidos ya de la traza y modo los soldados,
a pocos días, por su gran esmero dieron concluida la obra. César,
puesta buena guarnición en el puente por la banda de Tréveris para
precaver toda sorpresa, pasa las demás tropas y caballería. Los
ubios, 112 que antes le habían dado rehenes y la obediencia, por
sincerarse le despachan embajadores protestando no haber concurrido
al socorro de los trevirenses, ni violado la fe; por tanto, le suplican
rendidamente no los maltrate, ni los envuelva en el odio común de los
germanos, castigando a los inocentes por los culpados; que si quiere
más rehenes, están prontos a darlos. Averiguado el hecho, se certifica
que los suevos fueron los que prestaron los socorros; con que recibe a
los ubios en su gracia, y se informa de los caminos por donde se podía
entrar en la Suevia.
X. En esto, a pocos días le avisan los ubios cómo los suevos iban
juntando todas sus tropas en un lugar, obligando a las naciones sujetas
a que acudiesen con sus gentes de a pie y de a caballo. Conforme a
estas noticias, hace provisión de granos, y asienta sus reales en sitio
ventajoso. Manda a los ubios a recoger los ganados y todas sus
haciendas de los campos a poblado, esperando que los suevos, como
gente ruda y sin disciplina, forzados a la penuria de alimentos, se
resolverían a pelear, aun siendo desigual el partido. Encarga que por
medio de frecuentes espías averigüen cuanto pasa en los suevos.
Hacen dios lo mandado, y después de algunos días, vienen con la
noticia de que los suevos, desde que supieron de cierto la venida de los
romanos, con todas sus tropas y las auxiliares se habían retirado tierra
adentro a lo último de sus confines. Allí se tiende una selva
interminable llamada Bacene, que puesta por naturaleza como por
barrera entre los suevos y queruscos, los defiende recíprocamente para
que no se hagan mal ni daño los unos a los otros. A la entrada de esta
selva tenían determinado los suevos aguardar a los romanos.
XI. Mas ya que la ocasión se ha ofrecido, no será fuera de
propósito describir las costumbres de la Galia y la Germania, y la
diferencia que hay entre ambas naciones. En la Galia no sólo los
Estados, partidos y distritos están divididos en bandos, sino también
cada familia. De estos bandos son cabezas los que a juicio de los otros
se reputan por hombres de mayor autoridad, a cuyo arbitrio y
prudencia se confía la decisión de todos los negocios y deliberaciones.
Esto lo establecieron a mi ver los antiguos con el fin de que ningún
plebeyo faltase apoyo contra los poderosos, pues quien es cabeza de
partido no permite que sus parciales sean oprimidos o calumniados; si
así no lo hace, pierde todo el crédito entre los suyos. Esta misma
práctica se observaba en el gobierno de toda la Galia, cuyas provincias
están todas divididas en dos facciones.
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Mensaje por Galius el Dom Abr 17, 2016 1:02 am

XII. Cuando César vino a la Galia, de la una eran jefes los eduos,
y los secuanos de la otra. Éstos, reconociéndose inferiores porque de
tiempo antiguo los eduos los sobrepujaban en autoridad y en número
de vasallos, se coligaron con los germanos y Ariovisto, empeñándolos
en su partido a costa de grandes dádivas y promesas. Con eso, ganadas
varias victorias, y degollada toda la nobleza de los eduos, vinieron a tal
pujanza, que les quitaron gran parte de los vasallos y los obligaron a
dar en prendas los hijos de los principales, y a jurar solemnemente que
nunca emprenderían cosa en perjuicio de los secuanos; y a la sazón
poseían una porción del territorio confinante que ocuparon por fuerza
con el principado de toda la Galia.
Ésta fue la causa que obligó a Diviciaco a ir a Roma a pedir auxilio
al Senado, si bien no le obtuvo. Trocáronse con la venida de César las
suertes, restituyéronse a los eduos sus rehenes, recobrados los
antiguos vasallos, y adquiridos otros nuevos por el favor de César, pues
veían que los que se aliaban con ellos mejoraban de condición y de
gobierno, distinguidos y privilegiados en todo los eduos, perdieron los
secuanos el principado. En su lugar sucedieron los remenses, que,
como privaban igualmente con César, lo que por enemistades
envejecidas no podían avenirse con los eduos, se hicieron del bando de
los remenses, los cuales procuraban protegerlos con todo empeño. Así
sostenían la nueva dignidad a que de repente habían subido. La cosa,
por fin, estaba en términos que los eduos gozaban sin disputa el primer
lugar, el segundo los remenses.
XIII. En toda la Galia dos son los estados de personas de que se
hace cuenta y estimación; puesto que los plebeyos son mirados como
esclavos, que por sí nada emprenden, ni son jamás admitidos a consejo.
Los más, en viéndose adeudados, o apremiados del peso de los tributos
o de la tiranía de los poderosos, se dedican al servicio de los nobles, que
con ellos ejercitan los mismos derechos que los señores con sus
esclavos. De los dos estados uno es el de los druidas, el otro el de los
caballeros. Aquéllos atienden al cultivo divino, ofrecen los sacrificios
públicos y privados, interpretan los misterios de la religión. A su escuela
concurre gran número de jóvenes a instruirse, siendo grande el respeto
que les tienen. Ellos son los que sentencian casi todos los pleitos del
común y de los particulares; si algún delito se comete, si sucede alguna
muerte, si hay discusión sobre herencia, o sobre linderos, ellos son los
que deciden; ellos determinan los premios y los castigos, y cualquiera
persona, ora sea privada, ora sea pública, que no se rinde a su
sentencia, es excomulgada, que para ellos es la pena más grave. Los
tales excomulgados se miran como impíos y facinerosos; todos se
esquivan de ellos rehuyendo su encuentro y conversación, por no
contaminarse; no se les hace justicia por más que la pidan, ni se les fía
cargo alguno honroso. A todos los druidas preside uno con autoridad
suprema. Muerto éste, le sucede quien a los demás se aventaja en
prendas. En caso de haber muchos iguales, se hace la elección por
votos de los druidas, y aun tal vez de mano armada se disputan la
primacía. En cierta estación del año, se congregan en el país de
Chartres, tenido por centro de toda la Galia, en un lugar sagrado.113
Aquí concurren todos los que tienen pleitos, y están a sus juicios y
decisiones. Créese que la tal ciencia fue inventada en Bretaña y
trasladada de allí a la Galia, Aun hoy día los que quieren saberla a fondo
van allá por lo común a estudiaría.
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Mensaje por Galius el Dom Abr 17, 2016 1:04 am

XIV. Los druidas no suelen ir a la guerra, ni pagan tributos como
los demás; están exentos de la milicia y de todas las cargas concejiles.
Con el atractivo de tantos privilegios son muchos los que se dedican a
esta profesión; unos por inclinación propia, otros por destino de sus
padres y parientes. Dícese que allí aprenden gran número de versos, y
pasan a menudo veinte años en este aprendizaje. No tienen por lícito
escribir lo que aprenden, no obstante que casi en todo lo demás de
negocios públicos y particulares se sirven de ceracteres griegos. Por
dos causas, según yo pienso, han establecido esta ley: porque ni
quieren divulgar su doctrina, ni tampoco que los estudiantes, fiados en
los escritos, descuiden en el ejercicio de la memoria, lo que suele
acontecer a muchos, que teniendo a mano los libros, aflojan en el
ejercicio de aprender y retener las cosas en la memoria. Esméranse
sobre todo en persuadir la inmortalidad de las almas y su trasmigración
de unos cuerpos en otros, cuya creencia juzgan ser grandísimo
incentivo para el valor, poniendo aparte el temor de la muerte. Otras
muchas cosas disputan y enseñan a la juventud acerca de los astros y
su movimiento, de la grandeza del mundo y de la tierra, de la
naturaleza de las cosas, del poder y soberanía de los dioses inmortales.
XV. El segundo estado es de los caballeros. Todos éstos salen a
campaña siempre que lo pide el caso u ocurre alguna guerra (y antes de
la venida de César ocurría casi todos los años, ya fuese ofensiva, ya
defensiva); y cuanto uno es más noble y rico, tanto mayor
acompañamiento lleva de dependientes y criados, lo cual tiene por
único distintivo de su grandeza y poder.
XVI. Toda la nación de los galos es supersticiosa en extremo; y
por esta causa los que padecen enfermedades graves, y se hallan en
batallas y peligros, o sacrifican hombres, o hacen voto de sacrificarlos,
para cuyos sacrificios se valen del ministerio de los druidas,
persuadidos de que no se puede aplacar la ira de los dioses inmortales
en orden a la conservación de la vida de un hombre si no se hace
ofrenda de la vida de otro; y por pública ley tienen ordenados sacrificios
de esta misma especie. Otros forman de mimbres entretejidos ídolos
colosales, cuyos huecos llenan de hombres vivos, y pegando fuego a los
mimbres, rodeados ellos de las llamas rinden el alma. En su estimación
los sacrificios de ladrones, salteadores y otros delincuentes son los más
gratos a los dioses, si bien a falta de ésos no reparan en sacrificar los
inocentes.
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Mensaje por Galius el Dom Abr 17, 2016 1:06 am

XVII. Su principal devoción es al dios Mercurio, de quien tienen
muchísimos simulacros. Celébranle por inventor de todas las artes; por
guía de los caminos y viajes, y atribúyenle grandísima virtud para las
ganancias del dinero y para el comercio. Después de éste son sus
dioses Apolo, Marte, Júpiter y Minerva, de los cuales sienten lo mismo
que las demás naciones: que Apolo cura las enfermedades, que
Minerva es maestra de las manufacturas y artefactos, que Júpiter
gobierna el cielo y Marte preside la guerra. A éste, cuando entran en
batalla, suelen ofrecer en voto los despojos del enemigo. Los animales
que sobran del pillaje son sacrificados; lo demás de la presa amontonan
en un lugar. Y en muchas ciudades se ven rimeros de estas ofrendas en
lugares sagrados. Rara vez se halla quien se atreva, despreciando la
religión, a encubrir algo de lo que cogió, o a hurtar lo depositado, que
semejante delito se castiga con pena de muerte atrocísima.
XVIII. Blasonan los galos de tener todos por padre a Plutón, y
ésta dicen ser la tradición de los druidas. Por cuya causa hacen el
cómputo de los tiempos no por días, sino por noches, y así en sus
cumpleaños, en los principios de meses y años, siempre la noche
precede al día. En los demás estilos se diferencian particularmente de
otros hombres en que no permiten a sus hijos el que se les presenten
públicamente hasta haber llegado a la edad competente para la milicia,
y es desdoro de un padre tener a su lado en público a su hijo todavía
niño.
XIX. Los maridos, al dote recibido de su mujer, añaden otro tanto
caudal de la hacienda propia, precedida tasación. Todo este caudal se
administra por junto, y se depositan los frutos; el que alcanza en días al
otro queda en posesión de todo el capital con los bienes gananciales del
tiempo del matrimonio. Los maridos son dueños absolutos de la vida y
muerte de sus mujeres, igualmente que de los hijos; y en muriendo
algún padre de familia del estado noble, se juntan los parientes, y sobre
su muerte, caso que haya motivo de sospecha, ponen a la mujer a
cuestión de tormento como si fuese esclava. Si resulta culpada, le
quitan la vida con fuego y tormentos crudelísimos. Los entierros de los
galos son a su modo magníficos y suntuosos, quemando con ellos todas
las cosas que a su parecer amaban más en vida, inclusos los animales,
y no ha mucho tiempo que solían, acabadas las exequias de los difuntos,
echar con ellos en la misma hoguera sus siervos y criados más
queridos.
XX. Las repúblicas más acreditadas por su buen gobierno tienen
por ley inviolable que, cuando alguno entendiere de los comarcanos
algún rumor o voz pública tocante al Estado, la declare al magistrado
sin comunicarla con nadie, porque la experiencia enseña que muchas
veces las personas inconsideradas y sencillas se asustan con falsos
rumores, dan en desafueros, y toman resolución en asuntos de la
mayor importancia. Los magistrados callan lo que les parece, y lo que
juzgan conveniente propónenlo al pueblo. Del gobierno no se puede
hablar sino en consistorio.
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Mensaje por Galius el Dom Abr 17, 2016 3:56 pm

XXI. Las costumbres de los germanos son muy diferentes. Pues ni
tienen druidas que hagan oficio de sacerdotes, ni se curan de sacrificios.
Sus dioses son solos aquellos -que ven con los ojos y cuya beneficencia
experimentan sensiblemente, como el sol, el fuego y la luna; de los
demás ni aun noticia tienen. Toda la vida gastan en caza y en ejercicios
de la milicia. Desde niños se acostumbran al trabajo y al sufrimiento.
Los que por más tiempo permanecen castos se llevan la palma entre los
suyos. Creen que así se medra en estatura, fuerzas y bríos. El conocer
mujer antes de los veinte años es para ellos de grandísima infamia, y es
cosa que no se puede ocultar, porque se bañan sin distinción de sexo en
los ríos y se visten de pellicos y zamarras, dejando desnuda gran parte
del cuerpo.
XXII. No se dedican a la agricultura, y la mayor parte de su
vianda se reduce a leche, queso y carne. Ninguno tiene posesión ni
heredad fija; sino que los alcaldes y regidores cada año señalan a cada
familia y parentela que hacen un cuerpo tantas yugadas en tal término,
según les parece, y el año siguiente los obligan a mudarse a otro sitio.
Para esto alegan muchas razones: no sea que encariñados al territorio,
dejen la milicia por la labranza; que traten de ampliar sus linderos, y los
más poderosos echen a los más débiles de su pertenencia; que
fabriquen casas demasiado cómodas para repararse contra los fríos y
calores; que se introduzca el apego al dinero, semillero de rencillas y
discordias; en fin, para que la gente menuda esté contenta con su
suerte, viéndose igualada en bienes con la más granada.
XXIII. Los pueblos ponen su gloria en estar rodeados de páramos
vastísimos, asolados todos los contornos. Juzgan ser gran prueba de
valor que los confinantes exterminados les cedan el campo y que
ninguno de fuera ose hacer asiento cerca de ellos. Demás que con eso
se dan por más seguros, quitando el miedo de toda sorpresa. Cuando
una nación sale a la guerra, ya sea defensiva, ya ofensiva, nombran
jefe de ella con jurisdicción de horca y cuchillo.114 En tiempo de paz no
hay magistrado sobre toda la nación; sólo en cada provincia y partido
los más sobresalientes administran a los suyos justicia y deciden los
pleitos. Los robos hechos en territorio ajeno no se tienen por
reprensibles, antes los cohonestan con decir que sirven para ejercicio
de la juventud y destierro del ocio. Si es que alguno de los principales se
ofrece en el concejo a ser capitán, convidando a los que quieran
seguirle, se alzan en pie los que aprueban la empresa y la persona, y
prometen acompañarle. El pueblo los vitorea, y los que no están 3 lo
prometido, son mirados como desertores y traidores, quedando para
siempre desacreditados. Nunca tienen por lícito el violar a los forasteros:
los que van a sus tierras por cualquier motivo, gozan de salvoconducto
y son respetados de todos, y no hay para ellos puerta cerrada ni mesa que no sea franca.
XXIV. En lo antiguo los galos eran más valientes que los
germanos; y les movían guerras, y por la multiplicación de la gente y
estrechez del país enviaban colonias al otro lado del Rin. Así fue que los
volcas tectosages 115 se apoderaron de los campos más fértiles de
Germania en los contornos de la selva Hercinia116 (de que veo haber
tenido noticia Eratóstenes y algunos griegos que la llaman Orcinia) y
fundaron allí pueblos, y hasta el día de hoy habitan en ellos con gran
fama de justicia y gloria militar, hechos ya al rigor y pobreza de los
germanos, y a sus alimentos y traje. A los galos la cercanía del mar y el
comercio ultramarino surte de muchas cosas de conveniencia y regalo;
con que acostumbrados insensiblemente a experimentar la
superioridad de los contrarios, y a ser vencidos en muchas batallas, al
presente ni aun ellos mismos se comparan en valor con los germanos.
XXV. La selva Hercinia, de que arriba se hizo mención, tiene de
ancho nueve largas jornadas; sin que se pueda explicar de otra suerte,
pues no tienen medidas itinerarias. Comienza en los confines de los
helvecios, nemetes y rauracos; y por las orillas del Danubio va en
derechura hasta las fronteras de los dacos y anartes.117 Desde allí
tuerce a mano izquierda por regiones apartadas del río, y por ser tan
extendida, entra en los términos de muchas naciones. No hay hombre
de la Germania conocida que asegure haber llegado al principio de esta
selva aun después de haber andado sesenta días de camino, o que
tenga noticia de dónde nace. Sábese que cría varias razas de fieras
nunca vistas en otras partes. Las más extrañas y notables son las que
siguen.
XXVI. En primer lugar, cierto buey parecido al ciervo,118 de cuya
frente entre las dos orejas sale un cuerno más elevado y más derecho
que los conocidos. En su punta se esparcen muchos ramos muy anchos
a manera de palmas. La hembra tiene el mismo tamaño, figura y
cornamenta del macho.
XXVII. Otras fieras hay que se llaman alces, semejantes en la
figura y variedad de la piel a los corzos. Verdad es que son algo
mayores y carecen de cuerno, y por tener las piernas sin junturas y
artejos, ni se tienen para dormir, ni pueden levantarse o valerse, si por
algún azar caen en tierra. Los árboles les sirven de albergue, arrímanse
a ellos, y así reclinadas un tanto, descansan. Observando los cazadores
por las huellas cuál suele ser la guarida, socavan en aquel paraje el
tronco, o asierran los árboles con tal arte que a la vista parezcan
enteros. Cuando vienen a reclinarse en su apoyo acostumbrado, con el
propio peso derriban los árboles endebles, y caen juntamente con ellos.
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Mensaje por Galius el Dom Abr 17, 2016 3:58 pm

XXVIII. La tercera raza es de los que llaman uros, los cuales vienen a ser
algo menores que los elefantes; la catadura, el color, la
figura de toros, siendo grande su bravura y ligereza. Sea hombre o
bestia, en avistando el bulto, se tiran a él. Mátanlos cogiéndolos en
hoyos con trampas. Con tal afán se curten los jóvenes, siendo este
género de caza su principal ejercicio; los que hubiesen muerto más de
éstos, presentando por prueba los cuernos al público, reciben grandes
aplausos. Pero no es posible domesticarlos ni amansarlos, aunque los
cacen de chiquitos. La grandeza, figura y encaje de sus cuernos se
diferencia mucho de los de nuestros bueyes. Recogidos con diligencia,
los guarnecen de plata, y les sirven de copas en los más espléndidos
banquetes.
XXIX. Después que supo César por relación de los exploradores
ubios cómo los suevos se habían retirado a los bosques, temiendo la
falta de trigo, porque los germanos, como apuntamos arriba, no cuidan
de labrar los campos, resolvió no pasar adelante. Sin embargo, para
contener a los bárbaros con el miedo de su vuelta, y embarazar el
tránsito de sus tropas auxiliares, pasado el ejército, derribó doscientos
pies de la punta del puente que terminaba en tierra de los ubios, y en la
otra levantó una torre de cuatro altos, y puso en ella para guarnición y
defensa del puente doce cohortes, quedando bien pertrechado este
puesto, y por su gobernador el joven Cayo Volcacio Tulo. Él, cuando ya
los panes iban madurando, de partida para la guerra de Ambiórige,
envía delante a Lucio Minucio Basilo con toda la caballería por la selva
Ardena, la mayor de la Galia, que de las orillas del Rin y fronteras de los
trevirenses corre por más de quinientas millas, alargándose hasta los
nervios; y por ver si con la celeridad de la marcha y coyuntura del
tiempo podía lograr algún buen lance le previene no permita hacer
lumbres en el campo a fin de que no se aparezca de lejos señal de su
venida, y añade que presto le seguirá.
XXX. Ejecutada por Basilo la orden, y hecho en diligencia y contra
toda expectación el viaje, sorprende a muchos en medio de sus labores,
y por las señas que le dieron éstos va volando al paraje donde decían
estar Ambiórige con unos cuantos caballos. En todo vale mucho la
fortuna, y más en la guerra. Pues como fue gran ventura de Basilo
cogerle descuidado y desprevenido, y ser visto de aquellos hombres
antes que supiesen nada de su venida, así fue no menor la de Ambiórige
en poder escapar, después de ser despojado de todo el tren de carrozas
y caballos que tenía consigo. Su dicha estuvo en que sus compañeros y
sirvientes detuvieron un rato el ímpetu de nuestra caballería dentro del
recinto de su palacio, el cual estaba cercado de un soto, como suelen
estarlo las casas de los galos, que para defenderse de los calores del
estío buscan la frescura de florestas y ríos. Con esto, mientras peleaban
los demás, uno de sus criados le trajo un caballo, y él huyendo se perdió
de vista en el bosque. Así la fortuna mostró su mucho poder en meterle
y sacarle del peligro.
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Mensaje por Galius el Dom Abr 17, 2016 4:01 pm

XXXI. Dúdase si Ambiórige dejó de juntar sus tropas de propósito,
por haber creído que no serían necesarias, o si por falta de tiempo y
nuestra repentina llegada no pudo hacerlo, persuadido de que venía
detrás el resto del ejército. Lo cierto es que despachó luego
secretamente correos por todo el país, avisando que se salvasen como
pudiesen. Con eso unos se refugiaron en la selva Ardena, otros entre
las lagunas inmediatas, los vecinos al Océano en los islotes que suelen
formar los esteros. Muchos, abandonada su patria, se pusieron con
todas sus cosas en manos de las gentes más extrañas. Cativulco,119 rey
de la mitad del país de los eburones, cómplice de Ambiórige, agobiado
de la vejez, no pudiendo aguantar las fatigas de la guerra ni de la fuga,
abominando de Ambiórige, autor de la conjura, se atosigó con zumo de
tejo, de que hay grande abundancia en la Galia y en la Germania.
XXXII. Los senos y condrusos,120 descendientes de los germanos,
situados entre los eburones y trevirenses, enviaron legados a César,
suplicándole «que no los contase entre los enemigos, ni creyese ser
igualmente reos todos los germanos, habitantes de esta parte del Rin;
que ni se habían mezclado en esta guerra, ni favorecido el partido de
Ambiórige». César, averiguada la verdad examinando a los prisioneros,
les ordenó que si se acogiesen a ellos algunos eburones fugitivos se los
entregasen. Con esta condición les dio palabra de no molestarlos.
Luego, distribuyendo el ejército en tres trozos, hizo conducir los
equipajes de todas las legiones a un castillo que tiene por nombre
Atuatica, situado casi en medio de los eburones, donde Titurio y
Arunculeyo estuvieron de invernada. Prefirió César este sitio, así por las
demás conveniencias, como por estar aún en pie las fortificaciones del
año antecedente, con que ahorraba el trabajo a los soldados. Para
escolta del bagaje dejó la legión decimocuarta, una de las tres alistadas
últimamente y traídas de Italia, y por comandante a Quinto Tulio
Cicerón con doscientos caballos a sus órdenes.
XXXIII. En la repartición del ejército da orden a Tito Labieno de
marchar con tres legiones hacia las costas del Océano confinantes con
los menapios. Envía con otras tantas a Cayo Trebonio a talar la región
adyacente de los aduáticos;121 él, con las tres restantes, determina ir
en busca de Ambiórige, que, según le decían, se había retirado hacia el
Sambre122 con algunos caballos, donde se junta este río con el Mosa al
remate de la selva Ardena. Al partir promete volver dentro de siete días,
en que se cumplía el plazo de la paga del trigo que sabía deberse a la
legión que quedaba en el presidio. Encarga a Labieno y Trebonio que, si
buenamente pueden, vuelvan para el mismo día con ánimo de
comenzar otra vez con nuevos bríos la guerra, conferenciando entre sí
primero, y averiguando las intenciones del enemigo.
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Mensaje por Galius el Dom Abr 17, 2016 4:02 pm

XXXIV. Éste, como arriba declaramos, ni andaba unido en tropas,
ni estaba fortificado en plaza ni lugar de defensa, sino que por todas
partes tenía derramadas las gentes. Cada cual se guarecía donde
hallaba esperanza de asilo a la vida, o en la hondonada de un valle, o en
la espesura de un monte, o entre lagunas impracticables. Estos parajes
eran conocidos sólo de los naturales, y era menester gran cautela, no
para resguardar el grueso del ejército (que ningún peligro podía
temerse de hombres despavoridos y dispersos), sino por respeto a la
seguridad de cada soldado, de que pendía en parte la conservación de
todo el ejército; siendo así que por la codicia del pillaje muchos se
alejaban demasiado, y la variedad de los senderos desconocidos les
impedía el marchar juntos. Si quería de una vez extirpar esta canalla de
hombres forajidos, era preciso destacar varias partidas de tropa
desmembrando el ejército; si mantener las cohortes formadas según la
disciplina militar de los romanos, la situación misma sería la mejor
defensa para los bárbaros, no faltándoles osadía para armar
emboscadas y cargar a los nuestros en viéndolos separados. Como
quiera, en tales apuros se tomaban todas las providencias posibles,
mirando siempre más a precaver el daño propio que a insistir mucho en
el ajeno, aunque todos ardían en deseos de venganza. César despacha
correos a las ciudades comarcanas convidándolas con el cebo del botín
al saqueo de los eburones, queriendo más exponer la vida de los galos
en aquellos jarales que la de sus soldados, y tirando también a que
ojeándolos el gran gentío, no quedase rastro ni memoria de tal casta en
pena de su alevosía. Mucha fue la gente que luego acudió de todas
partes a este ojeo.
XXXV. Tal era el estado de las cosas en los eburones en vísperas
del día séptimo, plazo de la vuelta prometida de César a la legión que
guardaba el bagaje. En esta ocasión se pudo echar de ver cuánta fuerza
tiene la fortuna en los varios accidentes de la guerra. Deshechos y
atemorizados los enemigos, no quedaba ni una partida que ocasionase
el más leve recelo. Vuela entre tanto la fama del saqueo de los
eburones a los germanos del otro lado del Rin, y como todos, eran
convidados a la presa. Los sicambros vecinos al Rin, que recogieron,
según queda dicho, a los tencteros y usipetes fugitivos, juntan dos mil
caballos, y pasando el río en barcas y balsas treinta millas más abajo
del sitio donde estaba el puente cortado y la guarnición puesta por
César, entran por las fronteras de los eburones: cogen a muchos que
huían descarriados, y juntamente grandes hatos de ganados de que
ellos son muy codiciosos. Cebados en la presa, prosiguen adelante, sin
detenerse por lagunas ni por selvas, como gente criada en guerras y
latrocinios. Preguntan a los cautivos dónde para César.
Respondiéndoles que fue muy lejos, y con él todo su ejército, uno de los
cautivos: « ¿Para qué os cansáis, dice, en correr tras esta ruin y
mezquina ganancia, pudiendo haceros riquísimos a poca costa? En tres
horas podéis estar en Atuática, donde han almacenado los romanos
todas sus riquezas. La guarnición es tan corta, que ni aun a cubrir el
muro alcanza; ni hay uno que ose salir del cercado. » Los germanos que
esto supieron, ponen a recaudo la presa hecha, y vanse derechos al
castillo, llevando a su consejero por guía.
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Mensaje por Galius el Dom Abr 17, 2016 4:03 pm

XXXVI. Cicerón, todos los días precedentes, según las órdenes de
César, había contenido con el mayor cuidado a los soldados dentro de
los reales, sin permitir que saliese de la fortaleza ni siquiera un furriel,
pero el día séptimo, desconfiando que César cumpliese su palabra, por
haber oído que se había alejado mucho y no tener la menor noticia de
su vuelta, picado al mismo tiempo de los dichos de algunos que su
tesón calificaban con el nombre de asedio, pues no les era lícito dar
fuera un paso, sin recelo de desgracia alguna, como que en espacio sólo
de tres millas estaban acuarteladas nueve legiones con un grueso
cuerpo de caballería, disipados y casi reducidos a nada los enemigos,
destaca cinco cohortes a forrajear en las mieses vecinas, entre las
cuales y los cuarteles sólo mediaba un collado. Muchos soldados de
otras legiones habían quedado enfermos en los reales. De éstos al pie
de trescientos ya convalecidos son también enviados con su bandera;
tras ellos va, obteniendo el permiso, una gran cáfila de vivanderos que
se hallaban en el campo con su gran recua de acémilas.
XXXVII. A tal tiempo y coyuntura sobrevienen los germanos a
caballo, y a carrera abierta formados como venían forcejean a romper
por la puerta de socorro en los reales, sin que por la interposición de las
selvas fuesen vistos de nadie hasta que ya estaban encima; tanto, que
los mercaderes, que tenían sus tiendas junto al campo, no tuvieron
lugar de meterse dentro. Sorprendidos los nuestros con la novedad, se
asustan, y a duras penas los centinelas sufren la primera carga. Los
enemigos se abalanzan a todas partes por si pueden hallar entrada por
alguna. Los nuestros, con harto trabajo, defienden las puertas, que las
esquinas bien guarnecidas estacan por situación y por arte. Corren
azorados, preguntándose unos a otros la causa de aquel tumulto; ni
aciertan a donde acudir con las banderas, ni a qué parte agregarse.
Quién dice que los reales han sido tomados; quién asevera que
degollado el ejército con el general, los bárbaros vencedores se han
echado sobre ellos; los más se imaginan nuevos malos agüeros,
representándoseles vivamente la tragedia de Cota y Titurio123 que allí
mismo perecieron. Atónitos todos del espanto, los bárbaros se
confirman en la opinión de que no hay dentro guarnición de provecho,
como había dicho el cautivo, y pugnan por abrir brecha exhortándose
unos a otros a no soltar de las manos dicha tan grande.
XXXVIII. Había quedado enfermo en los reales Publio Sestio
Báculo, ayudante mayor de César, de quien hemos hecho mención en
las batallas anteriores, y hacía ya cinco días que estaba sin comer. Éste,
desesperanzado de su vida y de la de todos, sale desarmado del
pabellón; viendo a los enemigos encima y a los suyos en el último apuro,
arrebata las armas al primero que encuentra, y plántase en la puerta;
síguenle los centuriones del batallón que hacía la guardia, y juntos
sostienen por un rato la pelea. Desfallece Sestio traspasado de graves
heridas, y desmayado, aunque con gran pena, y en brazos le retiran
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Mensaje por Galius el Dom Abr 17, 2016 4:08 pm

vivo del combate. A favor de este intermedio los demás cobran aliento
de modo que ya se atreven a dejarse ver en las barreras y aparentar
defensa.
XXXIX. En esto, nuestros soldados, a la vuelta del forrajeo, oyen
la gritería; adelántanse los caballos; reconocen lo grande del peligro,
pero sobrecogidos del terror, no hay para ellos lugar seguro. Como
todavía eran bisoños y sin experiencia en el arte militar, vuelven los
ojos al tribuno y capitanes para ver qué les ordenan. Ninguno hay tan
bravo que no esté sobresaltado con la novedad del caso.
Los bárbaros, descubriendo a lo lejos estandartes, desisten el
ataque, creyendo a primera vista de retorno las legiones, que por
informe de los cautivos suponían muy distantes, Mas después, visto el
corto número, arremeten por todas partes.
XL. Los vivanderos suben corriendo a un altillo vecino. Echados
luego allí, se dejan caer entre las banderas y pelotones de los soldados,
que ya intimidados, con eso se asustan más. Unos son de parecer que,
pues tan cerca se hallan de los reales, cercados en forma triangular se
arrojen de golpe; que si algunos cayeren, siquiera los demás podrán
salvarse. Otros, que no se mueven de la colina, resueltos a correr todos
una misma suerte. No aprobaban este partido aquellos soldados viejos
que fueron también con su bandera en compañía de los otros, como se
ha dicho, y así, animándose recíprocamente, capitaneados por Cayo
Trebonio, su comandante, penetran por medio de los enemigos, y todos
sin faltar uno, entran en los reales. Los vivanderos y jinetes, corriendo
tras ellos por el camino abierto, amparados del valor de los soldados, se
salvan igualmente. Al contrario los que se quedaron en el cerro, como
bisoños, ni perseveraron en el propósito de hacerse fuertes en aquel
lugar ventajoso, ni supieron imitar el vigor y actividad que vieron haber
sido tan saludable a los otros, sino que intentando acogerse a los reales,
se metieron en un barranco. Algunos centuriones que del grado inferior
de otras legiones por sus méritos habían sido promovidos al superior de
ésta, por no mancillar el honor antes ganado en la milicia, murieron
peleando valerosamente. Por el denuedo de éstos arredrados los
enemigos, una parte de los soldados contra toda esperanza llegó sin
lesión a los reales; la otra, rodeada de los bárbaros, pereció.
XLI. Los germanos, perdida la esperanza de apoderarse de los
reales, viendo que los nuestros pusieron pie dentro de las trincheras, se
retiraron tras el Rin con la presa guardada en el bosque. Pero el terror
de los nuestros, aun después de la retirada de los enemigos, duró tanto,
que llegando aquella noche Cayo Voluseno con la caballería enviado a
darles noticia de la venida próxima de César con el ejército entero,
nadie lo creía. Tan atolondrados estaban del miedo, que sin escuchar
razones, se cerraban en decir que, destrozada toda la infantería, la
caballería sola había podido salvarse, pues nunca los germanos
hubieran intentado el asalto estando el ejército en pie. La presencia
sola de César pudo, en fin, serenarlos.
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Mensaje por Galius el Dom Abr 17, 2016 4:11 pm

XLII. Vuelto éste, haciéndose cargo de los incidentes de la guerra,
una cosa reprendió no más: que se hubiesen destacado las cohortes
que debían estar en guardia en el campo; que por ningún caso convino
aventurarse. Por lo demás hizo esta reflexión: que si la fortuna tuvo
mucha parte en el inopinado ataque de los enemigos, mucho más
propicia se mostró en que hubiesen rechazado a los bárbaros, estando
ya casi dentro del campo. Sobre todo, era de admirar que los germanos,
salidos de sus tierras con el fin de saquear las de Ambiórige, dando
casualmente en los reales de los romanos, le viniesen a hacer el mayor
beneficio que pudiera desear.
XLIII. Marchando César a molestar de nuevo a los enemigos,
despachó por todas partes gran número de tropas recogidas de las
ciudades comarcanas. Quemaban cuantos cortijos y caserías
encontraban, entrando a saco todos los lugares. Las mieses no sólo
fueron destruidas de tanta muchedumbre de hombres y bestias, sino
también por causa de la estación y de las lluvias que echaron a perder
lo que pudo quedar; de suerte que aun lo que por entonces se
guareciesen, retrocediendo el ejército, se vieran necesitados a perecer
de pura miseria. Y como tanta gente de a caballo dividida en piquetes
discurría por todas partes, tal vez llegó la cosa a términos que los
prisioneros afirmaban no sólo haber visto cómo iba huyendo Ambiórige,
sino estarle todavía viendo; con que la esperanza de alcanzarle, a costa
de infinito trabajo, muchos que pensaban ganarse con eso suma
estimación de César, hacían más que hombres por salir de su intento. Y
siempre a punto de prenderle, por un si es no es erraban el golpe más
venturoso, escapándoseles de entre las manos en los escondrijos,
matorrales y sotos, favorecido de la oscuridad de la noche, huyendo a
diversas regiones y parajes sin más guardia que las de cuatro caballos,
a quien únicamente osaba fiar su vida.
XLIV. Asoladas en la dicha forma las campiñas, César recoge su
ejército menoscabado de dos cohortes a la ciudad de Reims, donde
llamando a Cortes de la Galia, deliberó tratar en ellas la causa de la
conjuración de los senones y chartreses; y pronunciada sentencia de
muerte contra el príncipe Acón,124 que había sido su cabeza, la ejecutó
según costumbre de los romanos. Algunos por temor a la justicia se
ausentaron; y habiéndolos desnaturalizado,125 alojó dos legiones para
aquel invierno en tierra de Tréveris, dos en Langres, las otras seis en
Sens, y dejándolas todas provistas de bastimentos, partió para Italia a
tener las acostumbradas juntas.
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Mensaje por Galius el Dom Abr 17, 2016 4:12 pm

NOTAS DE NAPOLEÓN AL LIBRO VI
El segundo paso del Rin efectuado por César no obtuvo mejor
resultado que el primero; no dejó ningún rastro en Alemania. No se
atrevió ni siquiera a establecer una plaza fuerte en forma de cabeza de
puente. Todo lo que refiere del país, las ideas obscuras que tiene de él,
nos descubren a qué grado de barbarie estaba todavía reducida
entonces esa parte del mundo, hoy tan civilizada. Asimismo de
Inglaterra no posee César sino nociones muy vagas. Cap. XLIV.
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Mensaje por Admin el Miér Nov 22, 2017 6:16 pm

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